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julio 22, 2016

Ruleta rusa con cerezas

RULETA RUSA CON CEREZAS
Por Manuel Pereira

Fotograma de El cazador, de Michael Cimino.


Recientemente fallecieron, casi al mismo tiempo, dos gigantes del Séptimo Arte: el norteamericano Michael Cimino y el iraní Abbas Kiarostami.

En 1979 yo formaba parte de la delegación cubana en el Festival de Berlín donde proyectaron la película de Cimino The Deer Hunter (El cazador), la cual provocó un gran revuelo porque retrataba las torturas (físicas y psíquicas) que los guerrilleros vietnamitas infligían a los soldados americanos prisioneros, la peor de las cuales consistía en obligarlos a “jugar” a la ruleta rusa. En una de esas brutales escenas, aparecía al fondo de la cabaña de bambú un retrato de Ho Chí Min. 

En ese preciso instante, la delegación de cineastas vietnamitas -a dos filas de butacas por delante de la nuestra- se levantó y salió de la sala oscura. En efecto dominó, más solemnes que airados, las delegaciones de los países comunistas hicieron lo mismo. Soviéticos, germano-orientales, búlgaros, checoslovacos y polacos se retiraron de la sala en protesta contra las imágenes que se sucedían en la pantalla. Ritual de anatema practicado quisquillosamente por los países del campo socialista durante la Guerra Fría.

El cineasta Pastor Vega -jefe de nuestra delegación- no tardó en pedirnos que saliéramos en fila india. La orden venía de “arriba”, dijo apuntando con el índice al techo, pero en rigor el ucase no procedía de La Habana, sino por carambola desde Moscú. A partir de ese momento los medios alemanes e internacionales no hablaban de otra cosa: la crisis política provocada por el filme de Cimino.

El escándalo que se armó fue tan colosal que al día siguiente las autoridades de Berlín (o las del Festival) nos “invitaron cordialmente” a abandonar el hotel Kempinski. Tuvimos que hacer maletas a toda prisa y salir, casi corriendo, de la ciudad cruzando hacia Berlín Oriental a través de la Puerta de Brandeburgo. Los soldados norteamericanos allí apostados nos miraban con una mezcla de perplejidad y curiosidad, mientras que, al otro lado, los guardias de frontera soviéticos, nos recibían como “invitados especiales” con saludos militares. Con ocho grados bajo cero, aquello parecía la clásica secuencia de una película de intercambio de espías.

Yo lamentaba haberme perdido una película que prometía tanto. Durante muchos años soñé con verla completa hasta que, ya en mi exilio europeo, pude cumplir ese deseo y comprobar que es una obra maestra. No podía ser de otro modo contando con una exquisita banda sonora y las brillantes actuaciones de Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, John Cazale, John Savage…

Los detractores de Cimino lo acusaron de “fascista” y “reaccionario”, llegaron a definir su filme como la “versión del Pentágono sobre la guerra de Vietnam”. Pero El cazador no es un filme bélico sino más bien antibélico, que habla de la amistad y de cómo el dolor la incrementa. Lo esencial -lo que no supieron o no quisieron ver los críticos superficiales- es el tema del amor al terruño y a los amigos.

Muy ajeno a lo anterior parece ser el cine de Kiarostami, quien elabora poemas visuales con el argumento recurrente de la búsqueda de alguien, ya sean actores, un condiscípulo o cualquiera capaz de enterrar a un inminente suicida…

Su cine es bello como un azulejo de Isfahan. En ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) el azul se extiende como la sombra elástica de los gatos persas llamados “azules”. Es una seña de identidad que irradia desde las minas de lapislázuli de Persia.

Ya desde el primer fotograma vemos una puerta azul, el pantalón del niño es azul. La ropa tendida, azul. Diversos tonos de azules convierten la pantalla en paleta de pintor. Como dijo el cineasta: “nunca he estudiado cine, sí pintura en Bellas Artes”. Así destila Kiarostami un lenguaje cromático que va bordando una intrincada alfombra persa.

En El sabor de las cerezas (1997) los colores cambian a la gama cálida. El aspirante a suicida recorre en su camioneta las afueras de Teherán donde el polvo rojizo de las canteras flota sobre montes de escasa vegetación. La ropa del protagonista es carmelita, y habla de la tierra constantemente, casi como si pudiera comerse, o ella comernos a nosotros. Cuando un taxidermista turco exhorta al suicida en potencia a desistir recurre al sabor de las cerezas, y entonces pareciera que saboreamos con los ojos la sinestesia de un poema de Omar  Khayyam.

La conexión secreta entre esta película del iraní y la del estadounidense es que se trata de dos candidatos al suicidio: uno rechazando el sabor de las cerezas y otro jugando al azar con un revólver cargado con una sola bala. Ruleta rusa con cerezas.



