junio 10, 2015

Cadáveres Exquisitos

CADÁVERES EXQUISITOS
Por Manuel Pereira

Según Edgar Allan Poe: “La muerte de una mujer hermosa es el tema más poético del mundo”. Más tarde, Wallace Stevens le daría la razón: “La muerte es la madre de la belleza”. La necrofilia es una tristeza erótica que empezó en el Nilo con la diosa Isis copulando con el cadáver de su hermano Osiris, es también una antigua aflicción griega: Aquiles enamorándose de la occisa Pentesilea después de haberla matado en combate.
A eso se suman las bellas suicidadas por amor. Píramo y Tisbe -de donde salió la Julieta shakespeariana-, y el idilio de Tristán e Isolda, seguramente rondaron la mente de Poe cuando concibió su escalofriante aforismo. El beso del príncipe que despierta a la bella durmiente es un eco de Sigfrido sacando de su letargo a Brunilda, condenada por Odín a dormir dentro de un círculo de llamas.
Francia es la patria de las más inquietantes perversiones poéticas: pienso en Baudelaire y en Bataille, quien tanto rumió la noción de Eros y Tanatos regodeándose en ciertos pasajes necrofílicos de su Historia del ojo. Los franceses llaman “pequeña muerte” al orgasmo. La legislación gala es la única en Occidente que permite matrimonios post mortem. Hace poco una joven quiso casarse con Lautréamont: poeta maldito fallecido hace más de un siglo. Jean Renoir prolonga esa tradición en La golfa (1932) y en La Bestia Humana (1938). Truffaut la corona en La habitación verde (1978).
¿Qué es lo que vemos en un bodegón? Flores, frutas y animales inertes resistiendo el helado soplo de la muerte. El bodegón se opone al barroquismo de las Vanidades, donde el triunfo del esqueleto es total. El bodegón es más optimista que el memento mori que nos recuerda la acechanza de la muerte y la fugacidad de la vida. En esos géneros pictóricos yace el germen de la paradójica sentencia de Poe. Ese tenebroso linaje discurre por la estatua yacente de Santa Cecilia y a través de los retratos de El Fayum, donde las egipcias momificadas nos contemplan desde el Más Allá con sus inmensos ojos negros.
Mucho le hubiera gustado a Poe la secretaria Marion apuñalada en la ducha de Psicosis (Hitchcock, 1960), pero más le habría fascinado la foto de Evelyn McHale, quien saltó en 1947 desde el piso 86 del Empire State para caer, con su elegancia intacta, sobre el techo de una limusina de la ONU.
La primera mujer asesinada entre adornos navideños se la debemos a Erich von Stroheim (Avaricia, 1924) cuando McTeague mata a Trina. En Mouchette (Bresson,1967) una linda adolescente se suicida fuera de campo, pues sólo oímos el ruido de su cuerpo al caer al agua. La relación entre el agua y las bellezas muertas es muy curiosa. La virgen violada y asesinada en La fuente de la doncella (Bergman, 1960) recibe la líquida caricia de un manantial. En Amanecer (Murnau, 1927), la esposa del granjero flota boca arriba en el lago, igual que la shakesperiana Ofelia de Millais. La mujer del granjero aboyada está rodeada de juncos mientras que la novia de Hamlet flota entre flores. La Ofelia prerrafaelista fue pintada tres años después de la muerte de Poe y 89 años antes del suicidio fluvial de Virginia Woolf.  
Acuden a mi mente otras hermosas suicidas de ficción: Madame Bovary, Anna Karenina y Thérèse Raquin, todas llevadas al cine. Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991) saltan en automóvil al abismo. En la escala mitológica figuran Fedra, Dido y Yocasta. En La novia de Frankenstein (James Whale, 1935) tenemos a una difunta resucitada con relámpagos, y en Deadgirl (Sarmiento y Harel, 2008), vemos un atroz híbrido de zombi con mujer fatal. En Vértigo (Hitchcock,1958) una mujer regresa de entre los muertos. La Christina Ricci de After Life (Agnieszka Wojtowicz-Vosloo, 2009), ¿está viva o muerta?
Esta taxonomía de naturalezas muertas formando un collage, o un cadáver exquisito, podría prolongarse al infinito: La Dalia negra (Brian de Palma, 2006) con su acuchillada sonrisa macabra; Hari, la esposa muerta del psiquiatra de Solaris (Tarkovski, 1972), como el gato de Schrödinger, pues está viva y muerta a la vez. La francotiradora vietnamita moribunda (Full Metal Jacket, Kubrick, 1987) que pide el tiro de gracia. El cadáver de la novia (Tim Burton, 2005). Sharon Tate, asesinada en la vida real tras la siniestra profecía de El Baile de los Vampiros (Polanski, 1967). El esqueleto de la señora Morales (Rogelio A. González, 1959), heredera de las danzas macabras de las postrimerías medievales y de la “Catrina” de José Guadalupe Posada.
El tema se ha vuelto tan mexicano que hay en Chihuahua una tienda para novias con un bello maniquí que, según la leyenda, en realidad es una joven embalsamada llamada “la Pascualita” que se mueve y nos sigue con la mirada desde su vidriera. ¿Será la realidad superando a la ficción? ¿O es la vida imitando al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida, como afirmaba Oscar Wilde?

(*) Publicado en Letras Libres, número de Junio de 2015, página 87.

Presentan Novela de Manuel Pereira en México

EL BESO ESQUIMAL
PRESENTAN NUEVA NOVELA DE MANUEL PEREIRA EN MÉXICO
Por Gabriel Martínez Bucio

El 28 de mayo por la noche el escritor cubano Manuel Pereira presentó su nueva novela El Beso Esquimal (editorial Textofilia) en la Capilla Gótica del Instituto Cultural Helénico, en la Ciudad de México. El diluvio que desencadenó Tláloc atrapó a muchos lectores en diversos puntos de la ciudad, sin embargo, la Capilla se llenó. 

En la mesa estaban el autor de la novela, Ricardo Sánchez, director de la editorial Textofilia y Tania Favela, ensayista y poeta mexicana.

