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julio 03, 2016

Nidos de Águila

NIDOS DE ÁGUILAS
Por Manuel Pereira

Algunos países, pequeños y pobres, despliegan más celebridades literarias que ciertas potencias con economías más pujantes. Esas naciones no sólo atesoran más personalidades, sino que, en ocasiones, éstas superan en brillantez a sus pariguales en las metrópolis.

Tal es el caso de Cuba y también el de otra isla: Irlanda, cuyo preludio es la asombrosa filosofía del inmaterialismo del obispo Berkeley (1685-1753). Le sigue Laurence Sterne con su Tristram Shandy (1767), novela fundacional que rompió los rígidos moldes del género en su época. 

Aparte de elevar la primera estrella irlandesa hasta el firmamento de las letras universales, Sterne anunció a su coterráneo James Joyce en el tratamiento del tiempo interior, el humor paródico, la sátira y el experimentalismo. A su vez, con la novela Ulises (1922), Joyce protagonizó (junto con Proust y Kafka) la copernicana revolución narrativa en Occidente. 

Otros inmortales de la Isla Esmeralda son Jonathan Swift (Los viajes de Gulliver, 1726), Oliver Goldsmith (El vicario de Wakefield, 1766), Charles Maturin (Melmoth el errabundo, 1820); Sheridan Le Fanu (Carmilla, 1872), Oscar Wilde (El retrato de Dorian Gray, 1891), Bram Stoker (Drácula, 1897), George Bernard Shaw (Pigmalión, 1914), William Butler Yeats (La Torre, 1928), Samuel Beckett (Esperando a Godot, 1952) …

¿Por qué allí han tenido lugar tantas hazañas literarias? ¿Será por la cerveza negra Guinness o por sus desayunos con salchichas, beicon, huevos fritos y pan de papa? ¿Será por la mítica canción de Molly Mallone, por San Patricio y el trébol de tres hojas? ¿Acaso influyeron los acantilados, las frecuentes lluvias, las torres circulares medievales? ¿Será porque según Freud: “los irlandeses son la única raza impermeable al psicoanálisis”? ¿Tendrá algo que ver la tradición popular del Limerick, esa forma poética chistosa, a veces obscena, siempre descabellada?

Los irlandeses se rebelaban contra la lengua de los ingleses, pero no ignorándola, sino recreándola o reinventándola. Esa rebeldía fue creadora, pues se tradujo en laboratorio literario, en experimentación, en desenfado, en osadía. 

Por su parte, los ingleses parecen reverenciar tanto su lengua que la encorsetaron. Algo similar sucedió en nuestro idioma durante la segunda mitad del siglo pasado con el Boom latinoamericano. Los hispanoamericanos somos a España lo que los irlandeses a Inglaterra. Hemos enriquecido la lengua modificando las nociones de novela y de poema. Hemos flexibilizado, agilizado y modernizado el castellano. 

Joyce decía: “yo no escribo en inglés, sino en anti-inglés”, lo cual explica su revolución del lenguaje, su irreverencia ante la lengua dominante, sus juegos de palabras casi intraducibles.

Otro país que genera talentos a manos llenas es Rumanía, la nación más pobre de Europa, después de Bulgaria. Por ejemplo, el poeta Tristan Tzara, fundador del Dadaísmo; Brancusi, el escultor que logró la síntesis de las formas, Paul Celan, el poeta de la lengua adánica; el audaz pensador Emil Cioran, el dramaturgo del absurdo Eugène Ionesco, el insondable Mircea Eliade…

Todos estos creadores en estado de gracia triunfaron fuera de ese país tan vampirizado por la Historia, huyeron del ambiente pueblerino en el que les tocó nacer. 

¿Por qué, sin dejar de ser rumanos, se volvieron internacionales? La respuesta más conocida la dio el escritor brasileño Oswald de Andrade en 1928 con su Manifiesto Antropófago: una apología del salvaje que devora la cultura del colonizador. El colonizado -o primitivo- deglute y digiere la cultura europea incorporándola a su fuerza telúrica y ancestral, con lo cual su poderío -elevado al cuadrado- se universaliza. 

Lejos de ser privativo de Brasil, este canibalismo del espíritu es global, como se vio a partir del período Heian cuando Japón adquirió su personalidad literaria escribiendo ya en japonés (silabarios) y no en chino. 

Estos metabolismos culturales se extienden a otras partes de nuestro continente. Ilustres antropófagos: Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Lezama Lima, Alejo Carpentier… 
Cincuenta años antes de la pantagruélica metáfora brasileña, ya nuestro caníbal mayor, José Martí, analizaba esa voracidad intelectual en una carta a José Joaquín Palma: “Es nuestra tierra (...) un nido de águilas; y como no hay aire allí para las águilas (...) tendemos, apenas nacidos, el vuelo impaciente a los peñascos de Heidelberg, a los frisos del Partenón, a la casa de Plinio, a la altiva Sorbona, a la agrietada y muerta Salamanca. Hambrientos de cultura, la tomamos donde la hallamos más brillante. Como nos vedan lo nuestro, nos empapamos en lo ajeno. Así, cubanos, henos trocados, por nuestra forzada educación viciosa, en griegos, romanos, españoles, franceses, alemanes.”



marzo 16, 2015

El Último Hechizado: la herencia de Lezama Lima

EL ÚLTIMO HECHIZADO

Entrevista a Manuel Pereira

Manuel Pereira, uno de los últimos discípulos de Lezama Lima. Fotografía de Iván Cañas.

