enero 11, 2012

EL RATÓN UTOPISTA


EL RATÓN UTOPISTA
 Por Manuel Pereira
Un ratón recorre el mundo: el ratón de la Utopía. Aparece en El aprendiz de brujo, de Walt Disney. El origen de esta secuencia se remonta a un relato de Luciano de Samosata escrito hace dieciocho siglos. En su obra titulada Philopseudés, un mago egipcio se muestra capaz de dar vida a los objetos inanimados para ponerlos a su servicio. Inspirándose en esa sátira, Goethe escribió a finales del siglo XVIII su poema Der Zauberlehrling, magistralmente musicalizado cien años después por el compositor francés Paul Dukas.

En 1940 Walt Disney sintetizó toda esa herencia regalándonos lo que, a primera vista, parece un divertimento destinado al público infantil. Sin embargo, El aprendiz de brujo atesora mucho más que eso, pues detrás de la entretenida fábula descubrimos otros significados, una segunda lectura, como en un palimpsesto.

En realidad, lo que vemos en pantalla es el rotundo fracaso de la utopía. En rigor, se trata de una distopía. Recordemos y glosemos esta historia contada por Disney en Fantasía.

Un viejo brujo parecido a Merlín hace hechicerías en su castillo. El ratón Miquito —que es su sirviente o ayudante— lo observa de reojo, temeroso, mientras acarrea agua. El druida bosteza y se retira a dormir no sin antes quitarse el sombrero mágico. El ratón enseguida corre a ponerse el sombrero. Quiere imitar a su amo, pero ignora que no basta para ello con ponerse un sombrero.

Aquí vemos el afán de igualdad, que es el tópico utópico más típico. La búsqueda obsesiva de la igualdad nace de la envidia social. Por ese camino se llega pronto a un igualitarismo por decreto que pretende igualarnos a la baja, como en el Lecho de Procusto, donde todos tienen que encajar en la misma medida. A la corta o a la larga, toda utopía deviene “procustopía”.

En Cuba, durante más de medio siglo, el Gobierno ha proclamado grandes éxitos en materia de igualitarismo. ¿Cuál ha sido el resultado? ¿Adónde ha conducido todo eso? A desigualdades cada vez más escandalosas. Baste un ejemplo, el de la doble moneda, que establece un apartheid, convirtiendo a los cubanos en ciudadanos de segunda.

En realidad, lo único que puede igualarnos es la muerte, de manera que todo lo que aspire a emparejarnos es preludio de muerte. De ahí que la consigna “Socialismo o Muerte” sea una redundancia.

En otra fábula distópica (Rebelión en la granja), Orwell sentenciaba: “Todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros”.

Ahí radica el mayor error de los utopistas. No quieren admitir las asimetrías que saltan a la vista por doquier en la naturaleza, niegan la diversidad en los seres humanos y promueven la aniquilación del individualismo, todo lo cual, tarde o temprano, los lleva a estrellarse contra el muro de la realidad.

La promesa de abolir las desigualdades sociales es la hoguera donde arde la lucha de clases que los utopistas atizan echándole más leña al fuego.

Ni corto ni perezoso, Mickey Mouse empieza a ejercer la telequinesia sobre una escoba, que enseguida cobra vida. Entonces le ordena que cargue unos baldes y haga su trabajo por él. La escoba va y viene desde la fuente del patio hasta un estanque dentro del castillo, donde descarga los cubos.

Ahora el ratón se siente tan poderoso como su amo. Hasta aquí todo ha salido a pedir de boca. Se arrellana en un butacón desde donde, moviendo los dedos, sigue impartiendo órdenes a la escoba esclava. De pronto, se queda dormido.

El ratón Miquito empieza a soñar, que es lo que mejor saben hacer los utopistas. Se eleva impartiendo órdenes a las estrellas. Congrega y moviliza los cuerpos celestes: meteoritos, cometas, soles, planetas. El cosmos se rinde ante su ímpetu fáustico. Chocan los astros, caen lluvias de polvo estelar, se encrespan las olas, estallan rayos y tormentas. El ratón está jugando a ser dios, ya domina el universo.

Lo que vemos aquí es la arrogancia y la megalomanía de los dirigentes comunistas. Después de tantos años en el poder, sin que nadie los critique, sin prensa libre ni opositores, solo rodeados de adulones que les arrullan lo que ellos quieren oír, hasta cierto punto es lógico que terminen endiosándose.

Mientras sueña, Mickey Mouse no advierte que ha provocado una inundación. Su silla empieza a flotar en medio del aluvión. Se cae de la butaca y casi se ahoga. Solo entonces despierta. Empapado y perplejo, descubre que la escoba ha seguido trayendo agua mientras él dormía. Trata de detenerla, pero ésta sigue trabajando sin parar.

Tras abrir la Caja de Pandora, las fuerzas que ha desencadenado son incontenibles. No sabe cómo controlarlas, no sabe corregir la imprudencia que ha cometido al tratar de imitar al Viejo Gran Maestro, no tiene ni la más remota idea de cómo enmendar el desaguisado que ha perpetrado por querer transformar la realidad a su antojo.

Esta escena simboliza el momento en que los gobernantes comunistas descubren que sus arcas están vacías, o se percatan de que, a su vez, la potencia que los subvencionaba también está en bancarrota y ha dejado de enviar sus generosos subsidios.

El amargo despertar de los utopistas, después de tantos años de sueños delirantes y experimentos absurdos, equivale a la frase de Raúl Castro: “O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos, y hundiremos (…) el esfuerzo de generaciones enteras.”

Al ver que la escoba ya no se detiene, desesperado, Mickey Mouse coge un hacha y la hace añicos. Aliviado, está convencido de su éxito. Aquí tenemos otro rasgo inconfundible de los utopistas: no ver la realidad como es, sino como les gustaría que fuera, o sea, confundir la realidad con el deseo.

Súbitamente las astillas, los leños de la escoba, empiezan a vibrar y a cobrar vida. Este es el resultado que aguarda a los utopistas, tan amigos de aplicar soluciones tajantes para problemas complejos que requieren sentido común, sabiduría y grandes dosis de pragmatismo.

Caerle a hachazos a la escoba implica violencia, represión. Así reaccionan los utopistas cuando algo no les gusta: simplemente lo destruyen. Al destrozar la escoba desobediente, lo único que ha conseguido el ratón es una abrumadora multiplicación, pues cada leño y cada astilla vibrante se convierten rápidamente en otras tantas escobas.

Aquí también percibimos otro síntoma del deterioro utopista: el incremento de la empleomanía estatal inherente a las economías centralizadas y planificadas al estilo soviético. La multiplicación de las escobas es una metáfora de las plantillas infladas que, en momentos de apuro, los gobernantes utopistas deciden desinflar recurriendo a esa práctica tan capitalista que son los despidos masivos.

La multiplicación de las escobas también nos recuerda la frase del comandante Ramiro Valdés: “las masas… no pueden esperar que papá Estado venga a resolverles y como los pichones: abre la boca que aquí tienes tu comidita.”

Muy pronto esas “masas” de escobas seguirán su marcha implacable hacia la casa, volcando allí más cubos de agua. El castillo se inunda. El ratón está angustiado, no conoce la fórmula mágica para deshacer el hechizo y detener aquella locura que no es sino la utopía en su apogeo. Estas cosas suceden cuando los despropósitos, improvisaciones y voluntarismos se han acumulado hasta estallar en las narices de estos “magos” de la ingeniería social.

Mickey Mouse trata de sacar agua con un cubo, la arroja por una ventana, pero por cada cubazo que él lanza hacia afuera, cientos de escobas derraman sus cubos dentro de la casa anegada.

Esta especie de ratoncito Pérez, que se cayó en la olla por la golosina de la cebolla, ahora se ahoga (“nos hundimos, y hundiremos”, Castro II dixit). Flotando sobre un grimorio, gira en un remolino de agua que lo arrastra a las oscuras profundidades. Es como Mao-Tsé-tung nadando en el río Yangtsé con su Libro Rojo a guisa de balsa.

El ratón utopista hojea frenéticamente el libro de ciencias ocultas propiedad de su amo, busca alguna fórmula mágica capaz de impedir el naufragio. Diríase que es un comunista leyendo por primera vez a Adam Smith.

Pero las escobas siguen en su actividad arrolladora. Mickey se ahoga irremediablemente, no encuentra el conjuro adecuado en el libro, no sabe leerlo, no lo entiende o no tiene tiempo para consultarlo cuidadosamente.

¿Qué son las consignas de los utopistas —vociferadas y repetidas como mantras— sino ensalmos recitados en voz alta ante las multitudes para conjurar peligros, tratar de influir sobre la realidad y cambiarla mágicamente? Una consigna milagrosamente eficaz es lo que busca en vano el ratón Miquito.

De pronto aparece el Mago —el de verdad—. Al regresar del dormitorio, descubre el caos imperante en la sala de su castillo. Levanta las manos y, con un par de gestos, parte en dos las aguas, como hizo Moisés cuando levantó su vara abriendo un camino seco en medio del Mar Rojo para que el pueblo judío pudiera atravesarlo.

