mayo 24, 2018

MARK TWAIN: EL ESCRITOR SECUESTRADO POR LAS ESTRELLAS


MARK TWAIN: EL ESCRITOR SECUESTRADO POR LAS ESTRELLAS
Por Manuel Pereira


Mark Twain (1835-1910) es un escritor y humorista norteamericano secuestrado por el cometa Halley.
Su labor literaria es tan extensa como la cabellera luminosa de ese astro celeste. Las aventuras de Tom Sawyer -donde describe en tono autobiográfico la infancia en un pueblo a orillas del Mississippi- sigue siendo su libro más famoso. Su secuela, Las aventuras de Huckleberry Finn, también perdura. En esencia el autor describe el picaresco candor bucólico anterior a la Guerra Civil en oposición a la pesadilla de la era industrial, mucho menos poética.
Twain atesora muchas más obras, por ejemplo Vida en el Mississippi, donde narra sus experiencias como piloto en vapores de ruedas en ese mítico río. De todo lo escrito por él también destacamos Un yanqui en la corte del Rey Arturo (1889) donde satiriza la opresión en la Inglaterra feudal valiéndose de un recurso asombroso que se ha prestado a más de una confusión académica.
El viaje en el tiempo que tiene lugar en Un yanqui encierra una fórmula parecida a la que usaría seis años después nada menos que H. G. Wells con su clásico de ciencia-ficción La máquina del tiempo. Lo cual no convierte a Twain en un autor de fantaciencia, pues lo que él despliega es una ucronía en clave humorística. Mientras que Wells recurre a una máquina -artilugio científico o tecnológico- para trasladarse a diferentes épocas, el personaje de Twain (Morgan) recibe un golpe en la cabeza, de resultas del cual experimenta un viaje a través del tiempo desde el siglo XIX hasta la época del Rey Arturo. Si la exploración del tiempo entraña en Wells un acto deliberado y erudito, el salto hacia atrás de Morgan no es ni lo uno ni lo otro, pues un golpe en la cabeza no es un hecho intelectual ni cultural sino simplemente un traumatismo craneal. Luego entonces Twain no se adelantó a Wells en el género de ciencia-ficción, aunque sí creó la primera ucronía cuyas consecuencias se prolongarían desde la Teoría de la Relatividad de Einstein hasta la actual literatura de universos paralelos. He aquí uno de los tantos méritos de Twain apenas reconocido.
Y ahora viene lo más misterioso.
¿Por qué afirmé antes que Mark Twain fue secuestrado por un cometa? La concepción de su relato ucrónico -con el yanqui Morgan introduciendo modernidades tecnológicas en la Camelot del rey Arturo y en el bosque del Mago Merlín-  fue sin duda fruto de la pasión de Twain por la ciencia y la tecnología.
Twain fue amigo de Nikola Tesla y en 1909 Thomas Alva Edison lo visitó en su casa de Connecticut. Por si fuera poco, el escritor patentó tres inventos: una “Mejora de correas ajustables y desmontables para la ropa”, un juego sobre anécdotas históricas y un libro de fotos autoadhesivas. ​Además, inventó una máquina diseñada para sustituir al tipógrafo humano en las imprentas, un complicaco aparato que asombró a todos, pero cuya inversión ni siquiera pudo recuperar. Lo mismo le sucedió con otras empresas, todas condenadas a fracasar: una editorial que fundó, su minería del oro, la herencia de su esposa…
Twain no tenía talento para administrar sus finanzas, así que a pesar de sus inventos y sus derechos de autor, todo ese dinero lo invirtió mal y terminó en la quiebra. Se recuperó medianamente gracias a un buen amigo, Henry Rogers. Siguió impartiendo conferencias y publicando, pero de nuevo las calamidades se abatieron sobre él con la muerte de su esposa, de su hija pequeña y de su gran amigo Rogers.
Entre otras peripecias de su vida, Twain fue impresor, periodista y escribió historias humorísticas como La célebre rana saltarina del condado de Calaveras (1865), que fue su primer éxito literario. Y como si eso no fuera suficiente, también fue orador y amigo de presidentes estadounidenses, además de granjearse la amistad de artistas, industriales y aristócratas europeos.
