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septiembre 07, 2015

Entrevista: Un Ensayista que escribe Novelas

UN ENSAYISTA QUE ESCRIBE NOVELAS
Por Reinaldo Escobar / 14ymedio

Manuel Pereira no nació en Cuba, sino en La Habana Vieja. En su juventud hizo todos los viajes imaginarios que su febril fantasía le proporcionaba. Se hizo periodista y descubrió en el ejercicio de la palabra una vocación obsesionante. Ahora, después de haber conocido medio mundo, se ha establecido en México, donde hace las dos cosas que más le gusta: escribir y enseñar a escribir a los demás.
Recibe en su habitación de trabajo en el DF, rodeado de libros, cuadros y papeles.
Pregunta. ¿Cómo fue su transición de periodista a escritor?
Respuesta. Me inicié en el periodismo en 1969 y de alguna manera lo soy todavía. Mi primer intento serio con la literatura fue la novela El comandante veneno. La escribí entre 1972 y 1974 aprovechando unas guardias absurdas que teníamos que hacer en la recepción de la revista Cuba Internacional. Envié el manuscrito a un concurso literario que convocaba el Ministerio de las Fuerzas Armadas, llamado Concurso 26 de Julio. Lo mandé allí porque el premio a los ganadores era un viaje a la Unión Soviética con un acompañante y yo tenía entonces la ilusión de llevar a mi padre a Moscú a que conociera la momia de Lenin.
Mi padre había sido miembro del partido comunista y entregó el carné en 1948 porque le había nacido un hijo, que era yo, y quería entregarle toda la energía que le dedicaba al partido.
La novela permaneció secuestrada durante tres años en una gaveta de un teniente que casualmente se llamaba Raúl Castro
Un oficial de apellido Reyes Trejo, no recuerdo si capitán o mayor, que era el presidente del jurado, rechazó mi novela porque según él tenía notables influencias extranjerizantes, especialmente de García Márquez, que en esa época no era amigo de Fidel Castro y aparecía en una especie de lista negra donde estaban todos los intelectuales que habían firmado una protesta por el trato que había recibido en Cuba el poeta Heberto Padilla. Además, el oficial encontró "pasajes pornográficos" en una escena donde un alfabetizador, subido a un horcón se asombra mirando el cuerpo desnudo de una campesina adolescente.
Declararon desierto el premio. Y la novela permaneció secuestrada durante tres años en una gaveta de un teniente que casualmente se llamaba Raúl Castro. Sentí que alguna gente ya no me quería saludar. Comencé a ser visto como un escritor conflictivo y se me empezó a caer el pelo. Finalmente se publicó en 1977, se llevó a una versión de radionovela y más tarde tuvo una segunda edición.
P. No fue a la Unión Soviética, pero publicó El ruso, que es su segunda novela, donde el personaje vuelve a ser un adolescente.
R, Hacia 1962 o 63 estaba de moda ser ruso y el protagonista andaba en pleno verano con un abrigo de astracán. Esta novela tuvo menos promoción. La presentación se hizo en La Habana Vieja. Recuerdo que Eusebio Leal, que entonces no era tan conocido ni tan aceptado en los círculos oficiales, llevó un pequeño cañón que él mismo disparó con una salva. Para algunos jerarcas del Instituto del Libro la novela les pareció un poquito irrespetuosa con la URSS y no quisieron hacerle demasiada publicidad.
P. Entonces viene Toilette, que es la primera novela que usted hace fuera de Cuba y después desaparece por una década.
R. Toilette la empecé en La Habana sufriendo la ausencia de un baño propio en el solar de Mercaderes 2, donde entonces vivía. Ya aquí no se notan tanto las influencias de otros escritores, empiezo a madurar, a tener una voz propia. Me había curado de la fiebre garciamarquiana y de la influencia de Carpentier al que leía mucho y al que pretendía imitar, sobre todo en El ruso, que se desarrolla en La Habana Vieja.
En esos diez años lo más que hice fueron traducciones del francés y del inglés y un poco de periodismo en Barcelona. También impartí talleres literarios en Cadaqués y en una cárcel de Mallorca. Tenía que comer, pero además eso de la traducción es un trabajo que cuando uno se implica en él se universaliza.
'Insolación' está inspirada en una ocasión en que le regalé a Fidel Castro un dibujo que hice de él en una servilleta
P. Estamos en el 2006, y en Insolación, publicado en México, ya usted se muestra directamente como un contestatario que critica sin subterfugios a los gobernantes cubanos. A partir de esa novela Manuel Pereira se convierte en lo que las editoriales llaman un escritor productivo.
R. Sí, lo que pasa es que ahora esa novela me parece demasiado larga, aunque la historia transcurre en media hora. La gente no compra libros tan voluminosos, pero la insolencia del protagonista, que se atreve a decirle que no a Fidel Castro, me sigue pareciendo una buena trama, que está inspirada en una ocasión en que le regalé a Fidel Castro un dibujo que hice de él en una servilleta y que reproduzco de memoria en una de sus páginas.
En México encontré más tiempo para escribir y trabajos que se adecuaban mejor a mis intereses. Me siento mejor que en Europa, que se me hizo cruel. México es amable, "me apapacha" como se dice por aquí. Me puse como meta recuperar ese tiempo y en 2006 aparece una colección de cuentos bajo el título Mataperros ,en 2010 viene Un viejo viaje y la última, El beso esquimal en 2015.