Ensayista y narrador habanero nacido en 1948, radicado en México desde 2004, Manuel Pereira Quinteiro es uno de los últimos discípulos de José Lezama Lima; Variopinto se acercó a él para desglosar un tema que ya trató en su ensayo “El Curso Délfico”, incluido en su libro Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, México, 2008). Pero los habituados al misterio de la poesía de Lezama nunca tienen bastante. 

La primera pregunta, para ubicar desde dónde hablará Pereira, es ¿quién es el tal José Lezama Lima? ¿Ese que medio en broma se proclamó uno de los dos “únicos” José de Cuba, junto con Martí? ¿Ese que circunnavegó el mundo en barcos de papel y se proclamó El Peregrino Inmóvil? ¿El poeta que defendía su misterio o aquel que fue acosado en una casita que, para la policía secreta, tenía muros de cristal?

 “José Lezama Lima es un caracol nocturno en un rectángulo de agua —responde Pereira—, como él definía la poesía”. 

Y sí, en su ensayo autobiográfico, Pereira cuenta que se presentó en la casa de Lezama (Trocadero 162) con su primer libro de poemas. Pero en la entrevista relata que llegó a ese descaro sólo después que un amigo le informara que a la vuelta de casa de su madre en La Habana, vivía tal celebridad, ese poeta que era famoso entre pocos. Pereira quiso comprobar si sus poemas eran auténticos con el representante de la poesía en la tierra.

Lo dice entre risas, perdonando al adolescente de aquella época, que probablemente despertó al maestro al preguntar por él con su vozarrón. Así que cuando el ama de llaves Baldomera —la Baldovina de manos curativas de Paradiso— abrió la puerta y trató de poner algún pero, el oráculo se hizo escuchar: “Si es un joven poeta, déjelo pasar”. 

El encuentro

“Yo era muy arrojado en esa época —dice el entrevistado, con gratitud hacia el joven que fue—. Ahora soy más miedoso, veo a personajes así y ya no me les acerco. 

“Alguien me habló de Paradiso y me lo prestó. Yo empecé a leer el primer capítulo y no entendía nada. Me desconcertó. Había leído ya a Virgilio Piñera, por ejemplo, que tú entiendes lo que está diciendo, pero con Lezama está más difícil. Y en vez de rechazarlo me provocó curiosidad. 

“Empecé a preguntar sobre Lezama a mis amigos poetastros de la época. Yo andaba con un grupo de hippies que escribían siguiendo a Allen Ginsberg. Un día alguien me dijo: ‘Pero si Lezama es vecino tuyo, vive a la vuelta de tu casa’ (era la casa de mi mamá). Después pasé por Trocadero 162 y lo vi varias veces por la ventana que daba a la calle. En ese lugar ahora está el museo. La ventana solía estar abierta y él a veces se asomaba o se le veía sentado en el sillón, durmiendo, leyendo o fumando un puro en la salita. 

“Y un día fui con mi libro de poemas, que era malísimo. Se llamaba El museo no está cerrado. El resto lo cuento en mi ensayo ‘El Curso Délfico’. Mi idea era sólo que leyera mi libro y me dijera si era bueno o malo. Pero aquello se convirtió en otra cosa, el libro pasó a no tener ninguna importancia”. 

En su ensayo, que los hechizados por la escritura de Lezama disfrutarán como invitados furtivos a las conversaciones privadas del poeta, Pereira aclara que el maestro no enseñaba a escribir; no corregía comas ni sugería imágenes, sino abría las puertas ocultas de cada libro de manera que se comunicaba con el resto de la literatura y del arte. 

“Fue su gran enseñanza, que todavía es de un gran valor. Yo no tengo influencias de él; si tú me lees, no tengo nada de lezamesco…Tuve un momento de mímesis porque él era un gigante y yo era una hormiguita, y tú sabes cómo el sol atrae a los planetas. Me di cuenta de eso y por eso dejé de hacer poesía. Dije: no voy a hacer más poesía porque me está saliendo como la de Lezama y yo tengo que buscar mi voz”.

El paraíso en el lenguaje

“Ah, oscuridad, mi luz”, repetía Lezama Lima ante las objeciones de los literatos por su hermetismo. Y en su “Introducción a la Esferaimagen” confirma: “Yo leo en la poesía y después procuro descifrar”. Frente a la fuente de ese juego barroco de claroscuros, Pereira lo comprendió: 

“Ante todo, Lezama es una sorpresa, es una dicha. Hay gente que no logra entrar en él. Era fascinante, soberbio a veces. Hay quien dice que era pedante pero yo no lo creo. Conmigo fue muy afectuoso, nunca me sentí maltratado. Otros sí, quizá porque eran pedantes ellos, no sé”.

