mayo 14, 2018

EL PRIMERO QUE ME DIJO QUE YO ERA UN ESCRITOR


EL PRIMERO QUE ME DIJO QUE YO ERA UN ESCRITOR
Por Manuel Pereira

Acabo de enterarme en la red. Ha muerto en Miami mi mejor amigo de la juventud, “el Beny”, o sea, el escritor cubano Bernardo Marqués-Ravelo. Nunca olvidaré que cuando teníamos 17 años coincidimos en una barraca militar junto con otros veinte reclutas. Eso fue en mayo de 1965, en Río Verde, donde existía una unidad militar medio escondida entre el hospital psiquiátrico Mazorra y el aeropuerto de Rancho Boyeros. Allí transcurría nuestro primer año de vida militar, entre locos y locas que se escapaban entrando por nuestras alambradas y aviones que rugían en el cielo fomentando en secreto nuestras ansias de salir volando algún día de la isla.
Una tarde entré en la barraca y descubrí al Beny sentado en mi litera leyendo mi diario personal, donde yo solía anotar nimiedades cuartelarias y también mis cuitas con mi novia prometida de entonces. Sólo lo conocía de vista, si acaso habíamos cruzado un par de saludos. Así que le arrebaté el diario y tuvimos una discusión feroz. Era una falta de respeto estar leyendo mi diario sin mi autorización. Mi taquilla tenía candado -como todas-, pero por alguna prisa militar: correr a un simulacro de combate, cavar urgente una trinchera, no llegar tarde a la guardia… había olvidado cerrarlo. Forcejeo, malas palabras, venas brotadas… nos separaron otros soldados.
Al día siguiente se acercó en la cola del desayuno y me dijo en voz baja: “¿Sabes que tú eres un escritor?”. ¿De qué rayos me estaba hablando aquel enano? Por entonces mi sueño era llegar a ser médico, más precisamente neurocirujano. “Por eso me quedé leyendo tu diario, no por tu novia, sino por tu estilo, tu forma de escribir”, prosiguió mientras yo lo miraba desconfiado. Siempre he detestado -y seguiré detestando- a la gente chismosa, que anda preguntando o indagando a espaldas de uno. Así que no le hice caso.
Sin embargo, sus dos frases se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Releí mi diario medio amoroso, medio militar… ya con otros ojos, tratando de averiguar cuánto había de cierto en lo que aquel recluta me había dicho. Comprendí que tenía algo de razón. Y de pronto empezó a circular en la división el rumor de que yo sabía escribir “bonito”. La mayoría de los reclutas (no el Beny, pues él sabía escribir) procedían de provincias, o incluso eran habaneros, y tenían escasa instrucción. De resultas, algunos empezaron a buscarme para pedirme que les escribiera cartas para sus novias. En unos casos querían cortejarlas, en otros recuperarlas. Fue mi primer oficio literario: escritor anónimo de cartas amorosas. El recluta me contaba más o menos cómo era su candidata a novia, tanto físicamente como emocionalmente. A veces hasta me enseñaban fotos de las muchachas. Mi “cliente” me contaba sus problemas con ellas, o bien me detallaba sus películas y canciones favoritas…  De hecho yo estaba haciéndoles entrevistas sin tener ni idea de lo que era el periodismo… Yo les extraía información preciosa. . Con toda esa información en quince minutos yo redactaba la carta.
Aquellos muchachos, al igual que yo, estaban desesperados de amor, aislados en un cuartel remoto con permisos de salida muy cortos, una vez al mes, o dos veces al mes, según los castigos que recibieran de sus superiores, que eran implacables. Así empecé a hacer poesía en prosa sin saber ni lo que estaba haciendo.
