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"Esta novela recoloca a Pereira en
donde siempre debió estar: en la
vanguardia de la literatura
latinoamericana contemporánea".

Eliseo Alberto de Diego

marzo 13, 2012

CONVERSANDO CON DÁMASO ALONSO

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CONVERSANDO CON DÁMASO ALONSO
Por Manuel Pereira

Dámaso Alonso (foto: Manuel Pereira)

En junio de 1979 visité a Dámaso Alonso en su chalé de las afueras de Madrid. La mucama que me anunció en el recibidor desapareció con su cofia detrás de una cortina. Enseguida apareció Don Dámaso. Pequeño, inquieto, demasiado ágil para sus años, me estrechó la mano indicándome que lo siguiera hasta una espaciosa biblioteca.
El por entonces Presidente de la Real Academia de la Lengua Española era mucho más que eso. En él se resumía toda la gran poesía española. No solo fue el crítico de su generación, sino también el amigo de los Machado, Salinas, Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre. Nadie estudió tan profundamente la poesía clásica de España. Fue el exégeta por excelencia de Garcilaso, de Fray Luis de León, de Quevedo y, sobre todo, de Góngora, cuyo busto dominaba la biblioteca donde nos sentamos.
Don Dámaso Alonso disponía de una hora. Dentro de dos días recibiría el Premio Cervantes y aún no había terminado de redactar su discurso. Así es que no perdí ni un minuto. Empezamos hablando de Cuba. Me explicó que quería visitar la Isla, pero estaba muy atareado con los trabajos de la Academia.
¿Cómo se defiende nuestra lengua de las voces extranjeras, especialmente inglesas, que penetran junto con los adelantos tecnológicos?
Dámaso Alonso (DA): Yo no tengo enemistad ninguna a los extranjerismos con tal que sean absolutamente necesarios. En una ocasión estudié los extranjerismos del automóvil, y fue muy interesante descubrir que en Argentina usaban galicismos. ¿Sabe usted por qué? Porque allí los automóviles habían entrado desde Francia. Por ejemplo: volante es la adaptación de volant. En otras partes de América se le dice timón, que viene de un vocablo naval inglés… ¿Cómo le llaman ustedes en Cuba a la cremallera?
Zipper —dije y lo vi tomar nota.
DA: Pues ése es un evidente anglicismo, y es onomatopéyico, viene de la rapidez con que se cierra, del sonido que produce al cerrarse. En otros países hispanohablantes le llaman “relámpago” y, en otros, usan la palabra francesa éclair, que es la traducción de relámpago. Relámpago es una obvia metáfora de la prisa o velocidad. En cambio, zipper es onomatopeya física, lo que evidencia que en Cuba la cremallera entró desde Estados Unidos o desde Inglaterra…
Don Dámaso disfruta el laberinto de las etimologías. Sostiene en la mano su reloj pulsera, viste un traje gris impecable, tiene la voz cascada como si hubiera hablado durante siglos…
DA: ¿Pero quiere que le diga más? Cremallera no es voz hispánica como piensan muchos. Es francesa, nos llegó desde Francia a nosotros… A propósito, usted lleva apellidos gallegos…
Le explico que soy hijo y nieto de gallegos y se le iluminan los intensos ojos azules.
DA: Yo me crié en Galicia —comenta eufórico—, me he dedicado a estudiar la lengua gallega, sobre todo el gallego hablado fuera de Galicia, en Asturias, por ejemplo, donde adquiere rasgos dialectales muy específicos…
¿Tuvo usted ocasión de escucharle a Federico García Lorca sus impresiones sobre su viaje a Cuba?
DA: No. Yo estuve con él en Estados Unidos casi un curso entero (1929-1930) cuando estaba escribiendo su Poeta en New York. Tiene usted que tener en cuenta que los años 31, 32 y 33 estuve estudiando en Oxford y luego en Alemania. De manera que después del Treinta mis encuentros con él fueron muy escasos, pues venía a España solo durante las vacaciones…
Don Dámaso, usted se ha dedicado a estudiar la obra de Góngora situándolo en su justa dimensión poética. ¿Piensa que las transformaciones que él inauguró en el lenguaje se mantienen o renacen hoy en la literatura de habla hispana?
DA: Lo que hay en el mundo todavía, y por mucho tiempo, es surrealismo. Pero Góngora no era un surrealista. A menudo parece establecerse esa confusión. Todo lo que escribía era lógico, sus conceptos se entienden perfectamente. Lo que pasa es que la complicación de las palabras puede hacer pensar otra cosa. El surrealismo, en cambio, es una especie de erosión del concepto.
Usted ha escrito que los instrumentos de la crítica literaria son siempre incapaces de descifrar lo que San Juan de la Cruz definía como “un no sé qué”, y que no es más que la poesía. Hoy, con los nuevos métodos de crítica literaria, ¿mantiene usted esa opinión?
DA: No creo en los nuevos métodos de crítica que se consideran capaces de descifrar el último misterio de la poesía. La crítica de corte científico puede contribuir al conocimiento. Pero yo afirmo que el estudio de la poesía —es decir, del arte verdadero— tiene que empezar por una intuición y terminar con una intuición.
Algunos detractores de Góngora dicen que su obra es tan oscura que usted tuvo que escribir una versión en prosa de sus Soledades para hacerlas inteligibles…
DA: En verdad Góngora resulta muy difícil de entender para el público moderno que no está tan metido en las historias mitológicas como lo estaba el lector del siglo XVII. En ese sentido, mi versión en prosa facilitó la propagación de Góngora.
De la actual narrativa latinoamericana, ¿qué es lo que más llama su atención?
DA: Es evidente que en la América hispanohablante ha habido una generación importante de novelistas, y siempre que me formulan esta pregunta empiezo por mencionar el nombre de Alejo Carpentier y luego el de otro cubano, José Lezama Lima, que se hizo grande en todo el mundo con su Paradiso; está Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Rulfo (se queda un rato pensando), pues esos son los nombres que me vienen ahora…
¿Trabaja actualmente en alguna obra literaria?
DA: Pues tengo un libro de poesías sin publicar. Estuve haciéndole modificaciones y ya saldrá este año. Se llama Gozos de la vista. Es un poema de exaltación del milagro de la vista humana, con una teoría de tipo científico por debajo que yo creo exacta…
¿Cuál es esa teoría?
DA: La no existencia de la luz. La luz no son más que vibraciones. Lo que transforma esas vibraciones en lo que llamamos luz es el ojo. Supongo —añade con una sonrisa irónica— que me lo negarán, pero ese es mi punto de partida…
Es curioso —comenté—, siempre he pensado que algo semejante ocurre con el color. Las cosas no tienen color. Ese cenicero de cristal rojo no es rojo. Es rojo porque su cristal absorbe todos los colores de la luz menos el rojo, que es rechazado y es el que llega a nuestra retina…
Don Dámaso observa el cenicero rojo que está entre nosotros, sobre una mesita de centro. Entonces se inclina hacia mí y con aire de picardía en el rostro, me susurra: “¿usted no será daltoniano, verdad?”
- Le aseguro que no —sonreí pensando que con esa muestra de sentido del humor la entrevista había terminado.
Pero pensé mal, Dámaso me mostró su biblioteca de diez anaqueles hasta el artesonado y con escalera rodante. Se interesó por el precio de los libros en Cuba: “he oído que allá las ediciones se agotan rápidamente, que la gente lee mucho”, -comentó.
Luego se excusó por lo breve del diálogo: “tengo que darle evasivas a las conferencias, a las entrevistas, a las reuniones, la Academia me lleva tiempo y todavía tengo mucho que leer… a mi edad, joven, ya no queda mucho tiempo…”
Descendimos juntos la escalera que conduce a la verja de la calle. Dámaso se detuvo en un descanso y me interrogó respondiéndose a sí mismo: “¿sabe usted cuántos años tengo?: pues tengo ochenta años”.
¡Ochenta años! Yo tenía treinta años y semejante cifra produjo una atmósfera de solemnidad que él mismo se encargó de disipar pasando a otro tema: “¿se va en taxi?”, preguntó. “¡Mire que Madrid está más cara que Nueva York!”
- Sí, me voy en taxi, Don Dámaso.
- ¡Ah!, entonces quiere decir que está bien de arjén —exclamó castellanizando la última palabra. Lo miro extrañado de que pronuncie con jota esa palabra francesa. En un rápido intercambio de miradas, Don Dámaso se da cuenta y me informa: “pronuncio arjén y no aryán, porque así lo escribía Garcilaso, que acabo de leerlo…”
Fue la última broma ingeniosa de Don Dámaso que me hizo recordar la famosa anécdota de Unamuno pronunciando “Chaquespeare” según la fonética castellana en la Universidad de Salamanca. No cabía duda: estaba frente a un estilo, una tradición y una sabiduría infinita.
Ya en la calle, mientras esperaba un taxi, descubrí a Don Dámaso a través de un ventanal consultando un libro a la luz de una lámpara. La escena, quizá a consecuencia del color de la pantalla de la lámpara, se me antojó sepia. Era sepia tirando a dorada. Sin daltonismo.
Un año más tarde volví a visitarlo, esta vez me acompañaba Luis Rogelio Nogueras (Wichy el Rojo). Por el camino, Wichy recitaba de memoria sus versos: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”.
Aquel hombre pequeño y jovial nos llevó a su biblioteca mientras tarareaba una enigmática tonada. La conversación giró inmediatamente en torno a los poetas cubanos que más apreciaba. Entre otros, mencionó a Nicolás Guillén. Después de dedicarme Hijos de la ira, extrajo de la estantería un ejemplar de Las soledades, de Góngora, publicado en La Habana.
“Quiero que me aclare un misterio”, dijo Dámaso poniendo un dedo en la portada: “Dígame, ¿quién es este señor Mincín? ¿Es un apellido ruso? ¿Acaso el nombre del editor?”.
Yo no pude menos que soltar la carcajada. En efecto, junto a los créditos aparecía la sigla MINCIN (Ministerio del Comercio Interior) encargado de comercializarlo todo en la Isla. Cuando se lo expliqué, replicó entre bromas y veras: “pues dígale al tal Mincín que todavía me debe los derechos de autor”.
Wichy y yo estábamos impresionados ante aquel caballero de la lingüística, erudito del hipérbaton, sobreviviente de la Generación del 27 y poeta mayor. Sabíamos que conversábamos con un clásico viviente, pero no podíamos dejar de reírnos con sus ocurrencias.
Lo más simpático ocurrió al final. “Pasan tan pocos cubanos por aquí, que quiero aprovechar vuestra visita para llenar algunas lagunas sobre Cuba”. Según comentó, estaba preparando un diccionario con las llamadas “malas palabras” en Latinoamérica. Ya tenía todos los países menos Cuba. Don Dámaso quería que desgranáramos en voz alta el inventario de la vasta sinonimia del órgano sexual masculino, desglosando además el repertorio por categorías: vegetal, animal, mineral, incluyendo nociones metafísicas.
“Díganme primero las variantes vegetales”, demandó al vernos vacilantes. Bajo la ceñuda mirada del busto de Góngora, yo me estremecí de pudor. Pero, ante su insistencia, empecé a deslizar algunas voces: “el nabo, la vianda…”
Wichy añadió entre dientes: “la yuca, el cuero, el pescado, la caña…”
- Muy bien, ahora las formas minerales —nos pidió mientras tomaba nota en la contracubierta de Los Lusiadas, de Luis de Camoens. Ansioso y divertido, parecía un niño descubriendo nuevas resonancias en viejas palabras. Wichy me miró consternado, más rojo de rubor de lo que ya era por su rubicundez.
Yo agregué: “la cabilla, la mandarria”.
Wichy se animó: “los timbales”, dijo, contribuyendo de paso con un breve comentario musical.
Lo más difícil fue explicarle conceptos abstractos como “mandado” y su pronunciación popular: “mandao”. El erudito siguió anotando hasta que nos pidió la forma más frecuente y vulgar en el argot callejero.
Me hice el bobo, aquello era demasiado fuerte, pero él me atajó persuasivo: “dígamela, no tenga usted vergüenza”. Mirando a hurtadillas hacia el busto de Góngora, mascullé: “bueno, maestro, la forma más usada es… es… la pinga”.
“¿Pingüe?”, exclamó pestañeando.
Wichy y yo nos desternillamos con aquel delicioso equívoco, y todavía estamos riéndonos: él allá arriba, yo acá abajo.
Ese fue el Dámaso nada acartonado que yo conocí. Nunca supe si aquel catálogo de palabrotas era un informe interno para la Academia o una investigación destinada a la imprenta. En cualquier caso, siempre me quedé con ganas de ver el resultado. Tal vez en alguno de los diez tomos publicados por Gredos figure ese glosario de exabruptos dentro de las Obras Completas de este español que quiso hacer con la lengua lo que Colón hizo con la geografía.