Otro dogma de la estética lezamiana expresado en esa “Introducción” es que “el Sistema poético… no hace novelas, no hace poesía. Es, está, respira”. Confirma Pereira: “Lezama es poeta y ensayista. Gran ensayista. La expresión americana, por ejemplo, es un libro poderosísimo. Y empieza de pronto a hacer una cosa que él dice que es una novela, Paradiso. 

“En realidad es un poema novelado. Mucha gente le exige a Lezama que escriba una novela en el sentido convencional del término; eso es imposible porque él era un espíritu complejo y muy barroco, con un dominio del lenguaje, con una destreza para hacerlo plástico como un oleaje proteico”. 

Un océano narrativo, es el concepto que tiene Lezama de la novela: “La poesía y la novela tenían para mí la misma raíz. El mundo se relacionaba y resistía como un inmenso poema”. 

En efecto, dice Pereira, “Lezama es un poeta y luego hace prosa ensayística de una calidad suprema. Pero ya la novela… no era un novelista de raza, que tiene una estructura, unos personajes, una buena secuencia dramática de la obra, un buen desenlace. Él es un caos, va metiendo lo que le da la gana. De pronto un cocinero o un mayordomo cita a Homero, por ejemplo. Un novelista de raza no hace eso, cuida sus personajes. Lezama no cuidaba nada porque él era un pulpo lanzando tinta. 

“Por eso digo que Paradiso es un poema novelado, que a ratos adquiere la densidad o la textura de una novela, pero de pronto se desbarata y vuelve a ser un poema o un ensayo, porque también hay trozos ensayísticos. En cualquier caso Paradiso es una curiosidad, un juguete literario”. 

Alegría secreta

En una fotografía que les tomó el suizo Luc Chessex en la sala de su casa, Lezama escribió: “Manuel Pereira es un escritor cuya alegría secreta es capaz de fabricar una mañana y sostener la luna con el hilo de la imagen”. El aludido resalta la diferencia abismal entre maestro y alumno:

“Tenía 20 años —precisa al recordar esa gracia—, a esa edad eres aprendiz de todo, a menos que seas Rimbaud o Mozart. Lezama era un genio de la lengua. Hereda la lengua. Él hablaba y yo tengo la impresión de que se detenían los ríos, los mares, todo. Es una hipérbole, claro, para dar una idea de la potencia de su verbo hablado y escrito. Dominaba ambos. Hablaba como escribía y escribía como hablaba. Era una maravilla oírlo, aunque yo no entendía muchas cosas. Pero no me importó”. 

Al preguntarle sobre el aspecto político de Lezama, comenta al respecto: 

“Un día me dijo: ‘¿Usted ha leído a Marx?’ Y yo le dije: sí, El capital y algunas otras cosas, porque en Cuba tras la revolución era obligatorio en la escuela. Me dijo: ‘Es que yo no lo puedo leer, ese estilo es muy seco’. Es decir, él estaba buscando poesía. Él no leía esas cosas, a Lenin menos, a Engels tampoco. En ese sentido era ingenuo, porque no tenía formación política sólida. Él había estudiado derecho y luego poesía; ese era su mundo. En su tiempo la política no era en Cuba tan intensa, era politiquería”.

Por eso Pereira está convencido de que el ostracismo contra Lezama no tenía base ideológica:

“No era un disidente sino un hombre asustado. Durante cinco años decía que el teléfono hacía ruidos extraños, que había gente de inteligencia escuchándolo. Estaba asustado, pero ¿disidente? Disidente es Yoani Sánchez; yo soy un disidente en el exilio. En Cuba Reynaldo Escobar es un disidente. Lezama nunca tuvo esa actitud militante contra la revolución. Primero, no estaba en condiciones físicas para salir a la calle o para hacer un discurso. Y en algunas cartas a su hermana Eloísa le dice algunas cosas contra el exilio; que mucha gente se fue pero mucha gente se quedó”. 

Final e inicio

“Cuando conocí a Lezama él ya tenía una biblioteca de unos nueve mil ejemplares. Estaban amontonados. Él recibía libros del extranjero. Cortázar, Fuentes y Octavio Paz le mandaron libros. Recibía muchos por paquetería internacional, pero ya él tenía su biblioteca desde que era estudiante de derecho. Él, siendo todavía estudiante del primer año de Leyes, tiene una discusión interesante con Juan Ramón Jiménez sobre la identidad, el famoso ‘Coloquio con Juan Ramón Jiménez’. (Lezama tenía 27 años y el ensayo se publicó en la Revista Cubana en 1938.) Está debatiendo con un gran poeta de la lengua, entonces ya en esa época Lezama debía tener unos dos mil o tres mil ejemplares en su casa”. 

Manuel Pereira termina su ensayo con una evocación del 9 de agosto de 1976: “La noticia de su muerte repentina, leída en un periódico, me alcanzó volando entre dos provincias cubanas durante uno de mis viajes periodísticos. Recordé entonces su miedo a los viajes, aquello de que sólo una lámina de aluminio lo separaría de la eternidad”. 