Este es el cuarto libro de Pereira publicado por Textofilia, y es su sexta novela. Un escritor que trabaja frenéticamente, reconstruyendo el tiempo perdido, tal y como él mismo reconoció al mencionar a Proust como uno de sus autores favoritos.

Bajo las piedras de la Capilla, del siglo XIII, el público hizo preguntas al autor sobre el estilo y el argumento de la novela: un cubano, tras doce años de destierro, regresa a su patria con un permiso humanitario de “cuatro días” para visitar a su anciana madre al borde de la muerte.

Hablando ya de temas más generales, Manuel Pereira dijo: “"El trabajo de la crítica es descubrir al escritor oculto dentro del escritor".

En otro momento de su intervención, el escritor sentenció: “"La literatura es una sucesión de herencias fantasmales". Se refería a la herencia literaria que él recibió de Lezama Lima y que imparte a sus alumnos mexicanos, a los cuales definió como “nietos” del autor de Paradiso

Fue una noche espléndida con un diluvio como telón de fondo, una verdadera fiesta de la literatura y la cultura.






marzo 16, 2015

El Último Hechizado: la herencia de Lezama Lima

EL ÚLTIMO HECHIZADO

Entrevista a Manuel Pereira

Manuel Pereira, uno de los últimos discípulos de Lezama Lima. Fotografía de Iván Cañas.

Ensayista y narrador habanero nacido en 1948, radicado en México desde 2004, Manuel Pereira Quinteiro es uno de los últimos discípulos de José Lezama Lima; Variopinto se acercó a él para desglosar un tema que ya trató en su ensayo “El Curso Délfico”, incluido en su libro Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, México, 2008). Pero los habituados al misterio de la poesía de Lezama nunca tienen bastante. 

La primera pregunta, para ubicar desde dónde hablará Pereira, es ¿quién es el tal José Lezama Lima? ¿Ese que medio en broma se proclamó uno de los dos “únicos” José de Cuba, junto con Martí? ¿Ese que circunnavegó el mundo en barcos de papel y se proclamó El Peregrino Inmóvil? ¿El poeta que defendía su misterio o aquel que fue acosado en una casita que, para la policía secreta, tenía muros de cristal?

 “José Lezama Lima es un caracol nocturno en un rectángulo de agua —responde Pereira—, como él definía la poesía”. 

Y sí, en su ensayo autobiográfico, Pereira cuenta que se presentó en la casa de Lezama (Trocadero 162) con su primer libro de poemas. Pero en la entrevista relata que llegó a ese descaro sólo después que un amigo le informara que a la vuelta de casa de su madre en La Habana, vivía tal celebridad, ese poeta que era famoso entre pocos. Pereira quiso comprobar si sus poemas eran auténticos con el representante de la poesía en la tierra.

Lo dice entre risas, perdonando al adolescente de aquella época, que probablemente despertó al maestro al preguntar por él con su vozarrón. Así que cuando el ama de llaves Baldomera —la Baldovina de manos curativas de Paradiso— abrió la puerta y trató de poner algún pero, el oráculo se hizo escuchar: “Si es un joven poeta, déjelo pasar”. 

El encuentro

“Yo era muy arrojado en esa época —dice el entrevistado, con gratitud hacia el joven que fue—. Ahora soy más miedoso, veo a personajes así y ya no me les acerco. 

“Alguien me habló de Paradiso y me lo prestó. Yo empecé a leer el primer capítulo y no entendía nada. Me desconcertó. Había leído ya a Virgilio Piñera, por ejemplo, que tú entiendes lo que está diciendo, pero con Lezama está más difícil. Y en vez de rechazarlo me provocó curiosidad. 

“Empecé a preguntar sobre Lezama a mis amigos poetastros de la época. Yo andaba con un grupo de hippies que escribían siguiendo a Allen Ginsberg. Un día alguien me dijo: ‘Pero si Lezama es vecino tuyo, vive a la vuelta de tu casa’ (era la casa de mi mamá). Después pasé por Trocadero 162 y lo vi varias veces por la ventana que daba a la calle. En ese lugar ahora está el museo. La ventana solía estar abierta y él a veces se asomaba o se le veía sentado en el sillón, durmiendo, leyendo o fumando un puro en la salita. 

“Y un día fui con mi libro de poemas, que era malísimo. Se llamaba El museo no está cerrado. El resto lo cuento en mi ensayo ‘El Curso Délfico’. Mi idea era sólo que leyera mi libro y me dijera si era bueno o malo. Pero aquello se convirtió en otra cosa, el libro pasó a no tener ninguna importancia”. 

En su ensayo, que los hechizados por la escritura de Lezama disfrutarán como invitados furtivos a las conversaciones privadas del poeta, Pereira aclara que el maestro no enseñaba a escribir; no corregía comas ni sugería imágenes, sino abría las puertas ocultas de cada libro de manera que se comunicaba con el resto de la literatura y del arte. 

“Fue su gran enseñanza, que todavía es de un gran valor. Yo no tengo influencias de él; si tú me lees, no tengo nada de lezamesco…Tuve un momento de mímesis porque él era un gigante y yo era una hormiguita, y tú sabes cómo el sol atrae a los planetas. Me di cuenta de eso y por eso dejé de hacer poesía. Dije: no voy a hacer más poesía porque me está saliendo como la de Lezama y yo tengo que buscar mi voz”.

El paraíso en el lenguaje

“Ah, oscuridad, mi luz”, repetía Lezama Lima ante las objeciones de los literatos por su hermetismo. Y en su “Introducción a la Esferaimagen” confirma: “Yo leo en la poesía y después procuro descifrar”. Frente a la fuente de ese juego barroco de claroscuros, Pereira lo comprendió: 

“Ante todo, Lezama es una sorpresa, es una dicha. Hay gente que no logra entrar en él. Era fascinante, soberbio a veces. Hay quien dice que era pedante pero yo no lo creo. Conmigo fue muy afectuoso, nunca me sentí maltratado. Otros sí, quizá porque eran pedantes ellos, no sé”.

