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febrero 02, 2018

Antes que me pregunten

ANTES QUE ME PREGUNTEN: Sí, conocí a Fidelito fugazmente el 8 y el 9 de enero de 1959 en mi barrio de La Habana Vieja por donde él entró junto con su padre en la histórica Caravana de los Barbudos Armados.
Al siguiente día volví a verlo escoltado por dos barbudos, paseándose por mi vecindario. Todos los niños acudimos a verlo. Sonreía mucho, estrechaba manos, quería jugar a la pelota en el Parque del Anfiteatro con nosotros, tal vez imitando a su padre que en esos tiempos le daba la mano a todo el mundo y jugaba béisbol donde quiera que se presentaba la ocasión.
Como teníamos la misma edad y misma estatura, y ambos rubios, Fidelito habló un poquito más conmigo sobre no recuerdo qué. También ocurrió que mi madre me había disfrazado con una gorrita verde olivo y una barba postiza y, por tal motivo -medio en broma y medio en serio- algunos vecinos me confundían con Fidelito y yo los mandaba al diablo entre risas.
Después de eso, no volví a verlo ni en periódicos, ni en televisión, mucho menos en persona. Simplemente desapareció de la escena pública. Nadie sabía nada y yo, mucho menos. Eso es todo lo que puedo decir a título personal. El resto es más o menos del dominio público.
EN LA FOTO: El mítico Comandante Camilo Cienfuegos, Fidelito y su padre, tal y como los conocí en esos primeros días de enero, en mi legendario barrio habanero, en aquel inolvidable año 1959.

noviembre 15, 2017

El Cristo rumbero

EL CRISTO RUMBERO
Por Manuel Pereira
Al pie de la palma, sudando y de cara al sol, el recluta castigado conectó mentalmente con otro episodio canino donde Titán le ladraba a un militar de primerísimo rango. Fue a mediados de 1959, el primer año de la revolución, el más luminoso. 

Joaquín jugaba a la pelota con los mataperros en un parque frente a la bahía. De pronto se armó un alboroto a la salida del túnel submarino. Doscientos caballos salían del fondo del mar. Los mataperros soltaron bates, guantes y pelotas. Joaquín corrió hacia la boca del túnel. Algo trascendental estaba ocurriendo allí y él no podía perdérselo. Titán lo siguió saltando y ladrando. 
Casi cada día ocurría algo extraordinario en su barrio. Y él tenía la sensación de flotar embelesado en una atmósfera epopéyica. Nacido en el puerto, entre maleantes, navajas y pistolas, pocos meses atrás había visto con sus ojos a titanes mitológicos entrando triunfalmente en la ciudad. 
Ahora corría por el parque hacia el túnel para encontrarse sin saberlo con el más místico de esos colosos. Iba tan embalado que chocó contra la yegua blanca del comandante Camilo Cienfuegos, sonriente y jaranero. No en balde le llamaban el “Cristo Rumbero”. 
Entonces vio el fulgor de su sonrisa iluminando su barba patriarcal. Se inclinaba desde la cabalgadura para estrechar manos. Todo en él era jovialidad y desenfado.
Detrás del Comandante venía una caballería de doscientos campesinos con sombreros de yarey y machetes. Él los traía desde campos remotos precisamente para que conocieran la fastuosa capital. Los ladridos de Titán asustaron a la yegua que empezó a piafar mirando de reojo al perro. Joaquín contemplaba deslumbrado los nervios hinchados en el cuello de la yegua. Con el fusil colgando de un hombro, Camilo miró al perro de Joaquín y le lanzó un par de besos. Titán enseguida se tranquilizó. 
Para Joaquín, ver a Camilo en persona equivalía a asistir al espectáculo de un dios bajando desde las nubes. A todas luces, era el más carismático de los principales jefes de la insurrección.
Pronto acudieron más curiosos. Todos aplaudían al héroe de cien fuegos en cien batallas. Se había cortado la histórica melena y en vez del habitual sombrero alón ahora llevaba uno de yarey para no desentonar con los guajiros que lo seguían desde quien sabe dónde.
De pronto a Camilo se le cayó el tabaco que estaba fumando y entre los presentes alguien entonó una canción de Beny Moré: “Se te cayó el tabaco, Camilo, se te cayó...”. Espontáneamente el gentío empezó a bailar dando palmadas. Todos coreaban el gracioso estribillo con el improvisado cambio de “mi hermano” por “Camilo”. 
Lejos de ofenderse, el Comandante soltó la carcajada y empezó a bailar encima de la montura. Flaco y gesticulante, parecía un esqueleto rumbero vestido de verde olivo. Todo el pueblo se balanceaba rítmicamente en la rumbantela presidida en lo alto por Cristo bailando en su cruz.
Horas más tarde, en el silencio de la noche, Joaquín observaba asombrado unas largas hileras de excrementos de caballos en la avenida del Puerto. Escudriñaba la extraña forma de cada mojón brillando bajo la Luna. 
De pronto, salido de la nada, oyó un guitarreo y esta décima guajira:
“¿Venga acá, señor Jurado,
Cómo es eso que su mulo?
¿Venga acá, señor Jurado,
Cómo es eso que su mulo?
Teniendo redondo el culo
Puede cagar cuadrado?”

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(*) Un cuento sacado del nuevo libro de Manuel Pereira: "La Estrella Perro", de próxima aparición en la editorial Textofilia, México.

Derechos reservados: Manuel Pereira, 2017.