P. ¿Se puede afirmar que toda su narrativa es de alguna manera autobiográfica, que nada más habla de sí mismo?
R. Casi todo lo que cuento lo he vivido, pero también narro la vida de mi generación. Ya la primera se la dedico "a todos los que cambiaron tenis por botas". Como sabe, le decimos tenis a las zapatillas deportivas y casi todos nosotros tuvimos que marchar en aquellas brigadas juveniles y luego en la alfabetización y en la recogida de café y el servicio militar... Muchas botas que hemos roto.
Esa es nuestra generación, la que creyó en tantas cosas y de tantas cosas se desilusionó
Esa es nuestra generación, la que creyó en tantas cosas y de tantas cosas se desilusionó. Pero también somos aquellos que sufrimos todas esas acusaciones de ser extranjerizantes, autosuficientes o padecer de alguna desviación ideológica. Hoy les agradezco a todos los inquisidores que padecí, aquellas descalificaciones que me excluyeron de estar en las aburridas reuniones de sus organizaciones políticas y que me dieron tiempo para leer a Marcel Proust, entre otros grandes.
P. ¿Y los ensayos?
R. Es en La quinta nave de los locos que empiezo a depender menos de las grandes voces que me habían obsesionado. Ese es el último libro que publico en Cuba, ahí descubro que más que contar historias o anécdotas lo que más me interesa es reflexionar. El libro obtuvo el premio nacional de la crítica del año 1988.
La prisa sobre el papel que es más bien una antología de artículos, Biografía de un desayuno, que incluye los textos de La quinta nave de los locos más cinco nuevos y finalmente, El Ornitorrinco y otros ensayos.
En realidad escribo novelas para que el público me conozca y se anime a leer mis ensayos, quisiera ser recordado, o al menos clasificado, como un ensayista que escribía novelas y no al revés.
P. Se maneja mucho un concepto que para hacer ensayos necesariamente hay que ser académico y lo que es peor, que es obligatorio cumplir con los estrictos requisitos de la academia. ¿Esa es su aspiración?
R. De ningún modo. Ese es el ensayo académico que es el que no leo y hasta combato. Son tesis doctorales que pueden tener alguna utilidad práctica, pero cuyo triste destino suele ser envejecer en los oscuros almacenes de las bibliotecas universitarias. En el mejor de los casos consiguen ser citados en otro ensayo académico, para ser parte de un curioso ciclo de reconocimiento recíproco. Prefiero ser un seguidor de otra tradición, la de Montaigne, Cioran, Tanizaki, Chesterton... que rompen con la camisa de fuerza de la academia.
P. Se dice que de joven incursionó en la poesía.
R. Sí, es cierto, pero el problema es que en ese tiempo conocí a Lezama y me di cuenta de que yo solo era un poetastro.
Hay algunos editores que se creen dioses y tienen la idea de que le hacen un favor a un escritor cuando les publican algo. Sin escritores no hay editores
P. ¿Cómo le va con los editores?
R. ¿Me está provocando? Hay algunos que se creen dioses y tienen la idea de que le hacen un favor a un escritor cuando les publican algo. Sin escritores no hay editores. Nosotros somos anteriores. Algunos ni te contestan; a veces me sacan de quicio y me da mucho placer poder decirlo antes de morir. Claro que hay excepciones como un joven cubano residente en Holanda que se llama Waldo Pérez Cino y dirige la editorial europea Bokeh, que publica en español y distribuye en toda Europa y New York. En México me ha publicado Textofilia, con los que me va bien.
P. Cómo maneja ese dilema que a veces tienen los escritores entre el deseo casi vanidoso de decir lo que se quiere decir y ese otro que llaman "la responsabilidad social del intelectual" que lo lleva a trabajar en lo que debe hacer o con lo que tiene un compromiso.
R. No tengo ese dilema. Lo que yo quiero decir coincide con lo que entiendo que tengo que decir. Soy testigo de una época. He vivido y he visto muchas cosas y quiero dejar un testimonio. No al estilo de Truman Capote, sino un testimonio novelado, donde tenga libertad de apelar a la ficción y de manejar el idioma de forma creativa.
P. Ahí suele aparecer otro dilema entre querer hacer todos los malabarismos con las palabras y con las construcciones idiomáticas, o escribir para ser fácilmente leído.
R. Ahí sí hay un dilema. Trato de hacer ambas cosas, pero si uno se pone a exagerar complicando la prosa, entonces nadie te entiende. El propósito ha de ser una prosa amena, que al mismo tiempo sea seductora, intrigante y también erudita. En Insolacióncreo haberlo logrado.
P. Proyectos actuales. ¿Alguna novela? ¿Cómo se llama?
R. Precisamente ayer encontré el final de mi próxima novela, que lo tengo aquí en estos papeles donde parece que hay mapas y diagramas. Pero hasta que no apareciera el final no podía seguir escribiéndola, que es como empezar a terminarla. Se desarrolla en Cuba, poco antes del Período Especial, pero no quiero hablar del tema porque si lo cuento se descubre el título y eso no se lo digo a nadie bajo ningún concepto. Lo importante es que ya tengo el final, así que este año pudiera estar publicada.
P. ¿Tiene el plan, la fantasía, de algún día regresar a vivir en Cuba?
R. No, en tanto no haya en Cuba un cambio profundo y se convierta en una sociedad democrática, donde se respeten los derechos, al menos los mínimos. El día que eso ocurra, si es que ocurre, podré volver.


