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mayo 31, 2013

YOANI SÁNCHEZ EN LA UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA

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CONFERENCIA DE YOANI SÁNCHEZ 
EN LA UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA
CIUDAD DE MÉXICO
13 MARZO 2013

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abril 24, 2013

ENTREVISTA TELEFÓRMULA

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ENTREVISTA EN TELEFÓRMULA A MANUEL PEREIRA 
SOBRE SU VIDA Y SU MÁS RECIENTE PUBLICACIÓN: 
EL ORNITORRINCO Y OTROS ENSAYOS
"Pulso" de Telefórmula. Entrevistó Claudia Corichi. Ciudad de México. Abril 2013.
La entrevista comienza en el minuto 10:40

abril 10, 2013

ENTREVISTA A MANUEL PEREIRA

9 comentarios:

Entrevista a Manuel Pereira:
SER CULTOS PARA SER LIBRES
Por Gabriel Martínez Bucio

En el 2004, el escritor cubano Manuel Pereira llegaba a México tras trece años de peregrinar por Europa y el norte de África. Cargaba únicamente dos maletas. En una llevaba su ropa, y en la otra, sus pertenencias más preciadas: el manuscrito de su novela Insolación, y algunas joyas de la literatura universal: ParadisoRayuelaCien Años de Soledad, y El Reino de este mundo, entre otras, todas dedicadas por sus respectivos autores. Fueron las únicas obras que pudo traer consigo desde España. Había perdido una biblioteca de tres mil volúmenes: “Ya no quiero acumular más bibliotecas. Ya he perdido dos, que es como perder a dos hijos entrañables. No quiero sufrir más a causa de los libros que uno tiene que dejar atrás por las turbulencias de la vida”, sentencia Pereira mientras se le asoma una reminiscencia de rumba en sus dedos que dibujan historias en el aire.
Nueve años después –como una variación de Monsieur Teste–, el escritor solamente atesora algunas obras en su estudio. Destacan los libros que ha escrito en México: Insolación (Diana, 2006), Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, 2008), Un Viejo Viaje (Textofilia, 2010), Mataperros (Textofilia, 2011) y el más reciente: El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013). “En México encontré la alegría de vivir y las ganas de escribir”, dice Manuel mientras, emocionado, abre su nuevo libro y lo huele como si aspirara el alma de su propia creación.

1) ¿Por qué elegir al ornitorrinco (ese animal tan extraño) para el título de tu libro? En el París de agosto de 1986, mientras escribía mi ensayo “La verdad sospechosa”[1], me asaltó por primera vez la imagen literaria y plástica del ornitorrinco. Ese animal representa una misteriosa unidad cósmica: cosas distintas que de pronto se conectan formando una sola cosa. Esa heterogeneidad que se unifica es casi un método poético y mi estilo literario, por esa época, ya se orientaba en ese rumbo estético. 
En el ensayo mencionado está ya mi obsesión con ese animal tan extraordinario, al que, por cierto, nunca he visto en persona. El primer relámpago me vino de Einstein, pues en alguna página suya él compara el espacio-tiempo con un molusco. De la idea del molusco matemático, salté a la del ornitorrinco, animal que por aquel entonces creí descubrir en una curiosa imagen de El Bosco y también en una ilustración de Jean Colombe.
Este animal hubiera podido ser la mascota de Poe y de Baudelaire. Es la excepción de la excepción que Alfred Jarry anteponía a las aburridas reglas del positivismo y del cientificismo.
A partir de entonces he estado viendo o intuyendo ornitorrincos por doquier y a todas horas. Muchos años más tarde, retomé la idea del ornitorrinco combinándola con lo onírico, por asociación fonética y conceptual. Y de ahí surgió este libro de ensayos. 

2) ¿Qué temas tocas en El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013)?
Los temas que abordo son aparentemente muy diversos, pero en el fondo, si te fijas, siempre estoy hablando de palimpsestos. Un Ornitorrinco es un palimpsesto biológico y, a partir de ahí, en todos mis ensayos, asoma esa noción. Aparte de eso, este libro tiene otra unidad temática, que soy yo. Como decía Montaigne: "yo soy la materia de mi libro".

3) Si tú mismo eres el eje donde giran estos ensayos ¿podrías contarnos cómo te iniciaste en el mundo de las letras?
Me inicié en la literatura de la manera más extraña: con un robo frustrado. Cuando tenía ocho años andaba merodeando por una librería de mi barrio junto con un amigo mataperros. De pronto, vi un libro de Julio Verne: Aventuras de un niño irlandés. Me fascinó la portada. Me lo eché dentro de la camisa y salí corriendo. Me persiguieron por la calle Obispo. Me agarraron y me llevaron al cuartel de la policía. Allí apareció mi padre y soltó ante los uniformados un conmovedor discurso que incluía dos citas de Martí. Una rezaba: “robar un libro no es robar”, cita apócrifa; y “hay que ser cultos para ser libres”, esta vez auténtica. Esas dos frases –mezcla de verdad con mentira– se me quedaron grabadas y desencadenaron toda mi experiencia literaria posterior. Ahí empezó mi ya larga aventura intelectual y espiritual.

4) ¿Cómo reaccionó tu madre ante el suceso?
Mi madre, abochornada porque había intentado robarme un libro en la librería más elegante de la ciudad, decidió poner fin a esas travesuras. Me compró, poco a poco, todos los libros de Verne. Así empecé mi primera biblioteca integrada únicamente por obras de ese autor que me encandiló y que sigo releyendo todavía a mis años. Aquella biblioteca infantil creció con los años hasta alcanzar cuatro mil volúmenes. La perdí cuando me fui de Cuba para siempre. Luego otra biblioteca creció a mi lado allá en Barcelona: tres mil ejemplares. También la perdí cuando me fui de España y vine a México.