junio 18, 2016

La Patria Acústica

LA PATRIA ACÚSTICA
Por Manuel Pereira
Mapa de países en los que se habla español.
La patria (al menos para los escritores) es mucho más que un trozo de tierra, es también la lengua, sobre todo, el lenguaje. Eso lo descubrí en 1978, tras un viaje a la Unión Soviética. Al cabo de un par de semanas chapurreando y desempolvando los dos años de ruso que estudié de niño, volé de regreso a Cuba con una escala en Madrid. Llevaba tantos días sin oír mi propio idioma que al escuchar a todos hablando español en Barajas experimenté una especie de iluminación auditiva. Pasar de la lengua de Pushkin a la de Cervantes en cinco horas de vuelo fue una epifanía en la Trompa de Eustaquio. Acababa de aterrizar en la Patria Acústica.
Cuando oí a los camareros en la cafetería del aeropuerto, o a los guardias civiles con sus tricornios negros, sentí una alegría tan indecible que estuve a punto de abrazarlos. Recuperar la lengua materna, sumergirme de nuevo en el castellano, fue una experiencia casi metafísica, como si el avión que despegó de Moscú, en vez de transportarme por los cielos babélicos de las Europas, me hubiera catapultado hacia la reminiscencia en una inefable transmigración de las palabras.
Pasaron los años y vino el destierro: me fui a vivir a España. Y entonces empecé a descubrir las diferencias entre el español insular y el peninsular. Por mi trabajo de traductor, tuve que adaptarme al castellano castizo y renunciar, en parte, a mi léxico saturado de cubanismos. Fue una conmoción semántica. Por ejemplo, en vez de “jugo” tuve que acostumbrarme a decir “zumo”, o de lo contrario me miraban como si yo fuera un extraterrestre y no aceptaban mis traducciones en las editoriales. Si decía o escribía “máquina” o “carro”, también me miraban perplejos; había que decir “coche” (aunque me sonara a carruaje tirado por caballos). No podía decir “botar”, sino “tirar” o “arrojar”. Prohibido decir “¿ustedes quieren café?”, pues se imponía “vosotros queréis café?”... y así sucesivamente con un sinfín de giros, frases, modismos, palabras, que fueron invadiendo mi vocabulario (no la dicción ni el dejo habanero) a lo largo de trece años de exilio en España.
Pero todo eso cambió cuando a finales de 2004 llegué a México, donde empecé a rescatar del olvido ciertas palabras. Por ejemplo aquí dicen “plomero” -igual que en Cuba- y no “fontanero”, como en Madrid, ni mucho menos “lampista”, como en Barcelona.
Obviamente, al acercarme geográficamente a mi tierra natal, me aproximaba también a mi primera patria acústica. Aquí por fin podía volver a decir “jugo” recobrando un fragmento fonético de infancia. Por eso, cada vez que pronuncio esa palabra, la saboreo con más fruición que el jugo en sí. Comemos y bebemos recuerdos de la niñez en una restitución culinaria. De hecho, aquí consumo más jugos de naranja de los que se me antojan, acaso porque soy incapaz de diferenciar el apetito físico del espiritual, tal vez para desquitarme de todos los años que estuve obligado a decir y escribir “zumo”. Aquí, por fin, regresé al “ustedes” y me liberé del arcaico “vosotros” que me hacía pensar que estaba castigado en secundaria recitando a Zorrilla o protagonizando una obra de Lope de Vega.
En México felizmente puedo decir “botar” en vez de tirar. Aquí exhumé vocablos y giros entrañables, medio olvidados, recolectándolos como perlas extraviadas en el fondo del mar. Así, cambié el exótico “chaval” por el más consabido y jovial “chamaco”. Prescindí de la secuencia preposicional “a por” que tan anómala me parecía y me sigue pareciendo. En vez de “voy a por pan” ahora podía decir “voy por pan” o “a comprar pan”. Aquí puedo decir “carro” sin ningún problema. Sobre todo me encanta haber reconquistado el delicioso verbo “jalar”, que me recibe rotulado en  muchas puertas, lo mismo en los supermercados que en los bancos. Jalar: verbo náutico, al igual que “botar”, porque las Antillas fueron colonizadas por navegantes, piratas, bucaneros, filibusteros, negreros, contrabandistas y otras gentes de mar, razón por la cual la jerga marinera impregna nuestras formas de expresión orales y escritas. No se trata solamente de variantes coloquiales, no es mera cuestión gramatical, porque la lengua, el lenguaje, es el alma. Por algo será que el Verbo es la segunda persona de la Santísima Trinidad, y no en vano dijo Juan: “En el principio era el Verbo”.

