agosto 15, 2012

BIOGRAFÍA DE UN DESAYUNO



BIOGRAFÍA DE UN DESAYUNO


En abril de 1979, durante un desayuno en París, Alejo Carpentier me aconsejó: “no se dedique al ensayismo”. Yo era entonces un joven novelista cansado de ser un joven novelista. Quería ir más lejos. Empezaba a intuir lo que hoy es ya una convicción: que ningún novelista está completo si no escribe ensayos.

Los ensayos de mi libro Biografía de un desayuno nacieron durante aquel desayuno con Alejo Carpentier en un café de Montparnasse que ya no existe. De hecho, configuran la biografía de mi desayuno intelectual, porque fue en París donde realmente aprendí a pensar. La tradición que va de Montaigne a Sartre -pasando por Voltaire, Diderot, Descartes, Pascal, Montesquieu, Valéry, Cioran-, flota en el aire de esa ciudad, se puede respirar incluso a orillas de ese río pensativo que es el Sena.

¿A qué le tenía tanto miedo Carpentier si él mismo era novelista y ensayista a la vez? ¿Acaso le preocupaba que, por ser el ensayo un género que enseña a pensar, yo empezara a generar ideas y me buscara problemas políticos en Cuba donde, por cualquier opinión discrepante, se puede ir a la cárcel o al destierro?

Le pregunté por qué me daba aquel consejo tan vehemente y me dio a entender que era mejor que siguiera cultivando la novela, ya que siendo un género más comercial tenía “más salida” que el ensayo, “incluso aquí en Europa”.

Precisamente, lo que más empezaba a disgustarme de la novela sin ideas, de la novela superficial o de entretenimiento -que es la más frecuente, la más promocionada y la más premiada- es su naturaleza comercial. Las novelas meramente anecdóticas, que no dicen nada interesante, atiborradas de diálogos insustanciales, ya me aburrían. Esas novelas pueden estar repletas de sensiblerías, de acrobacias sexuales, de chismes, de despechos y otros desahogos, pero nada de eso las convierte en libros inteligentes.

¿Qué es un libro inteligente? Aquel que hace sentir al lector que él también es inteligente, aquel que ilumina alguna región a oscuras de su espíritu, de su vida o del universo que lo rodea; aquel que le produce un crecimiento interior.

Sin duda de buena fe, a Carpentier le preocupaba que me pusiera a reflexionar en vez de escribir libros inocuos y triviales para consumo masivo. En tal caso yo me convertiría en un escritor marginal y minoritario. Lamentablemente, él tenía razón. Cada día pululan en el mundo más narradores que relatan historias insignificantes, dotadas de una especie de escritura decorativa, pero desprovistas de una cosmovisión, de una perspectiva profunda de la vida y de una brújula estética definida.

Yo no quería dejar de ser novelista. Simplemente me proponía ser también ensayista para, más adelante, combinar algunos relámpagos típicamente ensayísticos con la función tradicional de la novela, de modo que esta última alcanzara un mayor decoro intelectual, una calidad superior, cierta dosis de lucidez poética.

Yo quería tocar un misterio, explorar un abismo, valiéndome del ensayo. Pero ese género suele prestarse a muchas confusiones categoriales. Algunos confunden el ensayo con lo que no es más que periodismo. Hay que aclarar que un artículo de fondo no es un ensayo. Otros piensan que escribir un ensayo se reduce a acumular citas, como en una tesis doctoral, tesina o monografía. La glosa y la exégesis conducen a textos de evidente raíz académica, que no son ensayos en el sentido literario de la palabra. El embrollo conceptual es tan inextricable que, a veces, incluso en ámbitos universitarios, suelen llamar “ensayos” a meras reseñas de libros que apenas pasan de una cuartilla.

El verdadero ensayo no es tratado científico, ni monserga didáctica. No tiene que ser plúmbeo, ni aburrido. Es literatura de alta escuela, prosa que destila una doble naturaleza: artística e intelectual.

Después de aquel desayuno en París, decidí no hacerle caso a Carpentier. Los grandes también pueden equivocarse, pensé. Así surgieron mis primeros ensayos escritos entre 1984 y 2007. Unos los escribí en París, otros en la Habana, otros en Venecia, otros en Barcelona, los últimos en México.


Ciudad de México, 23 de agosto de 2008.


1 comentario:

  1. Excelente, como todo lo que escribes.


    Irene López Kuchilán

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