Derechos reservados: Textofilia S.C. México

enero 07, 2017

Encuentros cercanos con Fidel Castro

ENCUENTROS CERCANOS CON FIDEL CASTRO
Por Manuel Pereira

Mi primera visión de Fidel fue cuando entró en La Habana el 8 de enero de 1959. Yo tenía diez años y lo vi pasar por la Avenida del Puerto montado en un vehículo militar, rodeado de barbudos, saludando con la mano a la multitud. El ambiente era apoteósico, como de carnaval mezclado con epifanía. Todas las clases sociales confluían allí para vitorear a los rebeldes.

Del principal barbudo parecía irradiar una fuerza dominante. Contribuían a ese carisma su estatura, su perfil clásico de boxeador griego, el fusil de mira telescópica colgando del hombro, el tabaco en la boca, sus dotes de orador. Todo lo cual generaba una atmósfera romántica.

En mi imaginación infantil, el barbudo vestido de verde olivo parecía un híbrido de Robin Hood con Santa Claus. Los desaliñados guerrilleros que desfilaban equivalían a la cabalgata de los Reyes Magos ¿Acaso no venían de Oriente y hasta estrellitas adornaban sus gorras y charreteras?

Mi segundo encuentro con él tuvo lugar a comienzos del año 1961. Yo nadaba en la piscina de una playa en la costa oeste habanera recién convertida en Círculo Social Obrero, adonde yo acudía a practicar judo. De pronto el mítico barbudo apareció en el borde de la piscina y todos los niños salimos del agua para saludarlo. Risueño, él nos pasaba la mano por las cabezas mojadas. Alguien sacó una foto del grupo que luego vi expuesta en una oficina del balneario. En cuanto mi padre pidió una copia, o el negativo, la foto desapareció. Nadie sabía nada, los empleados de la oficina se encogían de hombros. Misterio.

Tercer encuentro cercano. Una noche de septiembre de 1965 llegué a la cafetería de “El Patio”, en la Plaza de la Catedral, donde me reuní con mis amigos rocanroleros para cantar canciones prohibidas de los Beatles. Me dijeron que Fidel estaba cenando en la planta alta. Yo estaba a punto de cumplir 17 años y por entonces era recluta del Servicio Militar Obligatorio. Me puse a dibujar en una servilleta una caricatura de Fidel con el tabaco humeante. En pocos minutos bajó el barbudo adonde bebíamos té. En tres zancadas llegó hasta nosotros: “¿Ustedes son de Camarioca?”, nos espetó con los brazos en jarra.

Horas antes había pronunciado un discurso proclamando que quien quisiera abandonar la isla podía hacerlo por el puerto de Camarioca, al este de La Habana. Allí tendría lugar el primer éxodo masivo de cubanos hacia Miami.

Se sentó a mi lado y preguntó quién le había hecho una caricatura. Yo me quedé boquiabierto. ¿Cómo sabía eso si él estaba en la planta alta del restaurante? Ya en Cuba estaba prohibido el humorismo gráfico referido a la primera figura. Me miró de reojo sonriendo. Quería ver la caricatura. Le entregué la servilleta algo temeroso. Al parecer le gustó y me pidió que la firmara, se la guardó en un bolsillo lleno de papeles y plumas, y entonces me ofreció una beca para estudiar pintura en Polonia. Le dije: “no, gracias”. Fue algo que me salió del fondo del alma, sin pensarlo. Él levantó las cejas y cambió de tema.

¿Qué por qué dije no? La respuesta se puede leer con lujo de detalles en mi novela Insolación (Diana, México, 2006. También en editorial Bokeh, Leiden, marzo 2015).

Aunque era recluta, esa noche yo andaba vestido de civil. Pero Fidel se fijó en mi cabeza rapada. “¿Eres soldado?”. Le dije que sí. Me pasó la mano por la cabeza -igual que cuatro años atrás en la piscina- y exclamó: “¡Ah, entonces eres de los nuestros!”. O sea, que mis amigos no eran de los “suyos”.

En ese momento el traductor de Gromiko (ministro de Asuntos Exteriores de la URSS) se inclinó y le susurró algo al oído. El comandante se volvió bruscamente, como un basilisco: “¡Ahhh, dile que se vaya para casa del carajo! Si tiene sueño que se vaya a dormir. ¡Coño, ni siquiera me dejan estar un rato con los muchachos!”.

Yo me asombré de que maltratara en público al representante de la segunda potencia atómica mundial. Al parecer no les perdonaba a los soviéticos que le hubieran quitado los cohetes nucleares tres años antes durante la Crisis de los Misiles.  

Era casi la una de la madrugada. Fidel siguió interrogando a mis amigos, como haría un policía con una pandilla de sospechosos habituales. Al rato se levantó de nuestra mesa y me invitó a ver su carro, cerca de allí. Me mostró su asiento de copiloto, donde había una pequeña biblioteca con algunos libros y periódicos, un teléfono y un tablero deslizante para escribir. “Es mi oficina ambulante”, bromeó. Los del séquito estallaron en carcajadas.

Tal vez tuvo ese detalle conmigo porque le gustó la caricatura, quizá porque me consideraba uno “de los nuestros”, o acaso para retrasar más su partida con tal de fastidiar al jerarca soviético que se caía de sueño. Me dio la mano, se metió en su Oldsmobile verdeolivo y desapareció en la noche seguido por los carros de la escolta.

Cuarto encuentro cercano. Año 1978, Palacio de la Revolución, adonde yo estaba invitado para una recepción cultural. Por entonces yo era Subdirector de la revista CINE CUBANO y conversaba, en un aparte, con Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente del Consejo de Estado: el más culto de la cúpula gobernante. Nos gustaba hablar de literatura, recuerdo que esa noche el tema era Valéry y El cementerio marino.

