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octubre 06, 2011

ISLAS, CÁRCELES Y UTOPÍAS



ISLAS, CÁRCELES Y UTOPÍAS
Por Manuel Pereira
La isla Utopía de Tomás Moro, por Ambrosii Holbein.

Toda isla sugiere imágenes placenteras: cocoteros en la playa, cuerpos esbeltos emergiendo de la espuma, guitarreos y maracas, árboles cuajados de frutas, pájaros multicolores... Pero esa postal turística es engañosa. Su cara oculta es la noción que muchos isleños tienen de su propio territorio y que puede llegar a ser más infernal que paradisíaca.

Al carecer de fronteras con otros países -otras realidades-, cualquier insularidad puede devenir tan dantesca como la isla del Señor de las Moscas. De hecho, las islas han sido escenarios literarios de experimentos diabólicos y laboratorios fantasmales, como en La isla del Doctor Moreau , de Wells, y en La invención de Morel, de Bioy Casares.

Desde épocas remotas, Europa ha soñado las islas como ámbitos exóticos colmados de maravillas. Situadas en distantes regiones oceánicas, se asociaban con los misterios de Ultratumba o con jardines donde reina la abundancia. Toda esa tradición ha permeado la imaginación europea durante siglos y no hay que olvidar que en Europa nacieron todas las utopías habidas y por haber.

El Jardín de las Hespérides, la isla de Calipso, la de Circe, la de Citerea, las islas Eólicas son tan solo algunos ejemplos. En unos casos, se multiplican las ninfas hermosas y las frutas más voluptuosas; en otros, Calipso y Circe seducen o hechizan a Odiseo; de pronto, Citerea deviene el escenario favorito del libertinaje rococó...

Aunque ubicadas en una dimensión escatológica, también las Islas de los Bienaventurados -o Campos Elíseos- confirman la naturaleza insular de una supuesta felicidad, incluso después de la muerte. Otros espacios mitológicos están en el inframundo, como la Isla de los Muertos. La “Última Tule”, en la zona hiperbórea, fue buscada hasta por los nazis y aparece en Joyce así como en la lingüística élfica creada por Tolkien.

Esta imaginería del arrecife pasó del paganismo al cristianismo, de donde saltó al comunismo, salpicando las diversas utopías que de él se han derivado tras la caída del Muro de Berlín. En el terreno de la ficción ideológica o filosófica -siempre rayana en la novelería- las islas también han desempeñado un nefasto protagonismo. No es casual que el contexto de las utopías clásicas sea insular.

Desde la noche de los tiempos, la quimérica fusión de gobierno impecable y bienestar popular está asociada con un espacio geográfico cerrado. Rodeadas por una suerte de cordón sanitario, las islas parecían inmunes a las perversiones y defectos de tierra firme, como si fueran reservorios de inmaculada beatitud. En el siglo XVIII, Rousseau contribuyó a esa creencia con el mito del “buen salvaje”.

La Atlántida de Platón, con sus inagotables riquezas, es una isla donde anida ya el germen de un régimen tan perfecto como irreal. La Utopía, de Tomás Moro, describe una sociedad idealizada e igualitaria, y también fue concebida en otra isla. Tomás Campanella imaginó su Ciudad del Sol en una ínsula. La Nueva Atlántida, de Francis Bacon, se hallaba en la isla de Bensalem, donde la utopía científica se combinaba con la placidez y la armonía de sus habitantes.

En la dimensión mística tampoco faltaron arrobamientos del mismo jaez. San Agustín enfrentó su “Ciudad de Dios” a la Ciudad Pagana, es decir, a Roma, la cual representaba la decadencia y la corrupción.

Esta dicotomía maniquea entre el Bien y el Mal se transmitió posteriormente a todas las ideologías utopistas que siempre buscan corregir el mundo, cambiarlo radicalmente y perfeccionar a los individuos aunque sea al precio de devastarlos en sus libertades más íntimas. Todo vale con tal de lograr un imposible grado de espiritualidad y virtud. Aquí es donde muchos católicos coinciden con los comunistas. Así se explican ciertos engendros como la “Teología de la Liberación” y otros estupores de cristianos abrazando -en el colmo de la confusión- a sus peores verdugos.