Esas manos alzadas y la separación de las aguas nos remiten a Egipto, donde transcurre el relato original y donde vivió Luciano de Samosata al final de su vida.

El báculo de Moisés que separa las aguas del Mar Rojo es el mismo que él ya había convertido en serpiente en otro pasaje de la Biblia. Los magos egipcios también sabían transformar sus bastones en serpientes.

En esas transmutaciones de cayado en reptil ya estaba presente la idea de animar lo inanimado, que viene desde la creación de Adán a partir del barro. En uno de los Apócrifos del Nuevo Testamento, el niño Jesús hace pajaritos de barro que luego echa a volar. Por su edad, en aquel entonces el hijo del carpintero vivía en Egipto. Los hebreos aprendieron mucho de los egipcios, no solo el monoteísmo de Akhenatón. Los papiros mágicos egipcios hablan de estatuillas de terracota usadas en rituales de nigromancia que tienen más de tres mil años de antigüedad.

Lo inerte cobrando vida no podía faltar en la mitología clásica (Hefesto, Pandora, Prometeo, Pigmalión…). Ese mismo principio taumatúrgico, con ligeras variaciones, se prolonga en la leyenda medieval del Golem, en el homúnculo alquímico de Paracelso, en el Frankenstein de Mary Shelley y en el Pinocho de Collodi. Más tarde continuará con los robots de Karel Capec y los de Asimov, con el androide que suplanta a María en Metrópolis, con las Muñecas Eléctricas del futurista Marinetti y con los replicantes de Blade Runner.

Tanta imaginación desenfrenada es razonable —y aun recomendable— cuando está concebida con fines literarios, artísticos, místicos o religiosos, pero no cuando sus propósitos son económicos, sociales y políticos.

Allan Kardec y sus seguidores pueden disfrutar todo lo que quieran con sus mesas giratorias, pero cuando eso desemboca en la Mesa Redonda de la Televisión Cubana… ¡apaga y vámonos!

Cuando Marx, en la Crítica del programa de Gotha, dice: “De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades” pretende ni más ni menos que la escoba barra sola y que, además, cargue los cubos de agua.

Cuando el Che Guevara inventó el trabajo voluntario, la emulación socialista y los estímulos morales como formas de aumentar la producción, reincidió en el error incurriendo en otro frustrado acto de magia.

En ambos casos, se trata de que lo inmaterial (lo moral) actúe sobre lo material, transformándolo e incluso creándolo. Lo que se busca es que lo invisible (estímulos morales) sustituya a lo visible (incentivos materiales) en las actividades productivas.

Esa falta de realismo económico es la kryptonita de los utopistas. Tantos delirios teóricos, y la obstinación de ponerlos en práctica, equivalen al intento de infundirle vida a un trozo de barro con tan solo un soplo divino.

Estas supersticiones, siempre envueltas en palabrería seudocientífica, paradójicamente son llevadas a cabo por ateos recalcitrantes.

Al final, las aguas se retiran, la habitación queda seca, todo vuelve al orden. Sumisamente, el ratón Mickey le devuelve el sombrero al Mago. El druida le da un escobazo en el trasero echándolo fuera de la casa. Es como si le dijera: “zapatero, a tus zapatos”. Cualquier parecido con las recientes elecciones españolas es pura coincidencia.

¿A quién representa el Viejo Maestro en mi exégesis?

Pudiera ser Dios, creador de tantas cosas, desde las flores y las mariposas hasta las estrellas y los océanos. Por si acaso algún lector no es creyente, digamos que ese druida también simboliza las inmutables leyes de la Naturaleza. Es decir, encarna el discurso de la Realidad, única fuerza capaz de poner en su sitio, tarde o temprano, a los utopistas.

Dicho de otro modo, ese Merlín personifica la tradición y la experiencia acumulada durante siglos por inventores, comerciantes, hombres de negocio, industriales, técnicos, científicos y los emprendedores en general, que son los únicos que saben producir riqueza en abundancia.

Me anticipo a posibles críticos. Por supuesto que el modelo democrático tiene defectos y se cometen injusticias, pero aun así, todos los defectos del capitalismo juntos no llegan ni al cincuenta por ciento de todas las deficiencias del comunismo. Como decía Winston Churchill: “la democracia es el menos malo de los sistemas políticos”. El comunismo, como antídoto contra los males del capitalismo, es un remedio que resulta peor que la enfermedad.

El sistema económico que ha concentrado más personas capaces de generar bienestar material y espiritual es el capitalismo. La clase social que más talentos de esa índole ha gestado a lo largo de la historia es la burguesía.

Esto fue lo que comprendió Deng Xiaoping cuando proclamó que “enriquecerse es glorioso”. Eso mismo conjeturó Gorbachov con su Perestroika y su Glasnot.

Ambos comunistas redescubrieron el capitalismo tras décadas de experimentos utopistas —o sea, medievales, pues no han sido más que retrocesos al feudalismo.

Esos ensayos infligieron a sus pueblos —y a otros que los imitaron— múltiples e inútiles sufrimientos, como carencias crónicas, la prohibición de viajar libremente, de opinar, de tener el pelo largo, de oír o bailar rock, de rezar y poner arbolitos de Navidad, de tener acceso a Internet, el hambre científicamente programada, los destierros sin retorno permitido, el desgarramiento de las familias separadas, el incalculable número de balseros cubanos ahogados, o una cifra aún mayor de naufragios en los Boat People de Vietnam, la imposición del Pensamiento Único y de lo Políticamente Correcto, el auge de la Policía del Pensamiento y de la Neo-lengua, el espionaje y la delación entre vecinos, un único Partido, dinastías “revolucionarias” eternizadas en el poder, la coartada de echarle siempre la culpa de todo lo malo al enemigo exterior, entrenamientos y simulacros militares cada dos por tres, ingentes gastos armamentísticos en detrimento de la canasta básica, el miedo inculcado desde la infancia, insultos gubernamentales (“traidores”, “vende-patrias”, “mercenarios”, “gusanos”, “escoria”, “escuálidos”) contra aquellos ciudadanos que no comparten la ideología oficial, crisis de misiles que pusieron al mundo al borde de la destrucción, guerra en Afganistán, invasiones en Hungría y en Checoslovaquia, guerrillas en América Latina, la guerra en Angola, la matanza en Tian'Anmen, colectivizaciones forzadas, censura férrea, purgas en el Partido, procesos kafkianos en público y por televisión, represión contra religiosos y homosexuales, escritores silenciados, otros ejecutados, algunos suicidados, mujeres pacíficas vapuleadas en la calle por turbas progubernamentales, psicosis de Guerra Fría, planes quinquenales incumplidos, millones de horas de estúpido trabajo voluntario que suman años de tiempo perdido, campos de concentración (UMAP por aquí, Gulags por allá), miles de discursos tan tediosos como vacíos, expropiaciones masivas, cero propiedad privada, ningún derecho de herencia, fusilamientos, largos encarcelamientos, el Estado de Derecho extinguido, el hábeas corpus inexistente, el sentido del humor coartado, la libertad de asociación y de reunión imposibles, el derecho a huelga cancelado hasta nuevo aviso, salarios de miseria dignos de esclavos, la cultura secuestrada en mayor o menor medida por el aparato de propaganda del partido…

¿Por qué Marx usó la palabra “fantasma” (Gespenst) para definir al comunismo en la primera oración de su famoso Manifiesto? Obviamente es una metáfora para esbozar algo capaz de asustar a las fuerzas más poderosas de su tiempo en Europa. Aun así no deja de ser interesante que eligiera esa palabra en vez de, por ejemplo, tigre, amenaza, peligro, huracán, terremoto… En cierta forma, es casi como si reconociera que en aquel entonces (1848) el comunismo no era más que una visión quimérica, un espantajo, un fenómeno sobrenatural que no pertenecía a este mundo sino al Más Allá. A fin de cuentas, ¿qué es cualquier utopía sino una fantasmagoría?

En cualquier caso, lo que Marx desencadenó con su Manifiesto Comunista fue un poltergeist en la historia del siglo XX cuyas catastróficas repercusiones amenazan con extenderse al siglo XXI.

Marx creó un Golem que no solo destruyó todos los entornos donde se instaló sino que además terminó desobedeciendo —igual que las escobas de Mickey Mouse—, e incluso se volvió contra su propio creador.

Fidel Castro —en un raro momento de lucidez— supo vislumbrar a ese Frankenstein tropical: “Este país puede autodestruirse por sí mismo. Esta revolución puede destruirse. Nosotros sí, nosotros podemos destruirla…”

El siglo XX engendró dos Golems. Uno es esa utopía de ultraderecha que fue el nazismo, anunciada en la novela Michael, de Goebbels. El otro se tambalea, escorándose a la izquierda, y le llaman el “Hombre Nuevo”. Se parece tanto al sonámbulo César del Doctor Caligari que no es extraño que en una Cuba ya zombificada se filmen películas de muertos vivientes.