5) ¿Cómo se ve reflejada esa infancia en tus cuentos?
Los mataperros. Pereira al centro.
A través de las correrías y peripecias de una pandilla de niños pobres en el barrio de La Loma del Ángel, en La Habana Vieja, donde nací y crecí. Por ejemplo, en mi libro Mataperros (Textofilia, 2012) se describe un mundo que, a ratos, se parece a Los Olvidados, de Buñuel. La forma de hablar de los personajes es la germanía de la Habana Vieja de aquel tiempo; este libro aspira a resumir el espíritu de aquella época...

6) ¿Qué olores evoca La Habana de tu infancia?
Hay dos etapas: antes de 1959, para mí todo olía a fufú de plátano, pero a partir de enero del 59, cuando entran los barbudos en la ciudad, todo olía a pólvora quemada. El océano no olía, probablemente porque naciendo a cien metros del mar, ya uno nace con esos efluvios en los pulmones y en el alma.

7) ¿Cuándo supiste que querías ser escritor?
Estando en el ejército, hacia 1966-67, con 18 años de edad, empecé a escribir cartas para los reclutas de mi campamento. Eran cartas para sus novias, que ellos me pagaban con cigarros. Todos me decían que yo escribía tan bien que las muchachas se enamoraban enseguida. Y por supuesto, tuve que escribir muchas más para aquellas novias que no eran mías, pero en cierta forma sí lo eran. Así fui descubriendo que tenía algún don para la escritura… Empecé a escribir poemas y cuentos. Fueron los primeros géneros que cultivé. Más tarde, ya desmovilizado, ejercí el periodismo mientras estudiaba artes plásticas. Después dejé de pintar, también dejé de escribir poesía, y me dediqué a la novela y al cuento. Posteriormente me inicié en el ensayo.

8) ¿Cómo fue que te hiciste discípulo de Lezama Lima?
Una remota tarde de 1969 me presenté en su casa, que, mira qué casualidad, quedaba muy cerca del apartamento de mi mamá. Yo había intentado leer su novela Paradiso, sin entender casi nada. Yo tenía 20 años y era demasiado inculto todavía para captar sus esencias. Pero eso, lejos de amilanarme, me impulsó a conocer al autor de aquel enigma. Toqué a su puerta. Salió su criada y me dijo que el gran escritor estaba durmiendo la siesta. “¿Es de la parte de quién?”, me preguntó. “Dígale que vino a verlo un joven poeta”. Ya yo me iba y ella estaba cerrando la puerta, cuando se oyó una voz baritonal desde el fondo de la casa que decía: “si es un joven poeta, déjelo pasar”. La criada me cedió el paso haciéndome casi una reverencia. Así empezó mi amistad y mi aprendizaje literario con aquel gran maestro. En mi ensayo “El curso délfico”[2] cuento todo esto y mucho más con lujo de detalles.

9) En enero de 1991 saliste definitivamente de la isla y unos años más tarde impartiste clases de literatura en una cárcel española ¿Cómo fue esa experiencia? Sucedió durante mi exilio en Barcelona, en 1996. Yo había impartido ya varios cursos de creación literaria en la capital de Cataluña y también en la mítica playa de Cadaqués. Una de mis alumnas era hermana del director de la cárcel de la isla de Mallorca y le habló para que yo impartiera mi taller literario allí a un grupo de reos seleccionados a partir de su interés en la literatura. El director aceptó mi plan, que fue considerado por la prensa española como “un proyecto pionero para la reeducación de presos”. El primer día, mientras yo me acercaba a pie a la cárcel y veía las manos saliendo por las ventanas enrejadas, gente gritando desde abajo, sentí que me iba a meter de cabeza en el infierno. “¿Qué rayos hago aquí?”, me pregunté, pero ya era demasiado tarde, ya estaba en la puerta presentando mis credenciales. Abrieron todas las rejas, pasé a entrevistarme con el director, y luego entré en un calabozo enorme, lleno de presos sentados en sus pupitres. Me miraban curiosos, algunos hacían muecas de desprecio o se reían burlones. Yo podía sentir que algunos me rechazaban, porque me vinculaban a la dirección del Penal: me veían como el enemigo. El director de la cárcel dejó dentro de la celda-aula a un guardia con arma larga parado al fondo. Eran unos treinta presos en total. Más hombres que mujeres. Había traficantes, ladrones, asesinos y hasta corruptores de menores. Yo había leído todos los expedientes 

En Ciudad Rodrigo, España, 1991.

delictivos de mis futuros alumnos un par de horas antes de entrar a la jaula para impartir mi primera clase. Empecé a hablar del poema “El Cuervo”, de Poe. En la mínima biblioteca de la penitenciaría había un solo ejemplar de Poe. Mandé a hacer fotocopias del poema. El guardia armado abría y cerraba el candado de la puerta de barrotes del calabozo-aula. Un reo me gritó desde el fondo: “¡Joder, este tío armado nos pone nerviosos, y así no se puede estudiar!”. Risotadas. Patadas. Puñetazos en los pupitres. Libretas lanzadas de una fila a la otra. Empujones entre ellos, palabrotas, ojos furiosos, amenazas. Yo sonreí. Le pedí al gendarme que saliera. Se negó. Mandé llamar al director, quien me susurró que el guardia era para mi seguridad. Le dije que no iba a pasar nada, aunque por dentro me daba cuenta del peligro a que me exponía. En mi infancia con los mataperros yo había aprendido algo esencial: se puede sentir miedo, pero jamás hay que demostrarlo. El guardia finalmente salió y cerró la puerta tras de sí. Me quedé solo en aquella jaula con aquellos treinta desconocidos. Seguí hablando de Poe como si nada. Cuando renuncié al custodio armado, me gané la confianza, y hasta el cariño, de aquel alumnado tan especial. Pasaron muchas cosas increíbles durante seis meses. Un preso, asesino confeso, tenía una novia, y ella se sentaba junto con él durante mis clases. Era bonita dentro de esa fauna tan vulgar que habita las cárceles. Les dieron un permiso a los dos. Y él la mató a ella durante el permiso. Lo sentí muchísimo, pues ambos me caían muy bien. Es curioso que habiendo empezado yo en la literatura delinquiendo terminara dándoles clases de literatura a delincuentes profesionales. Muchos escribieron cuentos que todavía conservo. Algunos no los firmaban, ponían seudónimos, y dejaban en mi mesa los textos antes de que yo entrara en el aula… en esos cuentos o poemas contaban sus peores fechorías. Yo sabía quiénes eran los autores, pero no lo daba a entender. Nunca le preguntes a un prisionero por qué está preso, mejor espera a que él te lo diga. El último día me hicieron una fiesta, con un cake y refrescos, dentro del calabozo académico. Fue uno de los momentos más emocionantes en mi ya larga experiencia magisterial. El elogio más bello que recibí de ellos fue el siguiente: “las horas que pasamos con usted, sentimos que no estamos presos, sentimos que esas rejas desaparecen y que somos libres”. Ahí comprendí, mejor que nunca, el valor de la cultura, y la importancia de aquella frase de Martí: “ser culto para ser libre”. Siempre los recordaré a todos, uno por uno, sus rostros, sus apodos, sus jergas hampescas, su armamento confeccionado con bolígrafos y cucharas, sus gestos violentos. Ahora que lo pienso: en cierta forma, fueron mis segundos Mataperros, o la reaparición de mis Mataperros en otro tiempo y en otra isla tan lejana de mi isla natal…