julio 28, 2013

El Ornitorrinco al descubierto

EL ORNITORRINCO Y OTROS ENSAYOS
ENTREVISTA A MANUEL PEREIRA

Click en la imagen para escuchar. La entrevista comienza en el minuto 21.25
Radio Educación, 16 de Julio del 2013.

abril 24, 2013

Entrevista en Telefórmula a Manuel Pereira


ENTREVISTA EN TELEFÓRMULA A MANUEL PEREIRA 
SOBRE SU VIDA Y SU MÁS RECIENTE PUBLICACIÓN: 
EL ORNITORRINCO Y OTROS ENSAYOS
"Pulso" de Telefórmula. Entrevistó Claudia Corichi. Ciudad de México. Abril 2013.
La entrevista comienza en el minuto 10:40

abril 10, 2013

Ser Cultos para ser Libres


Entrevista a Manuel Pereira:
SER CULTOS PARA SER LIBRES
Por Gabriel Martínez Bucio

En el 2004, el escritor cubano Manuel Pereira llegaba a México tras trece años de peregrinar por Europa y el norte de África. Cargaba únicamente dos maletas. En una llevaba su ropa, y en la otra, sus pertenencias más preciadas: el manuscrito de su novela Insolación, y algunas joyas de la literatura universal: ParadisoRayuelaCien Años de Soledad, y El Reino de este mundo, entre otras, todas dedicadas por sus respectivos autores. Fueron las únicas obras que pudo traer consigo desde España. Había perdido una biblioteca de tres mil volúmenes: “Ya no quiero acumular más bibliotecas. Ya he perdido dos, que es como perder a dos hijos entrañables. No quiero sufrir más a causa de los libros que uno tiene que dejar atrás por las turbulencias de la vida”, sentencia Pereira mientras se le asoma una reminiscencia de rumba en sus dedos que dibujan historias en el aire.
Nueve años después –como una variación de Monsieur Teste–, el escritor solamente atesora algunas obras en su estudio. Destacan los libros que ha escrito en México: Insolación (Diana, 2006), Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, 2008), Un Viejo Viaje (Textofilia, 2010), Mataperros (Textofilia, 2011) y el más reciente: El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013). “En México encontré la alegría de vivir y las ganas de escribir”, dice Manuel mientras, emocionado, abre su nuevo libro y lo huele como si aspirara el alma de su propia creación.

1) ¿Por qué elegir al ornitorrinco (ese animal tan extraño) para el título de tu libro? En el París de agosto de 1986, mientras escribía mi ensayo “La verdad sospechosa”[1], me asaltó por primera vez la imagen literaria y plástica del ornitorrinco. Ese animal representa una misteriosa unidad cósmica: cosas distintas que de pronto se conectan formando una sola cosa. Esa heterogeneidad que se unifica es casi un método poético y mi estilo literario, por esa época, ya se orientaba en ese rumbo estético. 
En el ensayo mencionado está ya mi obsesión con ese animal tan extraordinario, al que, por cierto, nunca he visto en persona. El primer relámpago me vino de Einstein, pues en alguna página suya él compara el espacio-tiempo con un molusco. De la idea del molusco matemático, salté a la del ornitorrinco, animal que por aquel entonces creí descubrir en una curiosa imagen de El Bosco y también en una ilustración de Jean Colombe.
Este animal hubiera podido ser la mascota de Poe y de Baudelaire. Es la excepción de la excepción que Alfred Jarry anteponía a las aburridas reglas del positivismo y del cientificismo.
A partir de entonces he estado viendo o intuyendo ornitorrincos por doquier y a todas horas. Muchos años más tarde, retomé la idea del ornitorrinco combinándola con lo onírico, por asociación fonética y conceptual. Y de ahí surgió este libro de ensayos. 

2) ¿Qué temas tocas en El Ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013)?
Los temas que abordo son aparentemente muy diversos, pero en el fondo, si te fijas, siempre estoy hablando de palimpsestos. Un Ornitorrinco es un palimpsesto biológico y, a partir de ahí, en todos mis ensayos, asoma esa noción. Aparte de eso, este libro tiene otra unidad temática, que soy yo. Como decía Montaigne: "yo soy la materia de mi libro".

3) Si tú mismo eres el eje donde giran estos ensayos ¿podrías contarnos cómo te iniciaste en el mundo de las letras?
Me inicié en la literatura de la manera más extraña: con un robo frustrado. Cuando tenía ocho años andaba merodeando por una librería de mi barrio junto con un amigo mataperros. De pronto, vi un libro de Julio Verne: Aventuras de un niño irlandés. Me fascinó la portada. Me lo eché dentro de la camisa y salí corriendo. Me persiguieron por la calle Obispo. Me agarraron y me llevaron al cuartel de la policía. Allí apareció mi padre y soltó ante los uniformados un conmovedor discurso que incluía dos citas de Martí. Una rezaba: “robar un libro no es robar”, cita apócrifa; y “hay que ser cultos para ser libres”, esta vez auténtica. Esas dos frases –mezcla de verdad con mentira– se me quedaron grabadas y desencadenaron toda mi experiencia literaria posterior. Ahí empezó mi ya larga aventura intelectual y espiritual.

4) ¿Cómo reaccionó tu madre ante el suceso?
Mi madre, abochornada porque había intentado robarme un libro en la librería más elegante de la ciudad, decidió poner fin a esas travesuras. Me compró, poco a poco, todos los libros de Verne. Así empecé mi primera biblioteca integrada únicamente por obras de ese autor que me encandiló y que sigo releyendo todavía a mis años. Aquella biblioteca infantil creció con los años hasta alcanzar cuatro mil volúmenes. La perdí cuando me fui de Cuba para siempre. Luego otra biblioteca creció a mi lado allá en Barcelona: tres mil ejemplares. También la perdí cuando me fui de España y vine a México.

5) ¿Cómo se ve reflejada esa infancia en tus cuentos?
Los mataperros. Pereira al centro.
A través de las correrías y peripecias de una pandilla de niños pobres en el barrio de La Loma del Ángel, en La Habana Vieja, donde nací y crecí. Por ejemplo, en mi libro Mataperros (Textofilia, 2012) se describe un mundo que, a ratos, se parece a Los Olvidados, de Buñuel. La forma de hablar de los personajes es la germanía de la Habana Vieja de aquel tiempo; este libro aspira a resumir el espíritu de aquella época...

6) ¿Qué olores evoca La Habana de tu infancia?
Hay dos etapas: antes de 1959, para mí todo olía a fufú de plátano, pero a partir de enero del 59, cuando entran los barbudos en la ciudad, todo olía a pólvora quemada. El océano no olía, probablemente porque naciendo a cien metros del mar, ya uno nace con esos efluvios en los pulmones y en el alma.

