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mayo 14, 2018

EL PRIMERO QUE ME DIJO QUE YO ERA UN ESCRITOR


EL PRIMERO QUE ME DIJO QUE YO ERA UN ESCRITOR
Por Manuel Pereira

Acabo de enterarme en la red. Ha muerto en Miami mi mejor amigo de la juventud, “el Beny”, o sea, el escritor cubano Bernardo Marqués-Ravelo. Nunca olvidaré que cuando teníamos 17 años coincidimos en una barraca militar junto con otros veinte reclutas. Eso fue en mayo de 1965, en Río Verde, donde existía una unidad militar medio escondida entre el hospital psiquiátrico Mazorra y el aeropuerto de Rancho Boyeros. Allí transcurría nuestro primer año de vida militar, entre locos y locas que se escapaban entrando por nuestras alambradas y aviones que rugían en el cielo fomentando en secreto nuestras ansias de salir volando algún día de la isla.
Una tarde entré en la barraca y descubrí al Beny sentado en mi litera leyendo mi diario personal, donde yo solía anotar nimiedades cuartelarias y también mis cuitas con mi novia prometida de entonces. Sólo lo conocía de vista, si acaso habíamos cruzado un par de saludos. Así que le arrebaté el diario y tuvimos una discusión feroz. Era una falta de respeto estar leyendo mi diario sin mi autorización. Mi taquilla tenía candado -como todas-, pero por alguna prisa militar: correr a un simulacro de combate, cavar urgente una trinchera, no llegar tarde a la guardia… había olvidado cerrarlo. Forcejeo, malas palabras, venas brotadas… nos separaron otros soldados.
Al día siguiente se acercó en la cola del desayuno y me dijo en voz baja: “¿Sabes que tú eres un escritor?”. ¿De qué rayos me estaba hablando aquel enano? Por entonces mi sueño era llegar a ser médico, más precisamente neurocirujano. “Por eso me quedé leyendo tu diario, no por tu novia, sino por tu estilo, tu forma de escribir”, prosiguió mientras yo lo miraba desconfiado. Siempre he detestado -y seguiré detestando- a la gente chismosa, que anda preguntando o indagando a espaldas de uno. Así que no le hice caso.
Sin embargo, sus dos frases se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Releí mi diario medio amoroso, medio militar… ya con otros ojos, tratando de averiguar cuánto había de cierto en lo que aquel recluta me había dicho. Comprendí que tenía algo de razón. Y de pronto empezó a circular en la división el rumor de que yo sabía escribir “bonito”. La mayoría de los reclutas (no el Beny, pues él sabía escribir) procedían de provincias, o incluso eran habaneros, y tenían escasa instrucción. De resultas, algunos empezaron a buscarme para pedirme que les escribiera cartas para sus novias. En unos casos querían cortejarlas, en otros recuperarlas. Fue mi primer oficio literario: escritor anónimo de cartas amorosas. El recluta me contaba más o menos cómo era su candidata a novia, tanto físicamente como emocionalmente. A veces hasta me enseñaban fotos de las muchachas. Mi “cliente” me contaba sus problemas con ellas, o bien me detallaba sus películas y canciones favoritas…  De hecho yo estaba haciéndoles entrevistas sin tener ni idea de lo que era el periodismo… Yo les extraía información preciosa. . Con toda esa información en quince minutos yo redactaba la carta.
Aquellos muchachos, al igual que yo, estaban desesperados de amor, aislados en un cuartel remoto con permisos de salida muy cortos, una vez al mes, o dos veces al mes, según los castigos que recibieran de sus superiores, que eran implacables. Así empecé a hacer poesía en prosa sin saber ni lo que estaba haciendo.
Los falsos remitentes firmaban siempre la cartas y las escribían siguiendo mi dictado para que la caligrafía fuera la de ellos. En realidad yo estaba haciendo el trabajo de un ghostwriter, o “escritor fantasma”, o “negro”, una profesión que tampoco conocía por entonces. Estos cortejadores enternecidos uniformados de verde olivo capaces de correr cargando un cañón chino de 75 milímetros sin retroceso, solían pagarme con cigarros, que estaban muy escasos en toda la isla. Los muy fumadores me regalaban algo de lo que tocaba comer (el postre, o un puñado de arroz) en el pésimo comedor del cuartel. Todo esto, que era un lujo allí, gracias al Beny.
Enseguida quedó olvidada nuestra bronca inicial,  y por supuesto, nos hicimos amigos inseparables salvo cuando yo fui trasladado a otra unidad militar donde pasé un curso de sanitario mayor. A partir de ahí seguimos siendo amigos ya en la vida civil, ambos como periodistas, escritores en ciernes, críticos literarios, pintores, escultores… coincidíamos en todo. Fue una etapa bellísima de mi juventud, tanto en el ejército como cuando nos desmovilizaron.
Lo malo de todo el asunto de las cartas amorosas es que al cabo de un par de semanas algunas de esas “novias” o “candidatas a novias” empezaron a buscarme a mí en la unidad militar, los domingos de visitas. De alguna manera descubrieron o intuyeron que el supuesto autor de la carta no era misma la persona que ellas conocían. “Él no habla así como aquí está escrito, así que no puede ser él”, dijo alguna según me contó un recluta acongojado.
Querían conocerme, alguna hasta llegó a decir que estaba enamorada de mí, o sea, de “mis cartas”. Fue la primera vez en mi vida que experimenté en carne y hueso la desconcertante sensación de ser dos personas a la vez. Yo tenía que esconderme esos domingos de visitas, pues no quería agraviar a ningún compañero de armas. Finalmente el Beny se encargó de resolver esos problemas asumiendo a veces él la autoría de algunas cartas.
En fin, querido Beny, ¡yo te debo tanto¡ Una vez, allá por el 2005, yo estaba en situación muy difícil en España y te escribí un email a Miami. Enseguida contestaste ofreciéndome un sofá y espaguetis en tu departamento de Miami. No hizo falta tomarte la palabra, pues simultáneamente otro amigo entrañable, el poeta cubano Antonio Conte, me abría el camino hacia México donde resido desde entonces.
Donde quiera que estés en este momento, amigo, ¿qué te voy a contar que tú no sepas? Cuando existe una gran amistad, no importan la fama, ni la cantidad de ejemplares vendidos, ni los premios, ni las entrevistas televisivas ni las otras, ni todo ese rebumbio de oropeles. Ninguna vanidad es superior a la amistad. Cualquier diferencia en cualquier orden de la vida es superada por la amistad con la velocidad de un rayo. Claro que eso suele ocurrir cuando se trata de una amistad que viene de muy lejos, de los años más difíciles de nuestra generación, una amistad forjada en el fuego, las lágrimas y la frustración. ¿Recuerdas las trincheras en “El Bosque? ¿Recuerdas la caña quemada en Camagüey y los alacranes subiéndonos por las piernas? ¿Te acuerdas de aquel capitán obsesionado conmigo que me puso a cortar caña con un brazo enyesado incluso de noche iluminando mi surco con el buscachivos de un jeep? ¿Recuerdas el tiroteo nocturno que armamos en otro cañaveral, donde luego dijeron que sin querer matamos a una vaca? ¿Te acuerdas cuando cogimos preso en una guagua a un héroe, amigo de Fidel Castro, sin saber ni quién era? Ahora me estoy riendo. De la vaca y del héroe. Pero eso lo contaré mejor en otra parte… si es que Dios me da tiempo y energías.
Son tantos los recuerdos que tendría que escribir una novela para contarlos como merecen, ¡y resulta que no tengo ganas de escribir más novelas! Y menos ahora con esta noticia que me golpea en la alta noche de un desierto mexicano.
¡Descansa en paz, inolvidable Beny!
México, 10 de mayo de 2018.