10) ¿Me podrías contar cuando Cortázar te llevó con las prostitutas en París?
Ja ja ja… Eso fue en la rue Saint-Denis. Me enseñó toda la calle, sus recovecos, sus sórdidos y tentadores callejones, algunos bares, los peep-shows, los trileros con sus mesitas casi en medio de la calle… aunque debo decir que mi otro Virgilio en esas andanzas infernales fue el pintor cubano Wifredo Lam, quien me descubrió el barrio de Pigalle, el Moulin Rouge, las prostitutas enfundadas en cuero restallando sus látigos en las esquinas… También tuve una Virgilia de lujo: Ugné Karvelis, la compañera sentimental de Cortázar, mujer cultísima que se parecía mucho a la Maga de Rayuela y que disfrutaba haciendo creer que lo era. Fue ella quien me enseñó a callejear por otros barrios más bien intelectuales: el Barrio Latino, la Sorbona, el mítico Café “Les Deux Magots” y el no menos legendario “Café de Flore”, los bouquinistes con sus cofres verdes a orillas del Sena, la librería esencial “Shakespeare and Company”, y la misteriosa calle “Git-le-Coeur”, donde yace su corazón.

11) ¿Tienes alguna anécdota sobre tu obsesión de buscar lugares sagrados de la literatura mundial en tus viajes? Buscando la casa de Proust en París descubrí que era un banco y no había ni una sola placa conmemorativa. ¡Qué horror! Y eso que estaba nada más y nada menos que en París.
En la playa de Lido andaba yo tras los pasos de Thomas Mann. Fui al Gran Hotel des Bains, donde él se alojó y concibió Muerte en Venecia. Pasé por la terraza, no vi ninguna placa ni nada que aludiera a él. Fui a ver al recepcionista, le pregunté si había alguna habitación dedicada al escritor alemán, pues suponía que debía haber una habitación que lo recordara (como sí ocurre con el hotel donde murió Oscar Wilde en la calle de Beaux Arts, en París); entonces el recepcionista muy elegante de guantes blancos, botones dorados, etc., cogió un gran libro, checó una larga lista de nombres y me dijo: “lo siento mucho, el señor Thomas Mann no está alojado aquí”. ¡Increíble! Salí de allí perplejo y me senté en la arena a contemplar el mar.

12) ¿Cómo fue tu relación con García Márquez?
A pesar de sus inclinaciones políticas, que respeto pero no comparto, el Gabo fue un maestro para mí, alguien que además me ayudó a difundir mi primera novela (El Comandante Veneno) en Italia, y siempre le estaré agradecido por eso. Hace poco lo encontré en su cumpleaños. Después de muchos años sin vernos fue un encuentro muy afectuoso. Nos pasamos parte de la velada juntos comiendo un cake de chocolate. Él me robaba pedazos, como un niño travieso. En un momento dado, le recordé que él me había recomendado un libro que me impactó mucho. “¿Qué libro?”, me preguntó. “El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta”, le contesté. “¿Pigafetta? No lo recuerdo. ¿De qué trata ese libro? ¿Me lo puedes prestar?”. En ese instante comprendí que el tiempo había experimentado un brusco giro poniéndome a mí en la situación de revelarle a él algo que él me había enseñado treinta años atrás. ¡Alucinante!

En París, escenario de su novela Toilette.
13) Antes de sufrir el exilio definitivo, trabajaste como agregado cultural de Cuba ante la UNESCO. Pero ¿por qué renunciaste a tu cargo en 1988?
La perestroika y la glasnost fueron dos procesos que me ilusionaron mucho, a diferencia de la posición oficial cubana, opuesta a introducir la más mínima reforma en la isla. Estas fueron las principales discrepancias ideológicas con mis superiores por las que renuncié.

14) ¿Qué repercusiones tuvo esa renuncia en tu vida?
En vez de quedarme en París, volví a Cuba. Casi todos me dijeron que estaba loco. Mi padre estaba muy enfermo y yo quería estar cerca de él en sus últimos días y asistir a su entierro. Esta fue la razón emocional más poderosa de mi “locura”.
Pero también regresé a la isla pensando, ingenuamente, que el gobierno cubano, pese a sus alergias a las reformas, acabaría adoptando alguna variante tropical de la perestroika y de la glásnost. Sin embargo, descubrí con una mezcla de dolor y estupor que el estalinismo no era algo que le hubieran impuesto a Fidel Castro en una de las encrucijadas de la Guerra Fría, sino una forma de gobierno que le venía como anillo al dedo para satisfacer su infinita sed de poder total. Pasé dos años en el ostracismo interior, ninguneado, sin empleo, al final incluso amenazado. Tras la muerte de mi padre y en cuanto se presentó la ocasión, hice las maletas y me fui a Alemania con el firme propósito de no regresar nunca más.