En la entrevista, comenta que “fue la época más viajera de mi etapa periodística en el interior del país. Por ese motivo lo veía menos. Me enteré de su muerte volando hacia la provincia de Oriente; leí en el periódico Granma que repartían en el avión una breve nota, muy poco destacada”.

No considera necesario escribir más sobre el taumaturgo, pero “en aquellos siete tomos de Proust que él me regaló, había notas de Lezama y empecé a tomar nota de las notas. Va a salir un ensayito de unas 20 páginas, donde sí voy a hacer más crítica literaria viendo qué hay en Lezama de Proust. Se ha hablado mucho de esto pero sin pruebas documentales, y yo tengo el tesoro documental. A los críticos yo los leo y me río, porque van como dando tumbos, a oscuras, adivinando. A veces aciertan, pero yo tengo el tesoro de Tutankamón”.   


La editorial Textofilia publicará pronto la novela de Manuel Pereira El beso esquimal

abril 10, 2013

Ser Cultos para ser Libres


Entrevista a Manuel Pereira:
SER CULTOS PARA SER LIBRES
Por Gabriel Martínez Bucio

En el 2004, el escritor cubano Manuel Pereira llegaba a México tras trece años de peregrinar por Europa y el norte de África. Cargaba únicamente dos maletas. En una llevaba su ropa, y en la otra, sus pertenencias más preciadas: el manuscrito de su novela Insolación, y algunas joyas de la literatura universal: ParadisoRayuelaCien Años de Soledad, y El Reino de este mundo, entre otras, todas dedicadas por sus respectivos autores. Fueron las únicas obras que pudo traer consigo desde España. Había perdido una biblioteca de tres mil volúmenes: “Ya no quiero acumular más bibliotecas. Ya he perdido dos, que es como perder a dos hijos entrañables. No quiero sufrir más a causa de los libros que uno tiene que dejar atrás por las turbulencias de la vida”, sentencia Pereira mientras se le asoma una reminiscencia de rumba en sus dedos que dibujan historias en el aire.
Nueve años después –como una variación de Monsieur Teste–, el escritor solamente atesora algunas obras en su estudio. Destacan los libros que ha escrito en México: Insolación (Diana, 2006), Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, 2008), Un Viejo Viaje (Textofilia, 2010), Mataperros (Textofilia, 2011) y el más reciente: El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013). “En México encontré la alegría de vivir y las ganas de escribir”, dice Manuel mientras, emocionado, abre su nuevo libro y lo huele como si aspirara el alma de su propia creación.

1) ¿Por qué elegir al ornitorrinco (ese animal tan extraño) para el título de tu libro? En el París de agosto de 1986, mientras escribía mi ensayo “La verdad sospechosa”[1], me asaltó por primera vez la imagen literaria y plástica del ornitorrinco. Ese animal representa una misteriosa unidad cósmica: cosas distintas que de pronto se conectan formando una sola cosa. Esa heterogeneidad que se unifica es casi un método poético y mi estilo literario, por esa época, ya se orientaba en ese rumbo estético. 
En el ensayo mencionado está ya mi obsesión con ese animal tan extraordinario, al que, por cierto, nunca he visto en persona. El primer relámpago me vino de Einstein, pues en alguna página suya él compara el espacio-tiempo con un molusco. De la idea del molusco matemático, salté a la del ornitorrinco, animal que por aquel entonces creí descubrir en una curiosa imagen de El Bosco y también en una ilustración de Jean Colombe.
Este animal hubiera podido ser la mascota de Poe y de Baudelaire. Es la excepción de la excepción que Alfred Jarry anteponía a las aburridas reglas del positivismo y del cientificismo.
A partir de entonces he estado viendo o intuyendo ornitorrincos por doquier y a todas horas. Muchos años más tarde, retomé la idea del ornitorrinco combinándola con lo onírico, por asociación fonética y conceptual. Y de ahí surgió este libro de ensayos. 

2) ¿Qué temas tocas en El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013)?
Los temas que abordo son aparentemente muy diversos, pero en el fondo, si te fijas, siempre estoy hablando de palimpsestos. Un Ornitorrinco es un palimpsesto biológico y, a partir de ahí, en todos mis ensayos, asoma esa noción. Aparte de eso, este libro tiene otra unidad temática, que soy yo. Como decía Montaigne: "yo soy la materia de mi libro".

3) Si tú mismo eres el eje donde giran estos ensayos ¿podrías contarnos cómo te iniciaste en el mundo de las letras?
Me inicié en la literatura de la manera más extraña: con un robo frustrado. Cuando tenía ocho años andaba merodeando por una librería de mi barrio junto con un amigo mataperros. De pronto, vi un libro de Julio Verne: Aventuras de un niño irlandés. Me fascinó la portada. Me lo eché dentro de la camisa y salí corriendo. Me persiguieron por la calle Obispo. Me agarraron y me llevaron al cuartel de la policía. Allí apareció mi padre y soltó ante los uniformados un conmovedor discurso que incluía dos citas de Martí. Una rezaba: “robar un libro no es robar”, cita apócrifa; y “hay que ser cultos para ser libres”, esta vez auténtica. Esas dos frases –mezcla de verdad con mentira– se me quedaron grabadas y desencadenaron toda mi experiencia literaria posterior. Ahí empezó mi ya larga aventura intelectual y espiritual.

