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julio 22, 2016

Un cubano en México (entrevista)

UN CUBANO EN MÉXICO
Entrevista a Manuel Pereira
Por Jorge Plata

La obra de Pereira es rica en ambiente y narrativa. Cada uno de sus personajes es situado en una posición de cambio inminente, en donde todo su alrededor parece saber algo que él desconoce. Su trabajo empezó en Cuba, su país natal, pero en 1991 tomó las maletas para no regresar nunca más. Desde entonces ha vivido en varios lugares, pero ahora es en México donde radica desde hace ya varios años. En Textofilia han estado publicando su obra de narrativa y ensayo, pero es sobre sus novelas (Mataperros, Un viejo viaje, El beso esquimal) la entrevista que me atreví a hacerle a este importante escritor.

JP: Naciste en Cuba, ¿pero sigues siendo cubano?

MP: Claro, aunque he vivido experiencias en otros países que me han enriquecido, uno nunca deja de ser de donde nació. Ese cordón umbilical se alarga elásticamente a lo largo y ancho del mundo, haciéndose cada vez más delgado, hasta casi desaparecer, pero en rigor nunca se extingue del todo.

JP: ¿Por qué escribes?

MP: Mi padre era grafómano, escribía en todas partes: paredes, papelitos, en las portadas y las tripas de los libros que leía, etc… Tal vez por ahí me llegó algo genético o más bien mimético. No lo sé. En realidad escribo para entender el misterio de la vida. La literatura, para mí, es una forma de conocimiento, no sólo entretenimiento. Ya sé que eso no es muy comercial, pero mi mayor ambición no es volverme millonario, ni acumular montones de premios, todo lo cual es una vulgaridad.

JP: ¿Quiénes son tus influencias a la hora de escribir?

MP: Ya estoy muy lejos de las influencias del primerizo. Cuando empecé a escribir narrativa, allá por 1972, tenía influencias de García Márquez y de Alejo Carpentier… Que luego fueron mezclándose con los estilos de otros autores europeos muy poderosos hasta desvanecerse todo, como en un remolino borroso de donde surgió finalmente mi voz. Fue un proceso lento y largo, que incluyó barbechos o zonas de silencio. También influyen en mí la buena música, la mejor pintura, el gran cine, los museos, un gato estirándose, la siniestra sombra de un campanario, el silencio de la noche, el vuelo de una lechuza, la brisa del mar que nos cuenta la historia universal…


JP: El nombre de Manuel Pereira es en sí un misterio en tus novelas. En Un Viejo Viaje es el novelista que lee tu personaje de pintor para distraerse de sus ideas de persecución a través de su último viaje, y en El Beso Esquimal es un escultor portugués, ¿por qué este afán de crear dualidad entre tu nombre de escritor y la vida del personaje que retratas en cada novela?

MP: Es un recurso literario llamado “mise en abyme”, o “puesta en abismo”, donde multiplico el álter ego del personaje protagónico, o sus dobles, o sus heterónimos. Siempre me han gustado esos juegos de espejo donde aparece un sosías. Finalmente, como dijo Rimbaud: “yo es otro”. No es nada nuevo, sólo que yo trato de hacerlo desde un ángulo un poco diferente. Por cierto, el escultor portugués existió realmente, y me gusta pensar que fue algún ancestro mío, aunque no he podido comprobarlo. Pío Baroja decía: «todo lo que no es autobiografía, es plagio».

JP: Con qué protagonista de estas novelas editadas por Textofilia te identificas más ahora: ¿El inocente que está tratando de comprender la vida a su alrededor, el temeroso pero radical que siente que le deben una vida mejor, o aquel que anhela que las cosas hubieran sido diferentes para su familia sin poder hacer mucho al respecto?

MP: Me identifico a medias con mis personajes que, en realidad, si se examina el conjunto de mi obra, son tres. Esos tres han ido creciendo a lo largo de diversas novelas. No tengo preferencias por ninguno en particular. Parafraseando a Rimbaud me gusta afirmar que: yo soy otros. Lo que al principio iba a ser una trilogía se convirtió en tetralogía y, luego, en pentalogía. Aunque cada una de mis novelas puede leerse por separado, mi plan es que algún día configuren una continuidad, formando una suerte de retablo historiado, o un gran fresco mural de mi país y de la época que a mi generación le ha tocado vivir.

JP: ¿Por qué decidiste vivir en México tras tu exilio?

MP: Mi exilio empezó en Alemania, luego siguió en Francia, más tarde en España y finalmente aterricé en México donde amigos cubanos y familiares insistieron en invitarme. Necesitaba estar más cerca de la isla natal, más cerca de mis fantasmas; también quería cambiar de aires. Europa ya me tenía harto, ya había aprendido todo lo que había que aprender allá. Por otra parte, buenos amigos mexicanos me  ofrecieron dar clases en la Iberoamericana y en el Instituto Cultural Helénico. Así que volví a hacer maletas y emprendí mi segundo destierro. Exilio dentro de otros exilios, como las matriuskas rusas. Cuando uno ya está muerto, se puede volver a morir varias veces sin mayores problemas.

JP: ¿Podemos esperar en el futuro una novela tuya que esté situada en México?

MP: Es muy probable, pero de momento estoy enfrascado en otra novela con escenario cubano. Tal vez después de esa venga México, al que he dedicado ensayos que me gustan mucho.

Tampoco te pierdas Mataperros, otro de sus libros editado por Textofilia.



junio 08, 2016

Glorias de Cuba

GLORIAS DE CUBA
Por Manuel Pereira
El cubano José Raúl Capablanca jugando partidas simultáneas de ajedrez, Londres, 1911.
Durante muchos años he oído en el extranjero la cantinela de que en Cuba no había educación ni cultura antes de 1959. Lo dicen académicos, intelectuales y artistas desinformados, o cínicos, en Europa, en EE UU y en América Latina. Es el fruto –tan mendaz como eficaz– de la propaganda oficial que los tontos útiles en diversos rincones del mundo corean como un mantra hasta la náusea. Más de cinco décadas de bombardeo mediático y autobombo sistemático por fuerza dejan su huella.
Nada nuevo bajo el sol. Desde Goebbels, Stalin, Gorki y Gronski la publicidad totalitaria consiste en mezclar fragmentos de verdades con mentiras a granel y repetirlos machaconamente.
Sabemos de los escritores –incluso clásicos– y los artistas "degenerados" proscritos por los nazis. Un proceso similar tuvo lugar en la Unión Soviética estalinista: autores borrados de libros de texto, excluidos de bibliotecas públicas. Pintores relegados al olvido. Retoques o montajes fotográficos de donde desaparecían destacados bolcheviques tras caer en desgracia. Geniales compositores prohibidos, etcétera.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos. Da lo mismo si se hace en nombre del proletariado o de la raza aria. El que más lejos llegó haciendo tabla rasa con el ayer, fue el camboyano Pol Pot.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos
Digan lo que digan, la cultura cubana ya atesoraba abundantes fulgores antes del 59. Por razones de espacio, estoy obligado a ser muy parco en la selección. En el siglo XIX: Félix Varela, "el primero que nos enseñó a pensar", como dijo su discípulo José de la Luz y Caballero. Otros pensadores criollos: Arango y Parreño, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Bachiller y Morales, José Martí, Enrique José Varona. En poesía los talentos se multiplican: Zequeira con su Oda a la Piña, Rubalcava con Silva cubana, José María Heredia con su Himno del desterrado ¡tan vigente!, José Jacinto Milanés, el poeta esclavo Juan Francisco Manzano, el mulato humilde Plácido, Juan Clemente Zenea, Julián del Casal, Juana Borrero, el brillante José Martí... No podemos dejar de mencionar a dos geniales violinistas: Brindis de Salas y José White.
Más escritores importantes en el siglo XX: Mariano Brull con La casa del silencio (1916), José Zacarías Tallet con La rumba (1928), Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina García Marruz, el crítico Cintio Vitier, el poeta, narrador y dramaturgo Virgilio Piñera...
En ciencias ya tuvimos entre el XVIII y el XIX al médico Tomás Romay, al que siguieron el sabio y naturalista Tranquilino Sandalio de Noda, el investigador Felipe Poey, el doctor Carlos J. Finlay y el malacólogo Carlos de la Torre.
Las altas calidades se incrementan: el ensayista Jorge Mañach con su Indagación del Choteo (1928), el antropólogo Fernando Ortiz (Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, 1940), su discípula Lydia Cabrera con su obra maestra El Monte (1954).
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras?
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras? Y la lista continúa con el novelista Carlos Loveira (Generales y doctores, de 1920, y Juan Criollo, de 1927); Enrique Serpa con Contrabando (1938); Carlos Montenegro con Hombre sin mujer (1938); Lino Novás Calvo con Pedro Blanco, el negrero (1933), precursora de lo que se ha dado en llamar "realismo mágico" o "lo real maravilloso". Las mejores prosas de Alejo Carpentier ya se habían publicado antes de 1959: Viaje a la semilla (1944), El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953). En el costumbrismo humorístico tenemos a Eladio Secades con sus Estampas (1940). Aunque El Ingenio se publicó en 1964, Moreno Fraginals ya ganaba premios como historiador desde 1942. Tomás Gutiérrez Alea ya había estudiado cine en Roma hacia 1951 y su documental El Mégano es de 1955.
En las artes plásticas desfilan Fidelio Ponce, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Mariano Rodríguez, Gina Pellón, Wifredo Lam, Guido Llinás, Agustín Cárdenas, René Portocarrero, Amelia Peláez, Acosta León, Antonia Eiríz, Raúl Martínez... Y no olvidemos al campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca.
¿Puede la Isla, en los últimos 56 años, mostrar una pléyade como la del período republicano? Y todo eso sin Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), ni Ministerio de Cultura, sino más bien gracias al misterio de la cultura.