(*) Publicado en Cubaencuentro el 13 de marzo del 2012.
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febrero 22, 2012

La mano de Orula

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LA MANO DE ORULA
Por Manuel Pereira
Orula, el orisha de la adivinación

Desde que llegué a este país me llamó la atención ver a tantos mexicanos con esa manilla de cuentas verdes y amarillas que se llama “mano de Orula”.
Obligados a latigazos a practicar la religión de sus amos, los esclavos que empezaron a llegar a Cuba a partir del siglo XVI identificaron a sus dioses ancestrales con las imágenes de los santos que veían en las iglesias. Así, concibieron diversas asociaciones entre las deidades africanas y las católicas hasta tejer toda una red de vínculos mitológicos, creando ese sincretismo que se denomina “santería”.
Así las cosas, Ochún quedó asociada con la Caridad del Cobre, Changó con Santa Bárbara, Babalú Ayé con San Lázaro, Elegguá con el Niño de Atocha, etcétera.
También en México tuvo lugar un proceso similar cuando al indio Juan Diego se le apareció la virgen en el cerro del Tepeyac, que -según Octavio Paz en El laberinto de la soledad - “es una colina que fue antes santuario dedicado a Tonantzin, ‘nuestra madre’, diosa de la fertilidad entre los aztecas”.
José Revueltas escribió: “los indígenas se apropiaron del catolicismo de los conquistadores como un recurso para continuar la práctica impune de sus antiguos ritos”.
De manera que el  mito guadalupano entraña un paralelismo entre la Virgen María y la Tonantzin. Dicho de otro modo, la diosa azteca devino un avatar de la madre de Jesús. Evidentemente, tanto en Cuba como en México, hubo un transvase clandestino de dioses reprimidos.
Así que al ver aquí multiplicadas las “Manos de Orula”, empecé a preguntarme cuántos santeros y babalaos cubanos vivirían en México. En las dos últimas décadas, tanto la emigración cubana a este país como el flujo de turistas mexicanos hacia la isla, se han incrementado.
Si la presencia cubana en México se deja sentir con fuerza en la gastronomía, en la música, en las artes plásticas, en el ámbito académico y en la televisión... ¿por qué la esfera religiosa iba a ser la excepción?
Después de todo, esos dioses africanos siempre han estado emigrando camuflados. Primero fueron arrancados de Nigeria hace cuatro siglos y viajaron desterrados a las Antillas y a otros lugares del Nuevo Mundo a bordo de los barcos negreros. Llegaron en la mente, en la tradición oral, en los cantos y danzas de los esclavos.
A partir del triunfo de la revolución cubana, en la década del sesenta del siglo pasado, esos dioses se exiliaron en Estados Unidos y, últimamente, parecen haber echado raíces en México.
Si hace cincuenta años esos dioses africanos solamente eran conocidos en Cuba o en Brasil, ahora habitan lo mismo entre los rascacielos de Nueva York que en las playas de Miami, y, finalmente, también en México.
Para encontrar el centro de gravedad de la santería cubana en el DF basta ir al Mercado de Sonora. En medio de un laberinto de olores indescifrables -mezcla de las vaharadas de los puestos de comida con los sahumerios del incienso y del sándalo-, pronto descubrí las “botánicas”, donde venden los artículos y productos empleados en los ritos afrocubanos, desde hierbas mágicas hasta frascos de perfumes embrujados.
En uno de esos baratillos me esperaba una estatua de San Lázaro de tamaño natural, rodeada de frutas y ofrendas. Cerca había otra escultura de Changó empuñando su hacha de doble filo.
En las “botánicas” se amontonan yerbas, cortezas de árboles, palos de monte, raíces, semillas, lociones y esencias, talismanes,  amuletos, murciélagos disecados, cuarzos mágicos, libros esotéricos, velas perfumadas, litografías de santos e imágenes de yeso en un batiburrillo donde conviven deidades africanas con santos católicos, calaveras y hasta demonios con cuernos y rabos.
Entre tanta heterogeneidad, en ese reino del kitsch y del eclecticismo religioso, lo mismo podemos encontrar una imagen de Juan Diego con la Guadalupe que un Cristo Negro o litografías de Changó, Elegguá y Ochún...
En una de esas botánicas conocí a un santero cubano, quien me pidió que no le tomara fotos, ni a él, ni a sus orishas. Su santo se lo prohíbe, según me dijo.  Primero vivió en Miami, y luego se instaló definitivamente en México. En el segundo piso de su tienda, tiene el consultorio espiritual. Señoreando el altar hay un gran Elegguá -dios de los caminos- rodeado de cocos, tabacos apagados, juguetes, monedas, caramelos...
“Eche tres monedas dentro de esto -oí que le decía a una mexicana con un bebé en brazos mientras le entregaba un envoltorio-, y tírelas frente a la iglesia. Su niño se curará, que Dios lo bendiga”.
Aparte del consultorio y la herboristería, allí se realizan lecturas del Tarot, proporcionan energía para recién nacidos, se realizan limpias personales, de casas, de autos, de negocios, de oficinas... y se hacen trabajos de panteón, de Palo Mayombe...
En otras “botánicas” de este mercado alucinante se ofrecen cursos y conferencias sobre ángeles y arcángeles, se diserta acerca de recetas secretas, coronaciones y rapamientos, iniciaciones en la regla de Ochá. Algunos de estos santeros tienen programas de radio y páginas en Internet.
Es fácil medir el auge de la santería cubana en México: hace treinta años había un solo santero cubano en el Mercado de Sonora, hace veinte años ya eran cinco, y ahora hay más de cuarenta, y creo que me quedo corto.
Ese atractivo irresistible quizá se deba a que es una religión parecida a la de los antiguos griegos, una religión politeísta en la que los dioses son antropomórficos, experimentan pasiones humanas y son muy voluptuosos. No conocen el pecado original típico de la cultura judeocristiana. Esos dioses no sólo tienen relaciones amorosas entre sí, sino también con los seres humanos, pues no dudan en bajar a la tierra para codearse con los mortales. Lejos de ser deidades abstractas y remotas, están más humanizadas, son más terrenales. A todo eso hay que añadir el colorido de los collares, los altares, los atuendos, pues al pueblo mexicano le encanta la viveza cromática.
También hay que sumar las comilonas que tienen lugar durante las fiestas de la santería. El pueblo mexicano es insaciable: aquí los desayunos son interminables, la gente come a cualquier hora del día y de la noche, ya sea de pie en las aceras, o sentados debajo de un toldo casi en medio de la calle, incluso comen en los cementerios el Día de Muertos...
Gusta también nuestra santería porque es una religión popular. Es decir, se trata de una religión pobre, que carece de tradición escrita y tampoco tiene arquitectura. Al ser una religión hasta cierto punto derrotada en el proceso de conquista y colonización, seguramente los mexicanos experimentan una especie de solidaridad recordando a sus antiguos dioses.
Pero volvamos al Mercado de Sonora, donde también he visto algunas botánicas mexicanas. En esas herboristerías venden las hierbas usadas en el chamanismo, a veces mezcladas con componentes más bien propios de la santería cubana, por ejemplo, el coco, la mejorana, el mastuerzo, la cascarilla.