De esos dos totalitarismos, el que más ha durado es el comunista, y sus principales aprendices de brujo van desde Marx y Engels hasta Hugo Chávez, pasando por Stalin, Lenin, Trotsky, Che Guevara, Fidel Castro, Mao Tsé-tung, Pol Pot, Ieng Sary, Kim il-Sung, Ceausescu, Enver Hoxha, Honecker, Tito…

Lo más curioso es que, a pesar de que todos sus proyectos han fracasado, no faltan nostálgicos —o cínicos— que tercamente siguen procurando fórmulas mágicas, ignorando a consciencia las terribles lecciones de la historia más reciente: la debacle del campo socialista en Europa Oriental, la extinción del CAME o COMECON, la desaparición del Pacto de Varsovia, la caída del Muro de Berlín, la transición de China hacia un capitalismo de estado, la improvisación cubana de una precaria economía del timbiriche…

Todos estos derrumbes, así como las lentas transiciones denominadas “ajustes” o “actualizaciones”, describen el desmantelamiento vergonzante del modelo comunista, no son más que capitulaciones e implican el reconocimiento tácito del fiasco del sueño utopista.

Sin embargo, muchos intelectuales, artistas y académicos se empeñan en seguir soñando. Están en su derecho. Lo malo es que contaminan y confunden a otros mucho menos informados.

Estos candidatos a aprendices de brujo argumentan que la utopía es tan bella (al menos en teoría) que vale la pena intentarla de nuevo, lo cual es como darle otra oportunidad al cirujano que ha matado a un montón de pacientes en el quirófano. A ese cirujano habría que mandarlo a la cárcel, lo cual, en el caso de la utopía, significa mandarla al basurero de la historia.

Pero los nostálgicos insisten sin la menor pizca de rubor. Alegan que la utopía es como el horizonte, que mientras más nos acercamos a él, más se aleja y que, por tanto, la utopía sirve para eso: “para caminar”.

¡Qué poético! Pero… ¿caminar hacia dónde? ¿Hacia el abismo? No, gracias.

Las utopías son el parto de los montes, y la montaña parió un ratón.



(*) Publicado en Cubaencuentro el 11 de Enero del 2012.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

diciembre 30, 2011

2012: BREVE ENTREVISTA A MANUEL PEREIRA


¿Cómo auguras que será el año 2012 para Cuba?
“No tengo ni la menor idea. Tampoco quiero aventurarme en vaticinios a tan corto plazo. Eso se lo dejo a NostraCastrus, quien lo hace a la perfección profetizando inminentes guerras nucleares”.

¿Cuáles son tus deseos para la Cuba de 2012?
“Hace muchos años aprendí que era mejor no vivir de ilusiones, para no morir de desengaños. Mi último sueño data de 1988, cuando pensé que en Cuba ocurriría algo parecido a la Perestroika y la Glasnot de Gorbachov. Desde entonces nunca he vuelto a soñar. Me limito a observar y a meditar, cada vez con mayor distancia crítica, geográfica y sentimental. No me hago ninguna ilusión con supuestos ‘cambios que no son más que otra tomadura de pelo. Una vez —según Pascal— la suerte del mundo dependió del tamaño de la nariz de una reina egipcia. Ahora parece que el destino de la Isla depende de dos enfermos. Sus males son secretos de Estado. Ya sean dolencias pélvicas, prostáticas o anales, lo cierto es que los anales de la historia han perdido en elegancia y ganado en fetidez”. 

(*) Publicado por Cubaencuentro.

diciembre 15, 2011

EL PAÍS DE MIS SUEÑOS

EL PAÍS DE MIS SUEÑOS
Por Manuel Pereira
El fotógrafo suizo Luc Chessex.


Recientemente el fotógrafo suizo Luc Chessex expuso su libro Le Visage de la révolution (El rostro de la revolución) en PARIS PHOTO, una feria del arte dedicada a la fotografía que se celebra, cada dos años, en el Grand Palais.

Su libro es un retrato de la Cuba que él conoció en los años sesenta. Luc es casi un cubano, tal vez nació en Suiza por equivocación. Trabajé con él durante casi seis años en la revista “CUBA internacional”. Es un viejo amigo, y quiero aprovechar ese homenaje que le hicieron en París para entrevistarlo.

Sin embargo, antes de entrar en materia, no quisiera dejar de subrayar el hecho de que los fotógrafos que últimamente han recibido merecidas distinciones (Iván Cañas, Ernesto Fernández) trabajaron, o se formaron, en la revista “CUBA internacional”.

Es como si en aquella mansión art nouveau de la calle Reina esquina Lealtad, hubiera surgido -por arte de magia- el ojo diversificado capaz de registrar, con la mayor calidad estética, el paso de la historia por la isla. Cada uno de estos artistas, desde la peculiaridad de su lente, ha contribuido con su obra a configurar un collage de testimonios gráficos sobre eso que todavía algunos llaman “revolución”.

-Cuéntame, Luc, tus primeras impresiones al llegar a Cuba.
-Corría el año 1961. El 14 de junio, al amanecer, vi salir de la bruma una Habana iluminada. Frente a mí se alzaba el Vedado, barrio moderno construido al estilo americano con sus altos edificios y sus hoteles de veinticinco pisos. Me sorprendió el modernismo de esa escenografía, pues yo tenía otra imagen de ese país que databa de mi infancia. Mi padre era fumador de habanos y él me regalaba las cajas de tabacos cuando estaban vacías. Las litografías que las decoraban dibujaban un país misterioso y fascinante. Además de las inevitables palmeras y los abundantes indígenas, se veían leones amenazadores, casitas con techo de paja, fábricas desbordantes de ruedas dentadas y hasta Romeos en busca de Julietas.

          El barco italiano “Enrico Dandolo” ya había atracado en el muelle y su capitán me exhortaba a pensarlo mejor antes de poner pie en tierra: “los comunistas son implacables, algún día lo lamentarás”. Esta frase yo la había oído en Suiza los meses previos a mi partida y siempre me había exasperado; ahora, me divertía. Para mí, la situación era otra, yo había llegado al lugar donde quería estar. En mi niñez, nada o casi nada, me había sido negado: el reloj de pulsera de mis diez años, el tren eléctrico de mis doce años o el kayak de mis quince años no me habían costado ningún esfuerzo; estaban pensados para mí, eran regalos casi inevitables. El viaje a Cuba era algo totalmente diferente, era mi proyecto, mi primer proyecto personal. Y ahora que había alcanzado mi meta, tenía la impresión de haber burlado a mi destino, de haber escapado de él.

-Aparte de esa primera visión, ¿qué más te impactó en La Habana?
-Nada más desembarcar, sentí una fervorosa fraternidad. La Habana en 1961 era siempre como un sueño y, a veces, era el delirio. Yo me preguntaba: ¿por qué ese pequeño país -última colonia española en obtener su independencia- había devenido el ejemplo a seguir para un Tercer Mundo cada día más tercero y cada vez menos mundo? ¿Por qué era también un punto de referencia para la izquierda europea decepcionada por el socialismo de las democracias populares?

-¿Tú llegaste a Cuba invitado por el gobierno o con una recomendación de Sartre?
-Llegué por mi propia iniciativa después de leer un reportaje, Huracán sobre el azúcar, que Sartre publicó en el periódico France-Soir a su regreso de Cuba.

-Yo te conocí en 1969, en la revista “Cuba internacional”, más tarde pasaste a Prensa Latina como “fotógrafo viajero”. ¿En qué otros medios o instituciones de la isla trabajaste?
-En septiembre del 61 Alejo Carpentier, vice-ministro de Cultura, me contrató como fotógrafo de la revista "Pueblo y Cultura" que luego se llamó "Revolución y Cultura". Trabajé allí hasta finales del año 68.

-¿Cuáles son tus fotógrafos favoritos? Me refiero a tus maestros o inspiradores...
-Robert Frank y Richard Avedon.

-Tus afinidades con Robert Frank son evidentes. Al igual que tú, es un suizo fugitivo,  algo así como el Gauguin de la fotografía que necesita dilatar sus horizontes. Pero... ¿Richard Avedon? Me parece que se aparta bastante de tu línea, lo veo muy ligado al mundo de la moda...
-Entiendo tu perplejidad. He sido profundamente influenciado por Robert Frank. Quizás sin él no hubiera perseverado en el oficio. Para mí, hay en la fotografía un antes y un después de RF. Con un libro, Los americanos, él influyó de manera decisiva en la fotografía de lo real, a veces llamada “de reportaje”.

El caso de Avedon es más complejo en cuanto se hizo famoso a lo largo de su carrera como fotógrafo de moda y retratista. Pero él tiene también una obra de autor, menos conocida, en la que colabora con escritores como Truman Capote y James Baldwin. Utiliza su misma estética formal, pero no para llenar las páginas de revistas de moda o retratar a la gran burguesía y a la gente del pueblo, sino para tratar temas muy políticos como el racismo, el tratamiento que se reserva a los locos, la guerra del Vietnam.

Lo fuerte en él es que utilizando la misma estética "papier glacé" y muchas veces los mismos protagonistas, logra un discurso tan subversivo sobre su sociedad como Frank con su estética "trash". Es extraño cómo dos maneras tan opuestas logran al final el mismo resultado.