mayo 31, 2016

El Pañuelo de Sarduy

EL PAÑUELO DE SARDUY

Por Manuel Pereira
Conocí a Severo Sarduy en 1985, en una recepción del Centro Cultural de México en París. La calefacción estaba a tope y una masa de máscaras grotescas estilo Ensor me rodeaba. De pronto, Severo emergió entre los convidados y avanzó hacia mí, sudando a mares, para pedirme prestado un pañuelo. Sabía que yo trabajaba en la Delegación Cubana en la Unesco, pero a él no le importó y a mí tampoco.
Ambos teníamos referencias mutuas a través de nuestro amigo común José Lezama Lima, ambos nos habíamos leído sin conocernos personalmente. Ésa es una de las magias más poderosas de la literatura.
Después de secarse la calva de buda risueño, me devolvió el pañuelo empapado: "No te asustes con el pañuelo, porque todavía no tengo SIDA".
Nunca se perdonaría haber evitado a Gastón Baquero por tratarse de un exiliado. "Tener miedo es también un derecho humano", le dije
A pesar de sus muchos años en Francia, conservaba ese humor criollo capaz de reírse hasta de la muerte. Era un camagüeyano universal. De esa noche recuerdo su comentario sobre la posibilidad de visitar la Isla para ver a sus familiares. "Chico, yo soy una boba con miedo a volver, porque... ¿qué pasaría si me enamoro del miliciano de guardia en el aeropuerto y le doy un beso?".
En 1991 lo vi por última vez en persona. Estaba contento con su nuevo apartamento en el undécimo piso de una torre del Boulevard Pasteur. Me enseñó sus chinoiseries, sus muebles de estilo, y de pronto exclamó: "Esto es para que veas que no me olvido de nuestros orishas".
Entonces me descubrió una especie de closet secreto -casi el altar de un santero- donde guardaba con orgullo los fetiches, los dioses del culto afrocubano. Luego, asomándose al ventanal, añadió: "Me mudé a este barrio para estar más cerca del Instituto Pasteur".
Esta obsesión con el fantasma del virus la disimulaba muy bien cambiando de tema entre bromas y veras. Acababa de pasar de Editions du Seuil a Gallimard y estaba lleno de proyectos. Aunque ya circulaban rumores, yo lo veía muy saludable, siempre jaraneando. Mi optimismo se basaba en esa promesa de longevidad que atesoran los mestizos de mulato con chino en la Isla.
Un día le dije por teléfono: "¿Sabes que tienes cierto parecido con Olga Guillot?". "¡Yo soy su doble!", respondió orgulloso.
Siempre le agradeceré, esté donde esté, la frase que dedicó a mi novela cuando salió en Anagrama, en 1993, y que figura en la contraportada: " Toilette pone el acento en lo que ha sido rechazado por los milenaristas de nuestra aséptica civilización, ya que no es sólo un acto literario, sino una provocación al decoro de la higiene y la sanidad, devenido el único valor de nuestra cultura".
Imagino a Severo, muerto de risa, debajo de un sicomoro, compartiendo con Lezama sus pasteles de azafrán
Este náufrago literario escribió muchos buenos libros, entre los cuales yo destaco como su obra maestra: De donde son los cantantes, cuya tercera parte La entrada de Cristo en La Habana es brillante, porque parodia el cuadro de Ensor La entrada de Cristo en Bruselas mezclándolo con el ambiente carnavalesco de la entrada de los barbudos en La Habana en enero de 1959.
Cuando yo me instalé en Madrid, seguimos la amistad por teléfono. Sus carcajadas al otro lado del hilo no dejaban entrever nada de su enfermedad. Sólo una vez lo noté triste: su padre había muerto allá en la Isla, y él acababa de llegar del dentista. Estaba emborrachándose con whisky bajo el impacto de la noticia de su papá. En mayo de 1993 fue nuestra última conversación telefónica y no sentí nada alarmante. Lo único que me sonó un poco a despedida fue su confesión de que nunca se perdonaría haber evitado a Gastón Baquero, cuando él llegó a Madrid como becario, por tratarse de un exiliado. "Tener miedo es también un derecho humano", le dije. Me pidió que le trasmitiera sus disculpas a Baquero.
Al final, me anunció eufórico que ya la agente literaria Carmen Balcells tenía su último libro titulado Pájaros de la playa y soltó una risotada de niño travieso: "Ya sabes lo que significa pájaro en Cuba", agregó.
Fue su último chiste. Severo moría un mes después. Fallecer a los 56 años es prematuro en un escritor. ¿Cuánto más hubiera podido escribir? La muerte es la peor censora. Sigo sin creer que está muerto, porque su muerte es ambigua como su barroco, una especie de trompe-l'œil y porque se inscribe en la tradición de la mejor poesía cubana que empieza con Julián del Casal muerto de un ataque de risa durante un banquete. Por eso siempre imagino a Severo, muerto de risa, debajo de un sicomoro, compartiendo con Lezama sus pasteles de azafrán.

marzo 16, 2015

El Último Hechizado: la herencia de Lezama Lima

EL ÚLTIMO HECHIZADO

Entrevista a Manuel Pereira

Manuel Pereira, uno de los últimos discípulos de Lezama Lima. Fotografía de Iván Cañas.

Ensayista y narrador habanero nacido en 1948, radicado en México desde 2004, Manuel Pereira Quinteiro es uno de los últimos discípulos de José Lezama Lima; Variopinto se acercó a él para desglosar un tema que ya trató en su ensayo “El Curso Délfico”, incluido en su libro Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, México, 2008). Pero los habituados al misterio de la poesía de Lezama nunca tienen bastante. 

La primera pregunta, para ubicar desde dónde hablará Pereira, es ¿quién es el tal José Lezama Lima? ¿Ese que medio en broma se proclamó uno de los dos “únicos” José de Cuba, junto con Martí? ¿Ese que circunnavegó el mundo en barcos de papel y se proclamó El Peregrino Inmóvil? ¿El poeta que defendía su misterio o aquel que fue acosado en una casita que, para la policía secreta, tenía muros de cristal?