En otro baratillo de nuevo detecto cierto grado de mestizaje mitológico entre el chamanismo precortesiano y el sistema metafísico yoruba-cubano, porque allí cuelga un letrero que dice: “ofrecemos lectura de Okuele (modo de adivinación afrocubana-mexicana).”
La mescolanza es total: veo por aquí un letrero presentando al “brujo oaxaqueño más famoso del Mercado de Sonora”, y un poco más allá, otro rótulo que anuncia “amarres, desamarres, entierros, desentierros, rapamiento en palo mayombe”. Entonces descubrí otro cartel ofreciendo remedios “contra las brujerías”, y pensé que era una alusión directa a la santería cubana.
Entonces mis sospechas se materializaron, pues comprendí que, aparte de hibridación, también había una batalla secreta entre ambas formas de pensamiento mágico. Para confirmarlo, entré en una tienda en cuya fachada se leía: “Tonatiuh, la Casa de los Rituales”. Allí estaba Tonatiuh, que en náhuatl significa “sol”. De las paredes colgaban imágenes de divinidades aztecas, una reproducción de la Piedra del Sol, plumas, máscaras... Tonatiuh me enseñó sus lociones envasadas, elaboradas con yerbas.
“Aquí todo es natural -afirma-, también las veladoras, que vibran con la energía de los vegetales. Aquí nada es sintético, nada es de plástico. Aquí no hay nada de animales muertos, ni sangre, ni tierras de panteón. No usamos nada de eso”, subraya refiriéndose sarcásticamente a la santería. “Tampoco trabajamos de noche, la noche no es de Dios, lo que es de Dios se hace a la luz del sol, las veladoras se encienden solo de día. No bebemos yerbas en infusiones, las quemamos en veladoras mágicas. Yo hago un sincretismo entre la religión católica y la magia mexicana prehispánica, no soy exactamente un chamán, pero por aquí pasan muchos auténticos chamanes, que vienen de las Sierras, de Oaxaca, de Chiapas.”
Tras provocarlo con mis preguntas, por fin me dice: “En la santería hay muchos impostores, incluso hay santeros mexicanos que se hacen pasar por cubanos. Yo soy la plañidera de los desencantados de la santería. ¿Cómo pueden confundir al Niño de Atocha con Elegguá? -sonríe irónicamente-. ‘Quiero zafarme de esto’, me dicen los que han estado metidos en santería. Tienen miedo, y yo los aconsejo, los ayudo. La santería es ciento por ciento comercial -añade-, los turistas van a Cuba y pagan ya desde aquí para hacerse el santo allá, pagan los rituales de la iniciación, y todo eso va incluido en un paquete turístico”.
Obviamente, la santería en México tiene adeptos, pero no faltan sus detractores. Sin embargo, cuál no sería mi sorpresa al conocer ni más ni menos que a un santero mexicano que adora a Cuba, todo lo cubano suscita en él una felicidad inenarrable. “Soy hijo de Ochún y desde que me hice santero todo me va de maravilla. Soy transportista y en todos mis camiones tengo la imagen de la Caridad del Cobre”, agrega y se levanta la túnica blanca para mostrarme dos cicatrices en el pecho que demuestran que fue sometido al duro ritual de iniciación allá en La Habana. “Gracias a Ochún he conocido el amor, porque antes no tenía novia. Desde entonces, tengo amigos, tengo dinero en el trabajo, ahora tengo doce camiones, y antes de hacerme santero tenía sólo uno y yo era el chofer”.
La última vez que lo vi, estaba orgulloso de su trabajo espiritual: “Los católicos nos critican, porque sacrificamos unas palomas. Pero... ¿por qué lo hacemos? Paloma significa Espíritu Santo. En los laboratorios de las escuelas, los niños de doce años, abren las palomas, y luego las tiran. Pero eso nadie lo critica.  Sin embargo, nosotros lo hacemos para purificar el alma con la sangre de la paloma. Lo hacemos para limpiar, para ayudar a la gente, para quitar un poquito de las malas vibraciones que nos rodean. No somos una secta satánica”.
Hace diez años entrevisté al babalao cubano más famoso en México. Nelson Álvarez Freires también se llama Ogunda Bede, nombre que recibió cuando se consagró como sacerdote de Ifá. Me explicó que cuando triunfó la revolución, “el ateísmo y lo de afuera pudo más que lo de la familia y las costumbres, y me mantuve muchos años alejado de la religión. Mi mamá a veces me lo reprochaba, pero la vida política, profesional y social, me sacaba de la familia y de las costumbres. Y estaba más entregado a la revolución”.
Nelson estudió en la Unión Soviética, donde se graduó de técnico medio, luego estudió ingeniería en Cuba. Habla ruso, yoruba, francés y también portugués, pues participó en la Guerra de Angola. Luego estudió la carrera de periodismo, y llegó a ser subdirector de un periódico habanero así como dirigente sindical en el sector agrario y, además, militante del Partido Comunista.
“Todo eso fue entre el año 60 y el 90, y durante esos treinta años estuve alejado de los santos. Pero en el año 1995 me enamoré de una mexicana, me casé y vine para acá. Mi reencuentro con los santos se produjo llegando aquí, porque la lejanía y las dificultades que enfrenta un emigrante, me hicieron regresar a mis raíces.”
Nelson me invitó a entrar en su cuarto de consulta, cuyo altar está dedicado a Orula (San Francisco), que es el dios de la adivinación. “Hay muchísimos mexicanos que son babalaos, paleros, santeras y santeros... No tengo estadísticas, pero puedo decir que conozco como mínimo a cien santeros mexicanos de ambos sexos, y a treinta o cuarenta babalaos mexicanos. ¿Que por qué nuestra religión ha tenido tanta aceptación aquí? Porque el mexicano es muy creyente, y porque en la religión yoruba la gente se consagra y adquiere poderes; no es lo mismo ser chamán en un pueblo que ser padrino de cien personas, no es lo mismo ser ahijado que ser cliente.”
En cuanto a los detractores, me dijo: “Algunos nos dan mala imagen. Son gente que practica la santería solamente por razones económicas y no tienen suficiente preparación. Yo cobro lo que dice Orula, previa consulta, para que la gente sepa apreciar el servicio que se les presta, pero no vivo de esto, soy mercadólogo”.
A diez metros del altar de Nelson vi una computadora portátil con la pantalla llena de estadísticas de mercadotecnia, aunque también el disco duro contenía oráculos e información sobre la religión yoruba.
En Boca del Río (Veracruz) podemos ver ofrendas a Yemayá. En un río de Morelos hombres y mujeres vestidos de blanco reciben baños de Ochún con miel, coco, canela y ron. La santería cubana ha llegado tan lejos que incluso por televisión han anunciado una “Loción Orula”. Pero la computadora de Nelson fue para mí la mejor prueba de la internacionalización de la santería. Comprendí que los orishas se habían informatizado, que ya flotan en el ciberespacio, en un nuevo exilio trenzado de redes planetarias que los hace ser cada vez más ecuménicos.


(*) Publicado en Cubaencuentro el 22 de febrero de 2012.
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febrero 04, 2012

LA BLOGUERA DE LA LIBERTAD

2 comentarios
 
Con motivo de que a Yoani Sánchez le acaban de negar en La Habana el permiso de salida por 19ª ocasión quiero reproducir aquí la entrevista que le hice el 19 de septiembre de 2010 y que publiqué en la revista DIA SIETE, del periódico EL UNIVERSAL, de México.

LA BLOGUERA DE LA LIBERTAD
Por Manuel Pereira
La bloguera cubana Yoani Sánchez fue nombrada recientemente "Héroe de la libertad de prensa en el mundo" por el Instituto Internacional de la Prensa (IPI) y, poco después, ganó el Premio Príncipe Claus.