15) ¿Cómo ha afectado la censura en Cuba a tu obra?
Hace más de veinticinco años que en la isla no se publica ni un solo renglón de mi autoría. Estoy en la famosa lista negra, soy un fantasma en mi país natal. Pero con ese ninguneo tan prolongado, me han convertido en una leyenda. La censura suele ser la mejor forma de publicidad para un escritor, y además es gratuita. Hace poco supe que mis libros se fotocopiaban en la isla, pasando clandestinamente de mano en mano. Ahora, con las nuevas tecnologías, muchas más personas me leen, o saben que existo, ya sea por internet, por facebook, por twiter, etc.

16) Si pudieras definir brevemente a Fidel Castro, ¿qué dirías?
Fue un hombre al que yo admiré mucho en mi niñez. Fue mi héroe, y el de millones de cubanos. Alguien que finalmente prefirió ser temido a ser amado. Y por eso nos ha defraudado a tantos. Casi todo lo que hizo bien al principio con su cabeza y con su corazón, lo destrozó después con sus botas. A veces siento lástima por él, por la manera en que estropeó sus mejores posibilidades dando al traste, de paso, con las del país. Lo más patético es que ha vivido lo suficiente para ver cómo otros desmantelan el tinglado que él armó.

17) ¿Y al Che, cómo lo definirías?
El Che es la honestidad en el error. Él creyó en su error, que fue múltiple: ideológico, económico, geopolítico, estratégico… pero por lo menos fue consecuente con sus convicciones y murió por ellas, lo cual no quiere decir que sea un ejemplo a imitar. Porque alguien que está dispuesto a matar por sus ideales, puede también matarnos si descubre que no pensamos exactamente como él. Y eso es un crimen político. Por otra parte, es una ironía de la historia que siendo él tan anticapitalista haya terminado decorando camisetas o playeras, tazas, mecheros, pantalones vaqueros, o sea, convertido en un ícono más del consumismo. Del comunismo al consumismo, no hay más que un paso.

18) ¿Para ti qué es el exilio?
El exilio es la muerte, pero también puede ser la resurrección. El mío comenzó en 1991 y ha sido un duro renacer. Mueres y renaces, en una dolorosa palingenesia.

19) ¿Piensas volver algún día a Cuba?
Cuando aquello cambie real y profundamente, tal vez entonces volveré.

20) ¿Qué sería lo primero que harías al regresar?
Presentación El Ornitorrinco y otros ensayos.
Ante todo, visitar las tumbas de mis seres queridos. Después, si me alcanzan las fuerzas, volver a subir la montaña de El Veneno, en la Sierra Maestra, donde alfabeticé a cinco campesinos a los 12 años de edad.
21) ¿Qué encontraste en México?
Aquí recuperé las ganas de escribir. Descubrí la alegría de vivir, un pueblo muy noble, donde hasta los más humildes son muy educados, en el sentido de urbanidad; encontré una verdadera economía de mercado libre en los tianguis que descienden de aquel mercado de Tenochtitlán que tanto fascinó a Hernán Cortés y a Bernal Díaz del Castillo. Aquí encontré la picaresca, un sentido del humor muy próximo al cubano, los albures, la simpática costumbre de ponerle apodos geniales a todo el mundo, los manjares más fascinantes, los desayunos más pantagruélicos, el surrealismo a cada paso, las mujeres más bonitas, risueñas y apapachadoras del mundo.

22) ¿Qué década de tu vida recuerdas con más cariño?
Mi época favorita es cuando yo tenía 21 años. Mis padres estaban vivos. Yo comía con mi abuela todos los días. Era periodista en una revista de mucho prestigio dentro de la grisura oficial predominante en la prensa cubana. Tenía novias muy bonitas. Tenía al mejor maestro de literatura del mundo: José Lezama Lima. Viajaba mucho por las provincias descubriendo centímetro a centímetro mi país. Tenía excelentes amigos en la revista donde trabajaba, todos poetas, músicos y locos, todos brillantes. ¿Qué más podía pedir?

23) ¿Cómo es tu proceso de creación?
Trabajo mucho con la intuición, casi en estado de trance, pero también programo más o menos toda la estructura de la novela, capítulo tras capítulo. Algunas situaciones cambian mucho entre lo planeado y lo finalmente publicado. Lo más importante es tener bien claro, desde el primer momento, cuál será el final. Lo demás es refinar el lenguaje, dotarlo de calidad poética, para que la novela no sea tan solo un simple pasatiempo para leer en el tren o en el avión, sino también una forma del conocimiento, un destello en la oscuridad, capaz de enriquecer espiritual e intelectualmente a los lectores.

24) ¿Qué ha cambiado en Manuel Pereira a lo largo de los años?
Me he quedado calvo, las nieves del exilio me han tumbado la techumbre. Lo que no he perdido es la capacidad de reírme de todo, incluso de mí mismo.

25) ¿Qué tiene de especial tu vida en estos momentos?
Soy un volcán en erupción, escribo sin cesar. Soy un géiser de creatividad. Estoy lleno de proyectos: literarios, académicos, culturales. ¡Ojalá Dios me dé tiempo para cumplir con todo eso!

26) ¿Qué es lo que más extrañas de Cuba?
Después de tantos años de desarraigo, ya casi no extraño nada. Yo perdí a Cuba, pero gané al mundo. Vivo según la sentencia de José Martí: “sin patria, pero sin amo”.

27) ¿La vida como escritor?
Una maldición divina, un castigo de los dioses.