junio 08, 2016

Glorias de Cuba

GLORIAS DE CUBA
Por Manuel Pereira
El cubano José Raúl Capablanca jugando partidas simultáneas de ajedrez, Londres, 1911.
Durante muchos años he oído en el extranjero la cantinela de que en Cuba no había educación ni cultura antes de 1959. Lo dicen académicos, intelectuales y artistas desinformados, o cínicos, en Europa, en EE UU y en América Latina. Es el fruto –tan mendaz como eficaz– de la propaganda oficial que los tontos útiles en diversos rincones del mundo corean como un mantra hasta la náusea. Más de cinco décadas de bombardeo mediático y autobombo sistemático por fuerza dejan su huella.
Nada nuevo bajo el sol. Desde Goebbels, Stalin, Gorki y Gronski la publicidad totalitaria consiste en mezclar fragmentos de verdades con mentiras a granel y repetirlos machaconamente.
Sabemos de los escritores –incluso clásicos– y los artistas "degenerados" proscritos por los nazis. Un proceso similar tuvo lugar en la Unión Soviética estalinista: autores borrados de libros de texto, excluidos de bibliotecas públicas. Pintores relegados al olvido. Retoques o montajes fotográficos de donde desaparecían destacados bolcheviques tras caer en desgracia. Geniales compositores prohibidos, etcétera.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos. Da lo mismo si se hace en nombre del proletariado o de la raza aria. El que más lejos llegó haciendo tabla rasa con el ayer, fue el camboyano Pol Pot.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos
Digan lo que digan, la cultura cubana ya atesoraba abundantes fulgores antes del 59. Por razones de espacio, estoy obligado a ser muy parco en la selección. En el siglo XIX: Félix Varela, "el primero que nos enseñó a pensar", como dijo su discípulo José de la Luz y Caballero. Otros pensadores criollos: Arango y Parreño, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Bachiller y Morales, José Martí, Enrique José Varona. En poesía los talentos se multiplican: Zequeira con su Oda a la Piña, Rubalcava con Silva cubana, José María Heredia con su Himno del desterrado ¡tan vigente!, José Jacinto Milanés, el poeta esclavo Juan Francisco Manzano, el mulato humilde Plácido, Juan Clemente Zenea, Julián del Casal, Juana Borrero, el brillante José Martí... No podemos dejar de mencionar a dos geniales violinistas: Brindis de Salas y José White.
Más escritores importantes en el siglo XX: Mariano Brull con La casa del silencio (1916), José Zacarías Tallet con La rumba (1928), Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina García Marruz, el crítico Cintio Vitier, el poeta, narrador y dramaturgo Virgilio Piñera...
En ciencias ya tuvimos entre el XVIII y el XIX al médico Tomás Romay, al que siguieron el sabio y naturalista Tranquilino Sandalio de Noda, el investigador Felipe Poey, el doctor Carlos J. Finlay y el malacólogo Carlos de la Torre.
Las altas calidades se incrementan: el ensayista Jorge Mañach con su Indagación del Choteo (1928), el antropólogo Fernando Ortiz (Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, 1940), su discípula Lydia Cabrera con su obra maestra El Monte (1954).
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras?
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras? Y la lista continúa con el novelista Carlos Loveira (Generales y doctores, de 1920, y Juan Criollo, de 1927); Enrique Serpa con Contrabando (1938); Carlos Montenegro con Hombre sin mujer (1938); Lino Novás Calvo con Pedro Blanco, el negrero (1933), precursora de lo que se ha dado en llamar "realismo mágico" o "lo real maravilloso". Las mejores prosas de Alejo Carpentier ya se habían publicado antes de 1959: Viaje a la semilla (1944), El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953). En el costumbrismo humorístico tenemos a Eladio Secades con sus Estampas (1940). Aunque El Ingenio se publicó en 1964, Moreno Fraginals ya ganaba premios como historiador desde 1942. Tomás Gutiérrez Alea ya había estudiado cine en Roma hacia 1951 y su documental El Mégano es de 1955.
En las artes plásticas desfilan Fidelio Ponce, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Mariano Rodríguez, Gina Pellón, Wifredo Lam, Guido Llinás, Agustín Cárdenas, René Portocarrero, Amelia Peláez, Acosta León, Antonia Eiríz, Raúl Martínez... Y no olvidemos al campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca.
¿Puede la Isla, en los últimos 56 años, mostrar una pléyade como la del período republicano? Y todo eso sin Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), ni Ministerio de Cultura, sino más bien gracias al misterio de la cultura.


mayo 31, 2016

El Pañuelo de Sarduy

EL PAÑUELO DE SARDUY

Por Manuel Pereira
Conocí a Severo Sarduy en 1985, en una recepción del Centro Cultural de México en París. La calefacción estaba a tope y una masa de máscaras grotescas estilo Ensor me rodeaba. De pronto, Severo emergió entre los convidados y avanzó hacia mí, sudando a mares, para pedirme prestado un pañuelo. Sabía que yo trabajaba en la Delegación Cubana en la Unesco, pero a él no le importó y a mí tampoco.
Ambos teníamos referencias mutuas a través de nuestro amigo común José Lezama Lima, ambos nos habíamos leído sin conocernos personalmente. Ésa es una de las magias más poderosas de la literatura.
Después de secarse la calva de buda risueño, me devolvió el pañuelo empapado: "No te asustes con el pañuelo, porque todavía no tengo SIDA".
Nunca se perdonaría haber evitado a Gastón Baquero por tratarse de un exiliado. "Tener miedo es también un derecho humano", le dije
A pesar de sus muchos años en Francia, conservaba ese humor criollo capaz de reírse hasta de la muerte. Era un camagüeyano universal. De esa noche recuerdo su comentario sobre la posibilidad de visitar la Isla para ver a sus familiares. "Chico, yo soy una boba con miedo a volver, porque... ¿qué pasaría si me enamoro del miliciano de guardia en el aeropuerto y le doy un beso?".
En 1991 lo vi por última vez en persona. Estaba contento con su nuevo apartamento en el undécimo piso de una torre del Boulevard Pasteur. Me enseñó sus chinoiseries, sus muebles de estilo, y de pronto exclamó: "Esto es para que veas que no me olvido de nuestros orishas".
Entonces me descubrió una especie de closet secreto -casi el altar de un santero- donde guardaba con orgullo los fetiches, los dioses del culto afrocubano. Luego, asomándose al ventanal, añadió: "Me mudé a este barrio para estar más cerca del Instituto Pasteur".
Esta obsesión con el fantasma del virus la disimulaba muy bien cambiando de tema entre bromas y veras. Acababa de pasar de Editions du Seuil a Gallimard y estaba lleno de proyectos. Aunque ya circulaban rumores, yo lo veía muy saludable, siempre jaraneando. Mi optimismo se basaba en esa promesa de longevidad que atesoran los mestizos de mulato con chino en la Isla.
Un día le dije por teléfono: "¿Sabes que tienes cierto parecido con Olga Guillot?". "¡Yo soy su doble!", respondió orgulloso.
Siempre le agradeceré, esté donde esté, la frase que dedicó a mi novela cuando salió en Anagrama, en 1993, y que figura en la contraportada: " Toilette pone el acento en lo que ha sido rechazado por los milenaristas de nuestra aséptica civilización, ya que no es sólo un acto literario, sino una provocación al decoro de la higiene y la sanidad, devenido el único valor de nuestra cultura".
Imagino a Severo, muerto de risa, debajo de un sicomoro, compartiendo con Lezama sus pasteles de azafrán
Este náufrago literario escribió muchos buenos libros, entre los cuales yo destaco como su obra maestra: De donde son los cantantes, cuya tercera parte La entrada de Cristo en La Habana es brillante, porque parodia el cuadro de Ensor La entrada de Cristo en Bruselas mezclándolo con el ambiente carnavalesco de la entrada de los barbudos en La Habana en enero de 1959.
Cuando yo me instalé en Madrid, seguimos la amistad por teléfono. Sus carcajadas al otro lado del hilo no dejaban entrever nada de su enfermedad. Sólo una vez lo noté triste: su padre había muerto allá en la Isla, y él acababa de llegar del dentista. Estaba emborrachándose con whisky bajo el impacto de la noticia de su papá. En mayo de 1993 fue nuestra última conversación telefónica y no sentí nada alarmante. Lo único que me sonó un poco a despedida fue su confesión de que nunca se perdonaría haber evitado a Gastón Baquero, cuando él llegó a Madrid como becario, por tratarse de un exiliado. "Tener miedo es también un derecho humano", le dije. Me pidió que le trasmitiera sus disculpas a Baquero.
Al final, me anunció eufórico que ya la agente literaria Carmen Balcells tenía su último libro titulado Pájaros de la playa y soltó una risotada de niño travieso: "Ya sabes lo que significa pájaro en Cuba", agregó.
Fue su último chiste. Severo moría un mes después. Fallecer a los 56 años es prematuro en un escritor. ¿Cuánto más hubiera podido escribir? La muerte es la peor censora. Sigo sin creer que está muerto, porque su muerte es ambigua como su barroco, una especie de trompe-l'œil y porque se inscribe en la tradición de la mejor poesía cubana que empieza con Julián del Casal muerto de un ataque de risa durante un banquete. Por eso siempre imagino a Severo, muerto de risa, debajo de un sicomoro, compartiendo con Lezama sus pasteles de azafrán.