Obviamente Twain fue muy aventurero. Su períplo por Europa y Oriente Medio produjo una popular colección de cartas que en 1869 compiló bajo el título de Los inocentes en el extranjero. De un segundo viaje a Europa nació otro libro en 1880: Un vagabundo en el extranjero.
Es fácil conjeturar que la biografía de Twain tiene suficientes ingredientes para componer un best-seller. Sin ir más lejos, él es esa clase de escritor que al final resulta ser más personaje que autor.
En 1907 su estrella brilló más que nunca cuando recibió el título de Doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. Lo merecía sobradamente, pues Twain es el mejor retratista de la sociedad de su país a mediados del siglo XIX y es considerado “el Dickens norteamericano”.
Algunos atribuyen el inmenso talento de Twain al paso del cometa Halley, y no sería descabellado admitirlo, ya que nació y murió entre dos visitas del famoso cometa. Sobre ese enigmático tema él mismo dijo un año antes de morir:
“Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: 'Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir'. ¡Ah! Lo espero con impaciencia.” (1909)
Twain falleció exactamente un día antes del regreso del recurrente cometa que ya se dejaba ver en el tapiz de Bayeux (1066) y que también pintaría Giotto en su fresco “La adoración de los Reyes Magos” (circa 1303-1305).
Esa increíble coincidencia en la vida de Mark Twain es tan mágica que, por si sola, ya resulta un hecho literario. Es como si ese astro de cola luminosa hubiera traido al bebé Twain a este mundo sacándolo luego de su tumba para hacerlo reencarnar en otra persona, en un país diferente, cuando pasó por nuestro cielo la última vez en 1986.
Si así hubiera sido, Twain tendría ahora 31 años y andaría entre nosotros sin percatarnos de su presencia. Mientras hilvano este prólogo, Twain pudiera ser un ingeniero de ojos rasgados en Tokio, o una brasileña ya entrada en carnes bailando una samba ardorosa. Quizá ahora esté hablando en París a través de un tablero de ouija, o tal vez el cometa se lo llevó en 1910 para pasearlo alrededor del Sol y traerlo de nuevo en posición fetal en el año 2061. Casi como en una inquietante ucronía.
¿Se quiere un destino más poético para un escritor? ¿Acaso todo escritor de raza no persigue alguna forma de eternidad? Pues eso Twain lo tenía garantizado antes de ponerse a escribir, nada más nacer.
Un novelista como él, predestinado a viajar entre las estrellas, puede permitirse el lujo de no ser un estilista, puede prescindir de inaugurar corrientes o escuelas literarias, puede incluso ser comercial y escribir libros de factura infantil y juvenil. ¿Qué le importa a un escritor así que ahora lo censuren y hasta lo prohiban por haber usado la palabra nigger (negro) en sus obras? Ni siquiera le afecta que el gran Harold Bloom apenas lo mencione en El canon occidental. Nada ni nadie podrá ya arrebatarle a Mark Twain el cetro de la inmortalidad.
Y así llegamos a la novela que prologamos aquí. El príncipe y el mendigo (1881) es una de sus alhajas, pero ante todo es la prueba desconcertante de que Twain ha vivido y sigue viviendo en la desconocida dimensión de los dobles y los mundos paralelos. De nuevo el cometa Halley está presente en esta amena ficción mediante la extraña dualidad de Twain, alguien tan señalado por la duplicidad que ni siquiera se llamaba Mark Twain sino Samuel Langhorne Clemens.
Esa duplicación de Twain se refleja vivamente en estas páginas cuando un niño pobre intercambia sus ropas con un heredero al trono de Inglaterra. Que dos niños parecidos físicamente permuten sus roles convirtiéndose el rico en pobre y el mendigo en príncipe, ¿no es acaso algo parecido a lo que hace el famoso cometa con Twain llevándolo a vivir sucesivos avatares mediante viajes astrales?