Literatura: un espejo astillado que reinventa la realidad.
Felicidad: ¿qué es eso?
Lezama Lima: el Buda de la calle Trocadero 162 que me enseñó a ver lo invisible iniciándome en las lecturas profundas.
Borges: el otro Buda latinoamericano, esta vez en el Cono Sur, y al que lamentablemente no pude conocer.
Louis Ferdinand Céline: escritor siempre muy controvertido, literariamente es sin duda tan grande como Marcel Proust. Para mí Viaje al fin de la noche fue una lectura fundamental.
Franz Kafka: el genio de las atmósferas, un escritor expresionista que siempre logra envolvernos sin que sepamos cómo ni cuándo. Junto con Joyce y con Proust, es uno de los tres pináculos literarios del siglo XX.
Fernando Pessoa: el poeta que se multiplicó a través de sus heterónimos enriqueciéndonos a todos.
Jorge Cuesta: alquimista genial injustamente olvidado. Deberían poner su estatua en el Paseo de la Reforma.
Alfonso Reyes: Es Sócrates extraviado en un tianguis, o Platón ante la Visión de Anáhuac. Es el embajador del Helenismo en México.
Harold Bloom: El mejor crítico y teórico literario norteamericano vivo, sin pelos en la lengua, políticamente incorrecto.
Lautréamont: uno de mis demonios más recurrentes, que me persigue desde hace 43 años.
Platón: Siempre hay que releerlo. Fue uno de los heterónimos de Sócrates.
El amor: ¿a cuál de las tres o cuatro formas de amor te refieres?
La muerte: es vía, no término.
Los padres: lo más sagrado.
París: la ciudad donde aprendí a pensar.
Ciudad de México: Patria del Surrealismo y el lugar donde probablemente me toque morir.

–––– 
[1] Biografía de un Desayuno. Miguel Ángel Porrúa. Ciudad de México: 2008.
[2] Este ensayo forma parte del libro Biografía de un desayuno, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México.

marzo 12, 2013

CINCO DÍAS CON YOANI SÁNCHEZ

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CINCO DÍAS CON YOANI SÁNCHEZ
Por Manuel Pereira

Conversación con Yoani Sánchez y Manuel Pereira. 
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 13 marzo 2013.