4) ¿Cómo reaccionó tu madre ante el suceso?
Mi madre, abochornada porque había intentado robarme un libro en la librería más elegante de la ciudad, decidió poner fin a esas travesuras. Me compró, poco a poco, todos los libros de Verne. Así empecé mi primera biblioteca integrada únicamente por obras de ese autor que me encandiló y que sigo releyendo todavía a mis años. Aquella biblioteca infantil creció con los años hasta alcanzar cuatro mil volúmenes. La perdí cuando me fui de Cuba para siempre. Luego otra biblioteca creció a mi lado allá en Barcelona: tres mil ejemplares. También la perdí cuando me fui de España y vine a México.

5) ¿Cómo se ve reflejada esa infancia en tus cuentos?
Los mataperros. Pereira al centro.
A través de las correrías y peripecias de una pandilla de niños pobres en el barrio de La Loma del Ángel, en La Habana Vieja, donde nací y crecí. Por ejemplo, en mi libro Mataperros (Textofilia, 2012) se describe un mundo que, a ratos, se parece a Los Olvidados, de Buñuel. La forma de hablar de los personajes es la germanía de la Habana Vieja de aquel tiempo; este libro aspira a resumir el espíritu de aquella época...

6) ¿Qué olores evoca La Habana de tu infancia?
Hay dos etapas: antes de 1959, para mí todo olía a fufú de plátano, pero a partir de enero del 59, cuando entran los barbudos en la ciudad, todo olía a pólvora quemada. El océano no olía, probablemente porque naciendo a cien metros del mar, ya uno nace con esos efluvios en los pulmones y en el alma.

7) ¿Cuándo supiste que querías ser escritor?
Estando en el ejército, hacia 1966-67, con 18 años de edad, empecé a escribir cartas para los reclutas de mi campamento. Eran cartas para sus novias, que ellos me pagaban con cigarros. Todos me decían que yo escribía tan bien que las muchachas se enamoraban enseguida. Y por supuesto, tuve que escribir muchas más para aquellas novias que no eran mías, pero en cierta forma sí lo eran. Así fui descubriendo que tenía algún don para la escritura… Empecé a escribir poemas y cuentos. Fueron los primeros géneros que cultivé. Más tarde, ya desmovilizado, ejercí el periodismo mientras estudiaba artes plásticas. Después dejé de pintar, también dejé de escribir poesía, y me dediqué a la novela y al cuento. Posteriormente me inicié en el ensayo.

8) ¿Cómo fue que te hiciste discípulo de Lezama Lima?
Una remota tarde de 1969 me presenté en su casa, que, mira qué casualidad, quedaba muy cerca del apartamento de mi mamá. Yo había intentado leer su novela Paradiso, sin entender casi nada. Yo tenía 20 años y era demasiado inculto todavía para captar sus esencias. Pero eso, lejos de amilanarme, me impulsó a conocer al autor de aquel enigma. Toqué a su puerta. Salió su criada y me dijo que el gran escritor estaba durmiendo la siesta. “¿Es de la parte de quién?”, me preguntó. “Dígale que vino a verlo un joven poeta”. Ya yo me iba y ella estaba cerrando la puerta, cuando se oyó una voz baritonal desde el fondo de la casa que decía: “si es un joven poeta, déjelo pasar”. La criada me cedió el paso haciéndome casi una reverencia. Así empezó mi amistad y mi aprendizaje literario con aquel gran maestro. En mi ensayo “El curso délfico”[2] cuento todo esto y mucho más con lujo de detalles.

9) En enero de 1991 saliste definitivamente de la isla y unos años más tarde impartiste clases de literatura en una cárcel española ¿Cómo fue esa experiencia? Sucedió durante mi exilio en Barcelona, en 1996. Yo había impartido ya varios cursos de creación literaria en la capital de Cataluña y también en la mítica playa de Cadaqués. Una de mis alumnas era hermana del director de la cárcel de la isla de Mallorca y le habló para que yo impartiera mi taller literario allí a un grupo de reos seleccionados a partir de su interés en la literatura. El director aceptó mi plan, que fue considerado por la prensa española como “un proyecto pionero para la reeducación de presos”. El primer día, mientras yo me acercaba a pie a la cárcel y veía las manos saliendo por las ventanas enrejadas, gente gritando desde abajo, sentí que me iba a meter de cabeza en el infierno. “¿Qué rayos hago aquí?”, me pregunté, pero ya era demasiado tarde, ya estaba en la puerta presentando mis credenciales. Abrieron todas las rejas, pasé a entrevistarme con el director, y luego entré en un calabozo enorme, lleno de presos sentados en sus pupitres. Me miraban curiosos, algunos hacían muecas de desprecio o se reían burlones. Yo podía sentir que algunos me rechazaban, porque me vinculaban a la dirección del Penal: me veían como el enemigo. El director de la cárcel dejó dentro de la celda-aula a un guardia con arma larga parado al fondo. Eran unos treinta presos en total. Más hombres que mujeres. Había traficantes, ladrones, asesinos y hasta corruptores de menores. Yo había leído todos los expedientes 