Esta utopía a lo divino se remonta a la Jerusalén Celeste descendiendo -cual isla entre nubes- hasta posarse y triunfar aquí en la tierra. Es una visión teológica que tiene su origen en las profecías bíblicas. En todas estas ensoñaciones, la palabra “nuevo” juega un papel fundamental: Nueva Jerusalén, Hombre Nuevo, Nuevo Testamento...

Paradójicamente, a pesar de proclamarse tan ateos, los comunistas beben en estas fuentes religiosas y por eso hablan también del “Hombre Nuevo”, de la “Nueva agricultura”, o fundan la “Nueva Trova” con sonsonetes como éste: “Ésta es la nueva escuela, ésta es la nueva casa, casa y escuela nueva, como cuna de nueva raza”. Por si fuera poco, marxistas y leninistas entonan litúrgicamente la Internacional, una de cuyas estrofas alude al jardín del Edén: “la tierra será el paraíso de toda la humanidad”.

El largo inventario de fantasías sociales, ilusiones cientificistas, ensueños quijotescos, embelesos místicos, ínsulas venturosas y delirios económicos, por fuerza tenía que desembocar en el pensamiento de Carlos Marx y sus epígonos de diversos pelajes.

La utopía no es más que un colección de ficciones -o fricciones- que transcurren entre dos moros: desde el Moro Tomás hasta el Moro Carlos, de donde saltó a las cabezas calenturientas de los fundadores de la Unión Soviética y la República Popular China, incluyendo, por supuesto, a esa isla utopista por antonomasia que se llama Cuba.

Napoleón en la isla Santa Elena.
Por otra parte, el mar, convertido en carcelero, también determinó que muchas islas se transformaran en prisiones infalibles: la Isla del Diablo (Guayana Francesa), Alcatraz (Bahía de San Francisco), las Islas Marías (Pacífico mexicano), la isla Santa Elena (donde murió Napoleón); la isla de If (inmortalizada en El Conde de Montecristo), el Monte Saint Michel (Normandía), el penal de San Antonio en la Isla Margarita (Venezuela)... Todo constructor de cárceles que se precie sueña con una isla donde levantar su jaula de cerrojos tras un espeso muro de aguas.

Recordemos a Papillon estudiando el movimiento de las olas para huir de la Isla del Diablo en una balsa de cocos. El paralelismo con la terrible aventura de muchos balseros cubanos resulta inevitable. Como se ve, las nociones de isla, utopía y prisión están indisolublemente unidas en una especie de Santísima Trinidad.

Cuando alguien sale de Cuba definitivamente es como si lo expulsaran del “paraíso”. Eso equivale a desterrarse para siempre en el infierno capitalista. En la puerta del Edén antillano siempre hay un ángel colérico blandiendo su espada flamígera para impedir el regreso. Nada de hijos pródigos, nada de perdones. Exiliarse, separarse del rebaño insular, ha sido -y sigue siendo- una forma de morir.

¿Qué es la utopía en cualquiera de sus infinitas variantes? Es el descabellado intento de cambiar la naturaleza humana. Incluso en países capitalistas, con gobiernos elegidos democráticamente, algunos utopistas con altas cuotas de poder afirman que van a “moralizar la economía” o que van a “purificar la sociedad”. ¡Qué Dios nos coja confesados!

En el episodio de la Ínsula Barataria, Cervantes elabora una versión de la utopía que consiste, lógicamente, en un engaño. Unos duques se burlan cruelmente de Sancho Panza. Pero éste sale victorioso. Más juicioso y sensato que cualquier aristócrata, demuestra ser un gobernador eficaz. En cierta forma, ese relato es una anti-utopía, pues la isla ha sido mejor gobernada -aunque sea efímeramente- por quien menos se esperaba: un simple escudero. Cervantes se mofa así de la nobleza española de su tiempo, como podría burlarse hoy de los gobernantes de ciertas ínsulas y países utopistas.

Para el manco de Lepanto el mejor gobernante habita en el pueblo, pero no en el pueblo como ente abstracto, sino en cierto número de personas que concilian su pobreza con la decencia a tal punto que son capaces de abandonar rápidamente el poder, dejando el trono tan pobres como llegaron a él. Sancho no roba, no aspira al poder absoluto, sabe retirarse a tiempo y solamente quiere hacer el bien a los demás.

La ínsula Barataria es tal vez la única utopía consumada, porque está gobernada por alguien tan sabio y tan sencillo como el inolvidable Sancho Panza. En esa parodia de isla utopista todo funciona tan bien que por fuerza tenía que ser efímera.