Con el Beny, Iván Cañas y Antonio Conte, en Miami, un día de noviembre de 2006.


febrero 02, 2018

Antes que me pregunten

ANTES QUE ME PREGUNTEN: Sí, conocí a Fidelito fugazmente el 8 y el 9 de enero de 1959 en mi barrio de La Habana Vieja por donde él entró junto con su padre en la histórica Caravana de los Barbudos Armados.
Al siguiente día volví a verlo escoltado por dos barbudos, paseándose por mi vecindario. Todos los niños acudimos a verlo. Sonreía mucho, estrechaba manos, quería jugar a la pelota en el Parque del Anfiteatro con nosotros, tal vez imitando a su padre que en esos tiempos le daba la mano a todo el mundo y jugaba béisbol donde quiera que se presentaba la ocasión.
Como teníamos la misma edad y misma estatura, y ambos rubios, Fidelito habló un poquito más conmigo sobre no recuerdo qué. También ocurrió que mi madre me había disfrazado con una gorrita verde olivo y una barba postiza y, por tal motivo -medio en broma y medio en serio- algunos vecinos me confundían con Fidelito y yo los mandaba al diablo entre risas.
Después de eso, no volví a verlo ni en periódicos, ni en televisión, mucho menos en persona. Simplemente desapareció de la escena pública. Nadie sabía nada y yo, mucho menos. Eso es todo lo que puedo decir a título personal. El resto es más o menos del dominio público.
EN LA FOTO: El mítico Comandante Camilo Cienfuegos, Fidelito y su padre, tal y como los conocí en esos primeros días de enero, en mi legendario barrio habanero, en aquel inolvidable año 1959.

enero 07, 2017

Encuentros cercanos con Fidel Castro

ENCUENTROS CERCANOS CON FIDEL CASTRO
Por Manuel Pereira

Mi primera visión de Fidel fue cuando entró en La Habana el 8 de enero de 1959. Yo tenía diez años y lo vi pasar por la Avenida del Puerto montado en un vehículo militar, rodeado de barbudos, saludando con la mano a la multitud. El ambiente era apoteósico, como de carnaval mezclado con epifanía. Todas las clases sociales confluían allí para vitorear a los rebeldes.