De pronto oí una voz de mujer gritando mi nombre a lo lejos. Los gritos venían de la mesa llena de comida y bebidas donde se aglomeraban los invitados. Yo me sobresalté ligeramente. La que daba aquellos gritos atronadores era una mexicana chaparra, rubia, siempre afectuosa conmigo: Marta Solís, corresponsal de la revista SIEMPRE. Iba literalmente colgada del brazo de Fidel, y me hacía señas para que me acercara. Carlos Rafael me dijo: “¡ve para allá, muchacho!”. Me acerqué al enjambre humano que rodeaba al barbudo. Era una coreografía de ballet en cámara lenta, pues cada vez que Fidel daba un paso hacia un lado u otro, todos lo seguían como alfileres pegados a un imán.

“Me dice Marta que publicaste una novela que se llama El Comandante Veneno”, me dijo cuando lo tuve enfrente. En efecto, era mi primera novela, sobre la alfabetización.
“¿Y quién es ese Comandante Veneno?”, sonrió. Así que viéndolo de buen humor, le solté: “Usted”. “¿Yo?”, preguntó asombrado. Creí que había metido la pata hasta la ingle. Pero enseguida agregó: “¡Ah, entonces quiero leer ese libro! ¿Se lo puedes dar a Carlos Rafael para mí?”

Poco después la mesa se llenó de cocos glacé. Todos cogíamos uno, pero él protestó: “¿Y no hay coco glacé para mí?” Una periodista española, descalza, babeante de emoción, se empinaba para hablar con él. Fidel coqueteaba con ella. La periodista hizo el gesto de alcanzarle uno de los postres desplegados en la mesa, pero “Chomi” Miyar -mano derecha del Comandante- alzó las cejas y la petrificó en el acto. Entonces salió de una puerta secreta un cocinero con gorro blanco que traía un coco helado único, especialmente preparado para el Comandante. Me acordé de Rasputín con las galletas de cianuro y también de los Borgia.

Quinto encuentro. Teatro García Lorca, 1978. El español Antonio Gades y Alicia Alonso acababan de bailar juntos. Lejos de las tablas, en un reservado del mezzanine, Fidel Castro departía con algunos altos funcionarios. Yo estaba afuera, cubriendo el evento como periodista cultural.

De pronto alguien abrió la puerta del reservado y me pidió que fuera urgente a buscar a Gades, pues Fidel quería conocerlo. Me adentré entre bambalinas, irrumpí en el camerino del bailaor flamenco, a quien yo conocía bien. Estaba desmaquillándose ante un espejo, lo saqué corriendo, sin darle tiempo a quitarse el disfraz de fauno o de diablo. Lo llevé al trote hasta el reservado. Antonio estaba tan ansioso por conocer a su ídolo que empujó la puerta de sopetón, Fidel estaba de espaldas y al oír el ruido se volvió súbitamente con una mirada torva que jamás olvidaré. Recordé que trece años atrás se había girado hacia Gromiko con idéntica ira para increparlo.

Gades entró, y yo me quedé un par de minutos asomado en la puerta, siempre a prudencial distancia del imprevisible Comandante. Ver al bailarín disfrazado de diablo conversando con Fidel se me antojó una escena fáustica.

Poco después, ya en el escenario, Fidel rodeado de bailarinas empezó a gritar: “¿Dónde está Ñico?” (Ñico: capitán y espeleólogo Antonio Núñez Jiménez). Se burlaba: “¿En qué cueva se ha metido esta vez?”. Risas. El Comandante invitó a Ñico, a Gades y a un grupo reducido a comer en su casa, donde él mismo cocinaría su última receta: espaguetis con… salsa de mango. ¡Puajj!

Me informaron que yo no estaba invitado, de lo cual me alegré mientras regresaba a mi casa, aliviado de escapar de aquella locura de guardaespaldas clavándote los codos en las costillas, a veces con miradas aviesas. Fue la última vez que lo vi en persona. Gracias a Dios.

(*) Publicado en la revista LETRAS LIBRES, número 217, enero 2017, pág. 10.

julio 22, 2016

Un cubano en México (entrevista)

UN CUBANO EN MÉXICO
Entrevista a Manuel Pereira
Por Jorge Plata

La obra de Pereira es rica en ambiente y narrativa. Cada uno de sus personajes es situado en una posición de cambio inminente, en donde todo su alrededor parece saber algo que él desconoce. Su trabajo empezó en Cuba, su país natal, pero en 1991 tomó las maletas para no regresar nunca más. Desde entonces ha vivido en varios lugares, pero ahora es en México donde radica desde hace ya varios años. En Textofilia han estado publicando su obra de narrativa y ensayo, pero es sobre sus novelas (Mataperros, Un viejo viaje, El beso esquimal) la entrevista que me atreví a hacerle a este importante escritor.

JP: Naciste en Cuba, ¿pero sigues siendo cubano?

MP: Claro, aunque he vivido experiencias en otros países que me han enriquecido, uno nunca deja de ser de donde nació. Ese cordón umbilical se alarga elásticamente a lo largo y ancho del mundo, haciéndose cada vez más delgado, hasta casi desaparecer, pero en rigor nunca se extingue del todo.

JP: ¿Por qué escribes?

MP: Mi padre era grafómano, escribía en todas partes: paredes, papelitos, en las portadas y las tripas de los libros que leía, etc… Tal vez por ahí me llegó algo genético o más bien mimético. No lo sé. En realidad escribo para entender el misterio de la vida. La literatura, para mí, es una forma de conocimiento, no sólo entretenimiento. Ya sé que eso no es muy comercial, pero mi mayor ambición no es volverme millonario, ni acumular montones de premios, todo lo cual es una vulgaridad.