La acción transcurre en el siglo XVI inglés. Se ha dicho que es su primera “novela histórica” aunque en el exordio Twain afirma que se trata de un relato oral transmitido de generación en generación durante “más de trescientos años”. Se me antoja más bien novela costumbrista con ciertos destellos de documentación histórica, si bien el mismo autor matiza: “pudiera ser una leyenda aunque ... tal vez pudo haber ocurrido”. Tanta ambigüedad impide clasificarla como “novela histórica”. Supongo que Twain eludió definir con claridad esta ficción para así disponer de mayor libertad a la hora de desarrollar sus personajes, tramas y subtramas. Sabiamente evitó la camisa de fuerza de una excesiva historicidad.
Resumiendo: nace un heredero al trono de Inglaterra y ese mismo día nace un niño en los bajos fondos de Londres. Se llama Tom Canty, y con el paso del tiempo, pide limosnas sin atreverse a robar. Aprende a leer gracias a un espléndido anciano. Mientras tanto, al príncipe lo educan, tanto física como intelectualmente, para ser un pretendiente al trono. Tom experimenta curiosidad por la vida cortesana y merodea en las inmediaciones del palacio. Los guardias lo arrestan y lo llevan ante el príncipe quien -cansado de los adulones palaciegos- se siente atraído por Tom, pues le gustaría iniciar una relación más franca con los humanos. Los dos niños empiezan jugando a los bolos. Pronto se hacen buenos amigos a pesar de sus abismales diferencias económicas. Lógicamente el príncipe enseguida quiere vivir una aventura lejos del estricto control a que está sometido en palacio. Intercambian ropas y durante unas horas el príncipe sale a vivir la vida de Tom fuera de la pompa y el boato. Nadie se da cuenta del cambio de identidades.
En el barrio marginal, el príncipe tendrá que soportar a un “padre” borracho, diabólico y ladrón mientras que Tom disfruta la prestada vida del príncipe. Pasa el tiempo sin que el príncipe regrese y Tom se inquieta. Confiesa que no es el Principe. Nadie le hace caso, ni siquiera “su” padre. Mientras tanto, el niño aristócrata sigue viviendo la vida atroz que le correspondería a Tom. 
Aquí se desencadenan numerosos incidentes, entre otros las fugas del padre apócrifo del príncipe, ya que lo buscan para ahorcarlo... Finalmente el príncipe evitará que entronicen a Tom. Gracias a su honestidad, el mendigo será nombrado con un cargo vitalicio en la corte, lo cual le permite sacar de la miseria a su madre y hermanas.
Este esquema twainesco remite a un clásico del parangón: Vidas Paralelas, de Plutarco, donde se registran nada menos que 23 pares de biografías de personajes históricos célebres, comparando las de 23 romanos con las de 23 griegos.
Las comparaciones, los intercambios y los equívocos ya estaban presentes en las Metamorfosis, de Ovidio, así como en las comedias de Plauto, donde abundan las confusiones entre gemelos y las bodas entre personas de clases sociales diferentes; también Shakespeare recurrió a situaciones confusas en Sueño de una noche de verano, y esa apasionante tradición literaria llegó hasta el siglo XX con Thomas Mann en Las cabezas trocadas.
Lo curioso en el caso de Twain es que el intercambio de roles lo experimentó en carne propia con las dos visitas del famoso cometa. El príncipe y el mendigo es el mejor autorretrato astral de Mark Twain. La novela es también un hermoso canto a la amistad.
Twain es el escritor reencarnado en sucesivas vidas pasadas y futuras. Jack London pensó en él cuando escribió su última novela El vagabundo de las estrellas (1915). Faulkner consideró a Twain “el padre de la literatura norteamericana” poniéndolo a la altura de gigantes como Henry David Thoreau, Herman Melville, Edgar Allan Poe y Walt Whitman.
Twain prefiguró a escritores del gótico sureño como el mencionado Faulkner, Carson Mc Cullers, Truman Capote… Otra contribución de este hombre con cejas de águila y canas alborotadas, es haber humanizado con sus obras a una humanidad cada vez menos humana. Pero, sin duda, su mayor hazaña fue crear un personaje inmortal de las letras universales: él mismo.
Lo que el lector tiene en sus manos es mucho más que un libro, es una astilla radiante caída desde una estrella.

México, 31 agosto 2017
(*) Publicado en el facebook del autor, 3 mayo 2018.

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