Del principal barbudo parecía irradiar una fuerza dominante. Contribuían a ese carisma su estatura, su perfil clásico de boxeador griego, el fusil de mira telescópica colgando del hombro, el tabaco en la boca, sus dotes de orador. Todo lo cual generaba una atmósfera romántica.

En mi imaginación infantil, el barbudo vestido de verde olivo parecía un híbrido de Robin Hood con Santa Claus. Los desaliñados guerrilleros que desfilaban equivalían a la cabalgata de los Reyes Magos ¿Acaso no venían de Oriente y hasta estrellitas adornaban sus gorras y charreteras?

Mi segundo encuentro con él tuvo lugar a comienzos del año 1961. Yo nadaba en la piscina de una playa en la costa oeste habanera recién convertida en Círculo Social Obrero, adonde yo acudía a practicar judo. De pronto el mítico barbudo apareció en el borde de la piscina y todos los niños salimos del agua para saludarlo. Risueño, él nos pasaba la mano por las cabezas mojadas. Alguien sacó una foto del grupo que luego vi expuesta en una oficina del balneario. En cuanto mi padre pidió una copia, o el negativo, la foto desapareció. Nadie sabía nada, los empleados de la oficina se encogían de hombros. Misterio.

Tercer encuentro cercano. Una noche de septiembre de 1965 llegué a la cafetería de “El Patio”, en la Plaza de la Catedral, donde me reuní con mis amigos rocanroleros para cantar canciones prohibidas de los Beatles. Me dijeron que Fidel estaba cenando en la planta alta. Yo estaba a punto de cumplir 17 años y por entonces era recluta del Servicio Militar Obligatorio. Me puse a dibujar en una servilleta una caricatura de Fidel con el tabaco humeante. En pocos minutos bajó el barbudo adonde bebíamos té. En tres zancadas llegó hasta nosotros: “¿Ustedes son de Camarioca?”, nos espetó con los brazos en jarra.

Horas antes había pronunciado un discurso proclamando que quien quisiera abandonar la isla podía hacerlo por el puerto de Camarioca, al este de La Habana. Allí tendría lugar el primer éxodo masivo de cubanos hacia Miami.

Se sentó a mi lado y preguntó quién le había hecho una caricatura. Yo me quedé boquiabierto. ¿Cómo sabía eso si él estaba en la planta alta del restaurante? Ya en Cuba estaba prohibido el humorismo gráfico referido a la primera figura. Me miró de reojo sonriendo. Quería ver la caricatura. Le entregué la servilleta algo temeroso. Al parecer le gustó y me pidió que la firmara, se la guardó en un bolsillo lleno de papeles y plumas, y entonces me ofreció una beca para estudiar pintura en Polonia. Le dije: “no, gracias”. Fue algo que me salió del fondo del alma, sin pensarlo. Él levantó las cejas y cambió de tema.

¿Qué por qué dije no? La respuesta se puede leer con lujo de detalles en mi novela Insolación (Diana, México, 2006. También en editorial Bokeh, Leiden, marzo 2015).

Aunque era recluta, esa noche yo andaba vestido de civil. Pero Fidel se fijó en mi cabeza rapada. “¿Eres soldado?”. Le dije que sí. Me pasó la mano por la cabeza -igual que cuatro años atrás en la piscina- y exclamó: “¡Ah, entonces eres de los nuestros!”. O sea, que mis amigos no eran de los “suyos”.

En ese momento el traductor de Gromiko (ministro de Asuntos Exteriores de la URSS) se inclinó y le susurró algo al oído. El comandante se volvió bruscamente, como un basilisco: “¡Ahhh, dile que se vaya para casa del carajo! Si tiene sueño que se vaya a dormir. ¡Coño, ni siquiera me dejan estar un rato con los muchachos!”.

Yo me asombré de que maltratara en público al representante de la segunda potencia atómica mundial. Al parecer no les perdonaba a los soviéticos que le hubieran quitado los cohetes nucleares tres años antes durante la Crisis de los Misiles.  