-Luc, cuéntame esa anécdota en la que confundiste la palabra "paredón" con "perdón".
-Cuando llegué a La Habana, la ciudad estaba cubierta con inmensos carteles que decían: “Paredón para los traidores”. Colgaban en las fachadas de los edificios ahora vacíos de la compañía General Electric, la Coca Cola y la Ford Motor Company.... Un día después de mi llegada, fui al Instituto Cubano del Cine con una carta de presentación que el embajador de Cuba en Suiza me había dado. Mi español era imperfecto, lo había aprendido apresuradamente durante la travesía que duró tres semanas. Tras algunas horas de espera, fui recibido por un grupo de jóvenes cineastas que miraban con interés el dossier fotográfico que yo les había llevado. En la discusión que siguió, ellos me pidieron que precisara los motivos que me habían llevado a Cuba. En resumen, querían que definiera mi profesión de fe revolucionaria, algo que se me hacía muy difícil a causa de mi español aproximativo. Traté de explicarles la convicción que yo tenía de haber encontrado el país de mis sueños. “¡Qué maravillosa revolución, y que mejor prueba de su generosidad, que estando hostigada por sus enemigos lleva a cabo esa campaña propagandística pidiendo perdón para los traidores!”. Mis interlocutores no parecieron comprender bien, salvo uno de ellos que hablaba perfectamente francés y estaba muerto de risa. Después de que él intercambió algunas palabras con sus compañeros, todos empezaron a soltar carcajadas. Me hubiera encantado reír también, o al menos, conocer el motivo de tanta alegría, pero tuve que esperar a que me prestaran un diccionario para entender que la traducción correcta de “paredón” significaba ejecución y no “perdón”. Sin querer, yo había entrado en el mundo cultural cubano: de buenas a primeras estaba inmerso como fotógrafo de plató en una película, cómica, por supuesto. Esa “filmación” duró apenas unos meses, pero los nueve años que viví en Cuba se parecían a una buena película. El guión era simple y permitía todas las peripecias.

-¿Cómo fue tu aventura tras las huellas del Che en Bolivia.
-Salí de Cuba con el periodista uruguayo Ernesto González Bermejo, cada uno tenía un pasaporte que le permitía viajar a Bolivia. El propósito era recoger testimonios acerca de la aventura funesta que vivieron el Che y sus compañeros en la selva boliviana. Viajamos durante poco más de dos meses siguiendo el recorrido de los guerrilleros hasta La Higuera, el pueblo donde Che cayó herido antes de ser ajusticiado.

-¿Cómo y cuándo te expulsaron de Cuba? ¿Por qué?
-Fue en el año 75, en pleno quinquenio gris. Prensa Latina me dejó cesante. En aquel momento, la influencia de la URSS llegó a ser muy fuerte en Cuba y como yo no era miembro de ningún partido comunista -ni del suizo ni del cubano- supongo que se rompió el lazo de confianza. Esta es mi interpretación de lo sucedido, porque de más está decir que nunca nadie me ha dado una explicación oficial.

-Tu libro El rostro de la revolución pareciera un análisis sobre el culto a la personalidad. ¿Podemos suponer que tu obra muestra un culto a la personalidad callejero, popular y espontáneo, o piensas que se trata de una variante tropical de esa adoración casi religiosa por un caudillo carismático?
-El culto a la personalidad como se conoce (Stalin,Walter Ulbricht, Mao) siempre se apoya en unas cuantas imágenes emblemáticas de los líderes. Son los mismos arquetipos que se repiten: el líder conversando con obreros, compartiendo con niños, visitando fábricas. En la Cuba de los años 60, las imágenes de Fidel, al contrario, eran muy diversas y antagónicas. Algunas eran difundidas por el Partido, muchas otras eran el fruto de la iniciativa privada o popular. Para un observador europeo, daba la impresión de una especie de “surrealismo tropical”, tal vez lo "real maravilloso" de que hablaba Carpentier, muy ajeno a los cánones del culto a la personalidad que se vivía en la URSS o en China.

-¿Tenía razón, al cabo de medio siglo, aquel capitán del barco italiano que te llevó a la isla?
-En junio del 61 todavía el marxismo-leninismo no se había consolidado en la isla, así que el capitán tenía cierta visión de futuro. Finalmente el comunismo desapareció por completo de la faz de la tierra, fue una peripecia en la historia de la humanidad, ni más ni menos.

-Luc, tú has sido un testigo privilegiado de lo ocurrido en Cuba, primero porque tienes la visión del extranjero, y segundo, por haber estado allí con tu cámara desde los primeros momentos... ¿Cuál es -cincuenta años después- el rostro de la revolución? Y conste que no me refiero al rostro físico de un individuo...
-Es difícil sacar conclusiones. Obviamente no se cumplieron todas las promesas del proyecto revolucionario. Las revoluciones sociales siempre son utopías que tarde o temprano chocan con la realidad de los hechos, y la realidad de los hechos  es siempre más fuerte que las utopías revolucionarias. No sé quién decía que la economía es siempre reaccionaria. La revolución industrial o la revolución informática han sido mucho más radicales que cualquier revolución social. Quiero decir que el hombre es mucho, pero mucho más complejo, que cualquier tecnología y por eso las grandes teorías siempre fracasan cuando plantean cambiar demasiado rápidamente el curso de la historia.



(*) Publicado en Cubaencuentro el 15 de diciembre de 2011.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

diciembre 08, 2011

LA CAPILLA GÓTICA

LA CAPILLA GÓTICA

Por Manuel Pereira
México no deja de asombrarme. Entre los muchos prodigios que aguardan al viajero está una joya de la arquitectura medieval casi escondida en su capital. Se trata de una Capilla Gótica y un claustro románico —aquélla del siglo XIV y éste del XII—, por tanto, estas piedras fueron labradas cuando Hernán Cortés aún no había nacido.

Pero… ¿y entonces cómo llegaron estas canterías europeas a la Ciudad de México? Es una historia de película, literalmente.

Al final de El Ciudadano Kane, de Orson Welles, aparece un vasto almacén de antigüedades, algunas todavía en sus cajas, otras ya desembaladas.

Charles Foster Kane no es más que el retrato que Orson Welles hizo de William Randolph Hearst (1863-1951), el magnate de la prensa estadounidense. Tanto en la ficción fílmica como en la vida real, el multimillonario norteamericano compraba y trasladaba a su castillo californiano cuanta estatua y objeto museable se le antojara durante sus viajes por el mundo. Maniático del coleccionismo, a Hearst le sobraba el dinero, así que podía adquirir estatuas, muebles, gobelinos, cuadros, góndolas… incluso edificios enteros.

Entre 1925 y 1926 Hearst vio esta Capilla Gótica y el claustro románico en Ávila, España. Quedó fascinado y lo compró todo. A golpe de chequera, sus agentes desmontaron ambas estructuras, piedra por piedra, las empacaron en cajas numeradas y las trasladaron en barco hasta un almacén portuario de Nueva York. Allí los guacales quedaron sin abrir ya que, por entonces, había en España una epidemia de fiebre aftosa, lo cual asustó a las autoridades sanitarias, temerosas de que la paja que envolvía aquellas piedras pudiera estar contaminada con algún virus. Pusieron el cargamento en cuarentena. Una cuarentena que se prolongó treinta meses hasta que sobrevino el crack bancario del año 29. De resultas, Hearst enfrentó graves dificultades financieras y aquellas cajas con su tesoro de cantería siguieron arrumbadas en la sombra de un almacén.

El magnate de la prensa norteamericana murió sin que se abrieran los embalajes. Los herederos de Hearst pusieron a la venta aquel conjunto de piedras labradas en España seis siglos atrás.

A la sazón, un coleccionista mexicano de visita en Estados Unidos se enteró de la venta, acudió a los almacenes para ver con sus propios ojos aquella maravilla. Cuando el Licenciado Nicolás González Jáuregui contempló el contenido de las cajas y estudió los planos, su rostro se iluminó como el de Howard Carter cuando descubrió el tesoro de Tutankamón. Enseguida lo compró todo y lo trajo —piedra por piedra— hasta México.

En 1954, con la ayuda de un arquitecto, el conjunto quedó ensamblado aquí, en lo que entonces era el jardín de la residencia de Jáuregui, y donde hoy radica el Instituto Cultural Helénico, una institución que desde 1973 ofrece una excelente oferta educativa y un amplio abanico de actividades artísticas.
Este monumento histórico es un caleidoscopio. La chimenea, por ejemplo, es del Medioevo francés y poco o nada tiene que ver estilísticamente con la Capilla. El impresionante artesonado español pertenece al siglo XVI. Las lámparas de aceite colgantes son del tipo incensario, o botafumeiro, y en la ornamentación del cobre se advierten reminiscencias mudéjares.

Se ve que el gran Jáuregui fue armando su rompecabezas con piezas ajenas, sacadas de su colección, para rellenar los vacíos. Probablemente en el cargamento faltaban algunos fragmentos de la construcción, sea porque se perdieron, sea porque cuando Hearst adquirió esta edificación ya estaba medio en ruinas.

Ese puzle alcanza su máximo esplendor en la fachada, donde el coleccionista mexicano incrustó una portada plateresca, procedente de Guanajuato, logrando así un hermoso mestizaje arquitectónico, una curiosa hibridación que permite que en ese frontispicio convivan dos indígenas empenachadas con una virgen gótica en su nicho trilobulado.