7) ¿Cuándo supiste que querías ser escritor?
Estando en el ejército, hacia 1966-67, con 18 años de edad, empecé a escribir cartas para los reclutas de mi campamento. Eran cartas para sus novias, que ellos me pagaban con cigarros. Todos me decían que yo escribía tan bien que las muchachas se enamoraban enseguida. Y por supuesto, tuve que escribir muchas más para aquellas novias que no eran mías, pero en cierta forma sí lo eran. Así fui descubriendo que tenía algún don para la escritura… Empecé a escribir poemas y cuentos. Fueron los primeros géneros que cultivé. Más tarde, ya desmovilizado, ejercí el periodismo mientras estudiaba artes plásticas. Después dejé de pintar, también dejé de escribir poesía, y me dediqué a la novela y al cuento. Posteriormente me inicié en el ensayo.

8) ¿Cómo fue que te hiciste discípulo de Lezama Lima?
Una remota tarde de 1969 me presenté en su casa, que, mira qué casualidad, quedaba muy cerca del apartamento de mi mamá. Yo había intentado leer su novela Paradiso, sin entender casi nada. Yo tenía 20 años y era demasiado inculto todavía para captar sus esencias. Pero eso, lejos de amilanarme, me impulsó a conocer al autor de aquel enigma. Toqué a su puerta. Salió su criada y me dijo que el gran escritor estaba durmiendo la siesta. “¿Es de la parte de quién?”, me preguntó. “Dígale que vino a verlo un joven poeta”. Ya yo me iba y ella estaba cerrando la puerta, cuando se oyó una voz baritonal desde el fondo de la casa que decía: “si es un joven poeta, déjelo pasar”. La criada me cedió el paso haciéndome casi una reverencia. Así empezó mi amistad y mi aprendizaje literario con aquel gran maestro. En mi ensayo “El curso délfico”[2] cuento todo esto y mucho más con lujo de detalles.

9) En enero de 1991 saliste definitivamente de la isla y unos años más tarde impartiste clases de literatura en una cárcel española ¿Cómo fue esa experiencia? Sucedió durante mi exilio en Barcelona, en 1996. Yo había impartido ya varios cursos de creación literaria en la capital de Cataluña y también en la mítica playa de Cadaqués. Una de mis alumnas era hermana del director de la cárcel de la isla de Mallorca y le habló para que yo impartiera mi taller literario allí a un grupo de reos seleccionados a partir de su interés en la literatura. El director aceptó mi plan, que fue considerado por la prensa española como “un proyecto pionero para la reeducación de presos”. El primer día, mientras yo me acercaba a pie a la cárcel y veía las manos saliendo por las ventanas enrejadas, gente gritando desde abajo, sentí que me iba a meter de cabeza en el infierno. “¿Qué rayos hago aquí?”, me pregunté, pero ya era demasiado tarde, ya estaba en la puerta presentando mis credenciales. Abrieron todas las rejas, pasé a entrevistarme con el director, y luego entré en un calabozo enorme, lleno de presos sentados en sus pupitres. Me miraban curiosos, algunos hacían muecas de desprecio o se reían burlones. Yo podía sentir que algunos me rechazaban, porque me vinculaban a la dirección del Penal: me veían como el enemigo. El director de la cárcel dejó dentro de la celda-aula a un guardia con arma larga parado al fondo. Eran unos treinta presos en total. Más hombres que mujeres. Había traficantes, ladrones, asesinos y hasta corruptores de menores. Yo había leído todos los expedientes 

En Ciudad Rodrigo, España, 1991.

delictivos de mis futuros alumnos un par de horas antes de entrar a la jaula para impartir mi primera clase. Empecé a hablar del poema “El Cuervo”, de Poe. En la mínima biblioteca de la penitenciaría había un solo ejemplar de Poe. Mandé a hacer fotocopias del poema. El guardia armado abría y cerraba el candado de la puerta de barrotes del calabozo-aula. Un reo me gritó desde el fondo: “¡Joder, este tío armado nos pone nerviosos, y así no se puede estudiar!”. Risotadas. Patadas. Puñetazos en los pupitres. Libretas lanzadas de una fila a la otra. Empujones entre ellos, palabrotas, ojos furiosos, amenazas. Yo sonreí. Le pedí al gendarme que saliera. Se negó. Mandé llamar al director, quien me susurró que el guardia era para mi seguridad. Le dije que no iba a pasar nada, aunque por dentro me daba cuenta del peligro a que me exponía. En mi infancia con los mataperros yo había aprendido algo esencial: se puede sentir miedo, pero jamás hay que demostrarlo. El guardia finalmente salió y cerró la puerta tras de sí. Me quedé solo en aquella jaula con aquellos treinta desconocidos. Seguí hablando de Poe como si nada. Cuando renuncié al custodio armado, me gané la confianza, y hasta el cariño, de aquel alumnado tan especial. Pasaron muchas cosas increíbles durante seis meses. Un preso, asesino confeso, tenía una novia, y ella se sentaba junto con él durante mis clases. Era bonita dentro de esa fauna tan vulgar que habita las cárceles. Les dieron un permiso a los dos. Y él la mató a ella durante el permiso. Lo sentí muchísimo, pues ambos me caían muy bien. Es curioso que habiendo empezado yo en la literatura delinquiendo terminara dándoles clases de literatura a delincuentes profesionales. Muchos escribieron cuentos que todavía conservo. Algunos no los firmaban, ponían seudónimos, y dejaban en mi mesa los textos antes de que yo entrara en el aula… en esos cuentos o poemas contaban sus peores fechorías. Yo sabía quiénes eran los autores, pero no lo daba a entender. Nunca le preguntes a un prisionero por qué está preso, mejor espera a que él te lo diga. El último día me hicieron una fiesta, con un cake y refrescos, dentro del calabozo académico. Fue uno de los momentos más emocionantes en mi ya larga experiencia magisterial. El elogio más bello que recibí de ellos fue el siguiente: “las horas que pasamos con usted, sentimos que no estamos presos, sentimos que esas rejas desaparecen y que somos libres”. Ahí comprendí, mejor que nunca, el valor de la cultura, y la importancia de aquella frase de Martí: “ser culto para ser libre”. Siempre los recordaré a todos, uno por uno, sus rostros, sus apodos, sus jergas hampescas, su armamento confeccionado con bolígrafos y cucharas, sus gestos violentos. Ahora que lo pienso: en cierta forma, fueron mis segundos Mataperros, o la reaparición de mis Mataperros en otro tiempo y en otra isla tan lejana de mi isla natal…