JP: ¿Quiénes son tus influencias a la hora de escribir?

MP: Ya estoy muy lejos de las influencias del primerizo. Cuando empecé a escribir narrativa, allá por 1972, tenía influencias de García Márquez y de Alejo Carpentier… Que luego fueron mezclándose con los estilos de otros autores europeos muy poderosos hasta desvanecerse todo, como en un remolino borroso de donde surgió finalmente mi voz. Fue un proceso lento y largo, que incluyó barbechos o zonas de silencio. También influyen en mí la buena música, la mejor pintura, el gran cine, los museos, un gato estirándose, la siniestra sombra de un campanario, el silencio de la noche, el vuelo de una lechuza, la brisa del mar que nos cuenta la historia universal…


JP: El nombre de Manuel Pereira es en sí un misterio en tus novelas. En Un Viejo Viaje es el novelista que lee tu personaje de pintor para distraerse de sus ideas de persecución a través de su último viaje, y en El Beso Esquimal es un escultor portugués, ¿por qué este afán de crear dualidad entre tu nombre de escritor y la vida del personaje que retratas en cada novela?

MP: Es un recurso literario llamado “mise en abyme”, o “puesta en abismo”, donde multiplico el álter ego del personaje protagónico, o sus dobles, o sus heterónimos. Siempre me han gustado esos juegos de espejo donde aparece un sosías. Finalmente, como dijo Rimbaud: “yo es otro”. No es nada nuevo, sólo que yo trato de hacerlo desde un ángulo un poco diferente. Por cierto, el escultor portugués existió realmente, y me gusta pensar que fue algún ancestro mío, aunque no he podido comprobarlo. Pío Baroja decía: «todo lo que no es autobiografía, es plagio».

JP: Con qué protagonista de estas novelas editadas por Textofilia te identificas más ahora: ¿El inocente que está tratando de comprender la vida a su alrededor, el temeroso pero radical que siente que le deben una vida mejor, o aquel que anhela que las cosas hubieran sido diferentes para su familia sin poder hacer mucho al respecto?

MP: Me identifico a medias con mis personajes que, en realidad, si se examina el conjunto de mi obra, son tres. Esos tres han ido creciendo a lo largo de diversas novelas. No tengo preferencias por ninguno en particular. Parafraseando a Rimbaud me gusta afirmar que: yo soy otros. Lo que al principio iba a ser una trilogía se convirtió en tetralogía y, luego, en pentalogía. Aunque cada una de mis novelas puede leerse por separado, mi plan es que algún día configuren una continuidad, formando una suerte de retablo historiado, o un gran fresco mural de mi país y de la época que a mi generación le ha tocado vivir.

JP: ¿Por qué decidiste vivir en México tras tu exilio?

MP: Mi exilio empezó en Alemania, luego siguió en Francia, más tarde en España y finalmente aterricé en México donde amigos cubanos y familiares insistieron en invitarme. Necesitaba estar más cerca de la isla natal, más cerca de mis fantasmas; también quería cambiar de aires. Europa ya me tenía harto, ya había aprendido todo lo que había que aprender allá. Por otra parte, buenos amigos mexicanos me  ofrecieron dar clases en la Iberoamericana y en el Instituto Cultural Helénico. Así que volví a hacer maletas y emprendí mi segundo destierro. Exilio dentro de otros exilios, como las matriuskas rusas. Cuando uno ya está muerto, se puede volver a morir varias veces sin mayores problemas.

JP: ¿Podemos esperar en el futuro una novela tuya que esté situada en México?

MP: Es muy probable, pero de momento estoy enfrascado en otra novela con escenario cubano. Tal vez después de esa venga México, al que he dedicado ensayos que me gustan mucho.

Tampoco te pierdas Mataperros, otro de sus libros editado por Textofilia.



julio 03, 2016

Nidos de Águila

NIDOS DE ÁGUILAS
Por Manuel Pereira

Algunos países, pequeños y pobres, despliegan más celebridades literarias que ciertas potencias con economías más pujantes. Esas naciones no sólo atesoran más personalidades, sino que, en ocasiones, éstas superan en brillantez a sus pariguales en las metrópolis.

Tal es el caso de Cuba y también el de otra isla: Irlanda, cuyo preludio es la asombrosa filosofía del inmaterialismo del obispo Berkeley (1685-1753). Le sigue Laurence Sterne con su Tristram Shandy (1767), novela fundacional que rompió los rígidos moldes del género en su época. 

Aparte de elevar la primera estrella irlandesa hasta el firmamento de las letras universales, Sterne anunció a su coterráneo James Joyce en el tratamiento del tiempo interior, el humor paródico, la sátira y el experimentalismo. A su vez, con la novela Ulises (1922), Joyce protagonizó (junto con Proust y Kafka) la copernicana revolución narrativa en Occidente. 