abril 15, 2016

Crónica de una crónica no anunciada

CRÓNICA DE UNA CRÓNICA NO ANUNCIADA
Por Manuel Pereira
En 1981 yo impartía en la UNAM unas conferencias sobre cine cubano cuando recibí en mi hotel de la Zona Rosa una llamada de Gabriel García Márquez. Me pidió que acudiera a su casa, en la calle Fuego, en la zona exclusiva del Pedregal. Comimos en un restaurante cercano llamado El perro verde, o algo así. Me pidió que leyera su última novela, tenía prisa, era corta. ¿Cuál era el misterio de tanto apremio? Él sabía que me faltaban un par de días para regresar a La Habana. "Puedo leerla en el avión", le dije. No, tenía que hacerlo en México. Estaba tan apurado por darme el manuscrito que al salir de la fonda olvidó la billetera en la mesa. Se dio cuenta en su casa, y me pidió que fuera a buscarla al Perro Verde. El camarero era decente y la tenía guardada, a pesar de estar bastante abultada, como supongo deben estar las carteras de los escritores famosos. "Está todo", suspiró el Gabo tras contar los billetes.
Me entregó la novela. Empecé a leerla enseguida en su casa, y luego me encerré en el hotel para seguir leyendo. La leí en un par de sentadas, aunque sin saber qué esperaba de mí el famoso escritor. La historia de los dos hermanos que apuñalan a Santiago Nasar estaba bien estructurada, fluía eficazmente, como todo lo del Gabo; con su impecable prosa de orfebre, no faltaba ni sobraba una coma, los adjetivos eran precisos, los personajes, bien dibujados. Al día siguiente nos encontramos de nuevo. Entonces me dijo: "Eres el segundo lector de esta obra, después de Mercedes, por supuesto".
"Es un honor", respondí.
Pero... ¿cuál era el misterio de tanta prisa?
Me confesó que quería que Fidel lo autorizara a publicar este libro.
¿Por qué?
Porque había hecho un juramento público: no volvería a publicar mientras Pinochet siguiera en el poder. "Y el problema es que no se cae", refunfuñó. "Y mientras tanto, escribí esta obra y tengo muchas ganas de publicarla". Pero antes de romper su promesa anunciada debía consultarlo con Fidel.
En efecto, desde El Otoño del Patriarca (1975) el Gabo no había publicado nada de ficción. Demasiado tiempo en silencio para un escritor tan cotizado.
¿Y yo qué tenía que ver con todo eso?
— Quiero que le lleves este libro a Fidel.
— Yo no conozco personalmente a Fidel, no tengo acceso directo.
Dudó un instante y agregó:
— Pero sí conoces a Carlos Rafael Rodríguez, ¿verdad?
— A él sí lo conozco.
— Bueno, se lo das a él para que se lo dé a Fidel.
Luego quiso saber mi opinión sobre la novela, lo cual halagó al treintañero que yo era. Con mucho tacto, le comenté que su relato me recordaba vagamente a Rashomon ‒tanto los dos cuentos de Akutagawa como la película de Kurosawa‒ por aquello de los múltiples testigos o las diversas versiones sobre un crimen, pero él dijo que no, que su fuente de inspiración había sido el asesinato de Julio César. Pensé en los augures, en la fatalidad de la tragedia griega, y concluí que tenía razón, aunque lo japonés no se lo quitaba nadie al Gabo, como se evidenció más tarde con Memoria de mis putas tristes, tan afín a La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, ya desde el epígrafe.
Veinticuatro horas más tarde aterricé en La Habana y le entregué ese texto clandestino (no anunciado) a Carlos Rafael Rodríguez. Poco después Crónica de una muerte anunciada fue publicada simultáneamente en Colombia, en España, en México y en Argentina. Obviamente, el Gabo había obtenido el imprimátur de Fidel Castro, como compete a toda alta autoridad eclesiástica o ideológica. La Edad Media en estado puro.

abril 03, 2016

La increíble historia del triste Gabo y mi abuela bienamada

La increíble historia del triste Gabo y mi abuela bienamada
Por Manuel Pereira
Gabriel García Márquez con Fidel Castro y Carmen Balcells en los años 80 en La Habana. 