10) ¿Me podrías contar cuando Cortázar te llevó con las prostitutas en París?
Ja ja ja… Eso fue en la rue Saint-Denis. Me enseñó toda la calle, sus recovecos, sus sórdidos y tentadores callejones, algunos bares, los peep-shows, los trileros con sus mesitas casi en medio de la calle… aunque debo decir que mi otro Virgilio en esas andanzas infernales fue el pintor cubano Wifredo Lam, quien me descubrió el barrio de Pigalle, el Moulin Rouge, las prostitutas enfundadas en cuero restallando sus látigos en las esquinas… También tuve una Virgilia de lujo: Ugné Karvelis, la compañera sentimental de Cortázar, mujer cultísima que se parecía mucho a la Maga de Rayuela y que disfrutaba haciendo creer que lo era. Fue ella quien me enseñó a callejear por otros barrios más bien intelectuales: el Barrio Latino, la Sorbona, el mítico Café “Les Deux Magots” y el no menos legendario “Café de Flore”, los bouquinistes con sus cofres verdes a orillas del Sena, la librería esencial “Shakespeare and Company”, y la misteriosa calle “Git-le-Coeur”, donde yace su corazón.

11) ¿Tienes alguna anécdota sobre tu obsesión de buscar lugares sagrados de la literatura mundial en tus viajes? Buscando la casa de Proust en París descubrí que era un banco y no había ni una sola placa conmemorativa. ¡Qué horror! Y eso que estaba nada más y nada menos que en París.
En la playa de Lido andaba yo tras los pasos de Thomas Mann. Fui al Gran Hotel des Bains, donde él se alojó y concibió Muerte en Venecia. Pasé por la terraza, no vi ninguna placa ni nada que aludiera a él. Fui a ver al recepcionista, le pregunté si había alguna habitación dedicada al escritor alemán, pues suponía que debía haber una habitación que lo recordara (como sí ocurre con el hotel donde murió Oscar Wilde en la calle de Beaux Arts, en París); entonces el recepcionista muy elegante de guantes blancos, botones dorados, etc., cogió un gran libro, checó una larga lista de nombres y me dijo: “lo siento mucho, el señor Thomas Mann no está alojado aquí”. ¡Increíble! Salí de allí perplejo y me senté en la arena a contemplar el mar.

12) ¿Cómo fue tu relación con García Márquez?
A pesar de sus inclinaciones políticas, que respeto pero no comparto, el Gabo fue un maestro para mí, alguien que además me ayudó a difundir mi primera novela (El Comandante Veneno) en Italia, y siempre le estaré agradecido por eso. Hace poco lo encontré en su cumpleaños. Después de muchos años sin vernos fue un encuentro muy afectuoso. Nos pasamos parte de la velada juntos comiendo un cake de chocolate. Él me robaba pedazos, como un niño travieso. En un momento dado, le recordé que él me había recomendado un libro que me impactó mucho. “¿Qué libro?”, me preguntó. “El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta”, le contesté. “¿Pigafetta? No lo recuerdo. ¿De qué trata ese libro? ¿Me lo puedes prestar?”. En ese instante comprendí que el tiempo había experimentado un brusco giro poniéndome a mí en la situación de revelarle a él algo que él me había enseñado treinta años atrás. ¡Alucinante!

En París, escenario de su novela Toilette.
13) Antes de sufrir el exilio definitivo, trabajaste como agregado cultural de Cuba ante la UNESCO. Pero ¿por qué renunciaste a tu cargo en 1988?
La perestroika y la glasnost fueron dos procesos que me ilusionaron mucho, a diferencia de la posición oficial cubana, opuesta a introducir la más mínima reforma en la isla. Estas fueron las principales discrepancias ideológicas con mis superiores por las que renuncié.

14) ¿Qué repercusiones tuvo esa renuncia en tu vida?
En vez de quedarme en París, volví a Cuba. Casi todos me dijeron que estaba loco. Mi padre estaba muy enfermo y yo quería estar cerca de él en sus últimos días y asistir a su entierro. Esta fue la razón emocional más poderosa de mi “locura”.
Pero también regresé a la isla pensando, ingenuamente, que el gobierno cubano, pese a sus alergias a las reformas, acabaría adoptando alguna variante tropical de la perestroika y de la glásnost. Sin embargo, descubrí con una mezcla de dolor y estupor que el estalinismo no era algo que le hubieran impuesto a Fidel Castro en una de las encrucijadas de la Guerra Fría, sino una forma de gobierno que le venía como anillo al dedo para satisfacer su infinita sed de poder total. Pasé dos años en el ostracismo interior, ninguneado, sin empleo, al final incluso amenazado. Tras la muerte de mi padre y en cuanto se presentó la ocasión, hice las maletas y me fui a Alemania con el firme propósito de no regresar nunca más.

15) ¿Cómo ha afectado la censura en Cuba a tu obra?
Hace más de veinticinco años que en la isla no se publica ni un solo renglón de mi autoría. Estoy en la famosa lista negra, soy un fantasma en mi país natal. Pero con ese ninguneo tan prolongado, me han convertido en una leyenda. La censura suele ser la mejor forma de publicidad para un escritor, y además es gratuita. Hace poco supe que mis libros se fotocopiaban en la isla, pasando clandestinamente de mano en mano. Ahora, con las nuevas tecnologías, muchas más personas me leen, o saben que existo, ya sea por internet, por facebook, por twiter, etc.