Los falsos remitentes firmaban siempre la cartas y las escribían siguiendo mi dictado para que la caligrafía fuera la de ellos. En realidad yo estaba haciendo el trabajo de un ghostwriter, o “escritor fantasma”, o “negro”, una profesión que tampoco conocía por entonces. Estos cortejadores enternecidos uniformados de verde olivo capaces de correr cargando un cañón chino de 75 milímetros sin retroceso, solían pagarme con cigarros, que estaban muy escasos en toda la isla. Los muy fumadores me regalaban algo de lo que tocaba comer (el postre, o un puñado de arroz) en el pésimo comedor del cuartel. Todo esto, que era un lujo allí, gracias al Beny.
Enseguida quedó olvidada nuestra bronca inicial,  y por supuesto, nos hicimos amigos inseparables salvo cuando yo fui trasladado a otra unidad militar donde pasé un curso de sanitario mayor. A partir de ahí seguimos siendo amigos ya en la vida civil, ambos como periodistas, escritores en ciernes, críticos literarios, pintores, escultores… coincidíamos en todo. Fue una etapa bellísima de mi juventud, tanto en el ejército como cuando nos desmovilizaron.
Lo malo de todo el asunto de las cartas amorosas es que al cabo de un par de semanas algunas de esas “novias” o “candidatas a novias” empezaron a buscarme a mí en la unidad militar, los domingos de visitas. De alguna manera descubrieron o intuyeron que el supuesto autor de la carta no era misma la persona que ellas conocían. “Él no habla así como aquí está escrito, así que no puede ser él”, dijo alguna según me contó un recluta acongojado.
Querían conocerme, alguna hasta llegó a decir que estaba enamorada de mí, o sea, de “mis cartas”. Fue la primera vez en mi vida que experimenté en carne y hueso la desconcertante sensación de ser dos personas a la vez. Yo tenía que esconderme esos domingos de visitas, pues no quería agraviar a ningún compañero de armas. Finalmente el Beny se encargó de resolver esos problemas asumiendo a veces él la autoría de algunas cartas.
En fin, querido Beny, ¡yo te debo tanto¡ Una vez, allá por el 2005, yo estaba en situación muy difícil en España y te escribí un email a Miami. Enseguida contestaste ofreciéndome un sofá y espaguetis en tu departamento de Miami. No hizo falta tomarte la palabra, pues simultáneamente otro amigo entrañable, el poeta cubano Antonio Conte, me abría el camino hacia México donde resido desde entonces.
Donde quiera que estés en este momento, amigo, ¿qué te voy a contar que tú no sepas? Cuando existe una gran amistad, no importan la fama, ni la cantidad de ejemplares vendidos, ni los premios, ni las entrevistas televisivas ni las otras, ni todo ese rebumbio de oropeles. Ninguna vanidad es superior a la amistad. Cualquier diferencia en cualquier orden de la vida es superada por la amistad con la velocidad de un rayo. Claro que eso suele ocurrir cuando se trata de una amistad que viene de muy lejos, de los años más difíciles de nuestra generación, una amistad forjada en el fuego, las lágrimas y la frustración. ¿Recuerdas las trincheras en “El Bosque? ¿Recuerdas la caña quemada en Camagüey y los alacranes subiéndonos por las piernas? ¿Te acuerdas de aquel capitán obsesionado conmigo que me puso a cortar caña con un brazo enyesado incluso de noche iluminando mi surco con el buscachivos de un jeep? ¿Recuerdas el tiroteo nocturno que armamos en otro cañaveral, donde luego dijeron que sin querer matamos a una vaca? ¿Te acuerdas cuando cogimos preso en una guagua a un héroe, amigo de Fidel Castro, sin saber ni quién era? Ahora me estoy riendo. De la vaca y del héroe. Pero eso lo contaré mejor en otra parte… si es que Dios me da tiempo y energías.
Son tantos los recuerdos que tendría que escribir una novela para contarlos como merecen, ¡y resulta que no tengo ganas de escribir más novelas! Y menos ahora con esta noticia que me golpea en la alta noche de un desierto mexicano.
¡Descansa en paz, inolvidable Beny!
México, 10 de mayo de 2018.


Con el Beny, Iván Cañas y Antonio Conte, en Miami, un día de noviembre de 2006.


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