Otros inmortales de la Isla Esmeralda son Jonathan Swift (Los viajes de Gulliver, 1726), Oliver Goldsmith (El vicario de Wakefield, 1766), Charles Maturin (Melmoth el errabundo, 1820); Sheridan Le Fanu (Carmilla, 1872), Oscar Wilde (El retrato de Dorian Gray, 1891), Bram Stoker (Drácula, 1897), George Bernard Shaw (Pigmalión, 1914), William Butler Yeats (La Torre, 1928), Samuel Beckett (Esperando a Godot, 1952) …

¿Por qué allí han tenido lugar tantas hazañas literarias? ¿Será por la cerveza negra Guinness o por sus desayunos con salchichas, beicon, huevos fritos y pan de papa? ¿Será por la mítica canción de Molly Mallone, por San Patricio y el trébol de tres hojas? ¿Acaso influyeron los acantilados, las frecuentes lluvias, las torres circulares medievales? ¿Será porque según Freud: “los irlandeses son la única raza impermeable al psicoanálisis”? ¿Tendrá algo que ver la tradición popular del Limerick, esa forma poética chistosa, a veces obscena, siempre descabellada?

Los irlandeses se rebelaban contra la lengua de los ingleses, pero no ignorándola, sino recreándola o reinventándola. Esa rebeldía fue creadora, pues se tradujo en laboratorio literario, en experimentación, en desenfado, en osadía. 

Por su parte, los ingleses parecen reverenciar tanto su lengua que la encorsetaron. Algo similar sucedió en nuestro idioma durante la segunda mitad del siglo pasado con el Boom latinoamericano. Los hispanoamericanos somos a España lo que los irlandeses a Inglaterra. Hemos enriquecido la lengua modificando las nociones de novela y de poema. Hemos flexibilizado, agilizado y modernizado el castellano. 

Joyce decía: “yo no escribo en inglés, sino en anti-inglés”, lo cual explica su revolución del lenguaje, su irreverencia ante la lengua dominante, sus juegos de palabras casi intraducibles.

Otro país que genera talentos a manos llenas es Rumanía, la nación más pobre de Europa, después de Bulgaria. Por ejemplo, el poeta Tristan Tzara, fundador del Dadaísmo; Brancusi, el escultor que logró la síntesis de las formas, Paul Celan, el poeta de la lengua adánica; el audaz pensador Emil Cioran, el dramaturgo del absurdo Eugène Ionesco, el insondable Mircea Eliade…

Todos estos creadores en estado de gracia triunfaron fuera de ese país tan vampirizado por la Historia, huyeron del ambiente pueblerino en el que les tocó nacer. 

¿Por qué, sin dejar de ser rumanos, se volvieron internacionales? La respuesta más conocida la dio el escritor brasileño Oswald de Andrade en 1928 con su Manifiesto Antropófago: una apología del salvaje que devora la cultura del colonizador. El colonizado -o primitivo- deglute y digiere la cultura europea incorporándola a su fuerza telúrica y ancestral, con lo cual su poderío -elevado al cuadrado- se universaliza. 

Lejos de ser privativo de Brasil, este canibalismo del espíritu es global, como se vio a partir del período Heian cuando Japón adquirió su personalidad literaria escribiendo ya en japonés (silabarios) y no en chino. 

Estos metabolismos culturales se extienden a otras partes de nuestro continente. Ilustres antropófagos: Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Lezama Lima, Alejo Carpentier… 
Cincuenta años antes de la pantagruélica metáfora brasileña, ya nuestro caníbal mayor, José Martí, analizaba esa voracidad intelectual en una carta a José Joaquín Palma: “Es nuestra tierra (...) un nido de águilas; y como no hay aire allí para las águilas (...) tendemos, apenas nacidos, el vuelo impaciente a los peñascos de Heidelberg, a los frisos del Partenón, a la casa de Plinio, a la altiva Sorbona, a la agrietada y muerta Salamanca. Hambrientos de cultura, la tomamos donde la hallamos más brillante. Como nos vedan lo nuestro, nos empapamos en lo ajeno. Así, cubanos, henos trocados, por nuestra forzada educación viciosa, en griegos, romanos, españoles, franceses, alemanes.”