El conjunto funciona como una máquina del tiempo. Entramos por una galería de columnas románicas y ya estamos en el siglo XII, pasamos por debajo de un arco flamígero y desembocamos en las postrimerías del XIV, subimos una escalera de caracol y retrocedemos al siglo XII, transitamos entre los sitiales plegables del coro con sus “misericordias”, y de nuevo somos catapultados en el tiempo, miramos hacia arriba y el artesonado nos traslada a la España del XVI… y, para rematar, salimos al patio por una portada de Guanajuato ricamente ornamentada. ¡Alucinante! Y todo eso en medio de esta ciudad pantagruélica, envuelta en el estrepitoso ruido del tráfico.

Tanto eclecticismo estilístico, saltándose siglos y conjugándolos, lejos de resultar chocante, produce una impresión agradable, y ello se debe al buen gusto y al mejor tino de Jáuregui. Gracias a su arqueológica erudición esa amalgama tan heterogénea, que mezcla formas y orígenes, se prolonga en los cuadros y tapices que engalanan el interior de la Capilla. Por doquier nos sorprenden los gobelinos franceses, españoles y flamencos, unos ilustrados con temas marianos, otros con historias persas o mitologías paganas. Aquí y allá, magníficos vitrales franceses, en particular uno que parece salido de los talleres de Chartres, pues tiene una virgencita azul bastante similar a “la Notre Dame de la belle Verriere”. Por allá vemos una monumental virgen de Murillo, por acá un cuadro atribuido al veneciano Giovanni Bellini y, más allá, otro de Bernardino Luini, perteneciente al círculo de Leonardo en Milán.

En el patio se despliega la galería románica con su arquería y los capiteles desde donde nos contempla el típico bestiario infernal del siglo XII: serpientes, vampiros o demonios… Por la parte trasera de la construcción se ven los contrafuertes y algunas gárgolas, pero lo más impresionante es el torreón.

Como en un cuento de hadas, siempre imagino en lo alto de esa atalaya a una doncella secuestrada dando gritos, de su tocado puntiagudo cuelga el velo que flota libremente. Enroscado al pie de la torre cilíndrica, el dragón que mantiene prisionera a la princesa lanza fuego por la boca. A lo lejos, se oye el galope del caballo en el que se acerca el príncipe azul que blandiendo su espada matará a la bestia y rescatará a la bella.

Esa parte de la Capilla, con sus muros almenados y sus aspilleras, corresponde a la arquitectura románica que combinaba las estructuras religiosas con las militares. Los sacerdotes tenían que defender la casa de Dios de las hordas que la amenazaban con sus habituales asaltos y pillajes. Lanzaban aceite hirviente a los atacantes, repelían sus agresiones arrojando flechas por las saeteras.

Soplaban por la Península vientos de Reconquista, a lo que hay que añadir frecuentes guerras civiles o enfrentamientos señoriales, las invasiones de los vikingos y la amenaza permanente de vulgares ladrones y bandidos. De resultas, la iglesia se encastilló y así surgió este estilo denominado “monasterio-fortaleza”.

Manuel Pereira impartiendo una conferencia sobre Surrealismo en la Capilla Gótica.
Llevo cinco años dando clases en un aula situada a pocos metros de ese monumento y he podido comprobar que muchos capitalinos —incluso nacidos en este barrio— ignoran la existencia de esta reliquia de sillería. Como está medio oculta entre árboles y altos edificios, la mayoría no se percata de esta joya, otros quizá piensen que es una copia o una vieja iglesia en funciones.

Estas piedras no solo nos conectan con la mejor película de la historia del cine, sino también con una leyenda del periodismo norteamericano, pero, además, al venir de Ávila, estas canterías transpiran poesía a lo divino, misticismo y sabiduría abulenses.

No hay que olvidar que de Ávila son Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. En aquella tierra nacieron también San Pedro Bautista, protomártir de Japón, y San Pedro de Alcántara, amigo y consejero de Teresa de Jesús, así como Alonso de Madrigal, “el Tostado”. Allí vio la luz la reina Isabel la Católica. Allí fue a morir el poeta Fray Luis de León.

Toda esa tradición espiritual impregna estas canterías. La presencia de esta estructura románico-gótica en un país repleto de pirámides prehispánicas hace pensar en un Aleph borgiano, en una metempsicosis de piedras que reaparecen o transmigran superponiéndose en un palimpsesto arquitectural.

La insólita presencia de esta edificación en el corazón de este país confirma —por si hiciera falta— la persistencia y vigencia del surrealismo mexicano del que tantas veces he hablado aquí y en otras partes.


(*) Publicado en Cubaencuentro el 8 de Diciembre del 2011.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

noviembre 16, 2011

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS


LA MÚSICA DE LAS ESFERAS (*) 
Por Manuel Pereira
Antonio del Valle, Manuel Pereira, Francisco Javier Gaxiola Ochoa y Carlos Prieto, después de un concierto espectacular en la Capilla Gótica del Instituto Cultural Helénico, 11 Octubre 2011.
Carlos Prieto es un gran músico de fama internacional, una gloria de México. Pero me gustaría apuntar que es mucho más que el mejor chelista del mundo, es también un escritor, un intelectual. Días atrás, cuando yo leía su monumental obra Cinco mil años de palabras, pensaba que este hombre no sólo vive en la música de las esferas de Pitágoras, sino que también habita en la Torre de Babel porque se me reveló como un filólogo de vasta erudición, un paleolingüista que ha explorado diversos mapas idiomáticos, desde el alfabeto fenicio hasta el cirílico, y aun más allá.

Su curiosidad es infinita, su pasión, renacentista: investiga no sólo el origen y desarrollo de las lenguas romances, sino también el misterio de las etimologías y las ortografías, irrumpe en las tribus indoeuropeas, nos lleva de la mano siguiendo el rastro de celtas, vikingos, galos... todo ello descrito con gran amenidad.

En su espíritu confluyen o conviven otras ciencias y actividades: ha sido ingeniero, economista, incluso industrial prominente. Hoy presentamos aquí la nueva edición de otro libro suyo: Las aventuras de un violonchelo, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Ese instrumento es todo un personaje, está cargado de historia y lo acompaña desde hace treinta y un años. El “Piatti” es un stradivarius que nació hace casi tres siglos en Cremona, Italia. Es el mejor amigo de Carlos Prieto, nunca se separan. Algunas personas van a todas partes con sus mascotas, los llevan en aviones y en barcos, se alojan en hoteles con sus gatos o sus perros. Otros llevan siempre consigo un talismán, la imagen de un santo, la medalla de alguna virgen. A Carlos Prieto siempre lo acompaña la sombra de su Piatti.

Lo que cuenta el libro que hoy tengo el honor de presentar son las peripecias de ese instrumento a lo largo de tres siglos, sus viajes a través de diversas geografías, sus distintos dueños, su convivencia con compositores inmortales, con príncipes y hasta con pintores geniales como Goya.

Entre tantos avatares, el pobre “Piatti”, en una ocasión, estuvo a punto de que un camión de la basura se lo llevara al fin del mundo. Este libro es una novela cuyo protagonista es un instrumento musical devenido casi humano, incluso me atrevería a decir que es divino. Esta Capilla Gótica ofrece la estructura acústica idónea para Carlos Prieto y su Piatti. El estilo de las piedras que nos rodean oscila entre el románico y el gótico, es decir, estas canterías tienen entre seis y ocho siglos de antigüedad. La pregunta que me estoy haciendo desde hace días es la siguiente: ¿Esta Capilla Gótica fue hecha para Carlos Prieto y su Piatti, o Carlos Prieto y su Piatti fueron hechos para ella?

Cuenta la historia que allá en Egipto, antes de la batalla contra los mamelucos, Napoleón se dirigió a sus tropas: “Soldados,  recordad que desde lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos os contemplan”. Hoy pudiéramos parafrasear aquellas palabras y decirles a ustedes: Queridos invitados, recordad que esta noche, desde lo alto de estos arcos ojivales, ocho siglos de cantería oirán a las musas griegas expresándose a través del talento de Carlos Prieto y del genio escondido en su extraordinario stradivarius.


(*) Palabras de presentación de Carlos Prieto antes de su concierto 
en la Capilla Gótica. Ciudad de México, 11 octubre 2011.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

noviembre 09, 2011

BALADA DE LAS DOS LANZAS


BALADA DE LAS DOS LANZAS
Por Manuel Pereira
Nicolás Guillén
“Toca instrumento
 -Elamú, calambú, cambú
 Elamú.”

¿De quién son estos versos? Recuerdan a Nicolás Guillén, pero fueron firmados por Góngora hace más de trescientos años. No estoy insinuando plagios, ni soy un cazador de influencias; lo único que me interesa es demostrar que solo la calidad es universal.

Otra letrilla de Góngora, En la fiesta del Santísimo Sacramento, concluye con este estribillo de evidente resonancia africana:

“Zambambú, morenica de Congo
 Zambambú.
 Zambambú, que galana me pongo
 Zambambú”.