Esta joven filóloga, residente en La Habana, ya había recibido, entre otros, el Premio de Periodismo Digital Ortega y Gasset. En el 2008 fue elegida por la revista TIME una de “las cien personalidades más influyentes del mundo”, y su blog “Generación Y” fue distinguido, por esa misma revista, como uno de los 25 mejores del mundo. En noviembre de 2009, el Presidente norteamericano Barack Obama respondió a un cuestionario que ella le dirigió a través de Internet: siete preguntas y respuestas que le dieron la vuelta al mundo.

En un país como Cuba, donde los medios de comunicación son propiedad del gobierno, ella es la otra cara de la “verdad” oficial. Día tras día, Yoani cuenta en su blog lo que la propaganda disfrazada de periodismo calla, tergiversa o edulcora. Ella nos revela, en sus más mínimos detalles, el lado oculto de la realidad.

Gracias a las más avanzadas tecnologías Yoani ha logrado romper los muros de la censura vigente en ese museo -o mausoleo- de la Guerra Fría que es Cuba. Por eso la odian tanto en los círculos oficiales, por eso incluso ha sido víctima de atropellos físicos, insultos y arrestos arbitrarios.

Valiente y frágil muchacha que informa más y mejor que cualquier agencia de prensa internacional radicada en La Habana. Sin perder la calidad de su escritura, sus textos describen las penurias cotidianas de la población, son una denuncia a favor de la libertad de expresión y proclaman el derecho de cualquier ciudadano a disentir del pensamiento oficial.

-Ante todo, Yoani, quiero felicitarte doblemente: por los 35 abriles que acabas de cumplir y por tan merecidos premios. Ahora cuéntame cómo empieza un día cualquiera de tu vida -le pregunto en una llamada de larga distancia desde México.

-Todos mis días son diferentes, tal vez porque la realidad cubana no permite una rutina. Esto es un delirio, es como en tu libro La quinta nave de los locos. Desde pequeña estoy acostumbrada a levantarme a las 6 de la mañana. Además, tengo que hacerlo porque tenemos que despertar a mi hijo para que llegue a tiempo a la escuela. Me pongo frente al televisor y me disparo el noticiero nacional, donde uno no se entera de nada, pero por profesionalismo periodístico lo veo de todas maneras. Ese es el momento mágico del día, cuando mi esposo (el también periodista digital Reinaldo Escobar), mi hijo Teo y yo nos sentamos a desayunar. Estamos los tres frente al sol, pues este edificio prefabricado yugoslavo está orientado en esa posición, así que el sol entra por el balcón y nos descubre en nuestra mesa desayunando. Después de eso, bajo a la calle, puedo estar dos horas en una cola para comprar malanga, o bien doy clases de español desde las 9 hasta las doce del día. De eso vivo hace años, al principio empezó Reinaldo con las clases a turistas alemanes, y luego los dos empezamos a dar repasos de español a estudiantes cubanos, aunque debo decirte que después de que empezó a salir mi blog, algunos han cogido miedo y no han venido más...

- Ustedes viven en un edificio bastante alto, en el último piso, que es el catorce...  ¿Cómo se las arreglan cuando hay interrupciones de suministro de agua?

-Eso es angustioso, para que tengas una idea: hace un año hicimos una remodelación en la cocina que estaba desastrosa, y tuvimos que fundir una meseta nueva. Para hacer la mezcla con cemento, poner las cabillas y todo eso, tuvimos que usar agua de la pecera... le pedimos prestada un poco de agua a los peces... Cuando no hay agua, tenemos que cargar cubos escaleras arriba, catorce pisos, y en ocasiones... simplemente ahorramos, somos faquires, y no nos bañamos durante algunos días (risas).

-¿Qué ocurre cuando se rompe el elevador?

-Este edificio se inauguró en el año 1985, los ascensores originales eran soviéticos, y eran una calamidad. No hace mucho los cambiaron por otros rusos. Hay una diferencia importante entre la tecnología “soviética” y la “rusa”. Estos rusos son un poco más estables, se rompen con menos frecuencia, aunque eso es también gracias a que Reinaldo los repara y les da mantenimiento.

- ¿Qué haces cuando hay cortes de luz?

-En los últimos dos años han disminuido los apagones, de todas maneras aquí no puedes contar siempre con electricidad... Parece que las autoridades se han dado cuenta de que hay una relación entre los cortes eléctricos y la insatisfacción popular, así que han tratado de que los apagones no se repitan tanto como antes.

- Algo tan sencillo para cualquier ciudadano del mundo civilizado como es encender la computadora en su casa y conectarse a Internet, para ti es una hazaña cotidiana. Cuéntame cómo haces para conectarte a Internet.


-No tengo Internet en la casa, yo me conecto en los hoteles. Al principio entraba en los hoteles mascullando palabras en inglés o en alemán, haciéndome pasar por extranjera. Después Raúl Castro autorizó que los cubanos entraran y se alojaran en hoteles. Así que aproveché esa nueva circunstancia, y ahora puedo entrar sin tener que fingir que soy turista... Claro, siempre hay operativos de la policía secreta a mi alrededor, informantes que me miran con insistencia o se hacen señales entre ellos. Esos agentes de seguridad no se acercan más a mí por cuestiones de visibilidad, no les conviene provocar un escándalo en medio de tantos huéspedes extranjeros. Por lo demás, yo no tengo nada que ocultar, no tengo armas escondidas en mi casa, ni nada, yo soy transparente, yo entro en los hoteles sin recurrir a camuflajes, yo soy Yoani y escribo un blog... Siempre ejercen cierta presión, pero de ahí no pasan.

- ¿Entras todos los días en Internet?

-¡Ojalá! Toma en cuenta que una hora de conexión a Internet en un hotel, o en un cibercafé, cuesta el tercio del salario normal promedio. Entro una vez a la semana, a veces tardo hasta quince días en conectarme. Yo escribo previamente mis crónicas en casa, y lo llevo todo ya en cuartillas al hotel. Entonces me siento allí frente a la computadora y envío todo eso por correo electrónico. Yo no navego por las páginas. Mando mis textos a comentaristas y traductores de mi blog, y ellos se dedican a publicarlo por mí con una frecuencia y organización que le da vida al blog. Eso pudiera dar la sensación de que yo estoy todos los días en Internet, pero no es así, mis amigos van ordenando el material y van dándole una secuencia. Ahora bien, eso ha cambiado mucho desde agosto del año pasado cuando apareció una milagrosa herramienta llamada twitter y eso me trajo una inmediatez. El twitter es una bendición, ahora emito mensajes inmediatos, no sólo 140 caracteres, sino también imágenes, y... ¡sorpresa desde hace dos semanas!... ahora también puedo emitir audio. Si los cubanos hemos sido capaces de hacer un bistec con cáscara de toronja, si hemos podido inventar la carne sin carne, ¿cómo no vamos a hacer internet sin internet? (risas).


 -He sabido que hace poco matriculaste a tu hijo Teo en  un instituto preuniversitario y allí te encontraste unas normas oficiales escritas por los maestros en el pizarrón: “las hembras no usarán más de un par de aretes (...) Las sayas deberán tener un largo de 4 centímetros por encima de las rótulas de las rodillas. No se permitirán sayas ni pantalones pélvicos (...) Las hembras no usarán maquillaje. No se permiten pulsos, collares, cadenas ni anillos. Los atributos religiosos no podrán estar visibles. No se portarán MP3, MP4, celulares. Los varones no usarán aretes, presillas ni piercing (...) No se permite en los varones: el pelo largo, pintado, pinchos largos, ni figuras en el cabello (...) El cabello de los varones no debe exceder los 4 centímetros”. ¿Qué va a hacer Teo ante esa situación de represión medieval?



- Aunque sólo tiene quince añitos, nuestro hijo es el tipo más libre de la casa. Nunca le decimos lo que tiene que hacer, le dejamos a él la elección de seguir o no las normas de indumentaria y de corte de pelo escritas en la pizarra. Para que tengas una idea de quién es Teo: durante la ola de arrestos conocida como “la Primavera Negra”, tuvimos que contarle que a un amigo nuestro lo habían metido en la cárcel. Eso fue en el 2003, Teo tenía unos ocho años y nos preguntó por qué estaba en prisión nuestro amigo. Le contestamos que porque era un hombre muy valiente, y de pronto nos preguntó: “¿entonces ustedes están libres porque son un poco cobardes?”

-Los vecinos de tu edificio... ¿te apoyan, te evitan, te espían, se solidarizan contigo?

-Hay de todo... En primer lugar, es difícil plantar batalla cuando la persona que repara el ascensor de los 14 pisos es mi esposo. Reinaldo es el mago de este edificio, es el Mecánico del Ascensor. Así que tienen que llevarse mínimamente bien con él. Por otra parte, la gente aquí nos tienen mucha estima, siempre que tocan nuestra puerta para pedir cualquier cosa, nosotros los ayudamos, ellos tienen la experiencia del contacto con nosotros. Las inyecciones de paranoia que les han inoculado han funcionado hasta cierto punto, pero no pueden hacernos un acto de repudio, un mitin donde nos insulten, porque estamos acá arriba, y la concentración de las turbas sería allá abajo, en la calle, y, por tanto, no los oiríamos. Suponiendo que organizaran ese acto de repudio en el pasillo de nuestro piso catorce, tampoco sería efectivo, porque sólo seríamos testigos de esa repulsa nosotros tres, ya que el pasillo es estrecho y no cabe tanta gente. Entonces la parte teatral, la masividad, cuyo objetivo es que la gente en la calle vea y oiga el mitin de repudio, tampoco funcionaría. O sea, la escenografía política callejera, que tanto le interesa al gobierno, no funciona aquí con nosotros.