junio 08, 2016

Glorias de Cuba

GLORIAS DE CUBA
Por Manuel Pereira
El cubano José Raúl Capablanca jugando partidas simultáneas de ajedrez, Londres, 1911.
Durante muchos años he oído en el extranjero la cantinela de que en Cuba no había educación ni cultura antes de 1959. Lo dicen académicos, intelectuales y artistas desinformados, o cínicos, en Europa, en EE UU y en América Latina. Es el fruto –tan mendaz como eficaz– de la propaganda oficial que los tontos útiles en diversos rincones del mundo corean como un mantra hasta la náusea. Más de cinco décadas de bombardeo mediático y autobombo sistemático por fuerza dejan su huella.
Nada nuevo bajo el sol. Desde Goebbels, Stalin, Gorki y Gronski la publicidad totalitaria consiste en mezclar fragmentos de verdades con mentiras a granel y repetirlos machaconamente.
Sabemos de los escritores –incluso clásicos– y los artistas "degenerados" proscritos por los nazis. Un proceso similar tuvo lugar en la Unión Soviética estalinista: autores borrados de libros de texto, excluidos de bibliotecas públicas. Pintores relegados al olvido. Retoques o montajes fotográficos de donde desaparecían destacados bolcheviques tras caer en desgracia. Geniales compositores prohibidos, etcétera.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos. Da lo mismo si se hace en nombre del proletariado o de la raza aria. El que más lejos llegó haciendo tabla rasa con el ayer, fue el camboyano Pol Pot.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos
Digan lo que digan, la cultura cubana ya atesoraba abundantes fulgores antes del 59. Por razones de espacio, estoy obligado a ser muy parco en la selección. En el siglo XIX: Félix Varela, "el primero que nos enseñó a pensar", como dijo su discípulo José de la Luz y Caballero. Otros pensadores criollos: Arango y Parreño, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Bachiller y Morales, José Martí, Enrique José Varona. En poesía los talentos se multiplican: Zequeira con su Oda a la Piña, Rubalcava con Silva cubana, José María Heredia con su Himno del desterrado ¡tan vigente!, José Jacinto Milanés, el poeta esclavo Juan Francisco Manzano, el mulato humilde Plácido, Juan Clemente Zenea, Julián del Casal, Juana Borrero, el brillante José Martí... No podemos dejar de mencionar a dos geniales violinistas: Brindis de Salas y José White.
Más escritores importantes en el siglo XX: Mariano Brull con La casa del silencio (1916), José Zacarías Tallet con La rumba (1928), Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina García Marruz, el crítico Cintio Vitier, el poeta, narrador y dramaturgo Virgilio Piñera...
En ciencias ya tuvimos entre el XVIII y el XIX al médico Tomás Romay, al que siguieron el sabio y naturalista Tranquilino Sandalio de Noda, el investigador Felipe Poey, el doctor Carlos J. Finlay y el malacólogo Carlos de la Torre.
Las altas calidades se incrementan: el ensayista Jorge Mañach con su Indagación del Choteo (1928), el antropólogo Fernando Ortiz (Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, 1940), su discípula Lydia Cabrera con su obra maestra El Monte (1954).
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras?
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras? Y la lista continúa con el novelista Carlos Loveira (Generales y doctores, de 1920, y Juan Criollo, de 1927); Enrique Serpa con Contrabando (1938); Carlos Montenegro con Hombre sin mujer (1938); Lino Novás Calvo con Pedro Blanco, el negrero (1933), precursora de lo que se ha dado en llamar "realismo mágico" o "lo real maravilloso". Las mejores prosas de Alejo Carpentier ya se habían publicado antes de 1959: Viaje a la semilla (1944), El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953). En el costumbrismo humorístico tenemos a Eladio Secades con sus Estampas (1940). Aunque El Ingenio se publicó en 1964, Moreno Fraginals ya ganaba premios como historiador desde 1942. Tomás Gutiérrez Alea ya había estudiado cine en Roma hacia 1951 y su documental El Mégano es de 1955.
En las artes plásticas desfilan Fidelio Ponce, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Mariano Rodríguez, Gina Pellón, Wifredo Lam, Guido Llinás, Agustín Cárdenas, René Portocarrero, Amelia Peláez, Acosta León, Antonia Eiríz, Raúl Martínez... Y no olvidemos al campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca.
¿Puede la Isla, en los últimos 56 años, mostrar una pléyade como la del período republicano? Y todo eso sin Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), ni Ministerio de Cultura, sino más bien gracias al misterio de la cultura.


abril 03, 2016

La increíble historia del triste Gabo y mi abuela bienamada

La increíble historia del triste Gabo y mi abuela bienamada
Por Manuel Pereira
Gabriel García Márquez con Fidel Castro y Carmen Balcells en los años 80 en La Habana. 