Otro dogma de la estética lezamiana expresado en esa “Introducción” es que “el Sistema poético… no hace novelas, no hace poesía. Es, está, respira”. Confirma Pereira: “Lezama es poeta y ensayista. Gran ensayista. La expresión americana, por ejemplo, es un libro poderosísimo. Y empieza de pronto a hacer una cosa que él dice que es una novela, Paradiso. 

“En realidad es un poema novelado. Mucha gente le exige a Lezama que escriba una novela en el sentido convencional del término; eso es imposible porque él era un espíritu complejo y muy barroco, con un dominio del lenguaje, con una destreza para hacerlo plástico como un oleaje proteico”. 

Un océano narrativo, es el concepto que tiene Lezama de la novela: “La poesía y la novela tenían para mí la misma raíz. El mundo se relacionaba y resistía como un inmenso poema”. 

En efecto, dice Pereira, “Lezama es un poeta y luego hace prosa ensayística de una calidad suprema. Pero ya la novela… no era un novelista de raza, que tiene una estructura, unos personajes, una buena secuencia dramática de la obra, un buen desenlace. Él es un caos, va metiendo lo que le da la gana. De pronto un cocinero o un mayordomo cita a Homero, por ejemplo. Un novelista de raza no hace eso, cuida sus personajes. Lezama no cuidaba nada porque él era un pulpo lanzando tinta. 

“Por eso digo que Paradiso es un poema novelado, que a ratos adquiere la densidad o la textura de una novela, pero de pronto se desbarata y vuelve a ser un poema o un ensayo, porque también hay trozos ensayísticos. En cualquier caso Paradiso es una curiosidad, un juguete literario”. 

Alegría secreta

En una fotografía que les tomó el suizo Luc Chessex en la sala de su casa, Lezama escribió: “Manuel Pereira es un escritor cuya alegría secreta es capaz de fabricar una mañana y sostener la luna con el hilo de la imagen”. El aludido resalta la diferencia abismal entre maestro y alumno:

“Tenía 20 años —precisa al recordar esa gracia—, a esa edad eres aprendiz de todo, a menos que seas Rimbaud o Mozart. Lezama era un genio de la lengua. Hereda la lengua. Él hablaba y yo tengo la impresión de que se detenían los ríos, los mares, todo. Es una hipérbole, claro, para dar una idea de la potencia de su verbo hablado y escrito. Dominaba ambos. Hablaba como escribía y escribía como hablaba. Era una maravilla oírlo, aunque yo no entendía muchas cosas. Pero no me importó”. 

Al preguntarle sobre el aspecto político de Lezama, comenta al respecto: 

“Un día me dijo: ‘¿Usted ha leído a Marx?’ Y yo le dije: sí, El capital y algunas otras cosas, porque en Cuba tras la revolución era obligatorio en la escuela. Me dijo: ‘Es que yo no lo puedo leer, ese estilo es muy seco’. Es decir, él estaba buscando poesía. Él no leía esas cosas, a Lenin menos, a Engels tampoco. En ese sentido era ingenuo, porque no tenía formación política sólida. Él había estudiado derecho y luego poesía; ese era su mundo. En su tiempo la política no era en Cuba tan intensa, era politiquería”.

Por eso Pereira está convencido de que el ostracismo contra Lezama no tenía base ideológica:

“No era un disidente sino un hombre asustado. Durante cinco años decía que el teléfono hacía ruidos extraños, que había gente de inteligencia escuchándolo. Estaba asustado, pero ¿disidente? Disidente es Yoani Sánchez; yo soy un disidente en el exilio. En Cuba Reynaldo Escobar es un disidente. Lezama nunca tuvo esa actitud militante contra la revolución. Primero, no estaba en condiciones físicas para salir a la calle o para hacer un discurso. Y en algunas cartas a su hermana Eloísa le dice algunas cosas contra el exilio; que mucha gente se fue pero mucha gente se quedó”. 

Final e inicio

“Cuando conocí a Lezama él ya tenía una biblioteca de unos nueve mil ejemplares. Estaban amontonados. Él recibía libros del extranjero. Cortázar, Fuentes y Octavio Paz le mandaron libros. Recibía muchos por paquetería internacional, pero ya él tenía su biblioteca desde que era estudiante de derecho. Él, siendo todavía estudiante del primer año de Leyes, tiene una discusión interesante con Juan Ramón Jiménez sobre la identidad, el famoso ‘Coloquio con Juan Ramón Jiménez’. (Lezama tenía 27 años y el ensayo se publicó en la Revista Cubana en 1938.) Está debatiendo con un gran poeta de la lengua, entonces ya en esa época Lezama debía tener unos dos mil o tres mil ejemplares en su casa”. 

Manuel Pereira termina su ensayo con una evocación del 9 de agosto de 1976: “La noticia de su muerte repentina, leída en un periódico, me alcanzó volando entre dos provincias cubanas durante uno de mis viajes periodísticos. Recordé entonces su miedo a los viajes, aquello de que sólo una lámina de aluminio lo separaría de la eternidad”. 

En la entrevista, comenta que “fue la época más viajera de mi etapa periodística en el interior del país. Por ese motivo lo veía menos. Me enteré de su muerte volando hacia la provincia de Oriente; leí en el periódico Granma que repartían en el avión una breve nota, muy poco destacada”.

No considera necesario escribir más sobre el taumaturgo, pero “en aquellos siete tomos de Proust que él me regaló, había notas de Lezama y empecé a tomar nota de las notas. Va a salir un ensayito de unas 20 páginas, donde sí voy a hacer más crítica literaria viendo qué hay en Lezama de Proust. Se ha hablado mucho de esto pero sin pruebas documentales, y yo tengo el tesoro documental. A los críticos yo los leo y me río, porque van como dando tumbos, a oscuras, adivinando. A veces aciertan, pero yo tengo el tesoro de Tutankamón”.   