En La isla con hélice, Julio Verne describe un paraíso tecnológico que empieza muy bien, pero termina muy mal, como ocurre con todas las utopías que el género humano ha intentado. Una isla artificial de 35 kilómetros cuadrados, movida por gigantescos motores, surca las aguas del Pacífico. A bordo viajan millonarios norteamericanos rodeados de criados ciegos. Al final de la novela, la isla propulsada queda destruida. La metáfora de Verne profetiza el drama de Cuba: esa isla de millonarios comunistas, rodeados de esclavos ciegos, que navega a la deriva hacia el naufragio.

(*) Publicado en Cubaencuentro el 6 de Octubre de 2011.
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agosto 18, 2011

VOLANDO CON VOLTAIRE


VOLANDO CON VOLTAIRE
Por Manuel Pereira
Ícaro y Dédalo, de Jacob Peter Gowy.
Ese viajero incansable que fue Voltaire escribió: “Se ha pretendido en varios países que no le estaba permitido a un ciudadano salir de la nación en que el azar le había hecho nacer; visiblemente el sentido de esa ley es: este país es tan malo y está tan mal gobernado que prohibimos a cada individuo que salga, por miedo a que se vayan todos”.

Sin saberlo, el autor de Cándido estaba describiendo la situación migratoria cubana con más de dos siglos de anticipación. Una situación que se ha traducido durante décadas en nomadismo involuntario impuesto por las autoridades de la isla.

Miles de balseros se han lanzado al mar sobre cualquier objeto flotante. Desplegando ese ingenio que les sobra a los cubanos para la mecánica automotriz, algunos han concebido inventos dignos de la imaginación de Julio Verne, como convertir automóviles y camiones en embarcaciones capaces de llegar a las costas norteamericanas. Estos émulos de Jasón incluso han acuñado el neologismo “camionauta” que todavía los adustos académicos de la lengua no han recogido en su Diccionario, sea por desidia o por desinformación.

El afán de escapar del laboratorio utopista insular ha llevado a algunos a competir con Houdini. Por ejemplo, la bella y valiente mulata Sandra de los Santos, quien se metió en una caja de madera enviándose a sí misma desde Bahamas hasta Miami como si fuera un paquete postal.

Aquí se revela otro mito griego, el de la Caja de Pandora. Los aduaneros de Miami, que esperaban encontrar un motor de barco al abrir el cajón, se quedaron atónitos cuando vieron salir de allí a una esbelta mulata casi asfixiada. Ella no era la suma de calamidades que nos relata Hesíodo, sino la Esperanza en cuerpo y alma. Sandra es nuestra Pandora al revés.

Frecuentemente el drama de la emigración cubana deviene tragedia, como en el conocido caso de Elián, el niño de seis años que fue hallado flotando en un neumático frente a las costas de Fort Lauderdale, único sobreviviente de un grupo de once balseros entre los que estaba su madre.

Aquí de nuevo vislumbramos un arcaico mito en su variación tropical. El niño abandonado en el agua y luego rescatado es una imagen constante en diversas culturas. El agua como elemento femenino o líquido amniótico, el niño escondido en el útero, que es la caja o cesta en la que flota. La leyenda implica un segundo nacimiento.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos balseros han quedado sepultados en el mar, ésa es una estadística cuyas cifras sólo conocen los tiburones del Estrecho de Florida. Es aquí donde la realidad supera a la ficción. La película Náufrago -interpretada por Tom Hanks- es un cuento infantil para colorear comparado con las inenarrables desventuras de los cubanos que huyen por mar. El Relato de un náufrago, de García Márquez, y La expedición de la Kon-Tiki, parecen canciones de cuna cotejados con los infortunios sufridos por estos audaces a bordo de frágiles embarcaciones hechas con tablas y llantas de camión.

La hazaña no consiste solamente en salvar las 90 millas náuticas (166 kilómetros) que separan a Cuba de Cayo Hueso. Antes de enfrentar insolación, deshidratación, vientos, oleajes y tiburones, los balseros tienen que evitar que el Comité de Vigilancia de su cuadra los descubra fabricando la balsa, pues eso podría costarles años de prisión. Al zarpar, tendrán que sortear a las tropas guarda-fronteras y a las lanchas guardacostas, porque si los sorprenden pueden dispararles o, en el mejor de los casos, enviarlos a la cárcel. Por si fuera poco, últimamente, los balseros también tienen que burlar a los navíos de la Guardia costera de EEUU para que no los devuelvan a Cuba si son interceptados en alta mar.

