mayo 24, 2018

EL BIG BANG DE WELLS


EL BIG BANG DE WELLS
Por Manuel Pereira

Inaugurado por Julio Verne, el género de ciencia ficción adquirió su mayoría de edad con el escritor inglés Herbert George Wells (1866-1946) quien escribió más de ochenta libros. Los más memorables son La máquina del tiempo (1895), La isla del Dr. Moreau (1896), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898). 
H. G. Wells estudió biología, pero debido a diversas estrecheces económicas tardó varios años en licenciarse. Sin embargo, tuvo suerte, pues logró obtener una beca que le permitió ser alumno del eminente biólogo darwinista Thomas Huxley.
A los 32 años -y a pesar de su origen humilde-, ya había publicado los cuatro clásicos antes mencionados dejando para siempre su nombre grabado en el mapa de la literatura universal.
Gran parte del éxito de H. G. Wells se debió a sus convicciones ideológicas. Defendía la posibilidad de una sociedad utópica, y reprendió duramente a políticos y mandatarios, sobre todo en lo concerniente a conflictos bélicos. Ya en la Segunda Guerra Mundial criticaba los “individualismos nacionalistas”.
Debido a ese posicionamiento lo tildaron de utopista izquierdista, unas recriminaciones que se incrementaron cuando entrevistó a Lenin en 1920 y a Stalin en 1934. Era lógico que el sueño bolchevique ejerciera sobre Wells una fascinante atracción, pues al llegar a Moscú seguramente se sintió como su personaje el Viajero del Tiempo. Es fácil adivinar que estaba viviendo en carne propia la aventura futurista de su mítico protagonista. Seguramente se sintió bajando de su prodigiosa “máquina del tiempo” en la Plaza Roja para asistir por anticipado al futuro de la civilización. Para él tuvo que ser una emoción única, trascendental, poder entrevistar cara a cara a los principales demiurgos de ese porvenir que se anunciaba como un paraíso en la tierra.
H. G. Wells era “fabiano” al igual que otros connotados intelectuales de entonces, por ejemplo Bernard Shaw y la anarquista Charlotte Wilson. Por tanto, soñaba con “el estado mundial” o un mundo mejor. Además, creía que por medios genéticos podría lograrse una raza de seres intelectualmente superiores. Era pacifista y criticó el racismo afroamericano en Estados Unidos. No era un simple narrador, sino, ante todo, un pensador.
La paradoja es que Wells fue más utopista en su vida que en su obra. Lo que él despliega en sus libros son distopías, es decir, utopías frustradas, visiones apocalípticas del futuro, como en su famosa ficción de la máquina capaz de navegar hacia adelante y hacia atrás en el Río del Tiempo.
Ese Viajero en el Tiempo regresa de un remoto porvenir con una flor. Heredera de la flor onírica de Coleridge, la malva blanca de Wells parece simbolizar la esperanza de un futuro mejor. Sin embargo, está marchita. La descripción de ese “paraíso” -situado en el año 802, 701- demuestra que es todo lo contrario a un edén. Allí, lejos de haber desaparecido la división de clases, ésta se ha recrudecido salvajemente. Los abominables Morlocks habitan bajo tierra donde realizan tareas industriales. Personifican al proletariado. Estos seres infrahumanos devoran a los “burgueses”, es decir, a los apacibles Eloi que viven arriba, en la superficie.
Si en la época del autor la burguesía explotaba al proletariado, en el futuro será el proletariado quien explote y devore a los burgueses. Esa inversión de la perspectiva histórica plantea una incongruencia inquietante. ¿Vale la pena luchar tanto para al final descubrir que realmente nada ha cambiado sino que tan solo se han invertido los polos? Si en el futuro la sociedad sigue siendo desigual entonces estamos ante una especie de fatalismo histórico, lo cual se ha verificado tanto en las utopías de izquierda como en las de derecha, ya que sólo han dado lugar a regímenes dictatoriales.