La editorial Textofilia publicará pronto la novela de Manuel Pereira El beso esquimal

febrero 03, 2015

La Bella y la Bestia

LA BELLA Y LA BESTIA
Por Manuel Pereira


La Bella y la Bestia no es un invento de Disney -como muchos piensan-, sino un cuento de madame Leprince de Beaumont (1756) que en 1946 saltó a las pantallas gracias al poeta Jean Cocteau. Otra mujer (Mary Shelley) fue la creadora del abominable Frankenstein (1818).
¿Por qué una bella se siente atraída por un monstruo? ¿Acaso el instinto maternal es una fuerza tan poderosa que incluye la pasión o la ternura por un engendro? ¿Cuál es la fuente más remota de este drama universal? Sin duda, el mito de Galatea y Polifemo, donde el cíclope se enamora de una hermosa nereida. Una fábula minoica nos cuenta que la princesa Pasifae se enamoró de un toro blanco con quien engendró al Minotauro. Otras zoofilias mitológicas evocan a Zeus transformado en toro para raptar a la fenicia Europa o convertido en cisne para copular con la reina Leda…
Esta radiante teratología tendrá su correspondencia cinematográfica a partir de 1922 con Nosferatu, de Murnau. Los filmes de vampiros seduciendo a las jóvenes más agraciadas se multiplican rápidamente y, aunque todo esto proviene de Drácula, ya un cuarto de siglo antes de la famosa obra de Bram Stoker, la bestia adoptaba la forma de una vampira lésbica en Carmilla, de Sheridan Le Fanu: novela inspirada en las verídicas atrocidades de la condesa húngara Báthory, quien se bañaba en la sangre de sus víctimas para mantenerse joven. Por cierto, Carmilla, llevada al cine por Dreyer en 1932, también influyó en el cine mexicano con Alucarda (1978), de Juan López Moctezuma.
Los monstruos siguen pasando de las letras al cine. En la última obra de Shakespeare asistimos al intento de Calibán de violar a Miranda. En Nuestra señora de París, Víctor Hugo describe la pasión del jorobado Quasimodo por la gitana Esmeralda, argumento que se renueva con El fantasma de la Ópera, novela de Gastón Leroux, y que reaparece en la película original King Kong(1933), además de en secuelas y remakes.
¿Amor o lástima? ¿No será que la compasión es el camino más rápido y directo al amor? Hay mucho de surrealismo onírico en este bestiario, pero también hay erotismo, como demuestra una xilografía japonesa de Hokusai (1820) donde una pescadora es poseída por un pulpo voluptuoso.
En esos avatares libidinosos no puede faltar Freaks (Tod Browning, 1932) donde Hans se enamora de la trapecista Cleopatra, quien se dejará querer sólo para quedarse con la fortuna heredada por el enano. En El monstruo de la laguna negra (Jack Arnold, 1954) una criatura anfibia se encapricha con la joven Kay (Julie Adams). La relación erótica del enorme batracio con la joven nadadora es un clásico injustamente olvidado. “Es una pena que acabe así el monstruo” dice Marilyn Monroe en La comezón del séptimo año (Billy Wilder, 1955), poco antes de que una ráfaga de aire expulsada por la rejilla del metro le levante la falda. Entonces Tom Ewell comenta: “¿Y qué quería, que el monstruo se casara con la chica?”. Ella explica: “daba la impresión de que es malo, pero en el fondo no es tan malo. Le faltaba un poco de afecto, es decir, saberse amado, deseado, necesitado”. Aquí Marilyn da de lleno en el clavo: sublimación del instinto maternal desplazado hacia el amor al monstruo.
Pareciera que esta genealogía de monstruos quiere redimirse a través del amor. Pero el denominador común de estas historias -salvo excepciones que confirman la regla- es el amor imposible o frustrado. Por ejemplo, en La novia de Frankenstein, (James Whale, 1935) Elsa Lanchester grita cuando Karloff le acaricia la mano. El feo asusta a la fea en un eficaz golpe de humor negro. Claro que ella será siempre menos fea que él, a pesar de sus cicatrices y de su gótica cabellera electrizada.
En El hombre elefante, (David Lynch, 1980), una actriz visita al hombre de cabeza deformada, lo besa y le dice: “usted no es el hombre elefante, usted es Romeo”. Lo mismo ocurre cuando Kim se enamora de El joven manos de tijera (Tim Burton, 1990). En El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1919), el sonámbulo Cesare está a punto de matar a la joven que duerme, pero cuando descubre su belleza, suelta el cuchillo y decide que es mejor raptarla.
¿Quién es el monstruo en El ángel azul, de Josef von Sternberg? ¿La cantante (Dietrich) o el adiposo Profesor Basura? En La mosca (tanto en la original de 1958 como en el remake de 1986) dos bellas -esposa y novia respectivamente- están abrumadas porque el hombre al que aman se ha convertido en un insecto tecnológico. En la película sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) la bestia es una niña deliciosamente atroz.
Por último, un consejo para los feos: no pierdan las esperanzas, nunca se sabe.
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(Publicado en Letras Libres, número de febrero de 2015)