Uno de mis mejores amigos de La Habana Vieja, Reinaldo Bragado Bretaña (q.e.p.d.), cumplió dos años de prisión tras varios intentos fallidos de fuga. Él me contó sus terribles aventuras, recuerdo que se embadurnaba con petróleo para ahuyentar a los tiburones.

Para tornar más desastrosa nuestra situación migratoria tenemos a los “balseros del aire”, quienes corren en el último momento por la pista del aeropuerto habanero para colarse en el tren de aterrizaje de los aviones que despegan hacia destinos europeos.

Estos Ícaros cubanos no son tantos como los que se aventuran en el mar. El cubano -antaño siempre empinando chiringas- no sólo ha devenido trashumante, sino también polizón aéreo con vocación suicida.

¿Qué es volar sino liberarse de la fuerza de gravedad, esa cadena invisible que nos mantiene atados al suelo? Envidiamos en secreto a los pájaros. El mejor atleta del mundo, incluso con garrocha, sólo alcanza a dar unos saltos ridículos comparados con el más ínfimo gorrión. Ésta es quizá nuestra peor y más antigua frustración como especie, a tal punto que el afán de volar ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo, lo cual se refleja en ese sueño recurrente -tan común como universal- en el que volamos felices, pero también en su reverso onírico, cuando sentimos que caemos desde las alturas hacia algún oscuro abismo.

Como si no bastaran las limitaciones que nos impuso la Madre Naturaleza al privarnos de alas y de aletas, siempre aparece algún autócrata deseoso de aplicarnos mayores restricciones en nuestra ancestral libertad de movimientos.

Al igual que en sueños y pesadillas, nuestros Ícaros remontan el vuelo, pero casi todos caen en el intento. El tema del ascenso y la caída tiene una interpretación bíblica: la caída de Adán es un remake de la de Lucifer arrojado del cielo al infierno.

La historia de Ícaro y su padre Dédalo escapando del laberinto de Creta no sólo sugiere la más remota alegoría de la navegación aérea sino tambié el miedo a la libertad, pues simboliza la inseguridad y el infortunio. Estas ascensiones y caídas no podían dejar de tener su eco en el arte. Todo empezó con Harold Lloyd guindando de las agujas de un reloj para seguir más tarde con los personajes de Hitchcock que cuelgan en el vacío o caen abruptamente. El reverso de estas acrobacias, lo vemos en Marc Chagall –poeta de la ingravidez– con sus novios y sus vacas levitantes.

El cubano Adonis Guerrero Barrios es nuestro Ícaro más reciente. Ese joven de 23 años llegó aplastado y congelado al aeropuerto de Barajas, oculto en el tren de aterrizaje de un avión de Iberia procedente de La Habana.


¿Qué grado de desesperación tuvo que experimentar para cometer semejante locura? Durante el viaje en el estrecho compartimiento del tren de aterrizaje hay que soportar temperaturas de 40 grados bajo cero, el vuelo dura nueve o más horas, a casi nueve mil metros de altitud, cruzando todo un océano. Cuando un acto tan temerario se reitera en un mismo territorio muestra el estado de desesperanza de todo un país.


Alguien debería inventar un aparato que voy a bautizar desesperómetro. Con tan sutil artilugio la ONU y otros organismos internacionales podrían medir los distintos grados de desesperación que sufren las naciones. El desesperómetro podría aplicarse en este mundo tan enfermo, país por país, para así poder condenar a los gobiernos que con sus políticas suscitan situaciones tan insoportables que empujan a sus ciudadanos hasta los límites de la enajenación, gobiernos que luego hacen la vista gorda, encogiéndose de hombros y poniendo cara de yo no fui.


En ese hipotético chequeo médico a escala mundial, Cuba exhibiría la fiebre recurrente más intensa. ¿Por qué, tratándose de una isla tan pequeña, ha producido más de la mitad de los polizones aéreos candidatos a una muerte segura? Alguien pudiera pensar que los cubanos somos genéticamente suicidas, pero es el sistema socioeconómico imperante en la isla lo que incita a la gente a incurrir en actos de locura.


Las hemerotecas registran unos quince pasajeros clandestinos que han volado en las ruedas de aviones, de los cuales diez despegaron de Cuba. No sólo nos llevamos la palma en récord tan macabro, sino que inauguramos esa forma de evasión.