Un día cualquiera de 1983 llevé al Gabo adonde mi abuela, que vivía en un solar de La Habana Vieja, en la calle Aguiar número 105 esquina con Cuarteles. Era una gallega que había llegado a la Isla en 1926: año del devastador ciclón, año en que nació otro ciclón llamado Fidel Castro.
Yo quería que Gabriel García Márquez conociera a los pobres, que descubriera la otra cara de la luna, porque sabía que lo tenían siempre entretenido entre hoteles y casas de protocolo, en Miramar, en Cubanacán...
Al pie la Loma del Ángel, le mostré la carnicería de un paisano de mi abuela, expropiada y convertida en tugurio; también le enseñé varios negocios confiscados desde años atrás: la Guarapera de Cheo, transmutada en Comité de Defensa de la Revolución; la bodega de un asturiano transformada en accesoria de una cuartería, la panadería de un catalán cerrada a cal y canto, el puesto de frutas y verduras del chino, transfigurado en otro cuchitril. Por doquier, improvisadas paredes de bloques de hormigón sin repellar y antipoéticas rejas en las ventanas. Lo único pintoresco que quedaba en el barrio eran las tendederas en los balcones.
Los ojos de mi admirado escritor -ejercitados por su largo oficio de periodista- no perdían detalle. Subimos al primer piso de la casa de vecindad y fuimos hasta el fondo, entre galerías donde alguna vez hubo vitrales policromados de medio punto ya extinguidos.
¿Quién lo iba a decir? Un Premio Nobel en un solar habanero, pero mi abuela no sabía qué era la Academia Sueca, ni siquiera sabía dónde quedaba Suecia
¿Quién lo iba a decir? Un Premio Nobel en un solar habanero, pero mi abuela no sabía qué era la Academia Sueca, ni siquiera sabía dónde quedaba Suecia. Años atrás confundía a Carpentier con un famoso carpintero y, a Sartre, con algún célebre sastre de visita en la Isla. Era una aldeana casi analfabeta que, al desembarcar en La Habana con alpargatas y pañuelo a la cabeza, tuvo que sacar adelante a tres niños limpiando suelos y baños en promiscuos solares.
Entramos en su vivienda sin baño: un comedor, el dormitorio y una cocina pequeña. Mi invitado de honor lo miraba todo. Ella ofreció sus sillas destartaladas y un sillón con el mimbre roto. Nos sentamos a la mesa. Por vergüenza, no le enseñé al Gabo los malolientes inodoros y las duchas colectivas, que ella nunca usaba, pues prefería servirse de una palangana en su cocina tiznada, detrás una cortina de plástico.
Mi abuela enseguida sacó agua fría del trepidante refrigerador que ella llamaba "General Eléctrico", del 58, ya con algún desconchado en el esmalte blanco. Se puso a colar café. De las vigas de madera del techo caían piedrecitas cuando los niños de los altos correteaban. El Gabo miraba de reojo las paredes descascaradas. Preguntaba sobre asuntos de la vida cotidiana.
Mi abuela le enseñó la libreta de racionamiento y también su cajita mágica. En los frecuentes períodos de escasez de tabaco, ella -al igual que muchos otros- recogía en la calle colillas que luego destripaba para sacarles la picadura y con ella confeccionar sus "Tupamaros".
"¿Por qué Tupamaros?", preguntó el Gabo.
"Porque son clandestinos", respondí yo, y el autor de Cien años de soledad sonrió.
Ella le explicó el complicado mecanismo de la "maquinita", que era como una caja de dominó, en la que introducía la picadura, y luego jalaba hacia ella un palito a guisa de rodillo, como si fuera una ballesta, alargando una lengüeta de caucho, que hacía saltar un cigarrito recién enrollado y engomado con almidón.
A falta de papel para liar cigarrillos, usaba páginas casi transparentes del folleto Carta de España que le mandaban de la embajada. Pero como éstas eran pocas, también arrancaba hojas de una Biblia que no leía, pero que atesoraba como un talismán en su altar poblado de santos. Lo mismo se fumaba un versículo de San Juan que una sentencia del Eclesiastés.
"Me gustaría hablar del bloqueo y sus consecuencias, contando la imaginación de los cubanos para vencer las dificultades, pero no quisiera molestar a Fidel", dijo el escritor
Al salir, ya en la calle, el Gabo me confesó: "Me gustaría mucho escribir un libro sobre la escasez de los cubanos, tu abuela haciendo sus Tupamaros, la falta de dicha doméstica".
"Sería un libro magnífico", exclamé.
Se puso triste y agregó: "Me gustaría escribirlo, hablar del bloqueo y sus consecuencias, contando la imaginación de los cubanos para vencer las dificultades, pero no quisiera molestar a Fidel. No lo puedo escribir, porque es un libro que Fidel va a sentir como un ataque, y no quiero contrariarlo".
Después de eso, ya no insistí. Cada escritor elige su destino. En lo alto, mientras oscurecía, mi abuela se fumaba un capítulo del Levítico y el humo bíblico salía por su balconcito hacia la luna.

