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febrero 02, 2018

Antes que me pregunten

ANTES QUE ME PREGUNTEN: Sí, conocí a Fidelito fugazmente el 8 y el 9 de enero de 1959 en mi barrio de La Habana Vieja por donde él entró junto con su padre en la histórica Caravana de los Barbudos Armados.
Al siguiente día volví a verlo escoltado por dos barbudos, paseándose por mi vecindario. Todos los niños acudimos a verlo. Sonreía mucho, estrechaba manos, quería jugar a la pelota en el Parque del Anfiteatro con nosotros, tal vez imitando a su padre que en esos tiempos le daba la mano a todo el mundo y jugaba béisbol donde quiera que se presentaba la ocasión.
Como teníamos la misma edad y misma estatura, y ambos rubios, Fidelito habló un poquito más conmigo sobre no recuerdo qué. También ocurrió que mi madre me había disfrazado con una gorrita verde olivo y una barba postiza y, por tal motivo -medio en broma y medio en serio- algunos vecinos me confundían con Fidelito y yo los mandaba al diablo entre risas.
Después de eso, no volví a verlo ni en periódicos, ni en televisión, mucho menos en persona. Simplemente desapareció de la escena pública. Nadie sabía nada y yo, mucho menos. Eso es todo lo que puedo decir a título personal. El resto es más o menos del dominio público.
EN LA FOTO: El mítico Comandante Camilo Cienfuegos, Fidelito y su padre, tal y como los conocí en esos primeros días de enero, en mi legendario barrio habanero, en aquel inolvidable año 1959.

noviembre 15, 2017

El Cristo rumbero

EL CRISTO RUMBERO
Por Manuel Pereira
Al pie de la palma, sudando y de cara al sol, el recluta castigado conectó mentalmente con otro episodio canino donde Titán le ladraba a un militar de primerísimo rango. Fue a mediados de 1959, el primer año de la revolución, el más luminoso. 

Joaquín jugaba a la pelota con los mataperros en un parque frente a la bahía. De pronto se armó un alboroto a la salida del túnel submarino. Doscientos caballos salían del fondo del mar. Los mataperros soltaron bates, guantes y pelotas. Joaquín corrió hacia la boca del túnel. Algo trascendental estaba ocurriendo allí y él no podía perdérselo. Titán lo siguió saltando y ladrando. 
Casi cada día ocurría algo extraordinario en su barrio. Y él tenía la sensación de flotar embelesado en una atmósfera epopéyica. Nacido en el puerto, entre maleantes, navajas y pistolas, pocos meses atrás había visto con sus ojos a titanes mitológicos entrando triunfalmente en la ciudad. 
Ahora corría por el parque hacia el túnel para encontrarse sin saberlo con el más místico de esos colosos. Iba tan embalado que chocó contra la yegua blanca del comandante Camilo Cienfuegos, sonriente y jaranero. No en balde le llamaban el “Cristo Rumbero”. 
Entonces vio el fulgor de su sonrisa iluminando su barba patriarcal. Se inclinaba desde la cabalgadura para estrechar manos. Todo en él era jovialidad y desenfado.
Detrás del Comandante venía una caballería de doscientos campesinos con sombreros de yarey y machetes. Él los traía desde campos remotos precisamente para que conocieran la fastuosa capital. Los ladridos de Titán asustaron a la yegua que empezó a piafar mirando de reojo al perro. Joaquín contemplaba deslumbrado los nervios hinchados en el cuello de la yegua. Con el fusil colgando de un hombro, Camilo miró al perro de Joaquín y le lanzó un par de besos. Titán enseguida se tranquilizó. 
Para Joaquín, ver a Camilo en persona equivalía a asistir al espectáculo de un dios bajando desde las nubes. A todas luces, era el más carismático de los principales jefes de la insurrección.
Pronto acudieron más curiosos. Todos aplaudían al héroe de cien fuegos en cien batallas. Se había cortado la histórica melena y en vez del habitual sombrero alón ahora llevaba uno de yarey para no desentonar con los guajiros que lo seguían desde quien sabe dónde.
De pronto a Camilo se le cayó el tabaco que estaba fumando y entre los presentes alguien entonó una canción de Beny Moré: “Se te cayó el tabaco, Camilo, se te cayó...”. Espontáneamente el gentío empezó a bailar dando palmadas. Todos coreaban el gracioso estribillo con el improvisado cambio de “mi hermano” por “Camilo”. 
Lejos de ofenderse, el Comandante soltó la carcajada y empezó a bailar encima de la montura. Flaco y gesticulante, parecía un esqueleto rumbero vestido de verde olivo. Todo el pueblo se balanceaba rítmicamente en la rumbantela presidida en lo alto por Cristo bailando en su cruz.
Horas más tarde, en el silencio de la noche, Joaquín observaba asombrado unas largas hileras de excrementos de caballos en la avenida del Puerto. Escudriñaba la extraña forma de cada mojón brillando bajo la Luna. 
De pronto, salido de la nada, oyó un guitarreo y esta décima guajira:
“¿Venga acá, señor Jurado,
Cómo es eso que su mulo?
¿Venga acá, señor Jurado,
Cómo es eso que su mulo?
Teniendo redondo el culo
Puede cagar cuadrado?”

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(*) Un cuento sacado del nuevo libro de Manuel Pereira: "La Estrella Perro", de próxima aparición en la editorial Textofilia, México.

Derechos reservados: Manuel Pereira, 2017.

Derechos reservados: Textofilia S.C. México