 “José Lezama Lima es un caracol nocturno en un rectángulo de agua —responde Pereira—, como él definía la poesía”. 

Y sí, en su ensayo autobiográfico, Pereira cuenta que se presentó en la casa de Lezama (Trocadero 162) con su primer libro de poemas. Pero en la entrevista relata que llegó a ese descaro sólo después que un amigo le informara que a la vuelta de casa de su madre en La Habana, vivía tal celebridad, ese poeta que era famoso entre pocos. Pereira quiso comprobar si sus poemas eran auténticos con el representante de la poesía en la tierra.

Lo dice entre risas, perdonando al adolescente de aquella época, que probablemente despertó al maestro al preguntar por él con su vozarrón. Así que cuando el ama de llaves Baldomera —la Baldovina de manos curativas de Paradiso— abrió la puerta y trató de poner algún pero, el oráculo se hizo escuchar: “Si es un joven poeta, déjelo pasar”. 

El encuentro

“Yo era muy arrojado en esa época —dice el entrevistado, con gratitud hacia el joven que fue—. Ahora soy más miedoso, veo a personajes así y ya no me les acerco. 

“Alguien me habló de Paradiso y me lo prestó. Yo empecé a leer el primer capítulo y no entendía nada. Me desconcertó. Había leído ya a Virgilio Piñera, por ejemplo, que tú entiendes lo que está diciendo, pero con Lezama está más difícil. Y en vez de rechazarlo me provocó curiosidad. 

“Empecé a preguntar sobre Lezama a mis amigos poetastros de la época. Yo andaba con un grupo de hippies que escribían siguiendo a Allen Ginsberg. Un día alguien me dijo: ‘Pero si Lezama es vecino tuyo, vive a la vuelta de tu casa’ (era la casa de mi mamá). Después pasé por Trocadero 162 y lo vi varias veces por la ventana que daba a la calle. En ese lugar ahora está el museo. La ventana solía estar abierta y él a veces se asomaba o se le veía sentado en el sillón, durmiendo, leyendo o fumando un puro en la salita. 

“Y un día fui con mi libro de poemas, que era malísimo. Se llamaba El museo no está cerrado. El resto lo cuento en mi ensayo ‘El Curso Délfico’. Mi idea era sólo que leyera mi libro y me dijera si era bueno o malo. Pero aquello se convirtió en otra cosa, el libro pasó a no tener ninguna importancia”. 

En su ensayo, que los hechizados por la escritura de Lezama disfrutarán como invitados furtivos a las conversaciones privadas del poeta, Pereira aclara que el maestro no enseñaba a escribir; no corregía comas ni sugería imágenes, sino abría las puertas ocultas de cada libro de manera que se comunicaba con el resto de la literatura y del arte. 

“Fue su gran enseñanza, que todavía es de un gran valor. Yo no tengo influencias de él; si tú me lees, no tengo nada de lezamesco…Tuve un momento de mímesis porque él era un gigante y yo era una hormiguita, y tú sabes cómo el sol atrae a los planetas. Me di cuenta de eso y por eso dejé de hacer poesía. Dije: no voy a hacer más poesía porque me está saliendo como la de Lezama y yo tengo que buscar mi voz”.

El paraíso en el lenguaje

“Ah, oscuridad, mi luz”, repetía Lezama Lima ante las objeciones de los literatos por su hermetismo. Y en su “Introducción a la Esferaimagen” confirma: “Yo leo en la poesía y después procuro descifrar”. Frente a la fuente de ese juego barroco de claroscuros, Pereira lo comprendió: 

“Ante todo, Lezama es una sorpresa, es una dicha. Hay gente que no logra entrar en él. Era fascinante, soberbio a veces. Hay quien dice que era pedante pero yo no lo creo. Conmigo fue muy afectuoso, nunca me sentí maltratado. Otros sí, quizá porque eran pedantes ellos, no sé”.

Otro dogma de la estética lezamiana expresado en esa “Introducción” es que “el Sistema poético… no hace novelas, no hace poesía. Es, está, respira”. Confirma Pereira: “Lezama es poeta y ensayista. Gran ensayista. La expresión americana, por ejemplo, es un libro poderosísimo. Y empieza de pronto a hacer una cosa que él dice que es una novela, Paradiso. 

“En realidad es un poema novelado. Mucha gente le exige a Lezama que escriba una novela en el sentido convencional del término; eso es imposible porque él era un espíritu complejo y muy barroco, con un dominio del lenguaje, con una destreza para hacerlo plástico como un oleaje proteico”. 

Un océano narrativo, es el concepto que tiene Lezama de la novela: “La poesía y la novela tenían para mí la misma raíz. El mundo se relacionaba y resistía como un inmenso poema”. 

En efecto, dice Pereira, “Lezama es un poeta y luego hace prosa ensayística de una calidad suprema. Pero ya la novela… no era un novelista de raza, que tiene una estructura, unos personajes, una buena secuencia dramática de la obra, un buen desenlace. Él es un caos, va metiendo lo que le da la gana. De pronto un cocinero o un mayordomo cita a Homero, por ejemplo. Un novelista de raza no hace eso, cuida sus personajes. Lezama no cuidaba nada porque él era un pulpo lanzando tinta. 

“Por eso digo que Paradiso es un poema novelado, que a ratos adquiere la densidad o la textura de una novela, pero de pronto se desbarata y vuelve a ser un poema o un ensayo, porque también hay trozos ensayísticos. En cualquier caso Paradiso es una curiosidad, un juguete literario”. 

Alegría secreta

En una fotografía que les tomó el suizo Luc Chessex en la sala de su casa, Lezama escribió: “Manuel Pereira es un escritor cuya alegría secreta es capaz de fabricar una mañana y sostener la luna con el hilo de la imagen”. El aludido resalta la diferencia abismal entre maestro y alumno:

“Tenía 20 años —precisa al recordar esa gracia—, a esa edad eres aprendiz de todo, a menos que seas Rimbaud o Mozart. Lezama era un genio de la lengua. Hereda la lengua. Él hablaba y yo tengo la impresión de que se detenían los ríos, los mares, todo. Es una hipérbole, claro, para dar una idea de la potencia de su verbo hablado y escrito. Dominaba ambos. Hablaba como escribía y escribía como hablaba. Era una maravilla oírlo, aunque yo no entendía muchas cosas. Pero no me importó”. 

Al preguntarle sobre el aspecto político de Lezama, comenta al respecto: 

“Un día me dijo: ‘¿Usted ha leído a Marx?’ Y yo le dije: sí, El capital y algunas otras cosas, porque en Cuba tras la revolución era obligatorio en la escuela. Me dijo: ‘Es que yo no lo puedo leer, ese estilo es muy seco’. Es decir, él estaba buscando poesía. Él no leía esas cosas, a Lenin menos, a Engels tampoco. En ese sentido era ingenuo, porque no tenía formación política sólida. Él había estudiado derecho y luego poesía; ese era su mundo. En su tiempo la política no era en Cuba tan intensa, era politiquería”.

Por eso Pereira está convencido de que el ostracismo contra Lezama no tenía base ideológica:

“No era un disidente sino un hombre asustado. Durante cinco años decía que el teléfono hacía ruidos extraños, que había gente de inteligencia escuchándolo. Estaba asustado, pero ¿disidente? Disidente es Yoani Sánchez; yo soy un disidente en el exilio. En Cuba Reynaldo Escobar es un disidente. Lezama nunca tuvo esa actitud militante contra la revolución. Primero, no estaba en condiciones físicas para salir a la calle o para hacer un discurso. Y en algunas cartas a su hermana Eloísa le dice algunas cosas contra el exilio; que mucha gente se fue pero mucha gente se quedó”. 