Pareciera entonces que Wells ha deslizado una sutil jocosidad darwinista, algo así como que vamos de la revolución a la involución. La utopía wellsiana con sus tintes pesimistas es una especie de gatopardismo avant la lettre, pues “todo ha cambiado para que nada cambie”, como diría Lampedusa.
En otra de sus utopías al revés (La guerra de los mundos), una invasión de marcianos con sus gigantescas máquinas se alimentan de la sangre de los terrícolas. Este atroz factor nutritivo se reitera en El alimento de los dioses (1904), donde unas aves de corral comen una sustancia inventada por un par de científicos británicos “sin escrúpulos”, como los define el autor.
Ese experimento alimenticio en la granja avícola hace que los animales crezcan desmesuradamente. Al romperse el equilibrio ecológico, los animales gigantes se multiplican y destruyen las ciudades, ratas del tamaño de perros atacan a otros animales más pequeños y también los pollos se comen a algunos seres humanos. Avispas y escarabajos gigantes zumban por doquier, casi como helicópteros.
Ese nuevo nutriente llega a los bebés y nace una raza de gigantes humanos. Las personas de tamaño “normal” deciden enfrentarse a las ratas gigantes que salen por las noches sembrando el terror en las zonas rurales inglesas. La batalla está servida y el desenlace es dudoso.
Semejantes pollos ciclópeos no son huérfanos literarios, pues descienden de un linaje muy europeo: el francés François Rabelais (con su Gargantúa y Pantagruel) y el irlandés Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver (1726). 
A partir de esos dos clásicos surgieron nociones como gigantismo, enanismo, liliputienses, distorsiones volumétricas, etc. ¿Y qué es el gargantuismo por alimentación artificial sino otra forma de invasión marciana? Todo en Wells es rabelaisiano y gulliveriano. O sea, el autor es coherente a pesar de (o gracias a) su obstinada pasión por las asimetrías.
Los avances genéticos vinculados a desenlaces teratológicos, o los progresos científicos asociados a dilemas morales, es una línea temática que también reaparece en otra obra de Wells: La Isla del Dr. Moreau, (1896). Aquí asistimos al entusiasmo de Wells por la teoría de la evolución, un darwinismo poco optimista ya que, como se ve en la novela, lo mismo puede avanzar como retroceder.
Volviendo a El alimento de los dioses (motivo de este prólogo), ya hacia 1904 a algunas personas les asustaba el progreso de la ciencia en materia de alimentación. En eso Wells fue profético. Hoy lo más cercano a ese miedo a los riesgos de la ciencia serían los alimentos transgénicos que tanta polémica despiertan. No olvidemos los bebés a la carta, o la creación de embriones de laboratorio para parejas infértiles. En 1986, cuando tuvo lugar el accidente nuclear de Chernóbil, en Alemania muchas personas dejaron de comprar y consumir lechugas porque habían estado expuestas a la lluvia radioactiva. Hoy se habla mucho de la “comida chatarra”.
Por si fuera poco, el argumento de El alimento de los dioses generó filmes de terror mediocres, el mejor de los cuales fue La Tarántula (Jack Arnold, 1955) donde una araña gigante se escapa de un laboratorio en el desierto de Arizona. Pareciera que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, como podemos comprobar en otra película, de 1976, dirigida por Bert I. Gordon, tan apegada a la obra de Wells que lleva título homónimo. Las aventuras salidas de la imaginación de nuestro autor han tenido gran resonancia en otros medios, bastaría mencionar la famosa versión radiofónica de Orson Welles inspirada en La guerra de los mundos que puso a Estados Unidos al borde de la histeria colectiva en 1938. Otro eco sería la fábula distópica Rebelión en la granja(1945), de George Orwell, donde los animales en vez de comerse a los humanos se rebelan contra ellos para instaurar la dictadura del proletariado en un potrero.