En Ciudad Rodrigo, España, 1991.

delictivos de mis futuros alumnos un par de horas antes de entrar a la jaula para impartir mi primera clase. Empecé a hablar del poema “El Cuervo”, de Poe. En la mínima biblioteca de la penitenciaría había un solo ejemplar de Poe. Mandé a hacer fotocopias del poema. El guardia armado abría y cerraba el candado de la puerta de barrotes del calabozo-aula. Un reo me gritó desde el fondo: “¡Joder, este tío armado nos pone nerviosos, y así no se puede estudiar!”. Risotadas. Patadas. Puñetazos en los pupitres. Libretas lanzadas de una fila a la otra. Empujones entre ellos, palabrotas, ojos furiosos, amenazas. Yo sonreí. Le pedí al gendarme que saliera. Se negó. Mandé llamar al director, quien me susurró que el guardia era para mi seguridad. Le dije que no iba a pasar nada, aunque por dentro me daba cuenta del peligro a que me exponía. En mi infancia con los mataperros yo había aprendido algo esencial: se puede sentir miedo, pero jamás hay que demostrarlo. El guardia finalmente salió y cerró la puerta tras de sí. Me quedé solo en aquella jaula con aquellos treinta desconocidos. Seguí hablando de Poe como si nada. Cuando renuncié al custodio armado, me gané la confianza, y hasta el cariño, de aquel alumnado tan especial. Pasaron muchas cosas increíbles durante seis meses. Un preso, asesino confeso, tenía una novia, y ella se sentaba junto con él durante mis clases. Era bonita dentro de esa fauna tan vulgar que habita las cárceles. Les dieron un permiso a los dos. Y él la mató a ella durante el permiso. Lo sentí muchísimo, pues ambos me caían muy bien. Es curioso que habiendo empezado yo en la literatura delinquiendo terminara dándoles clases de literatura a delincuentes profesionales. Muchos escribieron cuentos que todavía conservo. Algunos no los firmaban, ponían seudónimos, y dejaban en mi mesa los textos antes de que yo entrara en el aula… en esos cuentos o poemas contaban sus peores fechorías. Yo sabía quiénes eran los autores, pero no lo daba a entender. Nunca le preguntes a un prisionero por qué está preso, mejor espera a que él te lo diga. El último día me hicieron una fiesta, con un cake y refrescos, dentro del calabozo académico. Fue uno de los momentos más emocionantes en mi ya larga experiencia magisterial. El elogio más bello que recibí de ellos fue el siguiente: “las horas que pasamos con usted, sentimos que no estamos presos, sentimos que esas rejas desaparecen y que somos libres”. Ahí comprendí, mejor que nunca, el valor de la cultura, y la importancia de aquella frase de Martí: “ser culto para ser libre”. Siempre los recordaré a todos, uno por uno, sus rostros, sus apodos, sus jergas hampescas, su armamento confeccionado con bolígrafos y cucharas, sus gestos violentos. Ahora que lo pienso: en cierta forma, fueron mis segundos Mataperros, o la reaparición de mis Mataperros en otro tiempo y en otra isla tan lejana de mi isla natal…

10) ¿Me podrías contar cuando Cortázar te llevó con las prostitutas en París?
Ja ja ja… Eso fue en la rue Saint-Denis. Me enseñó toda la calle, sus recovecos, sus sórdidos y tentadores callejones, algunos bares, los peep-shows, los trileros con sus mesitas casi en medio de la calle… aunque debo decir que mi otro Virgilio en esas andanzas infernales fue el pintor cubano Wifredo Lam, quien me descubrió el barrio de Pigalle, el Moulin Rouge, las prostitutas enfundadas en cuero restallando sus látigos en las esquinas… También tuve una Virgilia de lujo: Ugné Karvelis, la compañera sentimental de Cortázar, mujer cultísima que se parecía mucho a la Maga de Rayuela y que disfrutaba haciendo creer que lo era. Fue ella quien me enseñó a callejear por otros barrios más bien intelectuales: el Barrio Latino, la Sorbona, el mítico Café “Les Deux Magots” y el no menos legendario “Café de Flore”, los bouquinistes con sus cofres verdes a orillas del Sena, la librería esencial “Shakespeare and Company”, y la misteriosa calle “Git-le-Coeur”, donde yace su corazón.

11) ¿Tienes alguna anécdota sobre tu obsesión de buscar lugares sagrados de la literatura mundial en tus viajes? Buscando la casa de Proust en París descubrí que era un banco y no había ni una sola placa conmemorativa. ¡Qué horror! Y eso que estaba nada más y nada menos que en París.
En la playa de Lido andaba yo tras los pasos de Thomas Mann. Fui al Gran Hotel des Bains, donde él se alojó y concibió Muerte en Venecia. Pasé por la terraza, no vi ninguna placa ni nada que aludiera a él. Fui a ver al recepcionista, le pregunté si había alguna habitación dedicada al escritor alemán, pues suponía que debía haber una habitación que lo recordara (como sí ocurre con el hotel donde murió Oscar Wilde en la calle de Beaux Arts, en París); entonces el recepcionista muy elegante de guantes blancos, botones dorados, etc., cogió un gran libro, checó una larga lista de nombres y me dijo: “lo siento mucho, el señor Thomas Mann no está alojado aquí”. ¡Increíble! Salí de allí perplejo y me senté en la arena a contemplar el mar.

