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marzo 07, 2016

El Gato Negro de Nicolás

EL GATO NEGRO DE NICOLÁS
Por Manuel Pereira
Nicolás Guillén en La Habana.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana… Luis Rogelio Nogueras y yo invitamos a Nicolás Guillén a almorzar en la Bodeguita del Medio. El poeta llegó encabronado, sudando y cojeando por culpa de las chinas pelonas de la calle Empedrado. Se puso a despotricar contra Eusebio Leal, quien días atrás había cerrado el acceso a los autos por la calle San Ignacio clavando boca abajo un par de cañones antiguos de los que colgaba una cadena.
Acostumbrado a bajarse del Lada frente a la Bodeguita, Nicolás tuvo que caminar desde Tejadillo hasta el restaurante, lo cual, a su edad, era una calamidad. En cuanto nos sentamos y trajeron las cervezas, el disgusto se le pasó y su melena plateada resplandeció con mayor intensidad.
En ese momento pasó corriendo entre las mesas un gato negro. Un camarero lo pisó sin querer, el animal soltó un largo maullido y al hombre se le cayó la bandeja con gran estrépito  de cristales rotos. Entonces Nicolás comentó:
-¿Ustedes no se han fijado que cuando un gato negro se cruza en tu camino es señal de mala suerte? Tiene que ser negro, igual que el luto es negro, los cuervos que traen mala suerte también son negros, como el totí, que siempre tiene la culpa, como la magia mala, que es la negra…
Wichy el Rojo y yo nos miramos sonriendo y perplejos.
Nicolás siguió con su imprevisible inventario:
-Nadie quiere estar en ninguna “lista negra”, en ajedrez las blancas siempre salen primero…
Nogueras y yo intercambiamos una mirada de inteligencia. ¿Adónde quería llegar el Poeta Nacional?
-Si una mariposa negra entra en tu casa es señal de malas noticias. ¿No se han fijado que todo lo malo es negro?
Ambos asentimos.
-Chico, entonces… ¿qué raro que al tiro al blanco no le llamen tiro al negro?
Las carcajadas llegaron hasta la soleada calle empedrada con chinas pelonas.
Wichy el Rojo empezó a disertar sobre Poe y el “gato negro”. Nicolás siguió comiendo vorazmente, pero hacia los postres se ensombreció y nos hizo un cuento de su juventud. “Un cuento de terror”, susurró poniéndose muy serio.
Se había enamorado perdidamente de una hermosa prostituta del Barrio de Colón. Pero la muerte interrumpió el idilio siendo ella muy joven. La lloró desconsolado en el burdel y luego en el cementerio. Él estaba en su cuartico de una casa de inquilinato, medio dormido, un día después del entierro, cuando, de pronto, oyó unos pasos en el pasillo, un taconeo característico que él conocía muy bien. Del susto, se espabiló y se sentó al borde la cama. Oyó acercarse los pasos. Aguantó la respiración, nervioso… Alguien tocó a su puerta. Se levantó y preguntó: “¿Quién es?”. Nadie respondió, pero podía oír al otro lado de la puerta una respiración crepitante, como estertor de moribunda. Armándose de coraje, abrió, no había nada ni nadie. Pero él sabía que ella estaba allí, invisible, parada frente a él. Cerró la puerta suavemente y se dejó caer en la cama, esperando...
Este cuento me estremeció, no solo por lo sobrenatural, sino porque  venía de un miembro del Comité Central del Partido Comunista, quien debía ser ateo y, por tanto, nada supersticioso. Todo lo cual le daba al relato una mayor verosimilitud.
Ese día yo descubrí a otro Guillén, más humano, menos gubernamental. Antes de despedirnos, me preguntó si ya había leído Confieso que he vivido, de Neruda. Al responderle que sí, me advirtió que el libro tenía una errata en el título. “¿Cuál?”, pregunté.  “No es Confieso que he vivido, es Confieso que he bebido”, me contestó y se alejó a pie con su chofer que parqueó en otra calle cercana.
Me agradó saber que algunos comunistas tenían sentido del humor y que, además, creían en los fantasmas y en la metafísica de los gatos negros. Subí por la calle San Ignacio, donde estaba la cadena del historiador y que rememoraba la gruesa cadena colonial que antaño cerraba el puerto impidiendo la entrada de barcos enemigos. Entonces me acordé de la muerta regresando de la tumba para ver a su amado, llamando a su puerta en un escalofrío.  “¡Tun, tun! ¿Quién es? Una rosa y un clavel”. La difunta llamando a la puerta para pasar la muralla, o la cadena que separa la vida de la muerte, la cadena como símbolo de plaza sitiada, el destino nacional encadenado. “¡Tun, tun! ¿Quién es?” El gato negro de Nicolás Guillén.