- En repetidas ocasiones te han invitado a recoger diversos premios internacionales, pero el gobierno no te deja salir de la isla. Hace poco me decías por teléfono: “creo que va a ser más fácil que México venga a mí antes que yo vaya a México”.  ¿Te gustaría venir a México?

-¡Claro! ¡Me encantaría! A México y a Argentina, porque son dos potencias culturales y literarias, a esos dos grandes países tengo que ir, sea como sea...

Así es un día en la vida de Yoani Sánchez.

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febrero 02, 2012

El Llanto del Manatí

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EL LLANTO DEL MANATÍ

Por Manuel Pereira

Frente a las costas de La Española, Cristóbal Colón escribió en su Diario de Navegación que “vido tres sirenas (…) pero no eran tan hermosas como las pintan”. Al Almirante le pasó lo mismo que a Marco Polo cuando confundió al rinoceronte de Sumatra con el unicornio.

Las “sirenas” caribeñas de Colón no eran más que manatíes. A partir de esa confusión original, las fabulaciones de los Cronistas de Indias se multiplicaron, creándose incluso la leyenda de un cacique de Santo Domingo que navegaba con diez indios en el lomo de un manatí domesticado. Pedro Mártir de Anglería incrementó estos trasvases mitológicos confundiendo a los manatíes con los tritones y aun con las nereidas.

En su inevitable libro Ocaso de sirenas, José Durand nos cuenta que, ante la magnificencia del manatí, el conquistador Juan de Salinas Loyola, equivocó el nombre y escribió “magnatí”. Las denominaciones insólitas proliferaban a medida que aumentaba el batiburrillo taxonómico.

Al manatí le llamaron “vaca marina”, porque se alimenta de plantas acuáticas y pasta bajo el agua; también lo nombraron “pez-mujer”, porque tiene tetas y amamanta a las crías apretándolas contra el pecho con sus aletas en forma de “manitas”. Los mexicanos del siglo XV lo apodaron “tlacamichin”, es decir, “hombre-pez”, del náhuatl tlacatl (hombre) y michin (pez).

Dócil, pacífico, vegetariano, del rostro del manatí emana cierta nobleza a pesar de su evidente fealdad. Su constitución antropomorfa lo convierte en un enigma biológico, una criatura inclasificable, acaso el animal más desconcertante del planeta junto con el ornitorrinco. Es el único mamífero acuático herbívoro y, según los registros fósiles del Eoceno, está remotamente emparentado con el elefante por los restos de proteínas que conserva, sus características dentarias y las uñas de las “manitas”, que son planas y redondeadas.

Así las cosas, no es de extrañar que marinos y científicos de otros tiempos confundieran a los manatíes no solo con sirenas sino también con delfines, focas, morsas y hasta tiburones. El conde de Buffon los clasificó entre los cuadrúpedos y Alexander von Humboldt —que fue el primero en diseccionarlos en la cuenca del Orinoco— los catalogó entre los cetáceos.

Todos se equivocaban con el manatí, al que también denominaron “lamantino”, “lamentin”, o “lamantin”, del francés “lamenter”. “Lamantín” le llama Buffon. “Lamentino”, dice el jesuita Clavijero. Y todo ello porque parece que llora o gime cuando lo matan. Ciertamente estos animales emiten chillidos o llantos, como afirma el naturalista Herbert Wendt.

Si en la mitología clásica las sirenas cantaban, en nuestra cruda realidad, los manatíes gimen, sobre todo durante las matanzas a que han sido sometidos hasta ser casi borrados de la faz del planeta. Experimentamos una vergüenza cósmica al constatar que el animal más manso del mundo es una especie en peligro de extinción por culpa de su principal depredador, que es el hombre, por encima del tiburón y del cocodrilo. Las sirenas tuvieron mejor suerte al quedar convertidas en arrecifes.

Para colmo de males, el manatí no ha llegado a ser tan famoso como el delfín, porque no es tan “bonito”. Al ser más arcaico y nada post-moderno, es menos hollywoodense, en suma, nada circense. Sin embargo, no hay espectáculo más digno de verse que una manatina abrazando a sus manatos cuando les da el pecho a flor de agua. Todo el instinto maternal del universo se concentra en este animal. También se abrazan entre sí los adultos y juguetean en el fondo de las lagunas, incluso con los humanos, a quienes no guardan rencor por el daño que les infligen. En sus retozos, los manatíes llegan a besuquearse entre ellos.

Sin duda es el animal más tierno de la creación. Tan tierno que hay testimonios según los cuales los indios del Orinoco y de los ríos amazónicos incurrían con las manatinas “en diabólico pecado”. La carne de estos animales siempre ha seducido a los hombres, no solo como sede de concupiscencia, sino también como manjar. Otro cronista de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, nos habla del manatí desde el punto de vista gastronómico. Su carne cruda es como ternera, y cocida, tiene sabor a atún. Para Oviedo su manteca es la mejor para hacer huevos fritos y “muy buena para arder en el candil”. Hasta el mismísimo Fray Bartolomé de las Casas nos informa que la carne del manatí es muchísimo mejor que la ternera, sobre todo si es tierna y se hace en adobo. Fray Toribio Motolinía también lo probó. Los conquistadores comían manatí principalmente en Cuaresma. En días de abstinencia, guisar manatí, en las Antillas y en México, equivalía a saborear ternera que a su vez era pescado. Así burlaban el precepto eclesiástico. Comer manatí en Viernes Santo se convirtió en una tradición del Nuevo Mundo. Humboldt también lo paladeó, para él su carne “se asemeja más al puerco que a la vaca”. Alexander Olivier Exquemelin, el cirujano pirata, llegó más lejos: “he tenido la curiosidad de chupar la leche de algunas de estas hembras que daban de mamar; la he hallado tan buena como la de los animales perfectos por la cópula”.

La carne del manatí se ha aprovechado incluso con fines ceremoniales. Desde tiempos inmemoriales, olmecas y mayas la apreciaban mucho. Ya había terribles matanzas de manatíes en los últimos años del siglo XVIII. Hacia 1768 se extinguió una especie —la “vaca marina de Steller”— debido a la intensa cacería a que fue sometida en el Estrecho de Bering. El dugón —hermano del manatí en aguas del océano Índico y en la costa suroeste del Pacífico— también está en peligro de extinción.

El manatí ha desaparecido de las costas antillanas hasta quedar reducido a topónimos en Puerto Rico y en Martinica. En Cuba —donde tanto escasea la carne de res— no quedan manatíes. En Campeche, hacia 1960, se vendía la carne de manatí a 50 pesos el kilogramo. A partir de 1987 la legislación mexicana estableció una multa de 7 millones de pesos por matar uno de estos animales. En 1992 otra ley subió la multa a 26 millones de pesos. A pesar de lo cual siguen vendiéndose artesanías (aretes, collares…) confeccionados con huesos de manatí.

Antiguamente se usaba su piel en la construcción de canoas. Tradicionalmente las mujeres han usado el polvo de su cráneo y de sus costillas para detener el flujo menstrual. La grasa servía como ungüento. Un enemigo más moderno del manatí es el turismo, sobre todo las lanchas rápidas cuyas hélices los destrozan, porque el manatí nada muy lentamente casi a flor de agua, razón por la cual es fácil de cazar ya que emerge para resollar cada dos o tres minutos. Otra amenaza son las redes de pesca, sin contar diversas actividades industriales que han modificado el hábitat del manatí en costas y ríos de Florida, México, América Central, Colombia, Venezuela y Brasil.

En los años setenta se introdujeron manatíes en Xochimilco con la intención de controlar el lirio acuático en los canales del famoso lago. Pero los animales murieron por neumonía debido a las bajas temperaturas del agua, según la versión oficial. Sin embargo, existe otra versión de los hechos, quizá algo exagerada, la que nos dejó el poeta nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez: “La Venecia mexicana expiraba de constipado; entonces la Secretaría de Pesca, tan sabia y consecuente, inventó traer los últimos manatíes de la Florida para que se comieran a tiempo la fauna verde. Era de verse: una manada de helicópteros transportó en redes de nylon a todos los que pudieron (manatíes, manatizas, con sus bebeses prendidos a sus tetas) por los aires del Golfo hasta el extransparente Valle más alto del mundo y los depositaron en los taponeados canales de Xochimilco. Los indios implumes creyeron que era milagro y los sacrificaron sin piedad. Y, naturalmente, se los almorzaron con placer…”

Sea como sea, lo cierto es que en los últimos diez años del siglo pasado disminuyó la presencia de estos animales en el estado de Quintana Roo. Donde más quedan es en la Bahía de Chetumal y en el río Hondo. No hace mucho se llevó a cabo en esa bahía un censo aéreo desde avioneta y se contaron hasta 49 animales. Otras informaciones hablan de entre 90 a 130 individuos en la Bahía de Chetumal, declarada Santuario del Manatí en 1996. De todas maneras, son cifras aterradoras. Aunque tanto el Colegio de la Frontera Sur como el Instituto de Biología de la UNAM realizan tenaces esfuerzos, la especie ha sido poco estudiada. Por ejemplo, en general se sabe poco sobre su forma de reproducción.