Era casi la una de la madrugada. Fidel siguió interrogando a mis amigos, como haría un policía con una pandilla de sospechosos habituales. Al rato se levantó de nuestra mesa y me invitó a ver su carro, cerca de allí. Me mostró su asiento de copiloto, donde había una pequeña biblioteca con algunos libros y periódicos, un teléfono y un tablero deslizante para escribir. “Es mi oficina ambulante”, bromeó. Los del séquito estallaron en carcajadas.

Tal vez tuvo ese detalle conmigo porque le gustó la caricatura, quizá porque me consideraba uno “de los nuestros”, o acaso para retrasar más su partida con tal de fastidiar al jerarca soviético que se caía de sueño. Me dio la mano, se metió en su Oldsmobile verdeolivo y desapareció en la noche seguido por los carros de la escolta.

Cuarto encuentro cercano. Año 1978, Palacio de la Revolución, adonde yo estaba invitado para una recepción cultural. Por entonces yo era Subdirector de la revista CINE CUBANO y conversaba, en un aparte, con Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente del Consejo de Estado: el más culto de la cúpula gobernante. Nos gustaba hablar de literatura, recuerdo que esa noche el tema era Valéry y El cementerio marino.

De pronto oí una voz de mujer gritando mi nombre a lo lejos. Los gritos venían de la mesa llena de comida y bebidas donde se aglomeraban los invitados. Yo me sobresalté ligeramente. La que daba aquellos gritos atronadores era una mexicana chaparra, rubia, siempre afectuosa conmigo: Marta Solís, corresponsal de la revista SIEMPRE. Iba literalmente colgada del brazo de Fidel, y me hacía señas para que me acercara. Carlos Rafael me dijo: “¡ve para allá, muchacho!”. Me acerqué al enjambre humano que rodeaba al barbudo. Era una coreografía de ballet en cámara lenta, pues cada vez que Fidel daba un paso hacia un lado u otro, todos lo seguían como alfileres pegados a un imán.

“Me dice Marta que publicaste una novela que se llama El Comandante Veneno”, me dijo cuando lo tuve enfrente. En efecto, era mi primera novela, sobre la alfabetización.
“¿Y quién es ese Comandante Veneno?”, sonrió. Así que viéndolo de buen humor, le solté: “Usted”. “¿Yo?”, preguntó asombrado. Creí que había metido la pata hasta la ingle. Pero enseguida agregó: “¡Ah, entonces quiero leer ese libro! ¿Se lo puedes dar a Carlos Rafael para mí?”

Poco después la mesa se llenó de cocos glacé. Todos cogíamos uno, pero él protestó: “¿Y no hay coco glacé para mí?” Una periodista española, descalza, babeante de emoción, se empinaba para hablar con él. Fidel coqueteaba con ella. La periodista hizo el gesto de alcanzarle uno de los postres desplegados en la mesa, pero “Chomi” Miyar -mano derecha del Comandante- alzó las cejas y la petrificó en el acto. Entonces salió de una puerta secreta un cocinero con gorro blanco que traía un coco helado único, especialmente preparado para el Comandante. Me acordé de Rasputín con las galletas de cianuro y también de los Borgia.

Quinto encuentro. Teatro García Lorca, 1978. El español Antonio Gades y Alicia Alonso acababan de bailar juntos. Lejos de las tablas, en un reservado del mezzanine, Fidel Castro departía con algunos altos funcionarios. Yo estaba afuera, cubriendo el evento como periodista cultural.

De pronto alguien abrió la puerta del reservado y me pidió que fuera urgente a buscar a Gades, pues Fidel quería conocerlo. Me adentré entre bambalinas, irrumpí en el camerino del bailaor flamenco, a quien yo conocía bien. Estaba desmaquillándose ante un espejo, lo saqué corriendo, sin darle tiempo a quitarse el disfraz de fauno o de diablo. Lo llevé al trote hasta el reservado. Antonio estaba tan ansioso por conocer a su ídolo que empujó la puerta de sopetón, Fidel estaba de espaldas y al oír el ruido se volvió súbitamente con una mirada torva que jamás olvidaré. Recordé que trece años atrás se había girado hacia Gromiko con idéntica ira para increparlo.

Gades entró, y yo me quedé un par de minutos asomado en la puerta, siempre a prudencial distancia del imprevisible Comandante. Ver al bailarín disfrazado de diablo conversando con Fidel se me antojó una escena fáustica.

Poco después, ya en el escenario, Fidel rodeado de bailarinas empezó a gritar: “¿Dónde está Ñico?” (Ñico: capitán y espeleólogo Antonio Núñez Jiménez). Se burlaba: “¿En qué cueva se ha metido esta vez?”. Risas. El Comandante invitó a Ñico, a Gades y a un grupo reducido a comer en su casa, donde él mismo cocinaría su última receta: espaguetis con… salsa de mango. ¡Puajj!