12) ¿Cómo fue tu relación con García Márquez?
A pesar de sus inclinaciones políticas, que respeto pero no comparto, el Gabo fue un maestro para mí, alguien que además me ayudó a difundir mi primera novela (El Comandante Veneno) en Italia, y siempre le estaré agradecido por eso. Hace poco lo encontré en su cumpleaños. Después de muchos años sin vernos fue un encuentro muy afectuoso. Nos pasamos parte de la velada juntos comiendo un cake de chocolate. Él me robaba pedazos, como un niño travieso. En un momento dado, le recordé que él me había recomendado un libro que me impactó mucho. “¿Qué libro?”, me preguntó. “El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta”, le contesté. “¿Pigafetta? No lo recuerdo. ¿De qué trata ese libro? ¿Me lo puedes prestar?”. En ese instante comprendí que el tiempo había experimentado un brusco giro poniéndome a mí en la situación de revelarle a él algo que él me había enseñado treinta años atrás. ¡Alucinante!

En París, escenario de su novela Toilette.
13) Antes de sufrir el exilio definitivo, trabajaste como agregado cultural de Cuba ante la UNESCO. Pero ¿por qué renunciaste a tu cargo en 1988?
La perestroika y la glasnost fueron dos procesos que me ilusionaron mucho, a diferencia de la posición oficial cubana, opuesta a introducir la más mínima reforma en la isla. Estas fueron las principales discrepancias ideológicas con mis superiores por las que renuncié.

14) ¿Qué repercusiones tuvo esa renuncia en tu vida?
En vez de quedarme en París, volví a Cuba. Casi todos me dijeron que estaba loco. Mi padre estaba muy enfermo y yo quería estar cerca de él en sus últimos días y asistir a su entierro. Esta fue la razón emocional más poderosa de mi “locura”.
Pero también regresé a la isla pensando, ingenuamente, que el gobierno cubano, pese a sus alergias a las reformas, acabaría adoptando alguna variante tropical de la perestroika y de la glásnost. Sin embargo, descubrí con una mezcla de dolor y estupor que el estalinismo no era algo que le hubieran impuesto a Fidel Castro en una de las encrucijadas de la Guerra Fría, sino una forma de gobierno que le venía como anillo al dedo para satisfacer su infinita sed de poder total. Pasé dos años en el ostracismo interior, ninguneado, sin empleo, al final incluso amenazado. Tras la muerte de mi padre y en cuanto se presentó la ocasión, hice las maletas y me fui a Alemania con el firme propósito de no regresar nunca más.

15) ¿Cómo ha afectado la censura en Cuba a tu obra?
Hace más de veinticinco años que en la isla no se publica ni un solo renglón de mi autoría. Estoy en la famosa lista negra, soy un fantasma en mi país natal. Pero con ese ninguneo tan prolongado, me han convertido en una leyenda. La censura suele ser la mejor forma de publicidad para un escritor, y además es gratuita. Hace poco supe que mis libros se fotocopiaban en la isla, pasando clandestinamente de mano en mano. Ahora, con las nuevas tecnologías, muchas más personas me leen, o saben que existo, ya sea por internet, por facebook, por twiter, etc.

16) Si pudieras definir brevemente a Fidel Castro, ¿qué dirías?
Fue un hombre al que yo admiré mucho en mi niñez. Fue mi héroe, y el de millones de cubanos. Alguien que finalmente prefirió ser temido a ser amado. Y por eso nos ha defraudado a tantos. Casi todo lo que hizo bien al principio con su cabeza y con su corazón, lo destrozó después con sus botas. A veces siento lástima por él, por la manera en que estropeó sus mejores posibilidades dando al traste, de paso, con las del país. Lo más patético es que ha vivido lo suficiente para ver cómo otros desmantelan el tinglado que él armó.

17) ¿Y al Che, cómo lo definirías?
El Che es la honestidad en el error. Él creyó en su error, que fue múltiple: ideológico, económico, geopolítico, estratégico… pero por lo menos fue consecuente con sus convicciones y murió por ellas, lo cual no quiere decir que sea un ejemplo a imitar. Porque alguien que está dispuesto a matar por sus ideales, puede también matarnos si descubre que no pensamos exactamente como él. Y eso es un crimen político. Por otra parte, es una ironía de la historia que siendo él tan anticapitalista haya terminado decorando camisetas o playeras, tazas, mecheros, pantalones vaqueros, o sea, convertido en un ícono más del consumismo. Del comunismo al consumismo, no hay más que un paso.

18) ¿Para ti qué es el exilio?
El exilio es la muerte, pero también puede ser la resurrección. El mío comenzó en 1991 y ha sido un duro renacer. Mueres y renaces, en una dolorosa palingenesia.

19) ¿Piensas volver algún día a Cuba?
Cuando aquello cambie real y profundamente, tal vez entonces volveré.