En otra composición gongorina, dedicada a la “Adoración de los Reyes”, alguien canta desde el séquito de Melchor, que es el rey negro:

“-Mechora, rey de Sabá,
  guan, guan, gua,
  morenica de Tofalá”

Es lo que Fernando Ortiz llamó “versificación tamboreada”, y de la cual es tributario Nicolás Guillén. Aclaro: en arte el deudor no siempre sabe que lo es, incluso es mejor que lo ignore, o que lo olvide; porque así nace un arte des­provisto de malicia. No hay pecado original. Ni tampoco existe la originalidad en estado puro.

Pero estas raíces poéticas no están solo en Góngora. También Lope de Vega, en El nacimiento de Cristo, nos dejó esta exhortación que parece salida de Motivos de son:

“Toca, neglo, lo pandelo
 A lo niño y Dioso mío,
 Que está temblando de frío.
 Siendo la lumbre del Cielo;
 Toca, Blas, lo morteruelo”.

España repitió en América el experimento que ya había realizado en su propio suelo: mestizarse. Durante siglos, judíos, cristianos, moros y gitanos convivieron en la Península hasta que, tras la Reconquista, fueron obligados a escoger entre la conversión o la expulsión. Porque para la inquisición española era más grave la diferencia de credo que la diferencia de raza. Por eso nadie sabrá nunca, por ejemplo, cuántos moriscos, conversos de convicción o cristianizados a regañadientes, desembarcaron en las costas americanas.

No solo hubo moros, también había negros en Sevilla antes de que Colón naciera. Y no unos cuantos, sino tantos como en Lisboa. A partir de documentos del siglo XIV, Fernando Ortiz nos informa que los negros en Sevilla tenían sus cabildos y eran pocas las casas que no poseían un esclavo de esa raza. Hubo incluso negros islamizados, pues se amigaron con los esclavos berberiscos. Esa ciudad contó con un hospital, una capilla y hasta una cofradía para negros a finales del siglo XIV. Muchos de estos negros sevillanos participaban en las procesiones de la iglesia flagelándose en público o alumbrando con cirios esos ritos medievales.

De ahí que no sea raro encontrar en el teatro de Lope de Rueda a criadas negras que hablan ya con esa prosodia que anticipa la gracia de Negro bembón. Hay personajes negros en la obra de Calderón de la Barca, se habla de negras en un entremés de Juan de Alarcón, Cervantes alude en La gitanilla a “negros fugitivos”; en un drama religioso Lope de Vega menciona a una etiópica; Quevedo en Los sueños se refiere a los esclavos negros cuando dice “bozales en trabajo”; Cervantes desliza en El rufián dichoso este verso “pues nosotros nacimos en Guinea”. En La Pícara Justina aparece la palabra guineo por nacido en Guinea. Quevedo se refiere a “la chacona mulata” y Cervantes a la “indiada amulatada”. Incluso entre los poetas árabes de Andalucía aflora el tema negro, como se aprecia en estos versos de Abenjafacha:

“Un negro nadaba en una
 alberca cuya agua no ocultaba los guijarros del fondo.
 La alberca tenía la figura de una pupila azul, donde
 El negro era la niña”

Los bailes negros entraron en España antes que en Cuba. ¿Quién sabe cuántas zarabandas y chaconas presenció Góngora en su Córdoba natal? O en Sevilla, tan cercana yendo por el Guadalquivir. En Andalucía confluyeron los atabales almorávides con los tambores africanos. A eso hay que añadir la canción quejumbrosa del árabe y la ululación casi gutural del almuecín llamando a los fieles desde lo alto del minarete.

En muchos cantes flamencos se siente inmediatamente la influencia árabe, tanto en las vocalizaciones como en el jaleo de las palmadas. Yo entendí mejor a Góngora una noche, en el Patio de los Naranjos de la Mezquita de Córdoba, oyendo a lo lejos una saeta, un cante jondo, unas bulerías, unas soleares. Pero entendí algo más, porque aquellos quejidos modulados me transportaron a otros patios, los de mi infancia en la Habana Vieja, donde en cada solar resonaba un guaguancó o una rumba de cajón, salpicada de toques de botellas, cucharas, sartenes y claves. Nada se parece tanto. Comprendí entonces que existe una patria sonora, plástica, arquitectónica, literaria, estética, cuyas fronteras no pue­den precisarse con el compás del topógrafo.

“África empieza en los Pirineos”, sentenció Alejandro Dumas (padre). Pero esa frase, que quiso ser insulto, acabó siendo nuestra primera definición. A Dumas solo le faltó agregar que África termina en América.

Ya Dámaso Alonso exploró las analogías literarias entre la poesía arábigo-andaluza y la obra de Góngora. Por otra parte, su poesía —tantas veces tildada de “rebuscada”— ¿no recuerda acaso el afán de filigrana del arte mahometano, obligado a una geometrización permanente debido a las prohibiciones iconográficas del Corán?

Mezquita de Córdoba
Toda la estética musulmana es arabesco poético. Aljófar es palabra árabe que designa una perla de figura irregular, la misma perla que en francés se llama barroque, de donde sale la denominación de “barroco”. ¿Coincidencia? Inspirado en el esplendor oriental, la orfebrería, el lujoso calado en madera y en estuco, así como en las diversas taraceas de piedras preciosas; lo que Gón­gora hizo con la sintaxis castellana es lo que los alarifes sarracenos hicieron con los arcos de herradura que sostienen la Mezquita de Córdoba. Viendo las almenas minuciosamente dentadas del muro de ese templo, también comprendí la hazaña estilística de Góngora. Esa arquitectura de panal se abre buscando espacio, recreando espacio, rompiendo el espacio.

Spengler insinuó cuánto le debe la arquitectura ojival europea a la concepción de infinitud espacial árabe. Así, no es raro que el barroco —al igual que el gótico— se oponga a la serenidad clasicista. Tampoco debe extrañarnos que sobre la mezquita se eleve hoy una torre cristiana, del mismo modo que en México se erigieron iglesias encima de cada teocali. Pueril soberbia española. Pero el español no sabe odiar. Confunde el odio con el amor, el rechazo con la atracción, de donde brota tanto mestizaje por aquí y por allá, en la sangre, en la piedra y en la palabra.

Me quedo mirando el retrato de Góngora que nos dejó Velázquez. No puedo dejar de sospechar el mestizaje en esos ojos negrísimos, la tez tirando a moruna, el poco pelo azabachado y esa larga nariz de camellero beduino de la que tanto se burló Quevedo. Góngora fue tan mestizo como Guillén, aun cuando el color de su piel no lo delatara, pues como dice el verso de Nicolás “quien por fuera no es noche, por dentro ya oscureció”. Lo que demuestra que la cultura no solo dilata la noción de patria, sino también las estrechas categorías raciales.

El otro esquema que siempre hay que revisar es el estético: que si arte elitista y arte popular, que si arte para las masas y arte para los iniciados... Cuentan que el comediante Osorio le preguntó a Góngora el significado de uno de sus versos oscuros. Cuando Góngora se lo explicó, Osorio replicó: “¿Por qué usted no me dijo en los versos eso que me dice ahora, y no me cansara en preguntárselo ni usted en declarármelo?” Más tarde, oyendo a un negro ladino que hablaba muy enredado —alterando el castellano a su antojo, con esa jerga que luego llevaron a Cuba los negros curros—, ese mismo Osorio, entre admirado y escandalizado, exclamó: “¡Válgate el diablo, negro! ¿Eres tú culto, que no sabes lo que dices?” Que oír el retozo verbal de un negro trasplantado en España permita evocar al Príncipe del Culteranismo, nos ofrece la clave de cuán frágiles son a veces ciertas nomenclaturas de gabinete.

Hace ya muchos años, en un carnaval habanero, oí la siguiente jerigonza que le soltó un parrandero medio borracho al camarero de un quiosco improvisado en la calle: “oye, compadre, échame dos lagartos en un cartón antes de que se derrita la Antártida y se acabe el orégano”.

El cantinero, que entendió inmediatamente ese código secretamente oscuro y popular, digno del dios Hermes Trismegisto, me hizo luego la traducción. Los “dos lagartos” son dos cervezas, porque “lagarto” —por simpatía fonética un tanto forzada— alude al tipo de cerveza lager. ¿El cartón? Era el vaso de cartón encerado que distribuían en los carnavales para evitar que se usaran los cuellos de botella como armas blancas en las reyertas. ¿La Antártida? La piedra de hielo para enfriar las cervezas dentro del quiosco. ¿El orégano? Alusión al oro, es decir, el dinero. Tanta ocurrencia, ingenio y jocosidad, me permitieron saber que en aquel carnaval, bailando en la calle junto al pueblo, estaban Góngora y Guillén.