Me informaron que yo no estaba invitado, de lo cual me alegré mientras regresaba a mi casa, aliviado de escapar de aquella locura de guardaespaldas clavándote los codos en las costillas, a veces con miradas aviesas. Fue la última vez que lo vi en persona. Gracias a Dios.

(*) Publicado en la revista LETRAS LIBRES, número 217, enero 2017, pág. 10.

abril 15, 2016

Crónica de una crónica no anunciada

CRÓNICA DE UNA CRÓNICA NO ANUNCIADA
Por Manuel Pereira
En 1981 yo impartía en la UNAM unas conferencias sobre cine cubano cuando recibí en mi hotel de la Zona Rosa una llamada de Gabriel García Márquez. Me pidió que acudiera a su casa, en la calle Fuego, en la zona exclusiva del Pedregal. Comimos en un restaurante cercano llamado El perro verde, o algo así. Me pidió que leyera su última novela, tenía prisa, era corta. ¿Cuál era el misterio de tanto apremio? Él sabía que me faltaban un par de días para regresar a La Habana. "Puedo leerla en el avión", le dije. No, tenía que hacerlo en México. Estaba tan apurado por darme el manuscrito que al salir de la fonda olvidó la billetera en la mesa. Se dio cuenta en su casa, y me pidió que fuera a buscarla al Perro Verde. El camarero era decente y la tenía guardada, a pesar de estar bastante abultada, como supongo deben estar las carteras de los escritores famosos. "Está todo", suspiró el Gabo tras contar los billetes.
Me entregó la novela. Empecé a leerla enseguida en su casa, y luego me encerré en el hotel para seguir leyendo. La leí en un par de sentadas, aunque sin saber qué esperaba de mí el famoso escritor. La historia de los dos hermanos que apuñalan a Santiago Nasar estaba bien estructurada, fluía eficazmente, como todo lo del Gabo; con su impecable prosa de orfebre, no faltaba ni sobraba una coma, los adjetivos eran precisos, los personajes, bien dibujados. Al día siguiente nos encontramos de nuevo. Entonces me dijo: "Eres el segundo lector de esta obra, después de Mercedes, por supuesto".
"Es un honor", respondí.
Pero... ¿cuál era el misterio de tanta prisa?
Me confesó que quería que Fidel lo autorizara a publicar este libro.
¿Por qué?
Porque había hecho un juramento público: no volvería a publicar mientras Pinochet siguiera en el poder. "Y el problema es que no se cae", refunfuñó. "Y mientras tanto, escribí esta obra y tengo muchas ganas de publicarla". Pero antes de romper su promesa anunciada debía consultarlo con Fidel.
En efecto, desde El Otoño del Patriarca (1975) el Gabo no había publicado nada de ficción. Demasiado tiempo en silencio para un escritor tan cotizado.
¿Y yo qué tenía que ver con todo eso?
— Quiero que le lleves este libro a Fidel.
— Yo no conozco personalmente a Fidel, no tengo acceso directo.
Dudó un instante y agregó:
— Pero sí conoces a Carlos Rafael Rodríguez, ¿verdad?
— A él sí lo conozco.
— Bueno, se lo das a él para que se lo dé a Fidel.
Luego quiso saber mi opinión sobre la novela, lo cual halagó al treintañero que yo era. Con mucho tacto, le comenté que su relato me recordaba vagamente a Rashomon ‒tanto los dos cuentos de Akutagawa como la película de Kurosawa‒ por aquello de los múltiples testigos o las diversas versiones sobre un crimen, pero él dijo que no, que su fuente de inspiración había sido el asesinato de Julio César. Pensé en los augures, en la fatalidad de la tragedia griega, y concluí que tenía razón, aunque lo japonés no se lo quitaba nadie al Gabo, como se evidenció más tarde con Memoria de mis putas tristes, tan afín a La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, ya desde el epígrafe.
Veinticuatro horas más tarde aterricé en La Habana y le entregué ese texto clandestino (no anunciado) a Carlos Rafael Rodríguez. Poco después Crónica de una muerte anunciada fue publicada simultáneamente en Colombia, en España, en México y en Argentina. Obviamente, el Gabo había obtenido el imprimátur de Fidel Castro, como compete a toda alta autoridad eclesiástica o ideológica. La Edad Media en estado puro.

abril 03, 2016

La increíble historia del triste Gabo y mi abuela bienamada

La increíble historia del triste Gabo y mi abuela bienamada
Por Manuel Pereira
Gabriel García Márquez con Fidel Castro y Carmen Balcells en los años 80 en La Habana. 