febrero 08, 2016

Literatura Flotante

LITERATURA FLOTANTE
Por Manuel Pereira 

   La cultura nace en el agua. Se difunde mejor y más veloz en lo acuático. Primero la civilización fue fluvial (Mesopotamia, Egipto), luego fue marítima e internacional (Fenicia, Grecia, Roma). El mar fue el primer Internet de la Humanidad a través de las rutas comerciales y los descubrimientos geográficos. Claro que existían rutas terrestres, por ejemplo “la de la Seda”, pero esas caravanas de camellos no produjeron tanta literatura de calidad -salvo el libro de Marco Polo- como los barcos que zarpaban hacia los cuatro puntos cardinales fomentando el comercio, descubrimientos de ignotas culturas, de otras floras y faunas, mezclas de razas, mestizajes mitológicos. Esa fertilización cruzada también dio lugar al pensamiento abstracto, al debate de ideas, a la democracia, al humanismo y al cosmopolitismo.
            Dos mil quinientos años antes de nuestra era, en el Poema de Gilgamesh, el protagonista desciende al fondo del mar para buscar la planta de la inmortalidad. A ese buzo sumerio con pesadas piedras atadas a los pies debemos añadir la leyenda del Diluvio Universal en su versión original. Con Gilgamesh, con Noé y su zoológico flotante, con Jonás tragado por la ballena y con los míticos argonautas de Jasón, el mar se estrena como espacio literario burbujeante de aventuras, como las  de Ulises en la Odisea homérica, cuyo eco se prolonga en los virgilianos viajes de Eneas que, a su vez, influirán en las navegaciones de Los Lusíadas, de Camões. Este inventario se enriquece con los siete viajes de Simbad el Marino y las sagas islandesas, especialmente la de “Erik el Rojo” y la “de los groenlandeses”.
            A partir de ahí, la temática oceánica se propaga a los cuatro vientos generando clásicos como: La Tempestad, de Shakespeare, Robinson Crusoe, de Defoe, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; Cándido, de Voltaire, La narración de Arthur Gordon Pym y Un descenso al Maelström, ambas de Poe; Herman Melville y su diabólica ballena Moby Dick, Los trabajadores del mar, de Víctor Hugo; Julio Verne con Veinte mil leguas de viaje submarino, Los hijos del capitán Grant, La esfinge de los hielos; La Isla del Tesoro, de Stevenson, Emilio Salgari y sus piratas, Jack London con El lobo de mar; Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas…
            Aparte de lo ficticio, tenemos los testimonios de exploradores, navegantes, geógrafos y Cronistas de Indias, algunos tan maravillosos que superan la más impetuosa imaginación. En el Diario de Colón aparece Cuba confundida con Japón. Naufragios, de Cabeza de Vaca, no tiene desperdicio al igual que El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta. El filibustero y cirujano francés Exquemelin nos dejó Piratas de América. Louis-Antoine de Bougainville escribió suViaje alrededor del mundo y el Capitán Cook su Viaje hacia el polo sur y alrededor del mundo, a lo cual habría que añadir las exploraciones botánicas de Joseph Banks, la expedición a América de Humboldt y Bonpland, Darwin en las Galápagos, etcétera.
            Cuba metabolizó esa herencia náutica y destiló cuatro excelentes narraciones. Lino Novás Calvo: Pedro Blanco el negrero (1933); Hemingway: El viejo y el mar (1952); Alejo Carpentier: El arpa y la sombra (1978) y El mar de las lentejas, de Antonio Benítez Rojo (1979).
            Frente a tanta liquidez literaria heredada, suelo experimentar sentimientos encontrados. A veces veo la isla poblada de Viernes esperando a Robinsones llegados de todas partes para “salvarlos” explotándolos; de pronto se torna la tempestuosa isla shakespereana con su Calibán, su bruja, su Próspero, su Miranda; esporádicamente vuelve a ser la ínsula Utopía de Tomás Moro con todo el archipiélago oscilando entre la insolación y la salación; súbitamente es el Cementerio Marino de Valéry con “el mar, el mar, siempre recomenzando”. Mientras tanto, en la creciente diáspora, no pocos Ulises sueñan con regresar tras larga odisea a Ítaca. Inmersos en fatal aventura marina, allí siempre se nace náufrago. La visión que más me frecuenta es La isla de hélice, una novela donde Verne describe un paraíso tecnológico, una isla artificial de 35 kilómetros cuadrados movida por gigantescos motores. A bordo viajan millonarios norteamericanos atendidos por criados ciegos. La isla propulsada navega a la deriva y al final queda destruida. ¡Julio Verne, como siempre, tan profético!