Final e inicio

“Cuando conocí a Lezama él ya tenía una biblioteca de unos nueve mil ejemplares. Estaban amontonados. Él recibía libros del extranjero. Cortázar, Fuentes y Octavio Paz le mandaron libros. Recibía muchos por paquetería internacional, pero ya él tenía su biblioteca desde que era estudiante de derecho. Él, siendo todavía estudiante del primer año de Leyes, tiene una discusión interesante con Juan Ramón Jiménez sobre la identidad, el famoso ‘Coloquio con Juan Ramón Jiménez’. (Lezama tenía 27 años y el ensayo se publicó en la Revista Cubana en 1938.) Está debatiendo con un gran poeta de la lengua, entonces ya en esa época Lezama debía tener unos dos mil o tres mil ejemplares en su casa”. 

Manuel Pereira termina su ensayo con una evocación del 9 de agosto de 1976: “La noticia de su muerte repentina, leída en un periódico, me alcanzó volando entre dos provincias cubanas durante uno de mis viajes periodísticos. Recordé entonces su miedo a los viajes, aquello de que sólo una lámina de aluminio lo separaría de la eternidad”. 

En la entrevista, comenta que “fue la época más viajera de mi etapa periodística en el interior del país. Por ese motivo lo veía menos. Me enteré de su muerte volando hacia la provincia de Oriente; leí en el periódico Granma que repartían en el avión una breve nota, muy poco destacada”.

No considera necesario escribir más sobre el taumaturgo, pero “en aquellos siete tomos de Proust que él me regaló, había notas de Lezama y empecé a tomar nota de las notas. Va a salir un ensayito de unas 20 páginas, donde sí voy a hacer más crítica literaria viendo qué hay en Lezama de Proust. Se ha hablado mucho de esto pero sin pruebas documentales, y yo tengo el tesoro documental. A los críticos yo los leo y me río, porque van como dando tumbos, a oscuras, adivinando. A veces aciertan, pero yo tengo el tesoro de Tutankamón”.   


La editorial Textofilia publicará pronto la novela de Manuel Pereira El beso esquimal

julio 03, 2013

Con Julio en Montparnasse

  
CON JULIO EN MONTPARNASSE
Por Manuel Pereira
Desde la puerta entreabierta te vi dormir. Todo empenumbrado. Hundido en la almohada. Eras más barba que cara, durmiendo cuan largo eras. Entonces recordé lo que en una ocasión me dijo Lezama: "Julio padece una envidiable enfermedad llamada “efebicia” que lo mantiene joven al precio de que sus huesos crecen desmesuradamente."

Cuando te lo conté, sonreíste con esos dientes separados que te daban un aire de niño malévolo. "Ése es otro de los mitos del gordo cósmico", dijiste, ya no recuerdo si en la Bodeguita del Medio o viajando al centro de la tierra en las minas de oro de Siuna, o en algún café del Quartier Latin. 
Pensando en la anorexia de Gide- me habían dicho que no tenías apetito, que no querías probar nada que tuviera sabores- salí del hospital de Saint-Lazare. Descendí por el faubourg hasta llegar a un arco y desembocar en una calle estrecha como una cuchillada. Calle de carteristas y alunados, en cuyas esquinas hay mujeres con cadenitas en los tobillos enseñando los muslos con ligas rojas o negras, que son los colores de moda para este invierno. Tristes cariátides en venta, en ese París que tu Rayuela me enseñó a adivinar. La bofetada de la pianista. Las escaleras que huelen a cebolla. Los paraguas negros. Los puentes sobre el Sena. El humo azul de los Gauloises.

Paris estaba ahí, vibrando, aunque tú durmieras en el hospital, o más bien por eso mismo, pues ya para siempre esa ciudad será la más acabada escenografía de tu mejor sueño. Queso gruyère, hay un Paris subterráneo, el que más tú amabas. Delirante dédalo de los metros, vertiginosa rayuela. Se mete uno por un agujero y sale por otro. Así me perdí la tarde en que supe la noticia de tu muerte, y me encaminé a tu apartamento de la rue Martel donde estabas tendido. Un ataúd en medio de tu alcoba. Muchos amigos sentados en la sala. No sabía yo que en París velaban a los difuntos en sus casas.

Entrando, a derecha y a izquierda, tus libreros trepando por las paredes. El I 'Ching y algunos libros sobre boxeo. Y un anaquel dedicado a Cuba donde conviven, entre otros, Paradiso de Lezama Lima, Calibán de Retamar, Las mil vidas del caminante, de Luis Rogelio Nogueras, De peña pobre, de Cintio Vitier... En la sala está la discoteca (hay en tu casa más discos que libros) y al lado de tu sillón de cuero, un ejemplar sin abrir de la última edición de Marelle.

Tus últimos momentos parecían sacados de uno de esos cuentos tuyos en los que siempre reconociste la huella necrofílica de Poe. Entonces la ciudad soñada por ti empezó a fluir hacia el cementerio de Montparnasse en lo que fue la mañana más fría de esta temporada. El primero en aparecer fue Oliveira, seguido de Charlie Parker, que llega arrastrando un saxo. El Señor de los Anillos salió de debajo de un sauce llorón. Sheridán Le Fanú aterrizó en su dragón volador. Melmoth, el Errabundo, se desenroscó de la flecha de la Sainte-Chapelle trayendo en hombros al bebé Rocamadour.

Mientras tanto, a orillas del Quai des Grands Augustins, casi debajo del Puente Nuevo (aunque es el más viejo) emergió el Nautilus chorreando agua, y el capitán Nemo saltó a tierra para acudir a tu entierro. Del submarino salieron también Arthur Gordon Pym y Robison Crusoe con su Viernes, su papagayo y su arcabuz. Corrieron, buscando el sur, por tus calles favoritas (la rue de l'Hirondelle y Git-le-coeur) sin oír las versiones disparatadas de los "bouquinistes" que -de tanto libro viejo que leen- creyeron que la Ile de la Cité se había transformado en el Barco Ebrio, siendo así que el Square du Vert-Galant semejaba una proa cubierta de algas y Notre-Dame, una popa cuyos arbotantes eran remos fenicios.

Algo más emerge del Sena para asombro de turistas: es Alejandro Dumas escribiendo en una bañera alrededor de la cual los tres mosqueteros cruzan sus aceros con Nemo, Pym, Crusoe y Viernes, porque quieren llegar antes a la cita contigo. Detrás viene una mujer despacio, una mujer que no proyecta sombra, y se llama Nadja.

Todos van hacia Montparnasse. Y ese “todos” son tantos que se embotella el tráfico y la ciudad deviene un estruendo de bocinazos y silbatos. Dos automóviles chocan, de uno se apea Monzón y del otro, Boutier -ambos en pantalones cortos y con guantes- intercambiando trompadas. Un locutor de radio se queja de que el mestizo estropee la cara tan bella del francés. Todos los teléfonos empiezan a sonar. Los perros a ladrar. Los gatos a maullar. Las palomas a zurear. Las gaviotas a chillar.

Los cronopios siempre duermen la mañana, pegados a las sábanas. Es por eso que sólo con semejante escándalo han comenzado a desperezarse, asomándose a las claraboyas, trepándose en los techos abovedados, contemplando el fascinante espectáculo de diez mil automóviles inmovilizados, y es tanta la gente que desesperada se mete en el metro que también estos acaban por atascarse y todo París se paraliza. Hasta el humo de las chimeneas se cristaliza en el aire; los cronopios más listos -entre los que están los clochards- se han percatado enseguida de que algo ocurre en el sur, hacia Montparnasse. Tus dos boxeadores predilectos han dejado de pelear y ahora corren hacia donde tú estás.

Todo fluye hacia ti, la ciudad entera ha invertido su diseño radiado y ahora todas las rues conducen a Montparnasse. Hasta las ráfagas de viento van en ese rumbo, arrastrando consigo a las gaviotas del Sena, y a las palomas de la Place de la Concorde. Algunos cronopios, perezosos o ingeniosos -que es casi lo mismo- en vez de bajarse de los tejados prefieren tender tablones de ventana a ventana, y así van pasando de un edificio a otro, hasta llegar a Montparnasse.

