EL NIÑO CONTE
Por Manuel Pereira
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En la puerta de la revista Cuba, con el fotógrafo Ernesto Fernández (izq.) y Antonio Conte (al centro) 1969. |
Hoy se cumple un
año de la muerte de Lichi y da la tristísima casualidad que hoy también se me
acaba de morir otro entrañable amigo en Miami: Antonio Conte, el Niño Conte,
también llamado “El Diablo” por algunas de sus mujeres, aunque era la persona
más bella que he conocido en mi vida.
Gran poeta
injustamente olvidado, este cubano de vasta cultura fue un periodista brillante
de quien aprendí los rudimentos del oficio cuando yo era un principiante y él
ya un consumado cronista a finales de los sesenta.
Su papá había
sido periodista en la era republicana, así que ¡de casta le viene al galgo! Su
padre pasó a la historia del refranero popular cubano por aquella frase tan
redonda: “duró lo que un merengue en la puerta de un colegio”.
Uno de los
primeros libros de Conte, Afiche rojo, atesora versos inolvidables. Otras obras
suyas -que ni siquiera guardaba en su casa pues estaba más interesado en
escribir que en publicar- fueron la excelente novela La fuente se rompió, En el
tronco de un árbol, Con la prisa del fuego, Ausencias y peldaños, Definición
del humo… La belleza de estos títulos basta para advertir su maestría
literaria.
La diáspora que
a tantos nos dispersó, nos alejó durante muchos años. Cuando él andaba por
Bogotá, yo estaba en Barcelona, cuando él andaba por Miami, yo estaba en
México. Llamadas telefónicas y emails suplían a duras penas el contacto antaño
tan cotidiano.
En su penúltimo
correo electrónico se refería con sospechosa vehemencia a Baudelaire. Estaba
obsesionado con estos versos: “Je veux bâtir pour toi, Madone, ma maîtresse/ Un
autel souterrain au fond de ma détresse/ Et creuser dans le coin le plus noir
de mon coeur/ Loin du désir mondain et du regard moqueur/ Une niche, d’azur et
d’or tout émaillée.”
Todo eso del
altar subterráneo, del nicho, del rincón más oscuro del corazón… me dio muy
mala espina. Para tranquilizarlo, le envié un par de escandalosas madonas de
Munch y de Fouquet.
Otro de sus
temas favoritos conmigo era el cine. Sabía tanto de eso que, de haber querido,
hubiera podido ser un gran cineasta o un estupendo crítico. Pero Conte tenía un
defecto: le faltaba constancia, no lograba concentrarse en nada durante
demasiado tiempo. En cambio, le sobraba talento hasta para regalar.
Casi siempre
jaraneaba, y por eso lo recordaré con una sonrisa, pues nadie en el mundo me ha
hecho reír tanto como él. Sus frases tan criollas, las jergas que solía
inventarse, su ingeniosa manera de hilvanar las ideas, todo eso era
irrepetible. Un gran conversador, como debe ser todo gran escritor.
Pero, aparte de
sus chanzas, también podía ser un tipo de lo más reflexivo cuando le daba la
gana. Y a veces sus ideas molestaban, pues yo creo que era un provocador y le
gustaba hacer rabiar a la gente. A mí también me exasperó un par de veces, pero
jamás dejamos de ser amigos. Porque la amistad -cuando es verdadera- está por
encima de cualquier discrepancia transitoria y banal.
Por desgracia en
los últimos años una afección cardiaca lo encamó en hospitales más veces de las
que cualquiera pudiera resistir. Se ha ido el Niño Conte tras las huellas de
Lichi Diego. De los tiempos legendarios de aquella revista CUBA quedamos cada
vez menos: Iván Cañas por allá, Minerva Salado por aquí, Froilán Escobar por
acá, Raúl Rivero por acullá, Reinaldo Escobar del lado de allá… De aquella
época dorada es la foto que publico.
Me decía el Niño
Conte en su último email fechado el pasado 16 de julio: “Yo nunca he renunciado
a formar parte de ese pueblo, y si pudiera, y no hubiera el régimen que hay
allí, por el cual todos nos fuimos, me iría con mi pensión a morirme en Cuba,
en Cojímar, o en Guanabo”.
Murió en Miami.
Pero espero que algún día no muy lejano sus huesos, o sus cenizas, puedan
descansar en esas dos playas que tanto añoraba.
(*) Publicado en Cubaencuentro el 31 de Julio del 2012.
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