16) Si pudieras definir brevemente a Fidel Castro, ¿qué dirías?
Fue un hombre al que yo admiré mucho en mi niñez. Fue mi héroe, y el de millones de cubanos. Alguien que finalmente prefirió ser temido a ser amado. Y por eso nos ha defraudado a tantos. Casi todo lo que hizo bien al principio con su cabeza y con su corazón, lo destrozó después con sus botas. A veces siento lástima por él, por la manera en que estropeó sus mejores posibilidades dando al traste, de paso, con las del país. Lo más patético es que ha vivido lo suficiente para ver cómo otros desmantelan el tinglado que él armó.

17) ¿Y al Che, cómo lo definirías?
El Che es la honestidad en el error. Él creyó en su error, que fue múltiple: ideológico, económico, geopolítico, estratégico… pero por lo menos fue consecuente con sus convicciones y murió por ellas, lo cual no quiere decir que sea un ejemplo a imitar. Porque alguien que está dispuesto a matar por sus ideales, puede también matarnos si descubre que no pensamos exactamente como él. Y eso es un crimen político. Por otra parte, es una ironía de la historia que siendo él tan anticapitalista haya terminado decorando camisetas o playeras, tazas, mecheros, pantalones vaqueros, o sea, convertido en un ícono más del consumismo. Del comunismo al consumismo, no hay más que un paso.

18) ¿Para ti qué es el exilio?
El exilio es la muerte, pero también puede ser la resurrección. El mío comenzó en 1991 y ha sido un duro renacer. Mueres y renaces, en una dolorosa palingenesia.

19) ¿Piensas volver algún día a Cuba?
Cuando aquello cambie real y profundamente, tal vez entonces volveré.

20) ¿Qué sería lo primero que harías al regresar?
Presentación El Ornitorrinco y otros ensayos.
Ante todo, visitar las tumbas de mis seres queridos. Después, si me alcanzan las fuerzas, volver a subir la montaña de El Veneno, en la Sierra Maestra, donde alfabeticé a cinco campesinos a los 12 años de edad.
21) ¿Qué encontraste en México?
Aquí recuperé las ganas de escribir. Descubrí la alegría de vivir, un pueblo muy noble, donde hasta los más humildes son muy educados, en el sentido de urbanidad; encontré una verdadera economía de mercado libre en los tianguis que descienden de aquel mercado de Tenochtitlán que tanto fascinó a Hernán Cortés y a Bernal Díaz del Castillo. Aquí encontré la picaresca, un sentido del humor muy próximo al cubano, los albures, la simpática costumbre de ponerle apodos geniales a todo el mundo, los manjares más fascinantes, los desayunos más pantagruélicos, el surrealismo a cada paso, las mujeres más bonitas, risueñas y apapachadoras del mundo.

22) ¿Qué década de tu vida recuerdas con más cariño?
Mi época favorita es cuando yo tenía 21 años. Mis padres estaban vivos. Yo comía con mi abuela todos los días. Era periodista en una revista de mucho prestigio dentro de la grisura oficial predominante en la prensa cubana. Tenía novias muy bonitas. Tenía al mejor maestro de literatura del mundo: José Lezama Lima. Viajaba mucho por las provincias descubriendo centímetro a centímetro mi país. Tenía excelentes amigos en la revista donde trabajaba, todos poetas, músicos y locos, todos brillantes. ¿Qué más podía pedir?

23) ¿Cómo es tu proceso de creación?
Trabajo mucho con la intuición, casi en estado de trance, pero también programo más o menos toda la estructura de la novela, capítulo tras capítulo. Algunas situaciones cambian mucho entre lo planeado y lo finalmente publicado. Lo más importante es tener bien claro, desde el primer momento, cuál será el final. Lo demás es refinar el lenguaje, dotarlo de calidad poética, para que la novela no sea tan solo un simple pasatiempo para leer en el tren o en el avión, sino también una forma del conocimiento, un destello en la oscuridad, capaz de enriquecer espiritual e intelectualmente a los lectores.

24) ¿Qué ha cambiado en Manuel Pereira a lo largo de los años?
Me he quedado calvo, las nieves del exilio me han tumbado la techumbre. Lo que no he perdido es la capacidad de reírme de todo, incluso de mí mismo.

25) ¿Qué tiene de especial tu vida en estos momentos?
Soy un volcán en erupción, escribo sin cesar. Soy un géiser de creatividad. Estoy lleno de proyectos: literarios, académicos, culturales. ¡Ojalá Dios me dé tiempo para cumplir con todo eso!

26) ¿Qué es lo que más extrañas de Cuba?
Después de tantos años de desarraigo, ya casi no extraño nada. Yo perdí a Cuba, pero gané al mundo. Vivo según la sentencia de José Martí: “sin patria, pero sin amo”.

27) ¿La vida como escritor?
Una maldición divina, un castigo de los dioses.


Literatura: un espejo astillado que reinventa la realidad.
Felicidad: ¿qué es eso?
Lezama Lima: el Buda de la calle Trocadero 162 que me enseñó a ver lo invisible iniciándome en las lecturas profundas.
Borges: el otro Buda latinoamericano, esta vez en el Cono Sur, y al que lamentablemente no pude conocer.
Louis Ferdinand Céline: escritor siempre muy controvertido, literariamente es sin duda tan grande como Marcel Proust. Para mí Viaje al fin de la noche fue una lectura fundamental.
Franz Kafka: el genio de las atmósferas, un escritor expresionista que siempre logra envolvernos sin que sepamos cómo ni cuándo. Junto con Joyce y con Proust, es uno de los tres pináculos literarios del siglo XX.
Fernando Pessoa: el poeta que se multiplicó a través de sus heterónimos enriqueciéndonos a todos.
Jorge Cuesta: alquimista genial injustamente olvidado. Deberían poner su estatua en el Paseo de la Reforma.
Alfonso Reyes: Es Sócrates extraviado en un tianguis, o Platón ante la Visión de Anáhuac. Es el embajador del Helenismo en México.
Harold Bloom: El mejor crítico y teórico literario norteamericano vivo, sin pelos en la lengua, políticamente incorrecto.
Lautréamont: uno de mis demonios más recurrentes, que me persigue desde hace 43 años.
Platón: Siempre hay que releerlo. Fue uno de los heterónimos de Sócrates.
El amor: ¿a cuál de las tres o cuatro formas de amor te refieres?
La muerte: es vía, no término.
Los padres: lo más sagrado.
París: la ciudad donde aprendí a pensar.
Ciudad de México: Patria del Surrealismo y el lugar donde probablemente me toque morir.