Conmovido por la infinita desgracia del animal más apacible del mundo, hace seis años peregriné hasta Chetumal, en la frontera con Belice, para contemplar de cerca esta curiosidad zoológica de tiempos pre-adánicos y como recién salida del Arca de Noé. Chetumal es el único lugar del planeta donde el manatí tiene el puesto de honor que le corresponde. Se le ve en estatuas públicas, en folletos turísticos, en logotipos. Los niños acarician a los manatíes que de noche se acercan a la orilla del bulevar para comer algas.

Y allí conocí a Daniel, una cría en cautiverio, nadando en una “piscina” improvisada en la Laguna Guerrero. Allí tenía todo lo que necesitaba: mangle en las orillas, pasto acuático, baja profundidad de las aguas cuya temperatura está por encima de los 20 grados centígrados, salinidad variable y fuentes naturales de agua dulce.

Familias enteras acudían a ver a Daniel para rascarle el lomo con un cepillo. Daniel tenía por entonces poco más de veinte meses de edad y ya medía aproximadamente metro y medio. Su cuidador —Eladio Juárez— le daba de comer puñados de algas directamente en la boca. Daniel sacaba la cabeza buscando su condumio y luego giraba lentamente en el agua como queriendo dar saltos de alegría.

Mientras me alejaba de la laguna Guerrero adentrándome en la selva para visitar unas ruinas mayas, escuché algo deslizándose por debajo del canto de los pájaros, algo así como un lamento, una queja apenas perceptible. Era el llanto ancestral del manatí.

(*) Publicado en Cubaencuentro el 2 de Febrero del 2012.
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enero 30, 2012

DERRUMBES

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DERRUMBES
 Por Manuel Pereira
A los tantos edificios que se caen en La Habana, se ha sumado el Cine Campoamor. Un fragmento de la memoria física de mi juventud acaba de extinguirse. He aquí un pasaje del capítulo 28 de mi novela Insolación (Editorial Diana, México, 2006) donde lo evoco.

La Wong y Joaquín iban al cine Campoamor para matearse, enroscaban sus lenguas hasta casi asfixiarse en la última fila de butacas, que era la más oscura. Mientras tanto, en la pantalla, los enemigos del pueblo masacraban a balazos a un bolchevique. Ya le habían metido unos treinta tiros en el cuerpo, pero el tipo seguía caminando hacia sus enemigos de clase, gritándoles consignas edificantes. Era la versión proletaria de Supermán. La película era soviética y se titulaba El Comunista. Hacía como un año que permanecía en cartelera. Joaquín se la sabía de memoria.

Cuando él estudiaba ruso en el Capitolio, iba a verla solamente para recibir un baño lingüístico. Aprendió más ruso con esa película que con Nina Potapova. Pero ahora ya no veía ni oía la película, estaba demasiado entretenido mateándose con la China. Los cines ya no eran ni la sombra de lo que eran tres años atrás. Ya no había vendedores de maní garapiñado, tampoco se podía fumar... ya casi nadie gritaba aquello de “¡Cojoooooo, suelta la botella!” cuando alguna escena se interrumpía bruscamente por culpa del proyeccionista. Joaquín recordaba con nostalgia la atmósfera delirante de los cines antes de la revolución. “¡Vayaaaaa, traigo caramelos, galleticas, peters, bombones, maní garapiñaoooooo... coooooca-cola, cooocaína, mariguanaaaaaaaa!”, exclamaba el vendedor de golosinas del Majestic cuando recorría la platea haciendo bocina con la mano, con una linterna bajo el brazo y un quepis verde de medio lado. La gente estallaba en carcajadas con lo de “mariguanaaaaa”. Ese risoteo se había acabado.

Desde la puerta del cine Campoamor, mientras esperaba a la China, contemplaba los jardines del Capitolio abandonados, enyerbados. En el frontispicio de mármol empezaban a crecer las hierbas y en algunos capiteles dóricos se advertían raíces aéreas. De seguir así, dentro de poco allí estarían pastando las vacas. Los cristales de los altos ventanales estaban polvorientos, o rotos a pedradas. Por dentro, las telarañas tapizaban las banquetas de los hemiciclos. Primero convirtieron el Capitolio en Escuela de Idiomas y, más recientemente, en Academia de Ciencias, a pesar de lo cual, el Capitolio -más grande que el de Washington- estaba cada vez más descuidado. Incluso las placas de oro de su cúpula habían desaparecido misteriosamente. Pareciera como si los guerrilleros -orientales en su mayoría- que habían tomado el poder cinco años atrás estuvieran castigando a la ciudad, humillando sus símbolos, privándola de sus encantos.

Joaquín nunca había dado un beso en la boca, pero entre Salutaris y el Cawy le habían llenado la cabeza de fantasías bucales donde pululaban las lenguas enroscadas como serpientes. Salutaris le había regalado una cajita de chicles “Adams”, producto de sus andanzas con los marineros griegos por los muelles. Antes de hacerle el obsequio, le habló de la técnica del “chicle permutable”.

La “permuta” era la última invención de los Reyes Magos en materia de gestión inmobiliaria. Ya no se alquilaban, ni se vendían, ni se compraban, casas ni apartamentos ni cuartos. Ahora, si alguien quería mudarse, tenía que permutar a través de un organismo estatal. La gente cambiaba un apartamento por dos cuartos, o tres cuartos por un apartamento... las variantes eran infinitas tomando en cuenta ubicación, cantidad de metros habitables, acceso a medios de transporte, condiciones de la vivienda, etcétera.

Así que la técnica del “chicle permutable” también consistía en un intercambio. Había que masticarlo un poco nada más entrar en el cine. Cuando empezara a matearse con la China tenía que meterle por sorpresa el chicle en la boca empujándolo con la lengua. Lo ideal era que luego lo intercambiaran, como en una permuta bucal.

Tener un chicle era por entonces casi como poseer un crédito bancario, porque las pepillas adoraban el aliento perfumado de un beso “Adams”, pero también era un arma de doble filo, porque si la policía te cogía masticándolo podías ir a parar a una granja donde había que trabajar de sol a sol.

Joaquín introdujo el chicle en la boca de la China y ella reaccionó como si conociera esa técnica de toda la vida. A veces ella escondía el chicle y Joaquín tenía que buscarlo con la punta de la lengua entre las muelas y en las encías. Antes él iba a ese cine a practicar idioma con el “Manual de Lengua Rusa” bajo el brazo, ahora iba a ejercitarse en lecciones de lenguas nada muertas.

Mientras al bolchevique seguían metiéndole tiros en la pantalla, el “chewing gum” -como decía Salutaris dándose aires de políglota- iba de una boca a la otra, ya sin sabor, pero creando una extraña sensación de unión entre los dos, como en el ritual de ciertos reyes africanos que suelen demostrarse afecto escupiendo uno dentro de la boca del otro.

Una tarde la China no asistió a la cita. Joaquín se fumó una cajetilla de “Dorados” esperándola en la puerta del Campoamor. Tampoco contestaba al teléfono, o bien salía una prima mentirosa que siempre inventaba alguna excusa: “no está”, “salió a ver a su abuela”...
La China lo había dejado. Tal vez se había buscado otro novio. Joaquín lloró un poco. “No sufras por ninguna mujer, mi almita. No paga la pena”, volvió a decirle Numancia cuando lo vio tristón.

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enero 11, 2012

EL RATÓN UTOPISTA

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EL RATÓN UTOPISTA
 Por Manuel Pereira
Un ratón recorre el mundo: el ratón de la Utopía. Aparece en El aprendiz de brujo, de Walt Disney. El origen de esta secuencia se remonta a un relato de Luciano de Samosata escrito hace dieciocho siglos. En su obra titulada Philopseudés, un mago egipcio se muestra capaz de dar vida a los objetos inanimados para ponerlos a su servicio. Inspirándose en esa sátira, Goethe escribió a finales del siglo XVIII su poema Der Zauberlehrling, magistralmente musicalizado cien años después por el compositor francés Paul Dukas.

En 1940 Walt Disney sintetizó toda esa herencia regalándonos lo que, a primera vista, parece un divertimento destinado al público infantil. Sin embargo, El aprendiz de brujo atesora mucho más que eso, pues detrás de la entretenida fábula descubrimos otros significados, una segunda lectura, como en un palimpsesto.

En realidad, lo que vemos en pantalla es el rotundo fracaso de la utopía. En rigor, se trata de una distopía. Recordemos y glosemos esta historia contada por Disney en Fantasía.

Un viejo brujo parecido a Merlín hace hechicerías en su castillo. El ratón Miquito —que es su sirviente o ayudante— lo observa de reojo, temeroso, mientras acarrea agua. El druida bosteza y se retira a dormir no sin antes quitarse el sombrero mágico. El ratón enseguida corre a ponerse el sombrero. Quiere imitar a su amo, pero ignora que no basta para ello con ponerse un sombrero.