marzo 28, 2016

Buscando a Kafka

BUSCANDO A KAFKA
Por Manuel Pereira

Creo que fue en 1982 cuando Luis Rogelio Nogueras (Wichi el Rojo) y yo nos escapamos de Karlovy Vary para bajar a Praga en autobús. Atrás dejamos el tedioso festival de cine y a los viejitos metiendo los pies en las aguas termales. Ya en la Ciudad de las Defenestraciones, yo quería ver las ventanas del Castillo donde los checos inventaron el volátil arte de empujar por la espalda a sus rivales mandándolos a volar varios pisos abajo. Pero Wichi tenía prisa, quería visitar la casa natal de su venerado Kafka. Andábamos cortos de tiempo y de dinero. Pasamos por una cantina donde servían cervezas con salchichas. La dejamos para después, por la impaciencia de Wichi. Así llegamos al barrio judío, como turistas extraviados, ni siquiera teníamos el nombre de una calle. Chapurreando una mezcla de francés con inglés y ruso, preguntamos por Kafka a policías y transeúntes, en tiendas y hasta en un conservatorio. Nadie lo conocía, o fingían desconocerlo. ¡Qué raro que nadie allí supiera nada de Kafka! Wichi me cuchicheó que era por la censura soviética. Habían borrado toda huella material y espiritual del autor de La metamorfosis, por judío, por heterodoxo, por ser un escritor incómodo para cualquier poder totalitario, porque su obra no encajaba en las rígidas pautas del Realismo Socialista. Pasamos por la plaza del monumental reloj astronómico con su diseño de astrolabio, nos abrimos paso entre el gentío que miraba hacia arriba el desfile de las marionetas de los apóstoles. “Vamos, vamos a buscar la casa”, insistía mi amigo pelirrojo, que en paz descanse. La luna y el sol tejían estambres de oro en lo alto del reloj mientras Wichi y yo seguíamos indagando por los alrededores.
Recorrimos la Ciudad Vieja, el Josefov: la sinagoga alzándose imponente como las tumbas cavadas en el aire por Paul Celan, las lápidas amontonadas como un bosque de cristales de cuarzo sembrado por un alquimista. Mientras tanto, yo seguía pensando en los defenestrados. Oía retumbar a mi espalda los torpes pasos del fangoso Golem, oía los intermitentes bastonazos del ciego Hanus, el relojero a quien quemaron los ojos para que no repitiera en otra ciudad el prodigioso reloj astronómico.
“Ciudad maldita”, decía Kafka definiendo a Praga. Aquello era peor que buscar una aguja en un pajar. La ciudad tendría que estar llena de bustos, estatuas y señalizaciones en honor a su ciudadano más universal. Era una gloria praguense y ni siquiera aparecía en las guías turísticas. Entre nazis y soviéticos lo habían defenestrado.
Dimos tantas vueltas que llegamos de nuevo al reloj astronómico, casi derrotados. Frustrados, decidimos regresar a Karlovy Vary, donde nos esperaba una soporífera tanda de bodrios en la pantalla. Ya nos dirigíamos a la estación de autobuses cuando, de pronto, con el rabillo del ojo, descubrí un perfil familiar mostrándose en una esquina. De una placa de bronce sobresalía el relieve de un rostro. “Esa nariz afilada es la de Kafka”, dije. Nos acercamos. ¡Habíamos encontrado el Santo Grial!
De la placa colgaban tres flores marchitas, ahorcadas boca abajo, dejadas allí por algún alma caritativa. Entramos por un portal señorial creyendo ingenuamente que tal vez en el zaguán existiría un modesto simulacro de museo. Una señora con pañuelo a la cabeza barría la escalera al fondo. Le preguntamos. Se encogió de  hombros mirándonos aviesamente. Subimos con la vana esperanza de hallar algún rótulo en la puerta de un apartamento. Llegamos al último piso sin asomarnos a ventanas ni balcones… por si acaso… allí tenían la fea costumbre de empujarte por la espalda, el último fue un ministro de exteriores en 1948, a quien los estalinistas lanzaron en pijama por la ventana de su baño.
La señora de la limpieza nos indicó por señas que bajáramos y saliéramos del edificio. Venía barriendo detrás de nosotros, como si estuviera expulsándonos. En ese momento, una cucaracha espantada por la escoba de la bruja corrió por debajo de la puerta escabulléndose hacia la calle. Señalando al insecto, Wichi afirmó: “¡Ahí está!”.
-¿Quién?
-Gregorio Samsa- dijo.
                              