Hace veinte años recibí en Barcelona una carta de mi amigo el periodista cubano Reinaldo Escobar en la que me decía: "Conocí a una bella filóloga, se llama Yoani Sánchez y le gustó mucho tu libro La quinta nave de los locos".
Desde entonces quería conocerla en persona. Pero durante años el gobierno le negó hasta veinte veces la salida de Cuba. Mientras tanto, sus premios internacionales se acumulaban y su merecidísima fama creció como la espuma. Finalmente las autoridades insulares la dejaron viajar y ella escogió, para leer en el avión, mi novela Un viejo viaje, distinguiéndome así con ese inesperado honor.
La esposa de mi amigo había iniciado una gira internacional tan larga como su ya emblemática cabellera. Su vuelta al mundo en ochenta días, la trajo a México procedente de Europa la madrugada del 9 de marzo. Acudí a recibirla en el aeropuerto. Después de tantos mensajes en el ciberespacio y llamadas telefónicas, por fin pude abrazarla.
Ya en Brasil algunos grupúsculos favorables al gobierno cubano la habían insultado con inusitada virulencia. Ante la posibilidad de que un episodio tan desagradable se repitiera en México, solicité protección oficial para Yoani y le fue concedida.
Cuando ella vio los guardaespaldas y los vehículos blindados, me dijo en tono jocoso: "oye, muchachón, te pasaste con la escolta. Yo no estoy acostumbrada a que la policía me cuide sino a que me persiga".
Salvo uno de mis alumnos encargado de registrar las imágenes de su llegada, nadie sabía el día ni la hora del aterrizaje de Yoani en México. Ese secreto celosamente guardado evitó que aquí se reprodujera el recibimiento hostil que la célebre bloguera sufrió en Recife.
Sentados en una cafetería del aeropuerto, exclamó: "¡qué ciudad más luminosa, desde el avión se ve llena de luz!", y agregó, "¡qué triste nuestra Habana con tan pocas luces y tantos apagones!".
Inmediatamente organizamos su agenda que abarcaba cinco días entre Puebla y el DF. Noté que le faltaba un diente, lo cual le confiere un aire de niña traviesa cuando se ríe. Esa pieza la perdió en un forcejeo con cuatro mujeres policías cubanas cuando quisieron quitarle la ropa en un calabozo. Yoani cayó al suelo y se golpeó la boca con la puntera metálica de la bota de una de las policías.
Le dije: "Te pareces a Amy Winehouse, a quien le faltaba el mismo diente y en el mismo lugar". "Pero yo no sé cantar, contestó, ya me hubiera gustado cantar como ella".
Enseguida se puso a teclear en la pantalla táctil de su inseparable tableta digital. "Trabajo como una hormiguita", comentó. Pero aquella tableta electrónica le daba más bien la apariencia de una remota escriba sumeria imprimiendo cuneiformes en la arcilla del siglo XXI. Además, su chal anaranjado echado sobre los hombros me traía a la memoria los monjes budistas con túnicas azafranadas que desfilan en fila india por las calles de Nueva Delhi. Algo exótico, entre místico y oriental, emana de su frágil figura sin por ello dejar de ser cubanísima.
Mi labor consistía en concertar encuentros con los innumerables medios que querían entrevistarla, pero también sería su cicerone. La llevé a conocer las ruinas del Templo Mayor que la deslumbraron y su rostro se iluminó con los retablos barrocos en la Iglesia de la Enseñanza y en la Catedral del Zócalo donde nos esperaba "Cachita", nuestra Caridad del Cobre. Visitamos el Sagrario, donde José Martí se casó con Carmen Zayas Bazán en 1877. Yoani compró estampitas de la Guadalupe y de San Judas Tadeo para cumplir con un encargo de su mamá. Quedó fascinada con el Sanborns de los Azulejos y el Palacio de Bellas Artes. Luego fuimos al mercado de artesanías de La Ciudadela donde le obsequié un huipil verde. Su infinita curiosidad cultural la hacía sacar fotos de todos los detalles, desde un mural de Orozco hasta el motivo ornamental de una puerta de vidrio esmerilado.
Su afán de explorarlo todo se extendía a la gastronomía mexicana. Con antojo infantil, comió tacos al pastor y de arrachera, huitlacoche, escamoles, pozole, quesadillas, pollo con mole, tortillas de maíz azules y verdes, tamales de rajas...
Pero los gritones no se hicieron esperar. Aparecieron en Puebla, frente al hotel donde ella se hospedaba y en cuyos salones tenían lugar las sesiones de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) de la que Yoani es vicepresidenta regional. Desde la banqueta coreaban arcaicas consignas y desplegaban pancartas. No pasaban de veinte. Unos cuantos lograron colarse en el hotel y durante un minuto armaron su show. Puesto que yo moderaba la conferencia de prensa de Yoani, exigí un tono respetuoso en las preguntas. Finalmente, no pudieron reventar su disertación.
Una de las preguntas más recurrentes se refería a la financiación de su viaje supuestamente sufragado por la CIA: monumental mentira destinada a desacreditar su poderosa imagen. Su iPhone 5 fue un regalo que le hicieron en España. La maleta que arrastraba, así como la tableta digital: obsequios de admiradores brasileños. Amigos mexicanos y cubanos la agasajaron con diversos presentes, desde sandalias hasta gafas de sol pasando por una Catrina de barro con pintura vidriada para su hijo Teo, a quien le gusta la música gótica. Muchos se desvivían por invitarla a comer. Otros gastos mayores -pasajes de avión y hoteles- corrieron por cuenta de las instituciones que la invitaron: la SIP en Puebla y la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México.
Pero los vociferantes no atienden a razones, insisten en repetir sus mantras con una obstinación digna de Goebbels, quien afirmaba que"una mentira mil veces repetida se transforma en verdad". Todos los totalitarismos se parecen, así que no es raro que el nazismo y el comunismo guarden más de una simetría.
En el Senado de la República reaparecieron los vocingleros. Tampoco pasaban de veinte manifestantes. Agitaban banderas rojas que ya no se ven ni en Rusia. Ya que están tan interesados en la financiación del viaje de Yoani, cabría preguntarse quién los subvenciona a ellos. ¿De dónde sacan dinero para andar gritando a todas horas en vez de estar trabajando o estudiando? ¿De dónde sacan recursos para el traslado en camionetas, para la comida o los refrigerios, las banderas que queman, los carteles, la megafonía, los globos y los dólares falsos que arrojan a puñados?
Aparte de defensora de los derechos humanos en la mayor de las Antillas, Yoani es más que una filóloga, una bloguera, una tuitera o una periodista: ha devenido una escritora. Su capacidad para elegir la palabra precisa, las profundas lecturas que atesora, su sintaxis impecable que también se expresa en su elocuencia, la contundencia de sus conceptos y la elegancia de sus símiles, la han convertido en una ensayista a ritmo de blog. Apremiada por la urgencia de reportar su propia vida y la de sus conciudadanos, esa cadencia trepidante no afecta la calidad literaria de su prosa. Quizá la limitación de twitter a 140 caracteres la ha obligado a sintetizar sus ideas llegando así a la concisión del estilo lapidario. Ella tiene el pensamiento compacto y afilado, algo difícil de encontrar incluso entre escritores laureados con el Premio Nobel. Las viñetas de la vida cotidiana cubana que publica en su blog combinan hábilmente pasajes narrativos con relámpagos ensayísticos. Para ella, la literatura -el arte de narrar- es mucho más que un simple entretenimiento para gente ociosa.
Durante cinco días solamente tuvo que soportar dos actos de repudio en los que participaron unas cuarenta personas en total. ¿Qué son cuarenta detractores comparados con los cientos de admiradores que la saludaban afectuosamente en todas partes? Una gota de agua en el océano. La gente en la calle la besaba, los meseros le estrechaban la mano, otros venían con su libro Cuba libre pidiéndole un autógrafo, todos querían tomarse fotos con ella.
A los organizadores de los dos actos de repudio les salió el tiro por la culata. Con esos mítines no hicieron más que aumentar su cobertura de prensa, multiplicando a escala mundial su imagen y su palabra.
En la Universidad Iberoamericana, donde doy clases desde hace ocho años, la Vicerrectoría Académica y el Departamento de Comunicación organizaron una charla de Yoani con maestros y alumnos. El evento logró reunir a más de doscientas personas, muchas sentadas en el suelo. Los aplausos al final fueron tan atronadores que hasta el estrado donde yo estaba con ella vibró.
Esa era la impresión que yo quería que ella se llevara del noble pueblo mexicano.
Temprano en la mañana del 14 de marzo voló rumbo a Nueva York. Tampoco esta vez le dije a nadie ni el día ni la hora de su partida. Desde el avión, ella tuiteó: "México me ‘robó' el corazón, confieso que tuve ganas de no tomar este avión y de quedarme más tiempo allí".




Conversación con Yoani Sánchez y Manuel Pereira. 
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 13 marzo 2013.


(*) Texto publicado en el periódico El Universal. Ciudad de México. 1 de Abril 2013.

marzo 11, 2013

YOANI SÁNCHEZ EN MÉXICO

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YOANI SÁNCHEZ EN MÉXICO

Video de la llegada de Yoani Sánchez a la Ciudad de México y su encuentro con Manuel Pereira
9 de marzo del 2013. 6:45 a.m. 
Grabación de Gabriel Martínez Bucio



El escritor cubano Manuel Pereira y la bloguera Yoani Sánchez en el aeropuerto de la Ciudad de México. 9 de marzo del 2013. 7:15 a.m.

En el Centro de Puebla. 9 Marzo 2013. 1:28 p.m.

En la SIP de Puebla. 10 Marzo 2013.