20) ¿Qué sería lo primero que harías al regresar?
Presentación El Ornitorrinco y otros ensayos.
Ante todo, visitar las tumbas de mis seres queridos. Después, si me alcanzan las fuerzas, volver a subir la montaña de El Veneno, en la Sierra Maestra, donde alfabeticé a cinco campesinos a los 12 años de edad.
21) ¿Qué encontraste en México?
Aquí recuperé las ganas de escribir. Descubrí la alegría de vivir, un pueblo muy noble, donde hasta los más humildes son muy educados, en el sentido de urbanidad; encontré una verdadera economía de mercado libre en los tianguis que descienden de aquel mercado de Tenochtitlán que tanto fascinó a Hernán Cortés y a Bernal Díaz del Castillo. Aquí encontré la picaresca, un sentido del humor muy próximo al cubano, los albures, la simpática costumbre de ponerle apodos geniales a todo el mundo, los manjares más fascinantes, los desayunos más pantagruélicos, el surrealismo a cada paso, las mujeres más bonitas, risueñas y apapachadoras del mundo.

22) ¿Qué década de tu vida recuerdas con más cariño?
Mi época favorita es cuando yo tenía 21 años. Mis padres estaban vivos. Yo comía con mi abuela todos los días. Era periodista en una revista de mucho prestigio dentro de la grisura oficial predominante en la prensa cubana. Tenía novias muy bonitas. Tenía al mejor maestro de literatura del mundo: José Lezama Lima. Viajaba mucho por las provincias descubriendo centímetro a centímetro mi país. Tenía excelentes amigos en la revista donde trabajaba, todos poetas, músicos y locos, todos brillantes. ¿Qué más podía pedir?

23) ¿Cómo es tu proceso de creación?
Trabajo mucho con la intuición, casi en estado de trance, pero también programo más o menos toda la estructura de la novela, capítulo tras capítulo. Algunas situaciones cambian mucho entre lo planeado y lo finalmente publicado. Lo más importante es tener bien claro, desde el primer momento, cuál será el final. Lo demás es refinar el lenguaje, dotarlo de calidad poética, para que la novela no sea tan solo un simple pasatiempo para leer en el tren o en el avión, sino también una forma del conocimiento, un destello en la oscuridad, capaz de enriquecer espiritual e intelectualmente a los lectores.

24) ¿Qué ha cambiado en Manuel Pereira a lo largo de los años?
Me he quedado calvo, las nieves del exilio me han tumbado la techumbre. Lo que no he perdido es la capacidad de reírme de todo, incluso de mí mismo.

25) ¿Qué tiene de especial tu vida en estos momentos?
Soy un volcán en erupción, escribo sin cesar. Soy un géiser de creatividad. Estoy lleno de proyectos: literarios, académicos, culturales. ¡Ojalá Dios me dé tiempo para cumplir con todo eso!

26) ¿Qué es lo que más extrañas de Cuba?
Después de tantos años de desarraigo, ya casi no extraño nada. Yo perdí a Cuba, pero gané al mundo. Vivo según la sentencia de José Martí: “sin patria, pero sin amo”.

27) ¿La vida como escritor?
Una maldición divina, un castigo de los dioses.


Literatura: un espejo astillado que reinventa la realidad.
Felicidad: ¿qué es eso?
Lezama Lima: el Buda de la calle Trocadero 162 que me enseñó a ver lo invisible iniciándome en las lecturas profundas.
Borges: el otro Buda latinoamericano, esta vez en el Cono Sur, y al que lamentablemente no pude conocer.
Louis Ferdinand Céline: escritor siempre muy controvertido, literariamente es sin duda tan grande como Marcel Proust. Para mí Viaje al fin de la noche fue una lectura fundamental.
Franz Kafka: el genio de las atmósferas, un escritor expresionista que siempre logra envolvernos sin que sepamos cómo ni cuándo. Junto con Joyce y con Proust, es uno de los tres pináculos literarios del siglo XX.
Fernando Pessoa: el poeta que se multiplicó a través de sus heterónimos enriqueciéndonos a todos.
Jorge Cuesta: alquimista genial injustamente olvidado. Deberían poner su estatua en el Paseo de la Reforma.
Alfonso Reyes: Es Sócrates extraviado en un tianguis, o Platón ante la Visión de Anáhuac. Es el embajador del Helenismo en México.
Harold Bloom: El mejor crítico y teórico literario norteamericano vivo, sin pelos en la lengua, políticamente incorrecto.
Lautréamont: uno de mis demonios más recurrentes, que me persigue desde hace 43 años.
Platón: Siempre hay que releerlo. Fue uno de los heterónimos de Sócrates.
El amor: ¿a cuál de las tres o cuatro formas de amor te refieres?
La muerte: es vía, no término.
Los padres: lo más sagrado.
París: la ciudad donde aprendí a pensar.
Ciudad de México: Patria del Surrealismo y el lugar donde probablemente me toque morir.

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[1] Biografía de un Desayuno. Miguel Ángel Porrúa. Ciudad de México: 2008.
[2] Este ensayo forma parte del libro Biografía de un desayuno, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México.