Un día cualquiera de 1983 llevé al Gabo adonde mi abuela, que vivía en un solar de La Habana Vieja, en la calle Aguiar número 105 esquina con Cuarteles. Era una gallega que había llegado a la Isla en 1926: año del devastador ciclón, año en que nació otro ciclón llamado Fidel Castro.
Yo quería que Gabriel García Márquez conociera a los pobres, que descubriera la otra cara de la luna, porque sabía que lo tenían siempre entretenido entre hoteles y casas de protocolo, en Miramar, en Cubanacán...
Al pie la Loma del Ángel, le mostré la carnicería de un paisano de mi abuela, expropiada y convertida en tugurio; también le enseñé varios negocios confiscados desde años atrás: la Guarapera de Cheo, transmutada en Comité de Defensa de la Revolución; la bodega de un asturiano transformada en accesoria de una cuartería, la panadería de un catalán cerrada a cal y canto, el puesto de frutas y verduras del chino, transfigurado en otro cuchitril. Por doquier, improvisadas paredes de bloques de hormigón sin repellar y antipoéticas rejas en las ventanas. Lo único pintoresco que quedaba en el barrio eran las tendederas en los balcones.
Los ojos de mi admirado escritor -ejercitados por su largo oficio de periodista- no perdían detalle. Subimos al primer piso de la casa de vecindad y fuimos hasta el fondo, entre galerías donde alguna vez hubo vitrales policromados de medio punto ya extinguidos.
¿Quién lo iba a decir? Un Premio Nobel en un solar habanero, pero mi abuela no sabía qué era la Academia Sueca, ni siquiera sabía dónde quedaba Suecia
¿Quién lo iba a decir? Un Premio Nobel en un solar habanero, pero mi abuela no sabía qué era la Academia Sueca, ni siquiera sabía dónde quedaba Suecia. Años atrás confundía a Carpentier con un famoso carpintero y, a Sartre, con algún célebre sastre de visita en la Isla. Era una aldeana casi analfabeta que, al desembarcar en La Habana con alpargatas y pañuelo a la cabeza, tuvo que sacar adelante a tres niños limpiando suelos y baños en promiscuos solares.
Entramos en su vivienda sin baño: un comedor, el dormitorio y una cocina pequeña. Mi invitado de honor lo miraba todo. Ella ofreció sus sillas destartaladas y un sillón con el mimbre roto. Nos sentamos a la mesa. Por vergüenza, no le enseñé al Gabo los malolientes inodoros y las duchas colectivas, que ella nunca usaba, pues prefería servirse de una palangana en su cocina tiznada, detrás una cortina de plástico.
Mi abuela enseguida sacó agua fría del trepidante refrigerador que ella llamaba "General Eléctrico", del 58, ya con algún desconchado en el esmalte blanco. Se puso a colar café. De las vigas de madera del techo caían piedrecitas cuando los niños de los altos correteaban. El Gabo miraba de reojo las paredes descascaradas. Preguntaba sobre asuntos de la vida cotidiana.
Mi abuela le enseñó la libreta de racionamiento y también su cajita mágica. En los frecuentes períodos de escasez de tabaco, ella -al igual que muchos otros- recogía en la calle colillas que luego destripaba para sacarles la picadura y con ella confeccionar sus "Tupamaros".
"¿Por qué Tupamaros?", preguntó el Gabo.
"Porque son clandestinos", respondí yo, y el autor de Cien años de soledad sonrió.
Ella le explicó el complicado mecanismo de la "maquinita", que era como una caja de dominó, en la que introducía la picadura, y luego jalaba hacia ella un palito a guisa de rodillo, como si fuera una ballesta, alargando una lengüeta de caucho, que hacía saltar un cigarrito recién enrollado y engomado con almidón.
A falta de papel para liar cigarrillos, usaba páginas casi transparentes del folleto Carta de España que le mandaban de la embajada. Pero como éstas eran pocas, también arrancaba hojas de una Biblia que no leía, pero que atesoraba como un talismán en su altar poblado de santos. Lo mismo se fumaba un versículo de San Juan que una sentencia del Eclesiastés.
"Me gustaría hablar del bloqueo y sus consecuencias, contando la imaginación de los cubanos para vencer las dificultades, pero no quisiera molestar a Fidel", dijo el escritor
Al salir, ya en la calle, el Gabo me confesó: "Me gustaría mucho escribir un libro sobre la escasez de los cubanos, tu abuela haciendo sus Tupamaros, la falta de dicha doméstica".
"Sería un libro magnífico", exclamé.
Se puso triste y agregó: "Me gustaría escribirlo, hablar del bloqueo y sus consecuencias, contando la imaginación de los cubanos para vencer las dificultades, pero no quisiera molestar a Fidel. No lo puedo escribir, porque es un libro que Fidel va a sentir como un ataque, y no quiero contrariarlo".
Después de eso, ya no insistí. Cada escritor elige su destino. En lo alto, mientras oscurecía, mi abuela se fumaba un capítulo del Levítico y el humo bíblico salía por su balconcito hacia la luna.