Parte 1.- Conferencia de Prensa Yoani Sánchez, SIP Puebla 2013


Parte 2.- Conferencia de Prensa Yoani Sánchez, SIP Puebla 2013


marzo 07, 2013

PRESENTACIÓN EL ORNITORRINCO Y OTROS ENSAYOS

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EL ORNITORRINCO Y OTROS ENSAYOS
PRESENTACIÓN DEL MÁS RECIENTE LIBRO DE MANUEL PEREIRA EN LA UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA, CIUDAD DE MÉXICO 
5 MARZO 2013
Arquitecto José Luis Cortés (Director de Educación Continua), Manuel Pereira, Vicerrector Javier Prado Galán,
y el Dr. Juan Alcántara del Departamento de Letras.


Aproximaciones a El ornitorrinco y otros ensayos 
Por Tania Favela Bustillo (*)
Quiero comenzar con unas palabras del poeta norteamericano Ezra Pound que aparecen en su libro El arte de la poesía:
De las artes aprendemos que el hombre es caprichoso, que un hombre difiere de otro. Que los hombres difieren entre sí como las hojas de los árboles. Que no se parecen los unos a los otros como los botones que hace una máquina. También aprendemos de las artes en qué forma se parece el hombre y en qué forma difiere de otros animales […] Aprendemos que no todos los hombres desean las mismas cosas y que por lo tanto no sería equitativo dar a cada uno dos hectáreas de tierra y una vaca […] Si todos los hombres desearan sobre todas las cosas dos hectáreas de tierra y una vaca, es obvio que el estado perfecto sería el que diera a cada hombre dos hectáreas de tierra y una vaca.

Al igual que para Ezra Pound, para Manuel Pereira, el arte proporciona datos sobre la naturaleza humana y nos permite conocer al hombre, a los hombres, en lo esencial y en lo contingente.

En El Ornitorrinco y otros ensayos Pereira pone a dialogar diferentes tiempos y espacios a través de un recorrido discontinuo y fragmentario por las distintas artes. El cine, la pintura, la poesía, la literatura y la arquitectura, le permiten explorar los distintos fenómenos culturales y sociales, y desenmascarar los discursos que intentan homogeneizar la experiencia y la vida del hombre en nombre de las utopías.  El ornitorrinco, que da título al libro, es al mismo tiempo el eje que guía nuestra lectura: ese ser híbrido, ese “palimpsesto zoológico” como lo llama Pereira, se enfrenta, por su diversidad, con la mentada uniformidad del mito de Procusto, del que Pereira habla en su ensayo “Historia del ojo”:



En la mitología griega el bandido Procusto secuestraba a los viajeros que pasaban cerca de su guarida donde escondía una cama muy singular, pues era regulable. Tras acostar y amarrar a sus víctimas en aquel catre, Procusto lo alargaba o acortaba a su antojo. Con tal de que el prisionero encajara en las cambiantes medidas de su maléfico camastro, si el cautivo resultaba más pequeño que el lecho, Procusto estiraba sus miembros hasta descoyuntarlos con tal de que diera la medida que caprichosamente él había decidido de antemano. Si el infeliz era más largo que la cama, le cortaba los pies. La obsesión de Procusto consistía en que todos los seres humanos se acoplaran a las medidas por él concebidas […]

El artista, al igual que la naturaleza misma, se resiste a la homogenización, a la mediocridad, a la uniformidad. En sus ensayos Pereira nos muestra con agudeza, humor y claridad, cómo la multiplicidad biológica y la diversidad de los estilos artísticos se alzan, de manera implícita y explícita, en contra de los igualitarismos, de los totalitarismos y de cualquier ideología que intente mutilar la imaginación del hombre.


La escritura es para Pereira un espacio de libertad, el ensayo una aventura del pensamiento. Escribir es pensar la realidad, reinterpretar e imaginar a partir de un yo responsable, de un yo que siente, experimenta y piensa el mundo desde una situación particular. El “yo opino” de Montaigne: ese conocimiento de sí mismo, se vuelve una  herramienta indispensable para Manuel Pereira; es la puerta de entrada al mundo, la posibilidad de construir, mediante la emoción y la razón, una interpretación de aquello que sucede. El ensayista, y esto es evidente en los ensayos de Pereira, no nos da sólo resultados, conclusiones, más bien nos invita a entrar en su proceso de pensamiento, nos invita a pensar con él, de ahí el carácter dialógico del ensayo. Manuel Pereira, más de una vez alude a su lector, lo llama, lo pone frente a su lenguaje, frente a ese tejido emocional-intelectual para que reflexione su propia situación en el mundo.
Ética y estética se engarzan, entonces, en el ensayo. Como en todo género literario, no es posible separar a la forma del contenido, lo que se dice del cómo se dice. El estilo, la manera de exponer, es el apoyo mismo del ensayo. El lenguaje dinámico, lúdico, que utiliza Pereira, nos ayuda a entrar en ese mundo de transformaciones continuas, en esas metamorfosis conceptuales y sonoras que nos revelan, como en un prisma, los distintos ángulos del ser humano, su paso por el mundo; nos señala lo que permanece y lo que cambia: los errores que se repiten y los aciertos que se suceden.  Pereira muestra a partir de sus correspondencias, de sus asociaciones y del tejido mítico/histórico que pone al descubierto, la complejidad de la naturaleza humana.
En su ensayo “La metafísica del hambre”, Pereira escribe, de entre muchas otras cosas, sobre el canibalismo, y desde ahí hace referencia a diversos escritores latinoamericanos: Oswald de Andrade, Alfonso Reyes, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, entre otros, proponiéndolos como antropófagos culturales, ya que todos ellos se nutrieron de distintas culturas, todos ellos supieron pensarse desde sí y desde los otros. Considero, que al igual que los escritores mencionados, Manuel Pereira es un caníbal cultural; se come al mundo para crear su propio mundo, un mundo construido a partir de muchos otros textos que Pereira sabe leer y reinterpretar, un mundo que nos lleva a una comprensión de lo humano y que nos permite vislumbrar a la cultura como un gran palimpsesto que sólo algunos se aventuran a leer. Para terminar, me restaría sólo incluir el nombre de Manuel Pereira en la lista de los grandes antropófagos culturales.