–––– 
[1] Biografía de un Desayuno. Miguel Ángel Porrúa. Ciudad de México: 2008.
[2] Este ensayo forma parte del libro Biografía de un desayuno, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México.

febrero 18, 2013

ENTREVISTA A YOANI SÁNCHEZ



YOANI SÁNCHEZ: LA BLOGUERA DE LA LIBERTAD
A PROPÓSITO DE SU VIAJE DE 80 DÍAS POR EL MUNDO
Por Manuel Pereira


La bloguera cubana Yoani Sánchez fue nombrada recientemente "Héroe de la libertad de prensa en el mundo" por el Instituto Internacional de la Prensa (IPI) y, poco después, ganó el Premio Príncipe Claus.
Esta joven filóloga, residente en La Habana, ya había recibido, entre otros, el Premio de Periodismo Digital Ortega y Gasset. En el 2008 fue elegida por la revista TIME una de “las cien personalidades más influyentes del mundo”, y su blog “Generación Y” fue distinguido, por esa misma revista, como uno de los 25 mejores del mundo. En noviembre de 2009, el Presidente norteamericano Barack Obama respondió a un cuestionario que ella le dirigió a través de Internet: siete preguntas y respuestas que le dieron la vuelta al mundo.
En un país como Cuba, donde los medios de comunicación son propiedad del gobierno, ella es la otra cara de la “verdad” oficial. Día tras día, Yoani cuenta en su blog lo que la propaganda disfrazada de periodismo calla, tergiversa o edulcora. Ella nos revela, en sus más mínimos detalles, el lado oculto de la realidad.
Gracias a las más avanzadas tecnologías Yoani ha logrado romper los muros de la censura vigente en ese museo -o mausoleo- de la Guerra Fría que es Cuba. Por eso la odian tanto en los círculos oficiales, por eso incluso ha sido víctima de atropellos físicos, insultos y arrestos arbitrarios.
Valiente y frágil muchacha que informa más y mejor que cualquier agencia de prensa internacional radicada en La Habana. Sin perder la calidad de su escritura, sus textos describen las penurias cotidianas de la población, son una denuncia a favor de la libertad de expresión y proclaman el derecho de cualquier ciudadano a disentir del pensamiento oficial.