Un día cualquiera de 1983 llevé al Gabo adonde mi abuela, que vivía en un solar de La Habana Vieja, en la calle Aguiar número 105 esquina con Cuarteles. Era una gallega que había llegado a la Isla en 1926: año del devastador ciclón, año en que nació otro ciclón llamado Fidel Castro.
Yo quería que Gabriel García Márquez conociera a los pobres, que descubriera la otra cara de la luna, porque sabía que lo tenían siempre entretenido entre hoteles y casas de protocolo, en Miramar, en Cubanacán...
Al pie la Loma del Ángel, le mostré la carnicería de un paisano de mi abuela, expropiada y convertida en tugurio; también le enseñé varios negocios confiscados desde años atrás: la Guarapera de Cheo, transmutada en Comité de Defensa de la Revolución; la bodega de un asturiano transformada en accesoria de una cuartería, la panadería de un catalán cerrada a cal y canto, el puesto de frutas y verduras del chino, transfigurado en otro cuchitril. Por doquier, improvisadas paredes de bloques de hormigón sin repellar y antipoéticas rejas en las ventanas. Lo único pintoresco que quedaba en el barrio eran las tendederas en los balcones.
Los ojos de mi admirado escritor -ejercitados por su largo oficio de periodista- no perdían detalle. Subimos al primer piso de la casa de vecindad y fuimos hasta el fondo, entre galerías donde alguna vez hubo vitrales policromados de medio punto ya extinguidos.
¿Quién lo iba a decir? Un Premio Nobel en un solar habanero, pero mi abuela no sabía qué era la Academia Sueca, ni siquiera sabía dónde quedaba Suecia
¿Quién lo iba a decir? Un Premio Nobel en un solar habanero, pero mi abuela no sabía qué era la Academia Sueca, ni siquiera sabía dónde quedaba Suecia. Años atrás confundía a Carpentier con un famoso carpintero y, a Sartre, con algún célebre sastre de visita en la Isla. Era una aldeana casi analfabeta que, al desembarcar en La Habana con alpargatas y pañuelo a la cabeza, tuvo que sacar adelante a tres niños limpiando suelos y baños en promiscuos solares.
Entramos en su vivienda sin baño: un comedor, el dormitorio y una cocina pequeña. Mi invitado de honor lo miraba todo. Ella ofreció sus sillas destartaladas y un sillón con el mimbre roto. Nos sentamos a la mesa. Por vergüenza, no le enseñé al Gabo los malolientes inodoros y las duchas colectivas, que ella nunca usaba, pues prefería servirse de una palangana en su cocina tiznada, detrás una cortina de plástico.
Mi abuela enseguida sacó agua fría del trepidante refrigerador que ella llamaba "General Eléctrico", del 58, ya con algún desconchado en el esmalte blanco. Se puso a colar café. De las vigas de madera del techo caían piedrecitas cuando los niños de los altos correteaban. El Gabo miraba de reojo las paredes descascaradas. Preguntaba sobre asuntos de la vida cotidiana.
Mi abuela le enseñó la libreta de racionamiento y también su cajita mágica. En los frecuentes períodos de escasez de tabaco, ella -al igual que muchos otros- recogía en la calle colillas que luego destripaba para sacarles la picadura y con ella confeccionar sus "Tupamaros".
"¿Por qué Tupamaros?", preguntó el Gabo.
"Porque son clandestinos", respondí yo, y el autor de Cien años de soledad sonrió.
Ella le explicó el complicado mecanismo de la "maquinita", que era como una caja de dominó, en la que introducía la picadura, y luego jalaba hacia ella un palito a guisa de rodillo, como si fuera una ballesta, alargando una lengüeta de caucho, que hacía saltar un cigarrito recién enrollado y engomado con almidón.
A falta de papel para liar cigarrillos, usaba páginas casi transparentes del folleto Carta de España que le mandaban de la embajada. Pero como éstas eran pocas, también arrancaba hojas de una Biblia que no leía, pero que atesoraba como un talismán en su altar poblado de santos. Lo mismo se fumaba un versículo de San Juan que una sentencia del Eclesiastés.
"Me gustaría hablar del bloqueo y sus consecuencias, contando la imaginación de los cubanos para vencer las dificultades, pero no quisiera molestar a Fidel", dijo el escritor
Al salir, ya en la calle, el Gabo me confesó: "Me gustaría mucho escribir un libro sobre la escasez de los cubanos, tu abuela haciendo sus Tupamaros, la falta de dicha doméstica".
"Sería un libro magnífico", exclamé.
Se puso triste y agregó: "Me gustaría escribirlo, hablar del bloqueo y sus consecuencias, contando la imaginación de los cubanos para vencer las dificultades, pero no quisiera molestar a Fidel. No lo puedo escribir, porque es un libro que Fidel va a sentir como un ataque, y no quiero contrariarlo".
Después de eso, ya no insistí. Cada escritor elige su destino. En lo alto, mientras oscurecía, mi abuela se fumaba un capítulo del Levítico y el humo bíblico salía por su balconcito hacia la luna.