Aquí vemos el afán de igualdad, que es el tópico utópico más típico. La búsqueda obsesiva de la igualdad nace de la envidia social. Por ese camino se llega pronto a un igualitarismo por decreto que pretende igualarnos a la baja, como en el Lecho de Procusto, donde todos tienen que encajar en la misma medida. A la corta o a la larga, toda utopía deviene “procustopía”.

En Cuba, durante más de medio siglo, el Gobierno ha proclamado grandes éxitos en materia de igualitarismo. ¿Cuál ha sido el resultado? ¿Adónde ha conducido todo eso? A desigualdades cada vez más escandalosas. Baste un ejemplo, el de la doble moneda, que establece un apartheid, convirtiendo a los cubanos en ciudadanos de segunda.

En realidad, lo único que puede igualarnos es la muerte, de manera que todo lo que aspire a emparejarnos es preludio de muerte. De ahí que la consigna “Socialismo o Muerte” sea una redundancia.

En otra fábula distópica (Rebelión en la granja), Orwell sentenciaba: “Todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros”.

Ahí radica el mayor error de los utopistas. No quieren admitir las asimetrías que saltan a la vista por doquier en la naturaleza, niegan la diversidad en los seres humanos y promueven la aniquilación del individualismo, todo lo cual, tarde o temprano, los lleva a estrellarse contra el muro de la realidad.

La promesa de abolir las desigualdades sociales es la hoguera donde arde la lucha de clases que los utopistas atizan echándole más leña al fuego.

Ni corto ni perezoso, Mickey Mouse empieza a ejercer la telequinesia sobre una escoba, que enseguida cobra vida. Entonces le ordena que cargue unos baldes y haga su trabajo por él. La escoba va y viene desde la fuente del patio hasta un estanque dentro del castillo, donde descarga los cubos.

Ahora el ratón se siente tan poderoso como su amo. Hasta aquí todo ha salido a pedir de boca. Se arrellana en un butacón desde donde, moviendo los dedos, sigue impartiendo órdenes a la escoba esclava. De pronto, se queda dormido.

El ratón Miquito empieza a soñar, que es lo que mejor saben hacer los utopistas. Se eleva impartiendo órdenes a las estrellas. Congrega y moviliza los cuerpos celestes: meteoritos, cometas, soles, planetas. El cosmos se rinde ante su ímpetu fáustico. Chocan los astros, caen lluvias de polvo estelar, se encrespan las olas, estallan rayos y tormentas. El ratón está jugando a ser dios, ya domina el universo.

Lo que vemos aquí es la arrogancia y la megalomanía de los dirigentes comunistas. Después de tantos años en el poder, sin que nadie los critique, sin prensa libre ni opositores, solo rodeados de adulones que les arrullan lo que ellos quieren oír, hasta cierto punto es lógico que terminen endiosándose.

Mientras sueña, Mickey Mouse no advierte que ha provocado una inundación. Su silla empieza a flotar en medio del aluvión. Se cae de la butaca y casi se ahoga. Solo entonces despierta. Empapado y perplejo, descubre que la escoba ha seguido trayendo agua mientras él dormía. Trata de detenerla, pero ésta sigue trabajando sin parar.

Tras abrir la Caja de Pandora, las fuerzas que ha desencadenado son incontenibles. No sabe cómo controlarlas, no sabe corregir la imprudencia que ha cometido al tratar de imitar al Viejo Gran Maestro, no tiene ni la más remota idea de cómo enmendar el desaguisado que ha perpetrado por querer transformar la realidad a su antojo.

Esta escena simboliza el momento en que los gobernantes comunistas descubren que sus arcas están vacías, o se percatan de que, a su vez, la potencia que los subvencionaba también está en bancarrota y ha dejado de enviar sus generosos subsidios.

El amargo despertar de los utopistas, después de tantos años de sueños delirantes y experimentos absurdos, equivale a la frase de Raúl Castro: “O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos, y hundiremos (…) el esfuerzo de generaciones enteras.”

Al ver que la escoba ya no se detiene, desesperado, Mickey Mouse coge un hacha y la hace añicos. Aliviado, está convencido de su éxito. Aquí tenemos otro rasgo inconfundible de los utopistas: no ver la realidad como es, sino como les gustaría que fuera, o sea, confundir la realidad con el deseo.

Súbitamente las astillas, los leños de la escoba, empiezan a vibrar y a cobrar vida. Este es el resultado que aguarda a los utopistas, tan amigos de aplicar soluciones tajantes para problemas complejos que requieren sentido común, sabiduría y grandes dosis de pragmatismo.

Caerle a hachazos a la escoba implica violencia, represión. Así reaccionan los utopistas cuando algo no les gusta: simplemente lo destruyen. Al destrozar la escoba desobediente, lo único que ha conseguido el ratón es una abrumadora multiplicación, pues cada leño y cada astilla vibrante se convierten rápidamente en otras tantas escobas.

Aquí también percibimos otro síntoma del deterioro utopista: el incremento de la empleomanía estatal inherente a las economías centralizadas y planificadas al estilo soviético. La multiplicación de las escobas es una metáfora de las plantillas infladas que, en momentos de apuro, los gobernantes utopistas deciden desinflar recurriendo a esa práctica tan capitalista que son los despidos masivos.

La multiplicación de las escobas también nos recuerda la frase del comandante Ramiro Valdés: “las masas… no pueden esperar que papá Estado venga a resolverles y como los pichones: abre la boca que aquí tienes tu comidita.”

Muy pronto esas “masas” de escobas seguirán su marcha implacable hacia la casa, volcando allí más cubos de agua. El castillo se inunda. El ratón está angustiado, no conoce la fórmula mágica para deshacer el hechizo y detener aquella locura que no es sino la utopía en su apogeo. Estas cosas suceden cuando los despropósitos, improvisaciones y voluntarismos se han acumulado hasta estallar en las narices de estos “magos” de la ingeniería social.

Mickey Mouse trata de sacar agua con un cubo, la arroja por una ventana, pero por cada cubazo que él lanza hacia afuera, cientos de escobas derraman sus cubos dentro de la casa anegada.

Esta especie de ratoncito Pérez, que se cayó en la olla por la golosina de la cebolla, ahora se ahoga (“nos hundimos, y hundiremos”, Castro II dixit). Flotando sobre un grimorio, gira en un remolino de agua que lo arrastra a las oscuras profundidades. Es como Mao-Tsé-tung nadando en el río Yangtsé con su Libro Rojo a guisa de balsa.

El ratón utopista hojea frenéticamente el libro de ciencias ocultas propiedad de su amo, busca alguna fórmula mágica capaz de impedir el naufragio. Diríase que es un comunista leyendo por primera vez a Adam Smith.

Pero las escobas siguen en su actividad arrolladora. Mickey se ahoga irremediablemente, no encuentra el conjuro adecuado en el libro, no sabe leerlo, no lo entiende o no tiene tiempo para consultarlo cuidadosamente.

¿Qué son las consignas de los utopistas —vociferadas y repetidas como mantras— sino ensalmos recitados en voz alta ante las multitudes para conjurar peligros, tratar de influir sobre la realidad y cambiarla mágicamente? Una consigna milagrosamente eficaz es lo que busca en vano el ratón Miquito.

De pronto aparece el Mago —el de verdad—. Al regresar del dormitorio, descubre el caos imperante en la sala de su castillo. Levanta las manos y, con un par de gestos, parte en dos las aguas, como hizo Moisés cuando levantó su vara abriendo un camino seco en medio del Mar Rojo para que el pueblo judío pudiera atravesarlo.

Esas manos alzadas y la separación de las aguas nos remiten a Egipto, donde transcurre el relato original y donde vivió Luciano de Samosata al final de su vida.

El báculo de Moisés que separa las aguas del Mar Rojo es el mismo que él ya había convertido en serpiente en otro pasaje de la Biblia. Los magos egipcios también sabían transformar sus bastones en serpientes.

En esas transmutaciones de cayado en reptil ya estaba presente la idea de animar lo inanimado, que viene desde la creación de Adán a partir del barro. En uno de los Apócrifos del Nuevo Testamento, el niño Jesús hace pajaritos de barro que luego echa a volar. Por su edad, en aquel entonces el hijo del carpintero vivía en Egipto. Los hebreos aprendieron mucho de los egipcios, no solo el monoteísmo de Akhenatón. Los papiros mágicos egipcios hablan de estatuillas de terracota usadas en rituales de nigromancia que tienen más de tres mil años de antigüedad.

Lo inerte cobrando vida no podía faltar en la mitología clásica (Hefesto, Pandora, Prometeo, Pigmalión…). Ese mismo principio taumatúrgico, con ligeras variaciones, se prolonga en la leyenda medieval del Golem, en el homúnculo alquímico de Paracelso, en el Frankenstein de Mary Shelley y en el Pinocho de Collodi. Más tarde continuará con los robots de Karel Capec y los de Asimov, con el androide que suplanta a María en Metrópolis, con las Muñecas Eléctricas del futurista Marinetti y con los replicantes de Blade Runner.

Tanta imaginación desenfrenada es razonable —y aun recomendable— cuando está concebida con fines literarios, artísticos, místicos o religiosos, pero no cuando sus propósitos son económicos, sociales y políticos.