Los retruécanos no son exclusivos de los escritores difíciles, también el pueblo los conoce. En Cuba esos juegos de palabras se denominan “quiribombo” : una palabra que nadie sabe explicar. Estas rebeldías de la lengua van del pueblo al arte, y viceversa. Los que nunca entienden nada y se quedan siempre bizqueando son esos intelectuales inconclusos —como Osorio— que pretenden regañar al arte mientras humillan al pueblo; son esos burócratas disfrazados de intelectuales que ni siquiera saben lo que es una “data” de dominó. Solo las ignorancias diplomadas se quedan perplejas ante esos caprichos fonéticos, esas reiteraciones, esas corruptelas idiomáticas y esas gramáticas trastornadas que, a menudo, son formas de resistencia idiomática. “Yo escribo en anti-inglés”, decía James Joyce.

Ese desafío a la lengua extranjera impuesta a la fuerza dio lugar a la prosodia típica del negro esclavo en América. Por algo en Norteamérica surgió el jazz. Originario de Nueva Orleáns, la etimología de jazz se remonta al verbo francés jaser, que significa hablar à tort et à travers, o sea, a tontas y a locas; como el negro ladino que sacó de quicio a Osorio. No en balde el jazz devino un diálogo absolutamente libre cuya esencia es la improvisación. Lo que al principio pudo parecer un disparate se transformó en la música que mayor influencia ejerció a escala mundial durante el siglo XX.

De los campos de algodón brotaron los spirituals de los negros sureños, del mismo modo que de los campos de caña —directa o indirectamente— surgió el cha cha chá. ¿No usa Nicolás Guillén en la Charanga de Juan el Barbero la onomatopeya “¡chas, chas, chas!” para sugerirnos los tres machetazos del cortador de caña? Todo el que ha realizado ese trabajo extenuante sabe que implica una técnica de balanceo del cuerpo: agacharse (primer machetazo al tallo a ras de tierra), incorporarse (segundo machetazo para quitarle las hojas), inclinarse hacia atrás (tercer machetazo para cortar el cogollo) y las cañas salen volando cortadas en dos. Cortar caña es, en cierta forma, danzar. Si el “chas, chas, chas” de Guillén reproduce el macheteo rítmico, el cha cha chá de Jorrín remeda el susurro de los zapatos del bailador deslizándose en el suelo.

En el camino que se extiende entre esas dos danzas (una rural, y la otra, urbano-lúdica) está la génesis de muchos versos de Nicolás Guillén, pues si cortar caña es danzar, también fue cantar. Anselmo Suárez y Romero, Emilio Bacardí Moreau y Henri Dumont nos dejaron noticias de que los esclavos en Cuba cantaban en cañaverales, ingenios, trapiches y cafetales mientras trabajaban. Se sabe que los negros cantaban en las factorías esclavistas de la costa africana y que durante la travesía eran obligados a bailar en la cubierta de los barcos negreros. Todas esas voces elevándose desde la noche de los tiempos es lo que Guillén definió como “voz de profunda madera desesperada”.

George D. Thomson y Karl Bucher nos enseñan que cuando todavía la poesía estaba ligada al trabajo —es decir, cuando magia y economía eran una misma cosa, cuando el rumor de las máquinas todavía no había hecho su aparición—, todo el mundo cantaba mientras trabajaba. Entre los polinesios se cantaba: “¡Alcen el remo, bajen el remo! O Puhi-huia!”. Para el remero maorí, el grito O Puhi-huia daba la señal de contraer los músculos. No otra cosa hace Guillén en su “Canción en el Magdalena” cuando reitera “y el boga, boga” marcando el ritmo del remo penetrando en las aguas del río colombiano. Igual pasó en Irlanda hace tres siglos, cuando los marinos arrastraban sus embarcaciones hasta la orilla gritando “¡Jo-li -jo-jup!”. Los pescadores rusos también tenían su grito: “¡E-uch-nyem!”. El Inca Garcilaso nos relata los cantos productivos en el Antiguo Perú. Los picapedreros de Tonga que trabajaban para sus amos europeos cantaban:

“Nos maltratan, ¡ejé!
 Son duros con nosotros; ¡ejé!
 Se toman su café, ¡ejé!
 y no dan ni un poco, ¡ejé!”

Ese “¡ejé!” gritado coincidía con cada mandarriazo en la piedra. Ya no se trata solo de un grito técnico, sino también social. En África Central, los cargadores de una caravana cantaban:

“El blanco malvado va de la orilla —puti, puti
 Seguiremos al blanco malvado —puti, puti
 mientras nos dé comida —puti, puti”

Ejemplos sobran por todo el mundo, pero volvamos a nuestro cañaveral cubano. A esos cantos colectivos, que incluían no pocas pullas contra el mayoral, se sumaron los pregones de los vendedores ambulantes. Muchas canciones cubanas arrastran el eco de aquellas vocinglerías callejeras con sus retruécanos y estribillos tenaces. Basta pensar en el “¡Ah, eh!; ¡Ah, eh! ¡Ah, eh!; la chambelona” y en el “¡Ay, Mamá Inés! Todos los negros tomamos café” o en el “Bururú, barará, ¿dónde está Miguel?”, de los Matamoros. Todo ese rebumbio de voces tenía que desembocar en las mejores páginas de Nicolás Guillén.

Además de lo estrictamente musical, en Cuba se mezclaron otras sonoridades. Fernando Ortiz analizó la jerga de los esclavos cuyo desconocimiento del castellano les hacía decir ¡chuchachucha! por “escucha”, o chapi-chapi por “chapear”. Otras corrupciones venían del inglés, como chenche por chenche en lugar de change for change, o napi-napi por “dormir”, de nap = “echar una siesta”. Algunas voces eran adaptaciones de lenguas africanas, como fonfon que significaba azotar, porque fong en mandinga equivale a “espada”. Quizá en La Habana Vieja todavía se diga “ecolecuá” en forma de saludo o como expresión de afirmación. De pequeño, yo pensaba que era una locución africana. Aquello me sonaba a congo o a carabalí, pero más tarde descubrí que es la cubanización del italiano ecco le qua. ¿Cómo llegó a ser tan popular esa frase entre nosotros? Misterio.

Por otra parte, los negros curros del barrio del Manglar, y de Jesús María, llegaron directamente de Sevilla. Ortiz les dedicó un estupendo ensayo gracias al cual sabemos que esos negros andaluces se paseaban por la Habana con sus atuendos agitanados, sus dientes cortados a lo carabalí, las pasas trenzadas debajo del sombrero, argollas en las orejas; caminando como toreros, con sus cuchillos ocultos en los pantalones de campana, sus múltiples pañuelos y los muchos botones en la camisa de donde quizás procede nuestra guayabera. Todo eso mucho antes de los rastafaris.

Aparte de la fanfarronería y la guapería, estos negros sevillanos nos trajeron su hablar flamenco que es mezcla del caló con la germanía que era el argot de los pícaros. Muchas palabras del vocabulario curro circulan por las calles habaneras, entre otras: curda, camelar, chalarse, cuatrero, chulo, chévere... ¿Acaso no se titula Chévere ese retrato del guapetón que debemos a Guillén? El “ni ná ni ná”, que tan cubano nos suena, es típicamente andaluz, pues fueron ellos quienes nos enseñaron a comernos el final de las palabras. En cuanto a ritmo, ¿de dónde les viene a nuestras mujeres tanta destreza en las caderas cuando bailan o caminan si no es de Cádiz, ese puerto célebre por sus bailarinas desde la época de los fenicios?

El puente náutico de ida y vuelta entre La Habana y Sevilla fue sistemático hasta 1765. Para imaginar lo que sería aquella ciudad —Babel hispánica, laberinto de sangres—, basta leer a Santa Teresa de Jesús en su Libro de las fundaciones: “No sé si la misma clima de la tierra, que he oído siempre decir los demonios tienen más a mano allí para tentar, que se la debe dar Dios, y en esto me apretaron a mí, que nunca me vi más pusilánime y cobarde en mi vida que allí me hallé: yo, cierto, a mi mesma no me conocía”. He aquí a la mística tantalizada por la sensualidad andaluza que emigró, galeón tras galeón, hasta Cuba.

Reducir la poesía de Guillén al parche del bongó que grita en el son es tan caricaturesco y simplificador como pretender que todo lo escrito por Góngora se nutre únicamente de la mitología grecolatina. La mulatez de los versos de Nicolás viene de lejos y de cerca. Ninguna genética es fácil de descifrar, menos aún la genética poética. Parece que estamos ante el Guillén de Motivos de son cuando leemos esta estrofa de un negro curro anónimo:

“Hoy vengo de mala vueta
 con deseo de morí
 que no se puede viví
 con una negra coqueta.”

También Guillén se hermana con Lope de Vega cuando el madrileño termina así El nacimiento de Cristo:

“Galumpé, Galumpé, galumpico
 Galumpé...”

El exorcismo de Guillén para matar a la culebra (“¡Mayombe —bombe— mayombé!”) parece la continuación de esa composición de Lope de Vega, recordándonos, de paso, al gongorino “Elamú, calambú, cambú” que cité al inicio de estas páginas.

El otro conjuro que Guillén repite en la Balada del güije: “¡Ñeque, que se vaya el ñeque! ¡Güije, que se vaya el güije!”, evoca —por la estructura de su urgencia— aquel leit-motiv tenaz de Góngora cuando alerta: “¡Que se nos va la Pascua, mozas, que se nos va la Pascua!”.