Todavía hay un metro que funciona: la línea 6, dirección Nation. Funciona porque pasa por Montparnasse Bienvenue. En la estación de Trocadero entran Cemí, Foción y Fronesis -cual de los tres más gordos-; pero están tan trocados -en Blanco y Trocadero- que en vez de ir directo hacen correspondencia en La Motte-Picquet, yendo a parar a Odeon, en la línea 10 dirección Gare D’Orléans-Austerlitz. El más sabio de los tres, que es José Cemí, decide tomar la línea 4, dirección Porte D’Orléans General-Leclerc (“¡otra vez Orléans!”, protestan Foción y Fronesis. “No es lo mismo Porte que Gare”, aclara erudito Cemí). Así lo hacen y salen a la superficie por la boca de metro de Raspail. Los tres resollando llegan al mismo tiempo que Dumas en su bañera pensativa, los dos boxeadores, los tres mosqueteros y los náufragos del Nautilus.
Manuel Pereira y Julio Cortázar. La Habana, 1980
En ese momento ocurre lo inesperado. Llegan les siete locos disputándose navaja en mano un juguete rabioso. Hay un hombre mirándolos, desde una esquina rosada, su mejilla decorada por una cicatriz rencorosa. El juguete rabioso tiene vida, y salta entre los contendientes, escapándoseles entre las piernas, toda vez que los siete locos miran boquiabiertos al cielo de donde desciende un globo que se posa crujiendo y desinflándose sobre unos plátanos deshojados. De la barquilla se descuelga Phileas Fogg cargando dos gatos, uno que habla alemán y se llama Teodoro W. Adorno; y otro que habla griego y se llama Demóstenes. El juguete rabioso -que carece de contornos precisos- se dilata hasta transfigurarse en un gordo coronado. Todos lo miran perplejos y exclaman algo así como “Hubo un rey” o “Ubu Rey”.

Otra mujer, “sola solita”, deambula por el Boulevard Saint Germain. Se le cae el bolso, se le cae la piel del zorro que cazó su abuelo en Lituania en el siglo XIX, se le cae la fosforera, todo se le cae; es un milagro ambulante. Se sienta a libar un whisky en el Deux-Magots. Es tan maga la Maga que nadie se explica todavía cómo estando tomándose un whisky en el Deux-Magots puede estar al mismo tiempo en Montparnasse, dando paseos ensimismados entre las tumbas.

Hay otra mujer apartada, que se apoya en un ángel de mármol con ganas de sollozar, ¿será Glenda, a quien tanto queremos?

Siguen llegando las criaturas de tu sueño interminable, tus más íntimos amigos, entre los que se mezclan autores y personajes en esta especie de huelga contra la muerte. Alguien (o alguienes) que anda(n) por ahí, son Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Llega en la máquina del tiempo Wells con una flor en la mano. Llega, en una máquina negra -que parece un murciélago-, Fantomás. Llega en otra maquinaria aún más inverosímil -porque es sutilmente inútil- Raymond Roussel con el afán de contarte sus impresiones de África.

Otros no tuvieron que venir de tan lejos, porque ya estaban allí esperándote desde años atrás: Maupassant -que no era santo de tu devoción- se aleja con su Bola de Sebo y un corito de famas. Huysmans se para de cabeza, es decir, al revés. Pero, sobre todo, están allí Tzara con su cara de hombre aproximativo y Baudelaire con su albatros.

Al lado de este último -competencia de raras avis- está Poe con su cuervo, haciendo muecas de epiléptico. De pronto aparece César Vallejo, cuya lápida reza: “Nací un día que Dios estuvo enfermo”. Un tal Lucas se desliza al fondo de este grupo. Cocteau llega tarde, envuelto en una nube de humo indescifrable, el gabán desflecado. Desde Nicaragua llega Rubén Darío vestido de mariscal.

Entre los que no han tenido que venir a verte -porque ya estaban allí- aparece la frágil silueta de Carol Dunlop -cámara en mano-, compañera de tu última aventura en la cosmopista que conduce a Marsella, que conduce a la vida, donde ahora estás, Julio, con todos tus invitados, en la gran fiesta de la imaginación. Otros irán llegando…
(*) Escrito en París, después del entierro de Julio Cortázar, el 29 de febrero de 1984.
Publicado en la Revista mexicana Día Siete (número 456), suplemento de
 El Universal, 17 mayo 2009.
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Encuentro casual, no casual
(Breve historia de una fotografía encontrada en Rayuela) 
Por Gabriel Mtz
Manuel Pereira en el entierro de su amigo Julio Cortázar.
 "El azar concurrente": fotografía encontrada en la edición de Cátedra
de Rayuela.


Comenzaba el sexto capítulo de Rayuela cuando me abordó una extraña curiosidad. Un rumor en mi mente trataba de encontrar a alguien conocido dentro de la historia. Un destello, un reflejo, una sombra. Tuve la sensación de estar sumergido en esas calles parisinas tan escrupulosamente descritas y trazadas. Decidí seguir leyendo en el orden del segundo libro. De pronto, mi compañero de viaje me preguntó si quería salir aquella noche a algún bar de la ciudad. Tuve que suspender la lectura y distraído, cometí la indiscreción de meter un dedo en la página equivocada. Cuando quedó resuelto que saldríamos en media hora a caminar por el centro en busca de cualquier lugar abierto en miércoles, volví al libro. Lo abrí sin sospechar de mi extravío, y fue ese error el que me permitió ver la fotografía del entierro de Julio Cortázar. Se cavaba la tumba en medio de la solemnidad del cementerio de Montparnasse, y al fondo, los finos árboles retorciéndose igual que delgadas manos de ancianas, anunciaban el atroz invierno parisino. Mis ojos regresaron al primer plano de la imagen. A la derecha, la presencia de un hombre alto, parado de perfil, que llevaba las manos en los bolsillos de un viejo gabán, hizo que me interesara en los detalles de su vestimenta. Más espectro que humano, llevaba el cuello levantado a lo James Dean, y el cabello largo ochentero. Era Manuel Pereira, mi maestro, en una foto de hace 26 años. Más tiempo del que yo tengo de vida, y sin embargo, comprendí que era otro juego de Julio Cortázar, era otro brazo que extendía Rayuela sobre la realidad del siglo XXI, otro brinco sobre una pierna en un azaroso 3 ó 5, un improvisado trompetazo de Coleman Hawkins; y me convencí de que este "encuentro casual era lo menos casual [...] y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico". [1] Era el eco de la amistad que no se desvanecía a pesar de la distancia en espiral entre la vida y la muerte, era un guiño –sin papel rayado– entre Julio y Manuel.

[1] Julio Cortázar. Rayuela. Cátedra: Madrid, 2007, p. 120.

abril 10, 2013

Ser Cultos para ser Libres


Entrevista a Manuel Pereira:
SER CULTOS PARA SER LIBRES
Por Gabriel Martínez Bucio

En el 2004, el escritor cubano Manuel Pereira llegaba a México tras trece años de peregrinar por Europa y el norte de África. Cargaba únicamente dos maletas. En una llevaba su ropa, y en la otra, sus pertenencias más preciadas: el manuscrito de su novela Insolación, y algunas joyas de la literatura universal: ParadisoRayuelaCien Años de Soledad, y El Reino de este mundo, entre otras, todas dedicadas por sus respectivos autores. Fueron las únicas obras que pudo traer consigo desde España. Había perdido una biblioteca de tres mil volúmenes: “Ya no quiero acumular más bibliotecas. Ya he perdido dos, que es como perder a dos hijos entrañables. No quiero sufrir más a causa de los libros que uno tiene que dejar atrás por las turbulencias de la vida”, sentencia Pereira mientras se le asoma una reminiscencia de rumba en sus dedos que dibujan historias en el aire.
Nueve años después –como una variación de Monsieur Teste–, el escritor solamente atesora algunas obras en su estudio. Destacan los libros que ha escrito en México: Insolación (Diana, 2006), Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, 2008), Un Viejo Viaje (Textofilia, 2010), Mataperros (Textofilia, 2011) y el más reciente: El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013). “En México encontré la alegría de vivir y las ganas de escribir”, dice Manuel mientras, emocionado, abre su nuevo libro y lo huele como si aspirara el alma de su propia creación.