- Ante todo, Yoani, quiero felicitarte doblemente: por los 35 abriles que acabas de cumplir y por tan merecidos premios. Ahora cuéntame cómo empieza un día cualquiera de tu vida -le pregunto en una llamada de larga distancia desde México.
-Todos mis días son diferentes, tal vez porque la realidad cubana no permite una rutina. Esto es un delirio, es como en tu libro La quinta nave de los locos. Desde pequeña estoy acostumbrada a levantarme a las 6 de la mañana. Además, tengo que hacerlo porque tenemos que despertar a mi hijo para que llegue a tiempo a la escuela. Me pongo frente al televisor y me disparo el noticiero nacional, donde uno no se entera de nada, pero por profesionalismo periodístico lo veo de todas maneras. Ese es el momento mágico del día, cuando mi esposo (el también periodista digital Reinaldo Escobar), mi hijo Teo y yo nos sentamos a desayunar. Estamos los tres frente al sol, pues este edificio prefabricado yugoslavo está orientado en esa posición, así que el sol entra por el balcón y nos descubre en nuestra mesa desayunando. Después de eso, bajo a la calle, puedo estar dos horas en una cola para comprar malanga, o bien doy clases de español desde las 9 hasta las doce del día. De eso vivo hace años, al principio empezó Reinaldo con las clases a turistas alemanes, y luego los dos empezamos a dar repasos de español a estudiantes cubanos, aunque debo decirte que después de que empezó a salir mi blog, algunos han cogido miedo y no han venido más...
- Ustedes viven en un edificio bastante alto, en el último piso, que es el catorce...  ¿Cómo se las arreglan cuando hay interrupciones de suministro de agua?
-Eso es angustioso, para que tengas una idea: hace un año hicimos una remodelación en la cocina que estaba desastrosa, y tuvimos que fundir una meseta nueva. Para hacer la mezcla con cemento, poner las cabillas y todo eso, tuvimos que usar agua de la pecera... le pedimos prestada un poco de agua a los peces... Cuando no hay agua, tenemos que cargar cubos escaleras arriba, catorce pisos, y en ocasiones... simplemente ahorramos, somos faquires, y no nos bañamos durante algunos días (risas).
- ¿Qué ocurre cuando se rompe el elevador?
-Este edificio se inauguró en el año 1985, los ascensores originales eran soviéticos, y eran una calamidad. No hace mucho los cambiaron por otros rusos. Hay una diferencia importante entre la tecnología “soviética” y la “rusa”. Estos rusos son un poco más estables, se rompen con menos frecuencia, aunque eso es también gracias a que Reinaldo los repara y les da mantenimiento.
- ¿Qué haces cuando hay cortes de luz?
-En los últimos dos años han disminuido los apagones, de todas maneras aquí no puedes contar siempre con electricidad... Parece que las autoridades se han dado cuenta de que hay una relación entre los cortes eléctricos y la insatisfacción popular, así que han tratado de que los apagones no se repitan tanto como antes.
- Algo tan sencillo para cualquier ciudadano del mundo civilizado como es encender la computadora en su casa y conectarse a Internet, para ti es una hazaña cotidiana. Cuéntame cómo haces para conectarte a Internet.
-No tengo Internet en la casa, yo me conecto en los hoteles. Al principio entraba en los hoteles mascullando palabras en inglés o en alemán, haciéndome pasar por extranjera. Después Raúl Castro autorizó que los cubanos entraran y se alojaran en hoteles. Así que aproveché esa nueva circunstancia, y ahora puedo entrar sin tener que fingir que soy turista... Claro, siempre hay operativos de la policía secreta a mi alrededor, informantes que me miran con insistencia o se hacen señales entre ellos. Esos agentes de seguridad no se acercan más a mí por cuestiones de visibilidad, no les conviene provocar un escándalo en medio de tantos huéspedes extranjeros. Por lo demás, yo no tengo nada que ocultar, no tengo armas escondidas en mi casa, ni nada, yo soy transparente, yo entro en los hoteles sin recurrir a camuflajes, yo soy Yoani y escribo un blog... Siempre ejercen cierta presión, pero de ahí no pasan.
- ¿Entras todos los días en Internet?
-¡Ojalá! Toma en cuenta que una hora de conexión a Internet en un hotel, o en un cibercafé, cuesta el tercio del salario normal promedio. Entro una vez a la semana, a veces tardo hasta quince días en conectarme. Yo escribo previamente mis crónicas en casa, y lo llevo todo ya en cuartillas al hotel. Entonces me siento allí frente a la computadora y envío todo eso por correo electrónico. Yo no navego por las páginas. Mando mis textos a comentaristas y traductores de mi blog, y ellos se dedican a publicarlo por mí con una frecuencia y organización que le da vida al blog. Eso pudiera dar la sensación de que yo estoy todos los días en Internet, pero no es así, mis amigos van ordenando el material y van dándole una secuencia. Ahora bien, eso ha cambiado mucho desde agosto del año pasado cuando apareció una milagrosa herramienta llamada twitter y eso me trajo una inmediatez. El twitter es una bendición, ahora emito mensajes inmediatos, no sólo 140 caracteres, sino también imágenes, y... ¡sorpresa desde hace dos semanas!... ahora también puedo emitir audio. Si los cubanos hemos sido capaces de hacer un bistec con cáscara de toronja, si hemos podido inventar la carne sin carne, ¿cómo no vamos a hacer internet sin internet? (risas).
 - He sabido que hace poco matriculaste a tu hijo Teo en  un instituto preuniversitario y allí te encontraste unas normas oficiales escritas por los maestros en el pizarrón: “las hembras no usarán más de un par de aretes (...) Las sayas deberán tener un largo de 4 centímetros por encima de las rótulas de las rodillas. No se permitirán sayas ni pantalones pélvicos (...) Las hembras no usarán maquillaje. No se permiten pulsos, collares, cadenas ni anillos. Los atributos religiosos no podrán estar visibles. No se portarán MP3, MP4, celulares. Los varones no usarán aretes, presillas ni piercing (...) No se permite en los varones: el pelo largo, pintado, pinchos largos, ni figuras en el cabello (...) El cabello de los varones no debe exceder los 4 centímetros”. ¿Qué va a hacer Teo ante esa situación de represión medieval?
- Aunque sólo tiene quince añitos, nuestro hijo es el tipo más libre de la casa. Nunca le decimos lo que tiene que hacer, le dejamos a él la elección de seguir o no las normas de indumentaria y de corte de pelo escritas en la pizarra. Para que tengas una idea de quién es Teo: durante la ola de arrestos conocida como “la Primavera Negra”, tuvimos que contarle que a un amigo nuestro lo habían metido en la cárcel. Eso fue en el 2003, Teo tenía unos ocho años y nos preguntó por qué estaba en prisión nuestro amigo. Le contestamos que porque era un hombre muy valiente, y de pronto nos preguntó: “¿entonces ustedes están libres porque son un poco cobardes?”
- Los vecinos de tu edificio... ¿te apoyan, te evitan, te espían, se solidarizan contigo?
-Hay de todo... En primer lugar, es difícil plantar batalla cuando la persona que repara el ascensor de los 14 pisos es mi esposo. Reinaldo es el mago de este edificio, es el Mecánico del Ascensor. Así que tienen que llevarse mínimamente bien con él. Por otra parte, la gente aquí nos tienen mucha estima, siempre que tocan nuestra puerta para pedir cualquier cosa, nosotros los ayudamos, ellos tienen la experiencia del contacto con nosotros. Las inyecciones de paranoia que les han inoculado han funcionado hasta cierto punto, pero no pueden hacernos un acto de repudio, un mitin donde nos insulten, porque estamos acá arriba, y la concentración de las turbas sería allá abajo, en la calle, y, por tanto, no los oiríamos. Suponiendo que organizaran ese acto de repudio en el pasillo de nuestro piso catorce, tampoco sería efectivo, porque sólo seríamos testigos de esa repulsa nosotros tres, ya que el pasillo es estrecho y no cabe tanta gente. Entonces la parte teatral, la masividad, cuyo objetivo es que la gente en la calle vea y oiga el mitin de repudio, tampoco funcionaría. O sea, la escenografía política callejera, que tanto le interesa al gobierno, no funciona aquí con nosotros.
- En repetidas ocasiones te han invitado a recoger diversos premios internacionales, pero el gobierno no te deja salir de la isla. Hace poco me decías por teléfono: “creo que va a ser más fácil que México venga a mí antes que yo vaya a México”.  ¿Te gustaría venir a México?
-¡Claro! ¡Me encantaría! A México y a Argentina, porque son dos potencias culturales y literarias, a esos dos grandes países tengo que ir, sea como sea...

Así es un día en la vida de Yoani Sánchez.


(*) Publicado en la revista Día Siete, del periódico El Universal. México, 19 de septiembre del 2010