marzo 07, 2016

El Gato Negro de Nicolás

EL GATO NEGRO DE NICOLÁS
Por Manuel Pereira
Nicolás Guillén en La Habana.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana… Luis Rogelio Nogueras y yo invitamos a Nicolás Guillén a almorzar en la Bodeguita del Medio. El poeta llegó encabronado, sudando y cojeando por culpa de las chinas pelonas de la calle Empedrado. Se puso a despotricar contra Eusebio Leal, quien días atrás había cerrado el acceso a los autos por la calle San Ignacio clavando boca abajo un par de cañones antiguos de los que colgaba una cadena.
Acostumbrado a bajarse del Lada frente a la Bodeguita, Nicolás tuvo que caminar desde Tejadillo hasta el restaurante, lo cual, a su edad, era una calamidad. En cuanto nos sentamos y trajeron las cervezas, el disgusto se le pasó y su melena plateada resplandeció con mayor intensidad.
En ese momento pasó corriendo entre las mesas un gato negro. Un camarero lo pisó sin querer, el animal soltó un largo maullido y al hombre se le cayó la bandeja con gran estrépito  de cristales rotos. Entonces Nicolás comentó:
-¿Ustedes no se han fijado que cuando un gato negro se cruza en tu camino es señal de mala suerte? Tiene que ser negro, igual que el luto es negro, los cuervos que traen mala suerte también son negros, como el totí, que siempre tiene la culpa, como la magia mala, que es la negra…
Wichy el Rojo y yo nos miramos sonriendo y perplejos.
Nicolás siguió con su imprevisible inventario:
-Nadie quiere estar en ninguna “lista negra”, en ajedrez las blancas siempre salen primero…
Nogueras y yo intercambiamos una mirada de inteligencia. ¿Adónde quería llegar el Poeta Nacional?
-Si una mariposa negra entra en tu casa es señal de malas noticias. ¿No se han fijado que todo lo malo es negro?
Ambos asentimos.
-Chico, entonces… ¿qué raro que al tiro al blanco no le llamen tiro al negro?
Las carcajadas llegaron hasta la soleada calle empedrada con chinas pelonas.
Wichy el Rojo empezó a disertar sobre Poe y el “gato negro”. Nicolás siguió comiendo vorazmente, pero hacia los postres se ensombreció y nos hizo un cuento de su juventud. “Un cuento de terror”, susurró poniéndose muy serio.
Se había enamorado perdidamente de una hermosa prostituta del Barrio de Colón. Pero la muerte interrumpió el idilio siendo ella muy joven. La lloró desconsolado en el burdel y luego en el cementerio. Él estaba en su cuartico de una casa de inquilinato, medio dormido, un día después del entierro, cuando, de pronto, oyó unos pasos en el pasillo, un taconeo característico que él conocía muy bien. Del susto, se espabiló y se sentó al borde la cama. Oyó acercarse los pasos. Aguantó la respiración, nervioso… Alguien tocó a su puerta. Se levantó y preguntó: “¿Quién es?”. Nadie respondió, pero podía oír al otro lado de la puerta una respiración crepitante, como estertor de moribunda. Armándose de coraje, abrió, no había nada ni nadie. Pero él sabía que ella estaba allí, invisible, parada frente a él. Cerró la puerta suavemente y se dejó caer en la cama, esperando...
Este cuento me estremeció, no solo por lo sobrenatural, sino porque  venía de un miembro del Comité Central del Partido Comunista, quien debía ser ateo y, por tanto, nada supersticioso. Todo lo cual le daba al relato una mayor verosimilitud.
Ese día yo descubrí a otro Guillén, más humano, menos gubernamental. Antes de despedirnos, me preguntó si ya había leído Confieso que he vivido, de Neruda. Al responderle que sí, me advirtió que el libro tenía una errata en el título. “¿Cuál?”, pregunté.  “No es Confieso que he vivido, es Confieso que he bebido”, me contestó y se alejó a pie con su chofer que parqueó en otra calle cercana.
Me agradó saber que algunos comunistas tenían sentido del humor y que, además, creían en los fantasmas y en la metafísica de los gatos negros. Subí por la calle San Ignacio, donde estaba la cadena del historiador y que rememoraba la gruesa cadena colonial que antaño cerraba el puerto impidiendo la entrada de barcos enemigos. Entonces me acordé de la muerta regresando de la tumba para ver a su amado, llamando a su puerta en un escalofrío.  “¡Tun, tun! ¿Quién es? Una rosa y un clavel”. La difunta llamando a la puerta para pasar la muralla, o la cadena que separa la vida de la muerte, la cadena como símbolo de plaza sitiada, el destino nacional encadenado. “¡Tun, tun! ¿Quién es?” El gato negro de Nicolás Guillén.

febrero 20, 2016

La Muerte en México

LA MUERTE EN MÉXICO
Por Manuel Pereira
La muerte en México es una constante. Esa fascinación por la Pelona tiene raíces prehispánicas: las “guerras floridas” con sus guerreros sacrificados, el altar de calaveras del Templo Mayor... Todo lo cual hoy se reduce afablemente al Día de Muertos, una festividad que influye en la artesanía, la música, la literatura y hasta en la repostería. Los huesos y los cráneos se han transfigurado en panes de muerto y en calaveritas de azúcar, respectivamente. Desde que nacen, los mexicanos se comen simbólicamente a la Muerte en una teofagia donde ya no es el dios quien se los come a ellos, sino ellos quienes devoran al dios transustanciado en una curiosa variación de la Eucaristía.
Otras civilizaciones atraídas por el Más Allá han dejado testimonios poderosos, como el Libro de los muertos del Antiguo Egipto y el Bardo Thodol tibetano. En la Europa medieval se pusieron de moda las “danzas macabras”. Elmemento mori fue otro género trascendental en las artes plásticas del Renacimiento, todo lo cual reaparece en las máscaras de Ensor, en los moribundos de Munch y hasta en el cine de Bergman con El séptimo sello.
Pero en ninguna de estas manifestaciones escatológicas se impone el sentido del humor como ocurre en México, cuya gran contribución consiste en desmitificar jovialmente a la Muerte. Esto lo vemos en El esqueleto de la señora Morales, película de 1959 con Arturo de Córdova y guión de Luis Alcoriza, en Macario, del mismo año, dirigida por Roberto Gavaldón y cuyo eco se prolonga en Los tres entierros de Melquíades Estrada, (Tommy Lee Jones, con guión del mexicano Guillermo Arriaga, 2005). Ese sentido del humor lo encontramos también en las esqueletadas del grabador José Guadalupe Posada y en la Catrina con estola de plumas que se enseñorea del mural de Diego RiveraSueño de una tarde dominical donde José Martí nos saluda con su bombín. Todo eso lo resumió genialmente Juan Rulfo en su fantasmagórica Comala donde hasta los murmullos matan.
De igual modo el tema de ultratumba predomina en la mejor poesía mexicana, por ejemplo, en Muerte sin fin, de José Gorostiza, y en Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia. Según Carlos Pellicer, “el pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor a las flores”.
José Revueltas tituló El luto humano su segunda novela. Sin embargo, más que el negro luctuoso, aquí prevalece el alegre colorido de los altares rebosantes de ofrendas que son ubicuos el Día de Muertos. Lo mejor es que no son simulacros turísticos, sino espontáneas manifestaciones de devoción popular. En esas fechas sincréticas que van del 28 de octubre al 2 de noviembre, los familiares visitan a sus difuntos en los panteones donde se mezcla la inevitable tristeza con un ambiente festivo: los dolientes comen delante de las tumbas de sus seres queridos oyendo música de mariachis. 
En el océano de la literatura mexicana naufragan victoriosos los fantasmas. Un relato fantasmal es Aura, de Carlos Fuentes, quien insiste en el tema de la Parca con La muerte de Artemio Cruz. Jesús Gardea nos deslumbra con un mundo de sombras y fichas de dominó en La canción de las mulas muertas y otro tanto hace Jorge Ibargüengoitia con su relato basado en hechos reales Las muertasLa muerte tiene permiso es un cuento clásico de Edmundo Valadés. Los cadáveres de los fusilados que yacen en Cartucho, de la magnífica Nellie Campobello, constituyen otro homenaje a la Muerte, esta vez en el contexto de la Revolución Mexicana y con la gracia añadida de que todo está narrado desde el punto de vista de una niña. Dice ella en su prólogo: “Mis fusilados... mis hombres muertos. Mis juguetes de la infancia”.
Es esa relación lúdica con la Muerte lo que quiero subrayar. Este es el único país del mundo donde se trata con tanto desenfado al esqueleto de la guadaña, el único donde designan a los difuntos con chiqueos: “muertitos”, otro de los muchos diminutivos para expresar valores afectivos. Pareciera que los mexicanos están enamorados de la Muerte.
En cualquier caso queda claro que con semejantes paliativos la Huesuda deviene menos horrorosa, o más llevadera. Nunca olvidaré a un borracho jocoso que siempre entraba en una pulquería del barrio de Tacubaya saludando a voz en cuello: “¡Señores, a mí la Muerte me pela los dientes y el pito los valientes!”.