Por otra parte, sentimos la reminiscencia del “Zambambú” gongorino cuando Guillén exclama “ ¡Yambambó, yam­bambé!”. Pero, sobre todo, la sentimos cuando concluye con la serie “¡yamba, yambó, yambambé!”. Entonces no nos queda otro remedio que recordar una vez más la sucesión fonética “Elamú, ca­lambú, cambú” del cordobés, cuyo eco se reitera en el “Quencúyere, quencuyeré” del Pregón del camagüeyano.

No quiere esto decir que el Mago del Hipérbaton copió a los poetas árabes, ni las danzas cantadas por los negros trasladados a Andalucía, ni que Guillén calcó a los clásicos españoles; lo que ocurre es que todos esos sonidos estaban vibrando en el aire —en el espíritu de la época, en el contexto cultural— que tanto el cubano como el español respiraron desde niños. En ese aire, mucho más incorpóreo que el mismo aire, flota la cultura invisible, que es la más poderosa. Eso explica que la cultura no se pueda ejecutar mediante decretos ministeriales, porque el aire no conoce otras leyes que las suyas. Ningún ministerio de cultura sirve para nada. La cultura es misterio, no ministerio.

Por eso, cuando en el Entremés de los negros, Simón de Aguado despliega el siguiente juego fonético... “Toca tú,/ tú, pu tu tú, pu tu tú/ Dominga de Tumbucutú...” tal parece que estamos oyendo el eco anticipado del “repique, pique, repique, ¡po!” que sonoriza el Secuestro de la mujer de Antonio, de Nicolás Guillén.

Góngora
De nuevo advertimos la presencia de Góngora cuando Guillén le dice a Bito Manué: “tu inglé era de etrái guan,/ de etráiguan y guan tu tri”, porque recordamos aquel “guan, guan, guá” que Góngora consagró al rey Melchor, o la Mojiganga del Mundi Nuevo, de Suárez de Desa, en las que los negros cantan: “y gun, gun, gu y guan, guan, gua”. No importa que el “guan” de Nicolás sea una fantasía fonética del one inglés. Lo que importa es que entre los hispano-africano-americanos existe una antigua seducción por el fonema gua. Así lo vemos en “guagua”, voz que tan diversos significados asume en América Latina, desde niño de teta en Ecuador y Perú hasta autobús en Cuba, Santo Domingo y Canarias, pasando por el fantasma (el coco o el hombre del saco) usado para meter miedo a los niños en Guatemala. Gua de Elegguá, gua de guanahatabeyes, gua de guaguancó: fonemas africanos, arahuacos o criollos. !Gua! es interjección americana equivalente a “¡Oh!”. En cualquier diccionario podrá verificarse que gua es el prefijo de innumerables americanismos.

El recurso que Guillén emplea en Sitú supiera... “Aé, bengan a be; aé, bamo pa be”, aparte de recordar las apoyaturas de las canciones del trabajo, nos transporta al “Ah, ah, ah; eh, eh, todos los negros me vengan a ver” del entre­més Los negros de Santo Tomé atribuido a Lope de Vega.

En las Coplas de Juan descalzo Guillén repite “es seguro”, “no lo juro”; en Tengo utiliza el “está mal”, “está bien” y  en sus Adivinanzas recurre a la fórmula: “¿Quién será, quién no será?”, todas las cuales no solo suenan casi igual, sino que contienen una contradicción como el estribillo de esta letrilla de Góngora: “bien puede ser, no puede ser”. Lo curioso es que el Príncipe del Culteranismo también está elaborando acertijos en esas composiciones de arte menor cuando dice: “Par, par, par;/ que vuela y sabe nadar”, lo que casi parece uno de aquellos enigmas de la charada cubana en los cuales se empleaban metáforas para adivinar el premio de la lotería. Además, ese “par, par, par” de Góngora marca la misma cadencia de aquel “¡Chin! ¡Chin! ¡Chin!” que Guillén intercaló en “Soldado muerto”.

Las semejanzas entre Góngora y Guillén no residen únicamente en los sonidos, sino también en los contenidos y hasta en las intenciones. Sin embargo, un observador apresurado diría que se trata de poetas muy distintos y distantes. Distintos supuestamente por la sangre, pero ya sospechamos que Góngora también era mestizo. Distantes aparentemente por la geografía y la historia, pero ya sabemos que estas mezcolanzas éticas y estéticas empezaron en España antes que en América. Distintos técnicamente, por el estilo, porque de Góngora siempre se dice que es “elitista” mientras que a Guillén lo persigue la etiqueta de “popular”; pero ahora empezamos a comprobar que esas categorías suelen ser más tramposas que exactas, como demostró Federico García Lorca en su conferencia sobre la “popularidad de Góngora”, ese mismo Federico —también andaluz— que Nicolás Guillén busca de puerta en puerta en su “Angustia cuarta” consagrada a España. Por si fuera poco, cuando Guillén evoca al líder sindicalista Jesús Menéndez, elige como epígrafe de su elegía este verso de Góngora: “armado/ más de valor que de acero”.

De pronto, un verso a todas luces aristocrático se convierte en frontispicio de un poema de índole social. Que el hipérbaton de un poeta tan “elitista” sirva de leyenda a un poema obrerista, me parece una interesante lección de ambigüedad literaria.

En La canción del bongó Guillén afirma reiteradamente “aquí el que más fino sea, responde, si llamo yo”, lo que parece una respuesta al estribillo de Góngora en el romance destinado Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor: “¿Quién oyó? ¿Quién oyó? ¿Quién ha visto lo que yo?”.

Esta pregunta, lanzada por Góngora desde el otro lado del océano, recibirá tres siglos más tarde la mejor respuesta de Guillén en la Balada de los dos abuelos: “Sombras que solo yo veo,/ me escoltan mis dos abuelos”.

Entonces, como en un diálogo que discurre más allá de las sombras, volvemos a escuchar la voz de Góngora que le anuncia a Guillén en un romance:

“Servía en Orán al Rey
 un español con dos lanzas,
 y con el alma y la vida
 a una gallarda africana”.

Góngora nos regaló con esta imagen la síntesis del mestizaje español. Lo curioso es que utilice el motivo de las lanzas y que sean dos, pues dos son también los abuelos de Guillén. Esos dos antepasados del poeta cubano fueron entrevistos por Góngora en la Argelia del siglo XVII. Ya no caben dudas: ese español con dos lanzas y aquella gallarda africana son los ancestros étnicos y estéticos de Nicolás Guillén.

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

noviembre 03, 2011

NOVELA NEGRA: ENTREVISTA A MANUEL PEREIRA

NOVELA NEGRA
De Poe a Chandler
¿Cuáles son las claves para que un lector identifique una novela negra como tal?
La novela negra es más violenta que la novela policíaca, ésta última siempre está más interesada en resolver el misterio. El adjetivo "negro" tiene que ver con los ambientes oscuros y terribles donde suelen desarrollarse las tramas y también con el hecho de que fueran la revista norteamericana Black Mask y la colección Série Noire francesa, donde se publicaron los primeros relatos de este subgénero, que luego pasó al cine con mucho éxito.

¿Cuáles son las características principales de sus personajes?
La novela negra es más reciente que la policíaca, surge entre los años veinte y treinta del siglo XX y enfatiza en los aspectos sociales del crimen, aspira a denunciar la corrupción de la sociedad, está más interesada en mostrar los orígenes socioculturales de la delincuencia que en resolver el enigma detectivesco. La novela negra es una variación de la novela policíaca, es un subgénero dentro de otro subgénero. Los protagonistas de la novela policíaca clásica son más dados al cálculo mental, a la deducción, a la intuición, al ajedrez o a la solución de problemas matemáticos, así resuelven sus casos, mientras que en la “negra” el detective es más bien un tipo duro, a veces medio borracho, que sale de noche a la calle y se enfrenta con quien sea a puñetazos, a puñaladas o a tiros para llevar a cabo su investigación. Por otra parte, la novela negra indaga más en la mente del criminal mientras que la novela policial clásica nos muestra los mecanismos intelectuales desplegados por el detective para descubrir y capturar al delincuente. Resumiendo, la novela policíaca es más elegante y científica que la novela negra, que es más brutal y callejera.

¿Cuáles serían algunos exponentes que usted considera que podemos recomendar y cuál sería su obra clave?
Edgar Allan Poe es el padre del género policíaco con Los crímenes de la Calle Morgue (1841). Luego vendrán Arthur Conan Doyle, con su inolvidable Sherlock Holmes, y Agatha Christie con el bigotudo Hércules Poirot. Hay dos obras geniales que incluyen ingredientes de novela policíaca y, al mismo tiempo, son filosóficas o profundamente psicológicas: Crimen y Castigo, de Dostoievski, y El hombre que fue jueves, de Chesterton. Los clásicos de la novela negra son tres: Dashiell Hammett con El halcón maltés (1930), Raymond Chandler con El sueño eterno (1939) y James M. Cain con El cartero siempre llama dos veces (1940). Estas obras fueron llevadas al cine con gran éxito de crítica y de taquilla.


(*) Publicada en la Revista "Conozca Más", de Televisa, 
entrevistó Tere Hernández, mayo 2011.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––