octubre 03, 2014

Un Cine Fluvial

UN CINE FLUVIAL

Por Manuel Pereira 

Una confusión categorial bastante difundida afirma que el road movie es ante todo norteamericano pues empezó con Bonnie y Clyde (Arthur Penn, 1967) y con Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) bajo la influencia de On the Road  (En el camino, 1957), de Jack Kerouac. Se trata de una generalización apresurada, pues diez años antes nada menos que Steinbeck publicaba El ómnibus perdido (1947), cuya versión cinematográfica dirigida por Victor Vicas se estrenó en 1957, mismo año en que salió a la luz la novela de Kerouac. Incluso hay una “película de carretera” anterior a la de Vicas: Sucedió una noche (Frank Capra, 1934) donde Clark Gable y Claudette Colbert se desplazan desde Miami hasta Nueva York en autobuses, a pie, en carro y haciendo autoestop.
Por otra parte, la verdadera fuente de inspiración de Easy Rider no fue Kerouac, sino La escapada (Il Sorpasso, 1962) donde Dino Risi convierte a Gassman y a Trintignant en dos juerguistas a ritmo de twist cuya aventura -al igual que en el filme de Hopper- culmina en desastre para ambos amigos.
Para mayor incoherencia en la arqueología del road movie casi ningún crítico menciona Fresas Salvajes (Bergman, 1957). Pareciera que el doble viaje -físico y espiritual- del Doctor Borg no clasifica, sea porque la banda sonora no es roquera o porque el anciano no pisa a fondo el acelerador. Sin embargo, esta obra maestra sueca tiene todos los ingredientes de la temática: carretera, destino, reencuentro, tres jóvenes con una guitarra, un accidente, la muerte al final. Por si fuera poco, Fresas se adelantó diez años a las dos cintas consideradas fundacionales del género: su estreno coincidió con la publicación de la novela de Kerouac. Tal vez la mayoría de los críticos consideran a Bergman demasiado contemplativo para catalogarlo en un género que muchos perciben como acción, rock trepidante, velocidad y puñetazos un poco a la manera de Faster, Pussycat! Kill, Kill! (Russ Meyer, 1965).
El tan poco beatnik y demasiado proustiano protagonista de Fresas queda así relegado mientras algunos analistas llegan a incluir en las listas de los road movies a La Strada (Fellini, 1954) que para mí es una combinación de neorrealismo -que es estilo y no género- con la tradición circense que bebe en las fuentes del Coliseo Romano, pasando por el Renacimiento, hasta llegar al circo Chiarini, bien conocido en el México de la segunda mitad del siglo XIX.  Si cada vez que un objeto rodante se pone en movimiento ya es un road movie, entonces habría que incluir en el género las caravanas de gitanos y las diligencias de los cowboys.
Para Jorge Manrique “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”, según Heráclito: “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” y Antonio Machado nos avisa que “no hay camino, se hace camino al andar”. Si el final del trayecto es la tumba, si el río y nosotros cambiamos incesantemente y si, encima, no hay camino, entonces… ¿dónde está el viaje? Estamos entrampados en una aporía eleática de la que escapamos remontando el río del tiempo hasta la noción del viaje iniciático que comienza en la Odisea homérica y en Simbad el Marino. Ya estamos flotando en el agua. La familia de parónimos compuesta por río, rambla, rúa, rue, rius -del latín rivus- sugiere que muchas vías de comunicación fueron cauces que permanecieron secos, o con poco caudal, durante miles de años, hasta devenir senderos, como el desfiladero que conduce a la ciudad de Petra. Cuando paseamos por las Ramblas de Barcelona deambulamos sobre un largo cadáver acuático. De manera que si, latente y metafóricamente, las carreteras son como ríos de asfalto fluyendo entre arboledas en ambas orillas, comprendemos mejor por qué el road movie es el género más difícil de definir en el mapa categorial cinematográfico, entre otras razones, porque suele entrecruzarse con temas tan diversos como el western, las películas de gángsters, el cine circense…
Saltar del asfalto al río no es tan descabellado como pudiera parecer a primera vista. Tal vez todo empezó con Río sin retorno (Otto Preminger, 1954), con Robert Mitchum mostrando pecho y una Marilyn Monroe siempre empapada. Eso se prolongó con Aguirre o la cólera de Dios (1972), donde Herzog narra la demencial expedición hacia El Dorado, y siguió con Fitzcarraldo (1982), donde el mismo director alemán relata la quimérica empresa de construir un teatro de ópera en la selva amazónica. Estos viajes por río se afianzaron con Apocalypse Now (Coppola, 1979) -basada en El corazón de las tinieblas, de Conrad- y prosiguieron con La costa de los mosquitos (Peter Weir, 1986) y Anaconda (Luis Llosa, 1997). Basta con estos ejemplos para inaugurar un subgénero que llamaré “cine fluvial” o “river movie”.
Por último, un cine tan acelerado y con tantos occisos -no olvidemos Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991)- hubiera tenido su crítico más feroz en Pascal, quien decía: “Todos los problemas de la humanidad proceden de la incapacidad del hombre para permanecer sentado, en silencio, a solas en una habitación.”

(*) Publicado en Letras Libres, número 190, página 99, octubre 2014.

agosto 21, 2014

Ladrón de Julios

LADRÓN DE JULIOS
Por Manuel Pereira
Enero de 1978, con Julio Cortázar, en la Casa de las Américas, en La Habana.


En septiembre de 1979 yo recorría el triángulo minero de Nicaragua (Siuna, Rosita, Bonanza) haciendo un reportaje sobre los buscadores de oro en los ríos. Allí coincidí con Julio Cortázar y su joven esposa, la fotógrafa canadiense Carol Dunlop. A la sazón, el gobierno sandinista nacionalizaba las minas en esa región y ellos eran invitados oficiales. De pronto los tres entramos en una jaula para bajar a una mina de oro. Con nuestros cascos rojos provistos de linternas, descendíamos en el elevador del pozo, cuando Julio exclamó entre sentencioso y jocoso: “ha comenzado el Viaje al centro de la Tierra.” Eso nos llevó inmediatamente a nuestro tema favorito: Julio Verne.

Nuestra amistad siempre estuvo misteriosamente ligada a ese otro Julio francés. A los nueve años yo me había robado una novela de Julio Verne en una librería habanera. Salí corriendo, me detuvieron en una esquina, me llevaron a la estación de policía, me soltaron por ser menor de edad. Mi madre -abochornada por esa travesura infantil-, poco a poco me compró todas las obras de Verne a medida que yo las devoraba. Mi fascinación con ese autor llegó al punto de dedicarme sus novelas, como si el Padre de la Ciencia Ficción fuera mi amigo y me autografiara sus obras desde el Más Allá. Yo imitaba su firma a la perfección, copiándola de algunas ediciones argentinas. Debajo de la rúbrica, ponía una fecha cualquiera entre 1864 y 1867 para darle mayor credibilidad al embuste. Desde muy pequeño, yo calcaba las firmas de Martí, las de mis padres y tíos. Esa obsesión caligráfica de falsificar garabatos ajenos me perseguiría en el futuro.  

Doce años más tarde, en 1968, yo era un recluta del Servicio Militar Obligatorio (SMO) que cortaba caña quemada en la provincia cubana de Camagüey. Al igual que yo, cientos de miles de jóvenes soldados habían sido movilizados para participar, obligatoriamente, en la zafra: un trabajo brutal digno de esclavos en tiempos de la colonia.