marzo 20, 2016

Cuba es un sueño y una pesadilla

CUBA: UN SUEÑO Y UNA PESADILLA
Entrevista a Manuel Pereira por Moisés Castillo (Revista Siempre!)
Entrevista a Manuel Pereira | Escritor isleño | Exclusiva Siempre!
Dicen que no se puede hacer la historia, sino sólo esperar a que se desarrolle. Y Barack Obama hizo todo lo posible para convertirse en el primer presidente en activo de Estados Unidos que visite Cuba desde que el republicano Calvin Coolidge acudió a la isla en 1928.
Washington y La Habana restablecieron formalmente las relaciones diplomáticas tras más de 55 años de alejamiento, con la apertura de las embajadas el 20 de julio de 2015. Sin embargo, el mandatario Raúl Castro advirtió que sin el levantamiento del bloqueo comercial no habrá una verdadera normalización de las relaciones.
Lo único cierto es que ambas naciones tendrán que superar más de medio siglo de desconfianza y hostilidades. Como lo aseguró la escritora cubana Wendy Guerra a Babelia, el suplemento cultural del diario El País: “No podemos seguir repitiendo las historias de nuestros padres… De niños no pudimos elegir, fuimos educados en el marxismo con la idea de que nada de lo que teníamos era nuestro, todo pertenecía al Estado, y yo me rebelé contra eso”.
Para el escritor cubano Manuel Pereira, quien decidió, en 1990, hacer maletas e irse para siempre de la isla, el mito mayor es que la presencia de Obama va a producir un “giro copernicano” en el país caribeño: “es algo imposible en el corto y mediano plazo, lo cual no resta importancia a la visita”.
Aguijones de la nostalgia
¿Amigos y familiares están entusiasmados por la visita del presidente de Estados Unidos? ¿Cómo interpreta el restablecimiento de las relaciones diplomáticas?
En principio, me parece muy bien. Me alegra todo lo que contribuya a que el pueblo cubano —los de a pie— viva un poco mejor. Pero tampoco me hago muchas ilusiones. Lo mejor tal vez sea que se acabó el recurrente argumento del gobierno echándole al “bloqueo” la culpa de todo lo malo. Me parece que Obama actúa de buena fe, sin embargo, no veo reciprocidad en la otra parte. Soy moderadamente escéptico, y nada me haría más feliz que estar equivocado. Pero a mi edad, ya no se puede vivir de ilusiones para morir de desengaños. Habrá que esperar para ver los frutos reales de esa visita presidencial.
“Sin patria, pero sin amo”
¿Qué le ha dejado de positivo resistir tantos años de dictadura?
Aparte de los aguijones de la nostalgia, he crecido viendo mundo, visitando museos, dominando lenguas como traductor… Mi cosmovisión se ha enriquecido gracias al destierro. No hay mal que por bien no venga. Finalmente he descubierto eso que tantos repiten: “la patria es la lengua”. También he aprendido en este peregrinaje que es mejor vivir “sin patria, pero sin amo”, como decía José Martí. Toda esa resistencia se ha traducido en ganancia.
¿Los cubanos están perdiendo el miedo de hablar libremente del gobierno tras esta apertura?
No lo sé. No estoy allí para saberlo. Algunos amigos han perdido el miedo hace ya mucho tiempo, al igual que otras personas a quienes no conozco personalmente. Es difícil evaluar todo esto en la distancia y tras 26 años de ausencia.
¿Cómo sobreviven los jóvenes en un régimen que miente y destila miedo?
Fingiendo. Es difícil quitarte una máscara que te pusieron siendo niño. Creces con ella y ves que tus mayores también la llevan puesta. Entonces repiten consignas como papagayos mientras preparan en secreto la balsa o sueñan con el matrimonio con una extranjera o extranjero, o se preparan como deportistas para salir en delegación y no regresar, o confían en el sorteo de visas en la embajada americana, o esperan que su música o su pintura o su literatura sea tan buena que consigan una invitación artística o académica al extranjero, como en cierta forma fue mi caso.
Un chiste de mal gusto
¿Por qué si hay muchos ingresos vía turismo, hay tanta gente en la miseria?