(*) Texto leído por la poeta mexicana en la segunda presentación del libro, el 6 de marzo del 2013 en el FCE Octavio Paz, de Miguel Ángel de Quevedo.


El ornitorrinco y otros ensayos de Manuel Pereira
Notas para una presentación
Por Juan Alcántara (*)

Hoy tenemos en nuestras manos el último libro de ensayos de Manuel Pereira.
Suman tres ya: La quinta nave de los locos, Biografía de un desayuno (2008) y El ornitorrinco y otros ensayos.
Los dos últimos han sido escritos y publicados en México
El nuevo libro no consiste en una simple reunión de ensayos (el autor es un maestro del ensayo).
Es un libro orgánico y unificado, no sabemos si en razón de un diseño deliberado, o porque no podía ser de otra manera.
Los 15 ensayos que lo componen, a simple vista, tienen dos ejes:

Los animales: el ornitorrinco, el manatí, el ratón, el mamut, etc.
Las partes del cuerpo: el ojo, el rostro, el puño, el pie, etc.
(Otras series posibles: los objetos, los accidentes geográficos, las figuras mitológicas, las referencias cinematográficas.)

Los materiales que escoge para sus ensayos ya revelan su personalidad: trazos, colores y figuras características.
Pero hay algo mucho más vasto, profundo y complejo que subyace a esa animación de la textura ensayística.
El autor parecería trabajar como un recolector, un coleccionista de fragmentos, un reconstructor o restaurador de estructuras profundas, de realidades invisibles cuyas evidencias están desperdigadas. Y que no vemos ya sea porque son gigantescas, o porque estamos inmersos en ellas.
En esto Manuel Pereira se revela como un ensayista profundamente individual, distinto y característico.
Pero sobre todo hay un "método" que él ha hecho suyo por completo.
Hace poco he leído El Huracán: su mitología y sus símbolos (1947), del antropólogo cubano Fernando Ortiz.
En él examina un antiguo glifo torpemente esculpido en una figura prehispánica de piedra.
Minuciosamente revisa las interpretaciones de los especialistas, lo explora formalmente en todos sus aspectos, lo compara con glifos semejantes de la isla de Cuba, descarta hipótesis, arriesga otras, vuela hasta otras culturas y otras mitologías para sugerir que se trata del dios Huracán, añade pesquisas geográficas, meteorológicas, históricas, considera la mitología, la religión y el arte de la América prehispánica continental…
Y cuando el lector menos se lo espera ya está sumergido en un gigantesco huracán imaginativo que arrastra innumerables vínculos y relaciones sorprendentes entre todo tipo de épocas y tradiciones.
Es una gran libertad, pero a la vez es el rigor de una imaginación poderosa.
Pensé inmediatamente en el método de Manuel Pereira.
Consultado, me confirmó que Ortiz es uno de sus maestros (junto con Lezama Lima, por supuesto).
Una desinhibición absoluta para dar saltos espacio temporales y emparejar seres, cosas, dioses, obras, ideas aparentemente inconciliables.
Una lógica descabellada de pronto se manifiesta sensata, productiva, reveladora de la verdad; todo tiene conexiones, resonancias, implicaciones, ecos, vasos comunicantes, raíces comunes; todo puede ser semejante u oponerse dentro de las estructuras laberínticas que el ojo interno del ensayista persigue infalible antes de sacarlas a la luz para estupefacción del lector.
Nadie, hoy en día, hace ese tipo de ensayo (al menos no en lengua española).
Sin embargo, nuevos los ensayos de El ornitorrinco son también diferentes a los anteriores.
Son, la mayor parte, manifiestamente políticos.
No son, afortunadamente, comentario político del momento, ni opinión que se alinea con un grupo o una ideología, ni panfleto acusatorio ni doctrina abstracta.
¿Qué son, qué buscan entonces?
Cito a Kant:
"La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad... El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración."
Eso es lo que quiere el ensayista, que dejemos la comodidad de la minoridad tutelada y que reconozcamos con nuestras propias luces verdades tan simples como las siguientes:
Que no vale la pena sacrificar la libertad presente por un sueño futuro.
Que los credos políticos son tan antiguos como el peine y el vaso, y que sólo sus resultados en la práctica cuentan para juzgarlos.
Que la injusticia y la opresión son iguales en cualquier parte del mundo, sin importar qué tipo de justificación doctrinal las cobije.
Que no hay dictaduras "menos malas" que otras en razón de sus buenas intenciones.
Que no hay comunidades ni países que estén exentos de caer cuando menos lo esperan en formas sutiles o groseras de la opresión.
Que la capacidad de engañar y de autoengañarse del ser humano es infinita y hay que estar siempre alertas.
Manolo en sus ensayos y relatos se ha mostrado como heredero directo de Voltaire (y aquí pienso tanto en sus ensayos como en sus narraciones).
No establece del todo una diferencia entre narrar, criticar, buscar, ensayar, divertir, imaginar y, a la vez, dar con el dedo en la llaga.
La "cultura" no es un mero adorno en el panorama de la vida del hombre: es la ocasión, una y otra vez renovada, de conocernos a nosotros mismos y de saber dónde y cómo estamos y qué debemos hacer para preservar la dignidad y la libertad humanas que, una vez más, hacen posible esa misma cultura.
¡Grave responsabilidad! Y sin embargo es un placer leer los ensayos de Manuel Pereira.
Los invito a leer sin demora El ornitorrinco y otros ensayos.


(*) Texto leído por el Doctor y Académico del Departamento de Letras Juan Alcántara. Martes 5 de febrero de 2013. Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.



Arquitecto José Luis Cortés (Director de Educación Continua), Manuel Pereira, Vicerrector Javier Prado Galán,
y el Dr. Juan Alcántara del Departamento de Letras.