1) ¿Por qué elegir al ornitorrinco (ese animal tan extraño) para el título de tu libro? En el París de agosto de 1986, mientras escribía mi ensayo “La verdad sospechosa”[1], me asaltó por primera vez la imagen literaria y plástica del ornitorrinco. Ese animal representa una misteriosa unidad cósmica: cosas distintas que de pronto se conectan formando una sola cosa. Esa heterogeneidad que se unifica es casi un método poético y mi estilo literario, por esa época, ya se orientaba en ese rumbo estético. 
En el ensayo mencionado está ya mi obsesión con ese animal tan extraordinario, al que, por cierto, nunca he visto en persona. El primer relámpago me vino de Einstein, pues en alguna página suya él compara el espacio-tiempo con un molusco. De la idea del molusco matemático, salté a la del ornitorrinco, animal que por aquel entonces creí descubrir en una curiosa imagen de El Bosco y también en una ilustración de Jean Colombe.
Este animal hubiera podido ser la mascota de Poe y de Baudelaire. Es la excepción de la excepción que Alfred Jarry anteponía a las aburridas reglas del positivismo y del cientificismo.
A partir de entonces he estado viendo o intuyendo ornitorrincos por doquier y a todas horas. Muchos años más tarde, retomé la idea del ornitorrinco combinándola con lo onírico, por asociación fonética y conceptual. Y de ahí surgió este libro de ensayos. 

2) ¿Qué temas tocas en El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013)?
Los temas que abordo son aparentemente muy diversos, pero en el fondo, si te fijas, siempre estoy hablando de palimpsestos. Un Ornitorrinco es un palimpsesto biológico y, a partir de ahí, en todos mis ensayos, asoma esa noción. Aparte de eso, este libro tiene otra unidad temática, que soy yo. Como decía Montaigne: "yo soy la materia de mi libro".

3) Si tú mismo eres el eje donde giran estos ensayos ¿podrías contarnos cómo te iniciaste en el mundo de las letras?
Me inicié en la literatura de la manera más extraña: con un robo frustrado. Cuando tenía ocho años andaba merodeando por una librería de mi barrio junto con un amigo mataperros. De pronto, vi un libro de Julio Verne: Aventuras de un niño irlandés. Me fascinó la portada. Me lo eché dentro de la camisa y salí corriendo. Me persiguieron por la calle Obispo. Me agarraron y me llevaron al cuartel de la policía. Allí apareció mi padre y soltó ante los uniformados un conmovedor discurso que incluía dos citas de Martí. Una rezaba: “robar un libro no es robar”, cita apócrifa; y “hay que ser cultos para ser libres”, esta vez auténtica. Esas dos frases –mezcla de verdad con mentira– se me quedaron grabadas y desencadenaron toda mi experiencia literaria posterior. Ahí empezó mi ya larga aventura intelectual y espiritual.

4) ¿Cómo reaccionó tu madre ante el suceso?
Mi madre, abochornada porque había intentado robarme un libro en la librería más elegante de la ciudad, decidió poner fin a esas travesuras. Me compró, poco a poco, todos los libros de Verne. Así empecé mi primera biblioteca integrada únicamente por obras de ese autor que me encandiló y que sigo releyendo todavía a mis años. Aquella biblioteca infantil creció con los años hasta alcanzar cuatro mil volúmenes. La perdí cuando me fui de Cuba para siempre. Luego otra biblioteca creció a mi lado allá en Barcelona: tres mil ejemplares. También la perdí cuando me fui de España y vine a México.

5) ¿Cómo se ve reflejada esa infancia en tus cuentos?
Los mataperros. Pereira al centro.
A través de las correrías y peripecias de una pandilla de niños pobres en el barrio de La Loma del Ángel, en La Habana Vieja, donde nací y crecí. Por ejemplo, en mi libro Mataperros (Textofilia, 2012) se describe un mundo que, a ratos, se parece a Los Olvidados, de Buñuel. La forma de hablar de los personajes es la germanía de la Habana Vieja de aquel tiempo; este libro aspira a resumir el espíritu de aquella época...

6) ¿Qué olores evoca La Habana de tu infancia?
Hay dos etapas: antes de 1959, para mí todo olía a fufú de plátano, pero a partir de enero del 59, cuando entran los barbudos en la ciudad, todo olía a pólvora quemada. El océano no olía, probablemente porque naciendo a cien metros del mar, ya uno nace con esos efluvios en los pulmones y en el alma.

7) ¿Cuándo supiste que querías ser escritor?
Estando en el ejército, hacia 1966-67, con 18 años de edad, empecé a escribir cartas para los reclutas de mi campamento. Eran cartas para sus novias, que ellos me pagaban con cigarros. Todos me decían que yo escribía tan bien que las muchachas se enamoraban enseguida. Y por supuesto, tuve que escribir muchas más para aquellas novias que no eran mías, pero en cierta forma sí lo eran. Así fui descubriendo que tenía algún don para la escritura… Empecé a escribir poemas y cuentos. Fueron los primeros géneros que cultivé. Más tarde, ya desmovilizado, ejercí el periodismo mientras estudiaba artes plásticas. Después dejé de pintar, también dejé de escribir poesía, y me dediqué a la novela y al cuento. Posteriormente me inicié en el ensayo.

8) ¿Cómo fue que te hiciste discípulo de Lezama Lima?
Una remota tarde de 1969 me presenté en su casa, que, mira qué casualidad, quedaba muy cerca del apartamento de mi mamá. Yo había intentado leer su novela Paradiso, sin entender casi nada. Yo tenía 20 años y era demasiado inculto todavía para captar sus esencias. Pero eso, lejos de amilanarme, me impulsó a conocer al autor de aquel enigma. Toqué a su puerta. Salió su criada y me dijo que el gran escritor estaba durmiendo la siesta. “¿Es de la parte de quién?”, me preguntó. “Dígale que vino a verlo un joven poeta”. Ya yo me iba y ella estaba cerrando la puerta, cuando se oyó una voz baritonal desde el fondo de la casa que decía: “si es un joven poeta, déjelo pasar”. La criada me cedió el paso haciéndome casi una reverencia. Así empezó mi amistad y mi aprendizaje literario con aquel gran maestro. En mi ensayo “El curso délfico”[2] cuento todo esto y mucho más con lujo de detalles.