Otras subtramas se entremezclan en El alimento de los dioses: ambiciones de políticos, el fanatismo, la religión, la codicia, el dinero, el oportunismo para aprovecharse de los gigantes… haciendo del libro, aparte de un relato de ficción, una sátira social.
Wells supo pronosticar estas y otras situaciones con décadas de antelación. Ello se debe a que fue consciente de su época. Las ficciones wellsianas nacen directamente del contexto histórico que le tocó vivir. Él vivió y escribió en la bisagra entre dos siglos, cuando muchas cosas cambiaron abruptamente en un giro copernicano de 180 grados.
Recordemos algunos hechos trascendentales: durante el siglo XIX el ferrocarril despertó muchas críticas y fobias, incluso algunos se preguntaban si las mujeres embarazadas no sufrirían abortos por las sacudidas. En 1895 el capitán Alfred Dreyfus fue degradado y condenado a la isla del Diablo. Ese mismo año los Hermanos Lumière proyectan la primera película. Freud y Breuer: Estudio sobre la histeria. En 1896 se descubren los rayos X. En 1897: Primera exposición personal de Picasso. William McKinley anuncia la intervención estadounidense en Cuba. Guerra entre Grecia y el Imperio Otomano. Bram Stoker publica Drácula. 1898: Estados Unidos ocupa las islas de Hawái. Antonio Gaudí: Parque Güell.  Pierre y Marie Curie descubren el radio. Max Planck descubre el fotón.
Con estos dos últimos hallazgos llegamos a la segunda obra que aquí prologamos: El fantasma inexperto (1902), porque con Curie y Planck el mundo entró en un universo de espíritus radioactivos extraviados entre partículas atómicas. Así que Wells no podía dejar de escribir un cuento de fantasmas en la tradición anglosajona de los cuentos orales narrados por los abuelos a sus nietos a la lumbre del hogar y con los copos de nieve cayendo al otro lado de la ventana.
Los fantasmas ingleses ya estaban presentes en la época victoriana, pero este relato de Wells añade un elemento nuevo en esa estirpe de apariciones ectoplasmáticas. Me refiero a que aquí es un ser humano vivo quien le enseña al fantasma a ser fantasma. Esa contradicción tan absurda coincide plenamente con las revelaciones más recientes de la física cuántica, pues se trata, nada menos, que de la materia enseñando a la antimateria.
El fantasma de Wells no sabe qué tiene que hacer para desaparecer del club de caballeros ingleses donde lo han atrapado. Lo intenta sin éxito. Y entonces Clayton es quien lo instruye en el arte de esfumarse haciendo girar los brazos.
Los científicos descubrieron hace poco que cuando un bloque de materia primigenia se toca con su opuesto, se desintegra dejando tras de sí un rastro de radiación. ¿Y qué es “un rastro de radiación” sino un fantasma matemático? De hecho, la ciencia hoy define al neutrino como “una partícula fantasmagórica”.
Wells resultó profético incluso en mecánica cuántica, lo cual es realmente asombroso. Con él, los tradicionales fantasmas ingleses ya no solo remiten a la niebla londinense o a las mesas voladoras en sesiones espiritistas, sino que ahora también emanan de la ciencia más pura y avanzada. Por eso en el Mermaid Club, frente a una chimenea, Clayton narra su extraña historia ante un grupo de amigos boquiabiertos.
Este breve relato -teñido de flemático humor inglés- conecta además con uno de sus clásicos: El hombre invisible (1897), lo cual demuestra que ya Wells estaba obsesionado con lo inmaterial desde cinco años antes, tal vez inspirado en los rayos X.
En rigor, estamos ante un cuento de neutrinos y antineutrinos dialogando en una desconcertante asimetría universal. En Wells todo es desmesura, la clave para entenderlo a fondo es que todo lo ve como en un asimétrico espejo al revés. Es el Big Bang de Wells.


México, 16 agosto, 2017.
(*) Publicado en el facebook del autor, 18 mayo 2018. 

1 comentario:

  1. entonces Wells fue en realidad el rey de la ciencia ficcion y no Julio Verne como se quiere hacer ver.

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