El primer caso se reportó en 1969 cuando dos polizones huyeron en un avión de Iberia hacia Madrid ocultos en el tren de aterrizaje. Eran Armando Socarrás y Jorge Pérez Blanco, éste último cayó al mar -igual que Ícaro- durante el trayecto mientras que el otro logró llegar a la capital española, casi congelado, tras un vuelo de nueve mil kilómetros.


Socarrás sobrevivió milagrosamente y figura en el Libro Guinness en el capítulo dedicado a la aviación. Es el único ser humano que, tras experimentar la ascensión y la caída, quedó vivo para contarlo.


Pero sus epígonos no han tenido tanta suerte. El 21 de julio de 1991, otra vez en Barajas, aterrizaron dos cubanos muertos en un aparato de Iberia procedente de La Habana. Eran Alexis Hernández Chacón de 19 años y José Manuel Acevedo Cárdenas, de veinte.


El 22 de agosto de 1999, en el aeropuerto de Gatwick, Londres, aterrizó el cadáver del cubano Félix Julián García, de 28 años, oculto entre las ruedas de un Boeing-777 de British Airways. En septiembre del mismo año, en el aeropuerto italiano de Varese, apareció entre las ruedas de un Boeing-767 el cadáver del cubano Roberto García Quinta. En diciembre del 2000 dos polizones cubanos cayeron muertos desde un Boeing-777 de la British Airways en las cercanías del aeropuerto de Gatwick. Eran Alberto Vázquez y Maikel Fonseca, tenían 16 y 17 años respectivamente. En julio del 2004 otro cubano identificado como Wilfredo D. llegó muerto a Dusseldorf, Alemania, en un avión de la aerolínea LTU. Tenía 20 años.


Y en medio de este lúgubre recuento se aparece Raúl Castro prometiendo -una vez más- flexibilizar la política migratoria. Dijo: “nos encontramos trabajando para instrumentar la actualización de la política migratoria vigente...”


Nótese el gerundio “trabajando”. El problema del gerundio -que tanto gusta a los políticos gerundianos- es que su aspecto durativo denota una acción que no comienza ni se acaba, está en proceso, quién sabe hasta cuándo. El gerundio siempre entraña una vaga promesa y no establece ningún atisbo de culminación. Es la incertidumbre total y, al usarlo, el gobernante cubano se cura en salud, no se compromete a dar una fecha de terminación para esos “trabajos”, no define nada, transmitiendo a la vez un mensaje esperanzador, una falsa señal democratizadora, para engatusar a los bobos que nunca faltan.


La caída de Ícaro, de Brueghel.
Ya desde abril, durante el sexto congreso del partido, se dijo que estaban “estudiando” (¡otro gerundio!) el tema migratorio. Al cabo de cuatro meses de estudios, ¿todavía están devanándose los sesos? ¿Por qué les costará tanto estudio y trabajo hacer algo tan sencillo como repartir pasaportes entre los cubanos, abolir los humillantes desembolsos exigidos por las embajadas, suprimir los arbitrarios permisos y abrir de par en par las puertas de puertos y aeropuertos?


Temen que las ovejas se escapen del rebaño, que la isla se quede vacía. Tienen “miedo a que se vayan todos”, como vaticinaba Voltaire hace más de dos siglos.


Curiosamente en Cuba se han reproducido algunos mitos clásicos a partir de la segunda mitad del siglo XX. Allí renace la fábula Jasón y los argonautas, o camionautas, allí reaparece Ícaro con sus alas de cera así como su desesperado padre Dédalo, ambos queriendo escapar de la isla de Creta cuyas costas permanecen estrechamente vigiladas por el despótico rey Minos. Sandra protagonizó una variante optimista del mito de la Caja de Pandora. El balserito Elián es una especie de Moisés, que en hebreo significa “salvado de las aguas”. La isla padeció una extraña versión de Pasifae cuando Fidel se enamoró de la vaca “Ubre Blanca”, a la que llegó a erigirle una estatua. De hecho, Cuba es un laberinto en cuyo centro centellea el ojo del Minotauro. Después de todo, ¿qué fue aquella obsesión de Fidel con los cruces Holstein-Cebú, las vacas gigantes y las enanas, el toro “Rosafé” y la vaquería “Niña Bonita” sino lo cretense devenido cretinez?


(*) Publicado en Cubaencuentro el 18 de Agosto del 2011.
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