Allan Kardec y sus seguidores pueden disfrutar todo lo que quieran con sus mesas giratorias, pero cuando eso desemboca en la Mesa Redonda de la Televisión Cubana… ¡apaga y vámonos!

Cuando Marx, en la Crítica del programa de Gotha, dice: “De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades” pretende ni más ni menos que la escoba barra sola y que, además, cargue los cubos de agua.

Cuando el Che Guevara inventó el trabajo voluntario, la emulación socialista y los estímulos morales como formas de aumentar la producción, reincidió en el error incurriendo en otro frustrado acto de magia.

En ambos casos, se trata de que lo inmaterial (lo moral) actúe sobre lo material, transformándolo e incluso creándolo. Lo que se busca es que lo invisible (estímulos morales) sustituya a lo visible (incentivos materiales) en las actividades productivas.

Esa falta de realismo económico es la kryptonita de los utopistas. Tantos delirios teóricos, y la obstinación de ponerlos en práctica, equivalen al intento de infundirle vida a un trozo de barro con tan solo un soplo divino.

Estas supersticiones, siempre envueltas en palabrería seudocientífica, paradójicamente son llevadas a cabo por ateos recalcitrantes.

Al final, las aguas se retiran, la habitación queda seca, todo vuelve al orden. Sumisamente, el ratón Mickey le devuelve el sombrero al Mago. El druida le da un escobazo en el trasero echándolo fuera de la casa. Es como si le dijera: “zapatero, a tus zapatos”. Cualquier parecido con las recientes elecciones españolas es pura coincidencia.

¿A quién representa el Viejo Maestro en mi exégesis?

Pudiera ser Dios, creador de tantas cosas, desde las flores y las mariposas hasta las estrellas y los océanos. Por si acaso algún lector no es creyente, digamos que ese druida también simboliza las inmutables leyes de la Naturaleza. Es decir, encarna el discurso de la Realidad, única fuerza capaz de poner en su sitio, tarde o temprano, a los utopistas.

Dicho de otro modo, ese Merlín personifica la tradición y la experiencia acumulada durante siglos por inventores, comerciantes, hombres de negocio, industriales, técnicos, científicos y los emprendedores en general, que son los únicos que saben producir riqueza en abundancia.

Me anticipo a posibles críticos. Por supuesto que el modelo democrático tiene defectos y se cometen injusticias, pero aun así, todos los defectos del capitalismo juntos no llegan ni al cincuenta por ciento de todas las deficiencias del comunismo. Como decía Winston Churchill: “la democracia es el menos malo de los sistemas políticos”. El comunismo, como antídoto contra los males del capitalismo, es un remedio que resulta peor que la enfermedad.

El sistema económico que ha concentrado más personas capaces de generar bienestar material y espiritual es el capitalismo. La clase social que más talentos de esa índole ha gestado a lo largo de la historia es la burguesía.

Esto fue lo que comprendió Deng Xiaoping cuando proclamó que “enriquecerse es glorioso”. Eso mismo conjeturó Gorbachov con su Perestroika y su Glasnot.

Ambos comunistas redescubrieron el capitalismo tras décadas de experimentos utopistas —o sea, medievales, pues no han sido más que retrocesos al feudalismo.

Esos ensayos infligieron a sus pueblos —y a otros que los imitaron— múltiples e inútiles sufrimientos, como carencias crónicas, la prohibición de viajar libremente, de opinar, de tener el pelo largo, de oír o bailar rock, de rezar y poner arbolitos de Navidad, de tener acceso a Internet, el hambre científicamente programada, los destierros sin retorno permitido, el desgarramiento de las familias separadas, el incalculable número de balseros cubanos ahogados, o una cifra aún mayor de naufragios en los Boat People de Vietnam, la imposición del Pensamiento Único y de lo Políticamente Correcto, el auge de la Policía del Pensamiento y de la Neo-lengua, el espionaje y la delación entre vecinos, un único Partido, dinastías “revolucionarias” eternizadas en el poder, la coartada de echarle siempre la culpa de todo lo malo al enemigo exterior, entrenamientos y simulacros militares cada dos por tres, ingentes gastos armamentísticos en detrimento de la canasta básica, el miedo inculcado desde la infancia, insultos gubernamentales (“traidores”, “vende-patrias”, “mercenarios”, “gusanos”, “escoria”, “escuálidos”) contra aquellos ciudadanos que no comparten la ideología oficial, crisis de misiles que pusieron al mundo al borde de la destrucción, guerra en Afganistán, invasiones en Hungría y en Checoslovaquia, guerrillas en América Latina, la guerra en Angola, la matanza en Tian'Anmen, colectivizaciones forzadas, censura férrea, purgas en el Partido, procesos kafkianos en público y por televisión, represión contra religiosos y homosexuales, escritores silenciados, otros ejecutados, algunos suicidados, mujeres pacíficas vapuleadas en la calle por turbas progubernamentales, psicosis de Guerra Fría, planes quinquenales incumplidos, millones de horas de estúpido trabajo voluntario que suman años de tiempo perdido, campos de concentración (UMAP por aquí, Gulags por allá), miles de discursos tan tediosos como vacíos, expropiaciones masivas, cero propiedad privada, ningún derecho de herencia, fusilamientos, largos encarcelamientos, el Estado de Derecho extinguido, el hábeas corpus inexistente, el sentido del humor coartado, la libertad de asociación y de reunión imposibles, el derecho a huelga cancelado hasta nuevo aviso, salarios de miseria dignos de esclavos, la cultura secuestrada en mayor o menor medida por el aparato de propaganda del partido…

¿Por qué Marx usó la palabra “fantasma” (Gespenst) para definir al comunismo en la primera oración de su famoso Manifiesto? Obviamente es una metáfora para esbozar algo capaz de asustar a las fuerzas más poderosas de su tiempo en Europa. Aun así no deja de ser interesante que eligiera esa palabra en vez de, por ejemplo, tigre, amenaza, peligro, huracán, terremoto… En cierta forma, es casi como si reconociera que en aquel entonces (1848) el comunismo no era más que una visión quimérica, un espantajo, un fenómeno sobrenatural que no pertenecía a este mundo sino al Más Allá. A fin de cuentas, ¿qué es cualquier utopía sino una fantasmagoría?

En cualquier caso, lo que Marx desencadenó con su Manifiesto Comunista fue un poltergeist en la historia del siglo XX cuyas catastróficas repercusiones amenazan con extenderse al siglo XXI.

Marx creó un Golem que no solo destruyó todos los entornos donde se instaló sino que además terminó desobedeciendo —igual que las escobas de Mickey Mouse—, e incluso se volvió contra su propio creador.

Fidel Castro —en un raro momento de lucidez— supo vislumbrar a ese Frankenstein tropical: “Este país puede autodestruirse por sí mismo. Esta revolución puede destruirse. Nosotros sí, nosotros podemos destruirla…”

El siglo XX engendró dos Golems. Uno es esa utopía de ultraderecha que fue el nazismo, anunciada en la novela Michael, de Goebbels. El otro se tambalea, escorándose a la izquierda, y le llaman el “Hombre Nuevo”. Se parece tanto al sonámbulo César del Doctor Caligari que no es extraño que en una Cuba ya zombificada se filmen películas de muertos vivientes.

De esos dos totalitarismos, el que más ha durado es el comunista, y sus principales aprendices de brujo van desde Marx y Engels hasta Hugo Chávez, pasando por Stalin, Lenin, Trotsky, Che Guevara, Fidel Castro, Mao Tsé-tung, Pol Pot, Ieng Sary, Kim il-Sung, Ceausescu, Enver Hoxha, Honecker, Tito…

Lo más curioso es que, a pesar de que todos sus proyectos han fracasado, no faltan nostálgicos —o cínicos— que tercamente siguen procurando fórmulas mágicas, ignorando a consciencia las terribles lecciones de la historia más reciente: la debacle del campo socialista en Europa Oriental, la extinción del CAME o COMECON, la desaparición del Pacto de Varsovia, la caída del Muro de Berlín, la transición de China hacia un capitalismo de estado, la improvisación cubana de una precaria economía del timbiriche…

Todos estos derrumbes, así como las lentas transiciones denominadas “ajustes” o “actualizaciones”, describen el desmantelamiento vergonzante del modelo comunista, no son más que capitulaciones e implican el reconocimiento tácito del fiasco del sueño utopista.

Sin embargo, muchos intelectuales, artistas y académicos se empeñan en seguir soñando. Están en su derecho. Lo malo es que contaminan y confunden a otros mucho menos informados.

Estos candidatos a aprendices de brujo argumentan que la utopía es tan bella (al menos en teoría) que vale la pena intentarla de nuevo, lo cual es como darle otra oportunidad al cirujano que ha matado a un montón de pacientes en el quirófano. A ese cirujano habría que mandarlo a la cárcel, lo cual, en el caso de la utopía, significa mandarla al basurero de la historia.

Pero los nostálgicos insisten sin la menor pizca de rubor. Alegan que la utopía es como el horizonte, que mientras más nos acercamos a él, más se aleja y que, por tanto, la utopía sirve para eso: “para caminar”.

¡Qué poético! Pero… ¿caminar hacia dónde? ¿Hacia el abismo? No, gracias.

Las utopías son el parto de los montes, y la montaña parió un ratón.



(*) Publicado en Cubaencuentro el 11 de Enero del 2012.
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