9) En enero de 1991 saliste definitivamente de la isla y unos años más tarde impartiste clases de literatura en una cárcel española ¿Cómo fue esa experiencia? Sucedió durante mi exilio en Barcelona, en 1996. Yo había impartido ya varios cursos de creación literaria en la capital de Cataluña y también en la mítica playa de Cadaqués. Una de mis alumnas era hermana del director de la cárcel de la isla de Mallorca y le habló para que yo impartiera mi taller literario allí a un grupo de reos seleccionados a partir de su interés en la literatura. El director aceptó mi plan, que fue considerado por la prensa española como “un proyecto pionero para la reeducación de presos”. El primer día, mientras yo me acercaba a pie a la cárcel y veía las manos saliendo por las ventanas enrejadas, gente gritando desde abajo, sentí que me iba a meter de cabeza en el infierno. “¿Qué rayos hago aquí?”, me pregunté, pero ya era demasiado tarde, ya estaba en la puerta presentando mis credenciales. Abrieron todas las rejas, pasé a entrevistarme con el director, y luego entré en un calabozo enorme, lleno de presos sentados en sus pupitres. Me miraban curiosos, algunos hacían muecas de desprecio o se reían burlones. Yo podía sentir que algunos me rechazaban, porque me vinculaban a la dirección del Penal: me veían como el enemigo. El director de la cárcel dejó dentro de la celda-aula a un guardia con arma larga parado al fondo. Eran unos treinta presos en total. Más hombres que mujeres. Había traficantes, ladrones, asesinos y hasta corruptores de menores. Yo había leído todos los expedientes 

En Ciudad Rodrigo, España, 1991.

delictivos de mis futuros alumnos un par de horas antes de entrar a la jaula para impartir mi primera clase. Empecé a hablar del poema “El Cuervo”, de Poe. En la mínima biblioteca de la penitenciaría había un solo ejemplar de Poe. Mandé a hacer fotocopias del poema. El guardia armado abría y cerraba el candado de la puerta de barrotes del calabozo-aula. Un reo me gritó desde el fondo: “¡Joder, este tío armado nos pone nerviosos, y así no se puede estudiar!”. Risotadas. Patadas. Puñetazos en los pupitres. Libretas lanzadas de una fila a la otra. Empujones entre ellos, palabrotas, ojos furiosos, amenazas. Yo sonreí. Le pedí al gendarme que saliera. Se negó. Mandé llamar al director, quien me susurró que el guardia era para mi seguridad. Le dije que no iba a pasar nada, aunque por dentro me daba cuenta del peligro a que me exponía. En mi infancia con los mataperros yo había aprendido algo esencial: se puede sentir miedo, pero jamás hay que demostrarlo. El guardia finalmente salió y cerró la puerta tras de sí. Me quedé solo en aquella jaula con aquellos treinta desconocidos. Seguí hablando de Poe como si nada. Cuando renuncié al custodio armado, me gané la confianza, y hasta el cariño, de aquel alumnado tan especial. Pasaron muchas cosas increíbles durante seis meses. Un preso, asesino confeso, tenía una novia, y ella se sentaba junto con él durante mis clases. Era bonita dentro de esa fauna tan vulgar que habita las cárceles. Les dieron un permiso a los dos. Y él la mató a ella durante el permiso. Lo sentí muchísimo, pues ambos me caían muy bien. Es curioso que habiendo empezado yo en la literatura delinquiendo terminara dándoles clases de literatura a delincuentes profesionales. Muchos escribieron cuentos que todavía conservo. Algunos no los firmaban, ponían seudónimos, y dejaban en mi mesa los textos antes de que yo entrara en el aula… en esos cuentos o poemas contaban sus peores fechorías. Yo sabía quiénes eran los autores, pero no lo daba a entender. Nunca le preguntes a un prisionero por qué está preso, mejor espera a que él te lo diga. El último día me hicieron una fiesta, con un cake y refrescos, dentro del calabozo académico. Fue uno de los momentos más emocionantes en mi ya larga experiencia magisterial. El elogio más bello que recibí de ellos fue el siguiente: “las horas que pasamos con usted, sentimos que no estamos presos, sentimos que esas rejas desaparecen y que somos libres”. Ahí comprendí, mejor que nunca, el valor de la cultura, y la importancia de aquella frase de Martí: “ser culto para ser libre”. Siempre los recordaré a todos, uno por uno, sus rostros, sus apodos, sus jergas hampescas, su armamento confeccionado con bolígrafos y cucharas, sus gestos violentos. Ahora que lo pienso: en cierta forma, fueron mis segundos Mataperros, o la reaparición de mis Mataperros en otro tiempo y en otra isla tan lejana de mi isla natal…

10) ¿Me podrías contar cuando Cortázar te llevó con las prostitutas en París?
Ja ja ja… Eso fue en la rue Saint-Denis. Me enseñó toda la calle, sus recovecos, sus sórdidos y tentadores callejones, algunos bares, los peep-shows, los trileros con sus mesitas casi en medio de la calle… aunque debo decir que mi otro Virgilio en esas andanzas infernales fue el pintor cubano Wifredo Lam, quien me descubrió el barrio de Pigalle, el Moulin Rouge, las prostitutas enfundadas en cuero restallando sus látigos en las esquinas… También tuve una Virgilia de lujo: Ugné Karvelis, la compañera sentimental de Cortázar, mujer cultísima que se parecía mucho a la Maga de Rayuela y que disfrutaba haciendo creer que lo era. Fue ella quien me enseñó a callejear por otros barrios más bien intelectuales: el Barrio Latino, la Sorbona, el mítico Café “Les Deux Magots” y el no menos legendario “Café de Flore”, los bouquinistes con sus cofres verdes a orillas del Sena, la librería esencial “Shakespeare and Company”, y la misteriosa calle “Git-le-Coeur”, donde yace su corazón.

11) ¿Tienes alguna anécdota sobre tu obsesión de buscar lugares sagrados de la literatura mundial en tus viajes? Buscando la casa de Proust en París descubrí que era un banco y no había ni una sola placa conmemorativa. ¡Qué horror! Y eso que estaba nada más y nada menos que en París.
En la playa de Lido andaba yo tras los pasos de Thomas Mann. Fui al Gran Hotel des Bains, donde él se alojó y concibió Muerte en Venecia. Pasé por la terraza, no vi ninguna placa ni nada que aludiera a él. Fui a ver al recepcionista, le pregunté si había alguna habitación dedicada al escritor alemán, pues suponía que debía haber una habitación que lo recordara (como sí ocurre con el hotel donde murió Oscar Wilde en la calle de Beaux Arts, en París); entonces el recepcionista muy elegante de guantes blancos, botones dorados, etc., cogió un gran libro, checó una larga lista de nombres y me dijo: “lo siento mucho, el señor Thomas Mann no está alojado aquí”. ¡Increíble! Salí de allí perplejo y me senté en la arena a contemplar el mar.

12) ¿Cómo fue tu relación con García Márquez?
A pesar de sus inclinaciones políticas, que respeto pero no comparto, el Gabo fue un maestro para mí, alguien que además me ayudó a difundir mi primera novela (El Comandante Veneno) en Italia, y siempre le estaré agradecido por eso. Hace poco lo encontré en su cumpleaños. Después de muchos años sin vernos fue un encuentro muy afectuoso. Nos pasamos parte de la velada juntos comiendo un cake de chocolate. Él me robaba pedazos, como un niño travieso. En un momento dado, le recordé que él me había recomendado un libro que me impactó mucho. “¿Qué libro?”, me preguntó. “El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta”, le contesté. “¿Pigafetta? No lo recuerdo. ¿De qué trata ese libro? ¿Me lo puedes prestar?”. En ese instante comprendí que el tiempo había experimentado un brusco giro poniéndome a mí en la situación de revelarle a él algo que él me había enseñado treinta años atrás. ¡Alucinante!

En París, escenario de su novela Toilette.
13) Antes de sufrir el exilio definitivo, trabajaste como agregado cultural de Cuba ante la UNESCO. Pero ¿por qué renunciaste a tu cargo en 1988?
La perestroika y la glasnost fueron dos procesos que me ilusionaron mucho, a diferencia de la posición oficial cubana, opuesta a introducir la más mínima reforma en la isla. Estas fueron las principales discrepancias ideológicas con mis superiores por las que renuncié.

14) ¿Qué repercusiones tuvo esa renuncia en tu vida?
En vez de quedarme en París, volví a Cuba. Casi todos me dijeron que estaba loco. Mi padre estaba muy enfermo y yo quería estar cerca de él en sus últimos días y asistir a su entierro. Esta fue la razón emocional más poderosa de mi “locura”.
Pero también regresé a la isla pensando, ingenuamente, que el gobierno cubano, pese a sus alergias a las reformas, acabaría adoptando alguna variante tropical de la perestroika y de la glásnost. Sin embargo, descubrí con una mezcla de dolor y estupor que el estalinismo no era algo que le hubieran impuesto a Fidel Castro en una de las encrucijadas de la Guerra Fría, sino una forma de gobierno que le venía como anillo al dedo para satisfacer su infinita sed de poder total. Pasé dos años en el ostracismo interior, ninguneado, sin empleo, al final incluso amenazado. Tras la muerte de mi padre y en cuanto se presentó la ocasión, hice las maletas y me fui a Alemania con el firme propósito de no regresar nunca más.