Detrás de mi barraca siempre había un jeep militar con un equipo de telecomunicaciones y una larga antena. El recluta que lo operaba, tras enviar sus mensajes cifrados, buscaba en el potente aparato emisoras extranjeras para oír a escondidas las canciones de los Beatles. Cuando yo regresaba del cañaveral, me metía en el vehículo para oír al grupo musical prohibido en la isla. Pronto advertí que el radio-operador leía un libro muy grueso, de tapas negras, titulado Rayuela. Cuando él terminó de leerlo, me lo prestó, aclarándome que no era suyo, sino de un teniente que estaba de permiso en La Habana.

El albergue donde yo dormía tenía unas treinta literas para otros tantos soldados transformados cada madrugada en cortadores de caña. A las ocho de la noche apagaban las luces y apenas tenía tiempo para leer la abultada novela de Cortázar. Entonces se me ocurrió cazar cocuyos en los matorrales para meterlos dentro de un frasco de cristal de compota rusa cuya tapa previamente yo había perforado con la punta de una bayoneta para que los insectos pudieran respirar. Veinte coleópteros saltando dentro del pomo bastaban para iluminar tenuemente la página que estuviera leyendo después de apagados los bombillos del dormitorio.

Con la luz verdosa emitida por los insectos, yo leía las aventuras de Horacio Oliveira y la Maga en aquel lejano París que, desde el agreste Camagüey, se me antojaba una ciudad de ensueño. Mi situación era difícil, pues ya había cumplido mis tres años reglamentarios, pero tras un altercado con un capitán -empeñado en hacerme jurar bandera por otros 20 años en el ejército-, me habían sancionado a seis meses más de servicio cortando caña. Por si fuera poco, de tanto manejar el machete sufría una tendinitis en la muñeca derecha y, a pesar de tener el antebrazo enyesado, me obligaban a recoger caña cortada, incluso a oscuras, iluminado por el reflector delantero de un jeep.

Así, gracias a Rayuela, cada noche yo dejaba de ser un soldado tiznado para recuperar mi individualidad, volvía a sentirme humano, no un simple número perdido en la muchedumbre de los cuarteles. Si mi primer relámpago literario había sido Julio Verne, el segundo fue la novela de aquel otro Julio argentino.

El teniente de marras regresó al campamento cañero y me buscó para recuperar su libro. Pero yo me hice el loco, me escondí en otros albergues, me oculté en los cañaverales, y así fui dando largas hasta que llegó el día de mi desmovilización y me quedé con aquella edición príncipe de Rayuela, la cual, poco después, una novia efímera me robó. Ladrón que roba a ladrón, tiene mil años de perdón.

En mayo de 1969, ya reincorporado a la vida civil, compré la edición de Rayuela recién publicada por Casa de las Américas. Y, por supuesto, siguiendo mi inveterada costumbre, más tarde me la auto-dediqué con esta frase: “Al joven novelista Manuel Pereira”.

Lo de “joven novelista” se debía a que yo había terminado mi primera novela, pero permanecía inédita, censurada, supuestamente por “pornográfica”. Estuvo dos años debajo de siete llaves en una gaveta del Ministerio de las Fuerzas Armadas. Después de no pocos inconvenientes y discusiones con los censores, finalmente en diciembre de 1977 El Comandante Veneno salía a la luz y dio la casualidad que la presentación tuvo lugar exactamente en la misma librería donde yo me había robado un libro de Verne más de veinte años atrás.

En enero de 1978 Julio Cortázar visitó La Habana y lo conocí en la Casa de las Américas durante un encuentro con jóvenes escritores. Aproveché para obsequiarle mi novela dedicada pensando que alguien tan ocupado (conferencias universitarias, viajes, entrevistas, sus libros por escribir), no tendría tiempo para leerla, pero cuál no sería mi sorpresa cuando, en junio de ese mismo año, Julio publicó en "El Nacional", de Caracas, una extensa reseña elogiosa sobre mi primera obra.

A partir de ahí nos hicimos amigos y cuando le conté la anécdota de Rayuela y los cocuyos fue como si nos conociéramos de toda la vida. En una ocasión visitó mi buhardilla habanera, tan pequeña que desde la mesita de mármol donde yo le había servido una tacita de café, él veía todo en derredor. De pronto, pidió mi ejemplar de Rayuela para dedicármelo. Yo estaba espantado y trataba de tapar ese libro situándome delante de la estantería. Le mentí aduciendo que, por falta de espacio, su novela estaba en casa de mi madre y le ofrecí Los Premios para que me lo autografiara, pero él ya había visto el ejemplar de Rayuela en un anaquel, fácil de distinguir por su gran lomo amarillo de 650 páginas. A regañadientes, le alargué el libro y, por supuesto, enseguida descubrió la falsa dedicatoria en la portadilla: “Al joven novelista”. Se quedó pasmado: “¿y cuándo yo te dediqué este libro a ti?”. Entonces tuve que contarle todo, bastante avergonzado: mi manía infantil de imitar firmas, mi obsesión con Julio Verne, el robo que cometí a los 9 años… Él me miraba muy serio y yo supuse que estaba disgustado, pero entonces buscó la página anterior y allí, en la guarda, añadió estas palabras: “Esta dedicatoria invalida la de la página siguiente, salvo que mantiene la amistad y le agrega el gran afecto de Julio”.

Ese libro doblemente dedicado, y que se puede leer de dos maneras, me ha acompañado como un talismán durante 24 años de exilio. Por haberme robado los libros de dos Julios, y por falsificar sus autógrafos, Cortázar empezó a llamarme en privado: “ladrón de Julios”.

En 1978 pasé fugazmente por París y Julio fue mi cicerone en esa ciudad que yo había vislumbrado diez años atrás, en una oscura barraca de reclutas macheteros, gracias a mi improvisada lámpara de insectos fosforescentes. Él me enseñó, por ejemplo, a usar el metro, y enseguida comprendí que ese mundo subterráneo tenía mucho que ver con la disposición de capítulos elegibles de Rayuela, pues las infinitas conexiones entre las estaciones estaban poéticamente sublimadas en su novela.