febrero 08, 2016

Literatura Flotante

LITERATURA FLOTANTE
Por Manuel Pereira 

   La cultura nace en el agua. Se difunde mejor y más veloz en lo acuático. Primero la civilización fue fluvial (Mesopotamia, Egipto), luego fue marítima e internacional (Fenicia, Grecia, Roma). El mar fue el primer Internet de la Humanidad a través de las rutas comerciales y los descubrimientos geográficos. Claro que existían rutas terrestres, por ejemplo “la de la Seda”, pero esas caravanas de camellos no produjeron tanta literatura de calidad -salvo el libro de Marco Polo- como los barcos que zarpaban hacia los cuatro puntos cardinales fomentando el comercio, descubrimientos de ignotas culturas, de otras floras y faunas, mezclas de razas, mestizajes mitológicos. Esa fertilización cruzada también dio lugar al pensamiento abstracto, al debate de ideas, a la democracia, al humanismo y al cosmopolitismo.
            Dos mil quinientos años antes de nuestra era, en el Poema de Gilgamesh, el protagonista desciende al fondo del mar para buscar la planta de la inmortalidad. A ese buzo sumerio con pesadas piedras atadas a los pies debemos añadir la leyenda del Diluvio Universal en su versión original. Con Gilgamesh, con Noé y su zoológico flotante, con Jonás tragado por la ballena y con los míticos argonautas de Jasón, el mar se estrena como espacio literario burbujeante de aventuras, como las  de Ulises en la Odisea homérica, cuyo eco se prolonga en los virgilianos viajes de Eneas que, a su vez, influirán en las navegaciones de Los Lusíadas, de Camões. Este inventario se enriquece con los siete viajes de Simbad el Marino y las sagas islandesas, especialmente la de “Erik el Rojo” y la “de los groenlandeses”.
            A partir de ahí, la temática oceánica se propaga a los cuatro vientos generando clásicos como: La Tempestad, de Shakespeare, Robinson Crusoe, de Defoe, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; Cándido, de Voltaire, La narración de Arthur Gordon Pym y Un descenso al Maelström, ambas de Poe; Herman Melville y su diabólica ballena Moby Dick, Los trabajadores del mar, de Víctor Hugo; Julio Verne con Veinte mil leguas de viaje submarino, Los hijos del capitán Grant, La esfinge de los hielos; La Isla del Tesoro, de Stevenson, Emilio Salgari y sus piratas, Jack London con El lobo de mar; Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas…
            Aparte de lo ficticio, tenemos los testimonios de exploradores, navegantes, geógrafos y Cronistas de Indias, algunos tan maravillosos que superan la más impetuosa imaginación. En el Diario de Colón aparece Cuba confundida con Japón. Naufragios, de Cabeza de Vaca, no tiene desperdicio al igual que El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta. El filibustero y cirujano francés Exquemelin nos dejó Piratas de América. Louis-Antoine de Bougainville escribió suViaje alrededor del mundo y el Capitán Cook su Viaje hacia el polo sur y alrededor del mundo, a lo cual habría que añadir las exploraciones botánicas de Joseph Banks, la expedición a América de Humboldt y Bonpland, Darwin en las Galápagos, etcétera.
            Cuba metabolizó esa herencia náutica y destiló cuatro excelentes narraciones. Lino Novás Calvo: Pedro Blanco el negrero (1933); Hemingway: El viejo y el mar (1952); Alejo Carpentier: El arpa y la sombra (1978) y El mar de las lentejas, de Antonio Benítez Rojo (1979).
            Frente a tanta liquidez literaria heredada, suelo experimentar sentimientos encontrados. A veces veo la isla poblada de Viernes esperando a Robinsones llegados de todas partes para “salvarlos” explotándolos; de pronto se torna la tempestuosa isla shakespereana con su Calibán, su bruja, su Próspero, su Miranda; esporádicamente vuelve a ser la ínsula Utopía de Tomás Moro con todo el archipiélago oscilando entre la insolación y la salación; súbitamente es el Cementerio Marino de Valéry con “el mar, el mar, siempre recomenzando”. Mientras tanto, en la creciente diáspora, no pocos Ulises sueñan con regresar tras larga odisea a Ítaca. Inmersos en fatal aventura marina, allí siempre se nace náufrago. La visión que más me frecuenta es La isla de hélice, una novela donde Verne describe un paraíso tecnológico, una isla artificial de 35 kilómetros cuadrados movida por gigantescos motores. A bordo viajan millonarios norteamericanos atendidos por criados ciegos. La isla propulsada navega a la deriva y al final queda destruida. ¡Julio Verne, como siempre, tan profético!