15) ¿Cómo ha afectado la censura en Cuba a tu obra?
Hace más de veinticinco años que en la isla no se publica ni un solo renglón de mi autoría. Estoy en la famosa lista negra, soy un fantasma en mi país natal. Pero con ese ninguneo tan prolongado, me han convertido en una leyenda. La censura suele ser la mejor forma de publicidad para un escritor, y además es gratuita. Hace poco supe que mis libros se fotocopiaban en la isla, pasando clandestinamente de mano en mano. Ahora, con las nuevas tecnologías, muchas más personas me leen, o saben que existo, ya sea por internet, por facebook, por twiter, etc.

16) Si pudieras definir brevemente a Fidel Castro, ¿qué dirías?
Fue un hombre al que yo admiré mucho en mi niñez. Fue mi héroe, y el de millones de cubanos. Alguien que finalmente prefirió ser temido a ser amado. Y por eso nos ha defraudado a tantos. Casi todo lo que hizo bien al principio con su cabeza y con su corazón, lo destrozó después con sus botas. A veces siento lástima por él, por la manera en que estropeó sus mejores posibilidades dando al traste, de paso, con las del país. Lo más patético es que ha vivido lo suficiente para ver cómo otros desmantelan el tinglado que él armó.

17) ¿Y al Che, cómo lo definirías?
El Che es la honestidad en el error. Él creyó en su error, que fue múltiple: ideológico, económico, geopolítico, estratégico… pero por lo menos fue consecuente con sus convicciones y murió por ellas, lo cual no quiere decir que sea un ejemplo a imitar. Porque alguien que está dispuesto a matar por sus ideales, puede también matarnos si descubre que no pensamos exactamente como él. Y eso es un crimen político. Por otra parte, es una ironía de la historia que siendo él tan anticapitalista haya terminado decorando camisetas o playeras, tazas, mecheros, pantalones vaqueros, o sea, convertido en un ícono más del consumismo. Del comunismo al consumismo, no hay más que un paso.

18) ¿Para ti qué es el exilio?
El exilio es la muerte, pero también puede ser la resurrección. El mío comenzó en 1991 y ha sido un duro renacer. Mueres y renaces, en una dolorosa palingenesia.

19) ¿Piensas volver algún día a Cuba?
Cuando aquello cambie real y profundamente, tal vez entonces volveré.

20) ¿Qué sería lo primero que harías al regresar?
Presentación El Ornitorrinco y otros ensayos.
Ante todo, visitar las tumbas de mis seres queridos. Después, si me alcanzan las fuerzas, volver a subir la montaña de El Veneno, en la Sierra Maestra, donde alfabeticé a cinco campesinos a los 12 años de edad.
21) ¿Qué encontraste en México?
Aquí recuperé las ganas de escribir. Descubrí la alegría de vivir, un pueblo muy noble, donde hasta los más humildes son muy educados, en el sentido de urbanidad; encontré una verdadera economía de mercado libre en los tianguis que descienden de aquel mercado de Tenochtitlán que tanto fascinó a Hernán Cortés y a Bernal Díaz del Castillo. Aquí encontré la picaresca, un sentido del humor muy próximo al cubano, los albures, la simpática costumbre de ponerle apodos geniales a todo el mundo, los manjares más fascinantes, los desayunos más pantagruélicos, el surrealismo a cada paso, las mujeres más bonitas, risueñas y apapachadoras del mundo.

22) ¿Qué década de tu vida recuerdas con más cariño?
Mi época favorita es cuando yo tenía 21 años. Mis padres estaban vivos. Yo comía con mi abuela todos los días. Era periodista en una revista de mucho prestigio dentro de la grisura oficial predominante en la prensa cubana. Tenía novias muy bonitas. Tenía al mejor maestro de literatura del mundo: José Lezama Lima. Viajaba mucho por las provincias descubriendo centímetro a centímetro mi país. Tenía excelentes amigos en la revista donde trabajaba, todos poetas, músicos y locos, todos brillantes. ¿Qué más podía pedir?

23) ¿Cómo es tu proceso de creación?
Trabajo mucho con la intuición, casi en estado de trance, pero también programo más o menos toda la estructura de la novela, capítulo tras capítulo. Algunas situaciones cambian mucho entre lo planeado y lo finalmente publicado. Lo más importante es tener bien claro, desde el primer momento, cuál será el final. Lo demás es refinar el lenguaje, dotarlo de calidad poética, para que la novela no sea tan solo un simple pasatiempo para leer en el tren o en el avión, sino también una forma del conocimiento, un destello en la oscuridad, capaz de enriquecer espiritual e intelectualmente a los lectores.

24) ¿Qué ha cambiado en Manuel Pereira a lo largo de los años?
Me he quedado calvo, las nieves del exilio me han tumbado la techumbre. Lo que no he perdido es la capacidad de reírme de todo, incluso de mí mismo.

25) ¿Qué tiene de especial tu vida en estos momentos?
Soy un volcán en erupción, escribo sin cesar. Soy un géiser de creatividad. Estoy lleno de proyectos: literarios, académicos, culturales. ¡Ojalá Dios me dé tiempo para cumplir con todo eso!

26) ¿Qué es lo que más extrañas de Cuba?
Después de tantos años de desarraigo, ya casi no extraño nada. Yo perdí a Cuba, pero gané al mundo. Vivo según la sentencia de José Martí: “sin patria, pero sin amo”.

27) ¿La vida como escritor?
Una maldición divina, un castigo de los dioses.


Literatura: un espejo astillado que reinventa la realidad.
Felicidad: ¿qué es eso?
Lezama Lima: el Buda de la calle Trocadero 162 que me enseñó a ver lo invisible iniciándome en las lecturas profundas.
Borges: el otro Buda latinoamericano, esta vez en el Cono Sur, y al que lamentablemente no pude conocer.
Louis Ferdinand Céline: escritor siempre muy controvertido, literariamente es sin duda tan grande como Marcel Proust. Para mí Viaje al fin de la noche fue una lectura fundamental.
Franz Kafka: el genio de las atmósferas, un escritor expresionista que siempre logra envolvernos sin que sepamos cómo ni cuándo. Junto con Joyce y con Proust, es uno de los tres pináculos literarios del siglo XX.
Fernando Pessoa: el poeta que se multiplicó a través de sus heterónimos enriqueciéndonos a todos.
Jorge Cuesta: alquimista genial injustamente olvidado. Deberían poner su estatua en el Paseo de la Reforma.
Alfonso Reyes: Es Sócrates extraviado en un tianguis, o Platón ante la Visión de Anáhuac. Es el embajador del Helenismo en México.
Harold Bloom: El mejor crítico y teórico literario norteamericano vivo, sin pelos en la lengua, políticamente incorrecto.
Lautréamont: uno de mis demonios más recurrentes, que me persigue desde hace 43 años.
Platón: Siempre hay que releerlo. Fue uno de los heterónimos de Sócrates.
El amor: ¿a cuál de las tres o cuatro formas de amor te refieres?
La muerte: es vía, no término.
Los padres: lo más sagrado.
París: la ciudad donde aprendí a pensar.
Ciudad de México: Patria del Surrealismo y el lugar donde probablemente me toque morir.

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[1] Biografía de un Desayuno. Miguel Ángel Porrúa. Ciudad de México: 2008.
[2] Este ensayo forma parte del libro Biografía de un desayuno, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México.