Porque las divisas procedentes del turismo van a parar a las arcas del Estado, no al pueblo. Los que tienen la suerte de ser taxistas o camareras, recibirán algunas propinas, pero nada más. No tienen derecho a huelga, ni sindicatos independientes que los defiendan. El sistema es cerrado, estilo soviético. La economía está subordinada a la ideología. La dirigencia no quiere que surja una clase media. Los cubanos no pueden invertir y crear empresas medianas ni mucho menos grandes. Hay tantas prohibiciones y regulaciones que todo el mundo se siente culpable de algo. Si un campesino mata una vaca va preso. Prohibido vender langostas y camarones en un país rodeado de mar. Los cuentapropistas —¡horrible palabreja!— autorizados son payasos, barberos, cerrajeros, relojeros y, en el mejor de los casos, dueño de un paladar o comida corrida, actividades menores, sin contar los draconianos impuestos. Parece una burla, un chiste de mal gusto.
¿Qué violaciones en materia de derechos humanos sufren los cubanos?
¡Uf, no alcanza el espacio de esta entrevista para enumerarlos! Exiliados que no pueden regresar a la isla a vivir de forma permanente, existe un solo partido desde hace más de medio siglo. No hay libertad de prensa. Cuba es uno de los países con menor conectividad en el mundo, un 5%. Menos mal que el gobierno acaba de abrir alrededor de 60 espacios wifi en toda la isla. Otra buena noticia es que a partir de ayer, Obama dio otro paso autorizando a los cubanos de la isla para que puedan tener cuentas bancarias en Estados Unidos. No obstante, las Damas de Blanco siguen siendo reprimidas cada domingo, al igual que otros grupos opositores pacíficos. Dice Obama que está al tanto de todo esto y que hablará sobre el tema con el gobierno. Vamos a ver qué sale de ahí. El problema es que el gobierno de la isla tiene su propia concepción de los derechos humanos, creen que basta con sanidad y educación gratuitas. Y esa visión insuficiente, que sólo atiende lo social sin tomar en cuenta al individuo, no ha cambiado ni un ápice durante más de medio siglo.
El Coco del capitalismo
¿Los cubanos se imaginan sin los Castro? ¿La sociedad cubana ha superado el pasado?
Supongo que muchas personas le tienen miedo al capitalismo poscastrista, lo cual es absurdo pues ya el capitalismo está allí, sólo que conviviendo con lo peor del comunismo. El capitalismo no es un paseo por un lecho de rosas, aunque deja algún margen de maniobra gracias a un mínimo de libertad individual. En tal sentido, todos los remedios anticapitalistas han sido peores que la enfermedad. “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”, decía Churchill. El gobierno de la isla lleva más de medio siglo machacando las mentes de tres generaciones asustándolos con el capitalismo. ¡Uyyy, ahí viene el Coco! Así que imagino que muchas personas —principalmente los mayores— tienen miedo a lo desconocido o a un brusco cambio social y económico. Los jóvenes, en cambio, sólo están pensando en escapar de la isla, porque están llenos de energía, tienen ilusiones y mucho tiempo por delante. ¡Ojalá sus sueños se cumplan!
Puente de plata
Ahora con la posibilidad de entrar y salir libremente de Cuba, ¿ha pensado en regresar a su país, luego de vivir un poco más de una década en México? O como dice el escritor Leonardo Padura: “El problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba salimos de la isla”.
La isla siempre nos acompaña, a veces como un sueño, a veces como una pesadilla. Eso de “entrar y salir libremente” no es del todo exacto. El gobierno insular es muy astuto. De un tiempo a esta parte deja salir a disidentes con la secreta esperanza de que se queden fuera, para quitarse de encima problemas internos y liberar vapor de la caldera. Como dice el refrán: “a enemigo que huye, puente de plata”. Pero la cosa cambia cuando se trata de dejar entrar a periodistas, disidentes o escritores opinantes e incómodos que residen en el extranjero. En ese caso, la puerta se cierra abruptamente.
Yo ya perdí allá lo que más amaba en mi vida: mi madre. Por lo demás, tengo tantos proyectos por delante que carezco de tiempo para pensar en volver. ¿Volver para qué? Allí no tengo nada importante que hacer. Mañana… ¿quién sabe?
En esa isla todo es un misterio, allá impera el realismo mágico. Fíjate que ayer talaron una ceiba sagrada en un lugar emblemático de La Habana y en su lugar sembraron otra más joven. La anterior estaba enferma y la habían plantado en 1959 o 1960. Ahora la sustituta coincide con la visita de Obama, y muchos piensan que se trata del inicio de una nueva era a través del simbolismo vegetal, como en un ritual yoruba, o en los misterios eleusinos, o en una profecía de Nostradamus.