marzo 20, 2016

Cuba es un sueño y una pesadilla

CUBA: UN SUEÑO Y UNA PESADILLA
Entrevista a Manuel Pereira por Moisés Castillo (Revista Siempre!)
Entrevista a Manuel Pereira | Escritor isleño | Exclusiva Siempre!
Dicen que no se puede hacer la historia, sino sólo esperar a que se desarrolle. Y Barack Obama hizo todo lo posible para convertirse en el primer presidente en activo de Estados Unidos que visite Cuba desde que el republicano Calvin Coolidge acudió a la isla en 1928.
Washington y La Habana restablecieron formalmente las relaciones diplomáticas tras más de 55 años de alejamiento, con la apertura de las embajadas el 20 de julio de 2015. Sin embargo, el mandatario Raúl Castro advirtió que sin el levantamiento del bloqueo comercial no habrá una verdadera normalización de las relaciones.
Lo único cierto es que ambas naciones tendrán que superar más de medio siglo de desconfianza y hostilidades. Como lo aseguró la escritora cubana Wendy Guerra a Babelia, el suplemento cultural del diario El País: “No podemos seguir repitiendo las historias de nuestros padres… De niños no pudimos elegir, fuimos educados en el marxismo con la idea de que nada de lo que teníamos era nuestro, todo pertenecía al Estado, y yo me rebelé contra eso”.
Para el escritor cubano Manuel Pereira, quien decidió, en 1990, hacer maletas e irse para siempre de la isla, el mito mayor es que la presencia de Obama va a producir un “giro copernicano” en el país caribeño: “es algo imposible en el corto y mediano plazo, lo cual no resta importancia a la visita”.
Aguijones de la nostalgia
¿Amigos y familiares están entusiasmados por la visita del presidente de Estados Unidos? ¿Cómo interpreta el restablecimiento de las relaciones diplomáticas?
En principio, me parece muy bien. Me alegra todo lo que contribuya a que el pueblo cubano —los de a pie— viva un poco mejor. Pero tampoco me hago muchas ilusiones. Lo mejor tal vez sea que se acabó el recurrente argumento del gobierno echándole al “bloqueo” la culpa de todo lo malo. Me parece que Obama actúa de buena fe, sin embargo, no veo reciprocidad en la otra parte. Soy moderadamente escéptico, y nada me haría más feliz que estar equivocado. Pero a mi edad, ya no se puede vivir de ilusiones para morir de desengaños. Habrá que esperar para ver los frutos reales de esa visita presidencial.
“Sin patria, pero sin amo”
¿Qué le ha dejado de positivo resistir tantos años de dictadura?
Aparte de los aguijones de la nostalgia, he crecido viendo mundo, visitando museos, dominando lenguas como traductor… Mi cosmovisión se ha enriquecido gracias al destierro. No hay mal que por bien no venga. Finalmente he descubierto eso que tantos repiten: “la patria es la lengua”. También he aprendido en este peregrinaje que es mejor vivir “sin patria, pero sin amo”, como decía José Martí. Toda esa resistencia se ha traducido en ganancia.
¿Los cubanos están perdiendo el miedo de hablar libremente del gobierno tras esta apertura?
No lo sé. No estoy allí para saberlo. Algunos amigos han perdido el miedo hace ya mucho tiempo, al igual que otras personas a quienes no conozco personalmente. Es difícil evaluar todo esto en la distancia y tras 26 años de ausencia.
¿Cómo sobreviven los jóvenes en un régimen que miente y destila miedo?
Fingiendo. Es difícil quitarte una máscara que te pusieron siendo niño. Creces con ella y ves que tus mayores también la llevan puesta. Entonces repiten consignas como papagayos mientras preparan en secreto la balsa o sueñan con el matrimonio con una extranjera o extranjero, o se preparan como deportistas para salir en delegación y no regresar, o confían en el sorteo de visas en la embajada americana, o esperan que su música o su pintura o su literatura sea tan buena que consigan una invitación artística o académica al extranjero, como en cierta forma fue mi caso.
Un chiste de mal gusto
¿Por qué si hay muchos ingresos vía turismo, hay tanta gente en la miseria?
Porque las divisas procedentes del turismo van a parar a las arcas del Estado, no al pueblo. Los que tienen la suerte de ser taxistas o camareras, recibirán algunas propinas, pero nada más. No tienen derecho a huelga, ni sindicatos independientes que los defiendan. El sistema es cerrado, estilo soviético. La economía está subordinada a la ideología. La dirigencia no quiere que surja una clase media. Los cubanos no pueden invertir y crear empresas medianas ni mucho menos grandes. Hay tantas prohibiciones y regulaciones que todo el mundo se siente culpable de algo. Si un campesino mata una vaca va preso. Prohibido vender langostas y camarones en un país rodeado de mar. Los cuentapropistas —¡horrible palabreja!— autorizados son payasos, barberos, cerrajeros, relojeros y, en el mejor de los casos, dueño de un paladar o comida corrida, actividades menores, sin contar los draconianos impuestos. Parece una burla, un chiste de mal gusto.
¿Qué violaciones en materia de derechos humanos sufren los cubanos?
¡Uf, no alcanza el espacio de esta entrevista para enumerarlos! Exiliados que no pueden regresar a la isla a vivir de forma permanente, existe un solo partido desde hace más de medio siglo. No hay libertad de prensa. Cuba es uno de los países con menor conectividad en el mundo, un 5%. Menos mal que el gobierno acaba de abrir alrededor de 60 espacios wifi en toda la isla. Otra buena noticia es que a partir de ayer, Obama dio otro paso autorizando a los cubanos de la isla para que puedan tener cuentas bancarias en Estados Unidos. No obstante, las Damas de Blanco siguen siendo reprimidas cada domingo, al igual que otros grupos opositores pacíficos. Dice Obama que está al tanto de todo esto y que hablará sobre el tema con el gobierno. Vamos a ver qué sale de ahí. El problema es que el gobierno de la isla tiene su propia concepción de los derechos humanos, creen que basta con sanidad y educación gratuitas. Y esa visión insuficiente, que sólo atiende lo social sin tomar en cuenta al individuo, no ha cambiado ni un ápice durante más de medio siglo.
El Coco del capitalismo
¿Los cubanos se imaginan sin los Castro? ¿La sociedad cubana ha superado el pasado?
Supongo que muchas personas le tienen miedo al capitalismo poscastrista, lo cual es absurdo pues ya el capitalismo está allí, sólo que conviviendo con lo peor del comunismo. El capitalismo no es un paseo por un lecho de rosas, aunque deja algún margen de maniobra gracias a un mínimo de libertad individual. En tal sentido, todos los remedios anticapitalistas han sido peores que la enfermedad. “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”, decía Churchill. El gobierno de la isla lleva más de medio siglo machacando las mentes de tres generaciones asustándolos con el capitalismo. ¡Uyyy, ahí viene el Coco! Así que imagino que muchas personas —principalmente los mayores— tienen miedo a lo desconocido o a un brusco cambio social y económico. Los jóvenes, en cambio, sólo están pensando en escapar de la isla, porque están llenos de energía, tienen ilusiones y mucho tiempo por delante. ¡Ojalá sus sueños se cumplan!
Puente de plata
Ahora con la posibilidad de entrar y salir libremente de Cuba, ¿ha pensado en regresar a su país, luego de vivir un poco más de una década en México? O como dice el escritor Leonardo Padura: “El problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba salimos de la isla”.
La isla siempre nos acompaña, a veces como un sueño, a veces como una pesadilla. Eso de “entrar y salir libremente” no es del todo exacto. El gobierno insular es muy astuto. De un tiempo a esta parte deja salir a disidentes con la secreta esperanza de que se queden fuera, para quitarse de encima problemas internos y liberar vapor de la caldera. Como dice el refrán: “a enemigo que huye, puente de plata”. Pero la cosa cambia cuando se trata de dejar entrar a periodistas, disidentes o escritores opinantes e incómodos que residen en el extranjero. En ese caso, la puerta se cierra abruptamente.
Yo ya perdí allá lo que más amaba en mi vida: mi madre. Por lo demás, tengo tantos proyectos por delante que carezco de tiempo para pensar en volver. ¿Volver para qué? Allí no tengo nada importante que hacer. Mañana… ¿quién sabe?
En esa isla todo es un misterio, allá impera el realismo mágico. Fíjate que ayer talaron una ceiba sagrada en un lugar emblemático de La Habana y en su lugar sembraron otra más joven. La anterior estaba enferma y la habían plantado en 1959 o 1960. Ahora la sustituta coincide con la visita de Obama, y muchos piensan que se trata del inicio de una nueva era a través del simbolismo vegetal, como en un ritual yoruba, o en los misterios eleusinos, o en una profecía de Nostradamus.