A finales de 1982 volví a pasar por París y Carol Dunlop estaba muy grave. Me encontré con Julio en un bistró del bulevar Saint-Germain. Ya no exhibía la sonrisa con los dientes separados que le daban un aire de niño travieso. “Voy a morir de amor”, dijo. Creo recordar vagamente algunas palabras que dejó caer: “leucemia”, “trasplante de médula”.

Año 1983: tras la muerte de su joven esposa, me paseaba con Julio entre la Plaza de Armas y el Castillo de la Fuerza, allá en La Habana Vieja. Estaba sombrío, se lamentaba conmigo porque el gobierno cubano no le había dado no sé qué medalla. Me sorprendió que un escritor que ya tenía la inmortalidad asegurada desde Bestiario se preocupara tanto por una pieza de metal bruñido. Evidentemente los gobernantes insulares todavía no le perdonaban que hubiera firmado la carta pública a Fidel Castro publicada en Le Monde el 9 de abril de 1971 durante el caso Padilla. Él se quejaba y comparaba: “En Nicaragua me han conferido la Orden Rubén Darío, y aquí, nada”, me confesó amargado a la sombra de ceibas y palmeras. Entonces recordé que alguna vez Lezama Lima me había dicho: “Cortázar es un ingenuo en política”.

Dos años después de la muerte de Carol, él enfermó coincidiendo con mi nombramiento como agregado cultural de la Delegación Cubana ante la Unesco. Nada más saber que estaba ingresado, me presenté en el Hospital Saint-Lazare. Me abrió la puerta de su cuarto una señora afligida a quien no conocía: su primera esposa, la brillante traductora argentina Aurora Bernárdez. Ella me dijo que Julio no quería comer, ni siquiera espaguetis. Asomándome un poco, lo vi acostado en la penumbra, con su barba de náufrago, durmiendo cuan largo era. Rememoré una boutade que le oí a Lezama: “Julio padece una envidiable enfermedad llamada ‘efebicia’, que lo mantiene joven al precio de que sus huesos crecen desmesuradamente.”

Poco después Julio fallecía y acudí a su apartamento en el número 4 de la calle Martel donde lo velaban. Eso me asombró, pues en Cuba no se hacen velorios en los hogares. Me alejé del sarcófago situado en el dormitorio para escudriñar los lomos alineados en anaqueles a lo largo del pasillo. Luego eché un vistazo a las carátulas de sus discos de jazz: Thelonious Monk, Charlie Parker, Louis Armstrong, Duke Ellington, Dizzy Gillespie… toda esa improvisación musical que domina no sólo la estructura jazzeada de Rayuela, sino también el lenguaje, como se advierte en el "glíglico" del capítulo 68. El apartamento empezó a llenarse de gente y entonces sentí algo raro, como si estuviera en una casa tomada. Ni corto ni perezoso, hice mutis por el foro.

Luego fui al cementerio de Montparnasse, donde me encontré con Ugné Karvelis, la segunda mujer de Julio, la que lo politizó. Lituana, culta y rubia, agraciada a pesar de la edad, le gustaba dar a entender que era la Maga y, aunque luego supe que nunca lo fue, muy bien podía haberlo sido. Como de costumbre, fumaba uno tras otro sus Gauloises. Enfrente, y a cierta distancia, distinguí a Bernárdez, ya convertida en la fiel albacea de Cortázar.

De pronto, sentí una crispación en el aire y experimenté vergüenza ajena cuando alguien a mi espalda gritó débilmente: “¡Unidos, compañeros!”. El acento sonaba chileno o uruguayo. Poco faltaba para que los que me rodeaban alzaran los puños cantando La Internacional o sacaran banderitas rojas para agitarlas. Intentar convertir en acto político algo tan grave como la muerte de un espíritu superior es algo impropio de cronopios. Un fragmento estelar de la cultura universal estaba siendo enterrado y aquellos personajes querían corear consignas y aferrarse por los brazos como jugadores de rugby.

Dos ideologías enfrentadas circundaban a las dos parejas que sobrevivían al escritor fallecido. Dos bandos en disputa rodeaban el féretro. Para que no me confundieran con los de “mi” bando, me alejé discretamente entre las tumbas. En rigor, yo no estaba en ningún grupo, tan solo era el “Ladrón de Julios”. Aunque, como representante de la Unesco, yo estaba físicamente en un bando, yo ya sabía que no es lo mismo “estar en” que “ser de”.

Lo que por entonces yo no sabía es que la relación entre Julio y Aurora comenzó a deteriorarse tras un viaje a Cuba en 1963. A él le encantó lo que vio en la isla, pero a ella no. En 1967, de nuevo en La Habana, él conoció a Karvelis, quien se convirtió en su compañera sentimental y su agente en Gallimard.

La vida y la obra de Julio estuvieron marcadas por esas dos mujeres poderosas. Su primera etapa literaria -cuando conoció a Aurora- fue antiperonista, incluso se ha dicho que Casa Tomada es una metáfora de la invasión de los peronistas que lo expulsan de su casa: Argentina. Pero cuando él conoció a Karvelis en la isla, sus actividades públicas y sus libros empezaron a inclinarse cada vez más a favor del llamado “socialismo latinoamericano”.

Un viento frío soplaba contra el sol del mediodía. La lucha de clases parecía a punto de estallar entre los sepulcros. Corría el año de Orwell (1984), pero la Guerra Fría no llegó a instalarse en el camposanto porque, de repente, se alzaron de sus tumbas las sombras de Baudelaire, de Huysmans, de Beckett, de Tristan Tzara, de Poincaré, de Ionesco y de César Vallejo. Ceñudos, con los brazos cruzados sobre el pecho, esos majestuosos espectros impusieron a todos silencio, calma, tolerancia y respeto. Por suerte, no se pronunciaron tediosos panegíricos, solamente se depositaron algunas ofrendas florales. Colocaron el ataúd en la tumba de Carol, su último amor. Ahora que descansaban juntos, los autonautas podrían reanudar su viaje atemporal en la cosmopista subterránea.

Ugné se me acercó cojeando, tenía un pie enyesado, pues solía caerse por su dependencia del alcohol. Con su voz ronca de fumadora me pidió que la llevara a tomarse un whisky. Colgada de mi brazo, salimos del cementerio. Ella iba saltando a la pata coja, como si jugara en una invisible Rayuela trazada con tiza en el suelo.

En algún café cercano entré con la Maga apócrifa. Observando su pie escayolado, pensé en mi brazo enyesado allá en Camagüey. Dos viejos amores sobrevivían a Julio, dos dedicatorias contenía mi Rayuela, yo me había robado dos Julios… Todo eso me daba vueltas en la cabeza mientras ella suspiraba agobiada: “Soy un milagro ambulante”. Entonces empezó a contarme historias de su abuelo con abrigo blanco cazando zorros en los bosques nevados de Lituania. Oyéndola a medias, yo seguía pensando en los dos que ahora mismo bajaban buscando relámpagos de oro en los abismos de la tierra. En alguna ocasión Julio me había comentado que según el alquimista Michael Maier el oro es resultado de las rotaciones del sol alrededor de nuestro planeta. Ugné seguía contándome sobre su abuelo, pero yo seguía retrocediendo mentalmente cinco años atrás, a aquella mina de oro nicaragüense, mientras descendíamos al pozo, hacia el oro hilado por el sol, cuando Julio dijo entre tinieblas: “ha comenzado el Viaje al centro de la Tierra.”



(*) Publicado en ESQUIRE, número de agosto de 2014.

agosto 11, 2014

Alejo, el otro

ALEJO, EL OTRO
Por Manuel Pereira

Ha muerto en Cuba mi viejo maestro y amigo: Antonio Alejo Alejo. Lo conocí en 1968 cuando salí del Servicio Militar Obligatorio y matriculé en la Academia de “San Alejandro”. Nunca olvidaré su primera clase de Historia del Arte: inquieto, flaco y gesticulante, frente a la pizarra convertida en pantalla, proyectaba imágenes de unas cuevas argelinas en la región de Tassili N’Ajjer. Ante mis asombrados ojos desfilaban pinturas rupestres de 15 mil años de antigüedad, pero lo más espectacular era que aquellas imágenes representaban a unos seres con cascos de cosmonautas o escafandras de buzos, otros personajes volaban con cuernitos como antenas en la cabeza… “¡Extraterrestres!”, pensé y enseguida me puse a escribí mi primer artículo para El Caimán Barbudo (febrero 1969).
Alejo me ayudó con las ilustraciones prestándome algunas de las diapositivas más sugestivas para apoyar mi especulación de que aquella zona de Argelia había sido visitada en tiempos remotos por naves de otros planetas. Para un aprendiz de escritor en su bautismo de tinta, el artículo tuvo éxito, pues fue públicamente elogiado nada menos que por el Gran Marciano cubano: Oscar Hurtado, a quien recuerdo enorme, con grandes orejas, siempre con sus inmensos tenis verdes, jugando ajedrez en la UNEAC o viajando en la moto de la escritora humorística Évora Tamayo.
Así entré en el mundo de la prensa y la literatura, a los 20 años, de la mano de Alejo Alejo. Con sus clases magistrales, él me mostró los senderos del arte universal. Poco después yo conocí a Lezama Lima y tuve el gusto de presentarlos. ¡Qué diálogo tan homérico entre aquellos dos gigantes!
En su juventud Alejo Alejo conoció a Wifredo Lam, pero luego lo perdió de vista. Por eso, cuando yo trabé amistad con el mejor pintor cubano, los hice coincidir en una comida en la Bodeguita del Medio. ¡Otro banquete de genios!
Cuando yo conocí a Alejo Carpentier, lógicamente, quedé encandilado con nuestro principal prosista. Por entonces Alejo Alejo empezó a autodenominarse “Alejo el otro”. Tenía un gran sentido del humor. Más tarde, la vida me llevó por otros derroteros alejándome de aquel Alejo, a quien siempre recordé con cariño, a pesar de las lejanías.
Alto, ágil, elástico, siempre jovial, así era Alejo el otro. Sin embargo, también tenía sus malas pulgas. En una ocasión me llevó a un concierto en el teatro Amadeo Roldán. Una señora delante de nosotros no paraba de hablar y Alejo la golpeó varias veces en el hombro con el programa enrollado exigiéndole silencio para oír la música. Yo no salía de mi asombro. No sabía que eso se podía hacer: regañar a alguien para poder oír un concierto. También me llevó al Museo de Bellas Artes, a un concierto de Bola de Nieve, a quien me presentó al final de la función. Yo estaba impresionado con ese universo musical que él me descubría.
Alejo Alejo fue un erudito, un maestro formado antes de la revolución, y me alegra saber que al final de su vida recibió premios y diplomas más que merecidos, distinciones oficiales que tendrían que haberle otorgado mucho antes, pero en fin: nunca es tarde si la dicha es buena.
Los que aprendimos de su vasta sabiduría fuimos unos privilegiados. Un maestro tan fuera de serie es dudoso que exista hoy en la isla. El agujero que deja en el tejido de la pedagogía nacional es más grande que el cráter Tycho y para rellenarlo tendrá que pasar un cuarto de siglo.
Él poseía la fórmula secreta de todo buen maestro: capacidad de asombro para transmitir conocimiento, contagiando con esa fascinación a su alumnado. Eso no se aprende en ningún instituto pedagógico: es algo que viene en el ADN, y se llama vocación. Por tanto, Alejo Alejo fue un milagro magisterial.
En un video de Leonardo de Armas lo veo explicando el románico en la iglesia de San Clemente de Tahull, allá en las tierras catalanas donde viví trece años. Me llamó la atención agradablemente que comentara ese estilo no tanto a partir de sus atributos estéticos sino más bien a través de la fe. Me gustó oírlo hablar con tanta pasión de la “necesidad de la fe”. Que en paz descanse.

(Publicado el 11 agosto 2014 en diario digital 14 y medio, La Habana)