marzo 28, 2016

Buscando a Kafka

BUSCANDO A KAFKA
Por Manuel Pereira

Creo que fue en 1982 cuando Luis Rogelio Nogueras (Wichi el Rojo) y yo nos escapamos de Karlovy Vary para bajar a Praga en autobús. Atrás dejamos el tedioso festival de cine y a los viejitos metiendo los pies en las aguas termales. Ya en la Ciudad de las Defenestraciones, yo quería ver las ventanas del Castillo donde los checos inventaron el volátil arte de empujar por la espalda a sus rivales mandándolos a volar varios pisos abajo. Pero Wichi tenía prisa, quería visitar la casa natal de su venerado Kafka. Andábamos cortos de tiempo y de dinero. Pasamos por una cantina donde servían cervezas con salchichas. La dejamos para después, por la impaciencia de Wichi. Así llegamos al barrio judío, como turistas extraviados, ni siquiera teníamos el nombre de una calle. Chapurreando una mezcla de francés con inglés y ruso, preguntamos por Kafka a policías y transeúntes, en tiendas y hasta en un conservatorio. Nadie lo conocía, o fingían desconocerlo. ¡Qué raro que nadie allí supiera nada de Kafka! Wichi me cuchicheó que era por la censura soviética. Habían borrado toda huella material y espiritual del autor de La metamorfosis, por judío, por heterodoxo, por ser un escritor incómodo para cualquier poder totalitario, porque su obra no encajaba en las rígidas pautas del Realismo Socialista. Pasamos por la plaza del monumental reloj astronómico con su diseño de astrolabio, nos abrimos paso entre el gentío que miraba hacia arriba el desfile de las marionetas de los apóstoles. “Vamos, vamos a buscar la casa”, insistía mi amigo pelirrojo, que en paz descanse. La luna y el sol tejían estambres de oro en lo alto del reloj mientras Wichi y yo seguíamos indagando por los alrededores.
Recorrimos la Ciudad Vieja, el Josefov: la sinagoga alzándose imponente como las tumbas cavadas en el aire por Paul Celan, las lápidas amontonadas como un bosque de cristales de cuarzo sembrado por un alquimista. Mientras tanto, yo seguía pensando en los defenestrados. Oía retumbar a mi espalda los torpes pasos del fangoso Golem, oía los intermitentes bastonazos del ciego Hanus, el relojero a quien quemaron los ojos para que no repitiera en otra ciudad el prodigioso reloj astronómico.
“Ciudad maldita”, decía Kafka definiendo a Praga. Aquello era peor que buscar una aguja en un pajar. La ciudad tendría que estar llena de bustos, estatuas y señalizaciones en honor a su ciudadano más universal. Era una gloria praguense y ni siquiera aparecía en las guías turísticas. Entre nazis y soviéticos lo habían defenestrado.
Dimos tantas vueltas que llegamos de nuevo al reloj astronómico, casi derrotados. Frustrados, decidimos regresar a Karlovy Vary, donde nos esperaba una soporífera tanda de bodrios en la pantalla. Ya nos dirigíamos a la estación de autobuses cuando, de pronto, con el rabillo del ojo, descubrí un perfil familiar mostrándose en una esquina. De una placa de bronce sobresalía el relieve de un rostro. “Esa nariz afilada es la de Kafka”, dije. Nos acercamos. ¡Habíamos encontrado el Santo Grial!
De la placa colgaban tres flores marchitas, ahorcadas boca abajo, dejadas allí por algún alma caritativa. Entramos por un portal señorial creyendo ingenuamente que tal vez en el zaguán existiría un modesto simulacro de museo. Una señora con pañuelo a la cabeza barría la escalera al fondo. Le preguntamos. Se encogió de  hombros mirándonos aviesamente. Subimos con la vana esperanza de hallar algún rótulo en la puerta de un apartamento. Llegamos al último piso sin asomarnos a ventanas ni balcones… por si acaso… allí tenían la fea costumbre de empujarte por la espalda, el último fue un ministro de exteriores en 1948, a quien los estalinistas lanzaron en pijama por la ventana de su baño.
La señora de la limpieza nos indicó por señas que bajáramos y saliéramos del edificio. Venía barriendo detrás de nosotros, como si estuviera expulsándonos. En ese momento, una cucaracha espantada por la escoba de la bruja corrió por debajo de la puerta escabulléndose hacia la calle. Señalando al insecto, Wichi afirmó: “¡Ahí está!”.
-¿Quién?
-Gregorio Samsa- dijo.
                              

marzo 20, 2016

Cuba es un sueño y una pesadilla

CUBA: UN SUEÑO Y UNA PESADILLA
Entrevista a Manuel Pereira por Moisés Castillo (Revista Siempre!)
Entrevista a Manuel Pereira | Escritor isleño | Exclusiva Siempre!
Dicen que no se puede hacer la historia, sino sólo esperar a que se desarrolle. Y Barack Obama hizo todo lo posible para convertirse en el primer presidente en activo de Estados Unidos que visite Cuba desde que el republicano Calvin Coolidge acudió a la isla en 1928.
Washington y La Habana restablecieron formalmente las relaciones diplomáticas tras más de 55 años de alejamiento, con la apertura de las embajadas el 20 de julio de 2015. Sin embargo, el mandatario Raúl Castro advirtió que sin el levantamiento del bloqueo comercial no habrá una verdadera normalización de las relaciones.
Lo único cierto es que ambas naciones tendrán que superar más de medio siglo de desconfianza y hostilidades. Como lo aseguró la escritora cubana Wendy Guerra a Babelia, el suplemento cultural del diario El País: “No podemos seguir repitiendo las historias de nuestros padres… De niños no pudimos elegir, fuimos educados en el marxismo con la idea de que nada de lo que teníamos era nuestro, todo pertenecía al Estado, y yo me rebelé contra eso”.
Para el escritor cubano Manuel Pereira, quien decidió, en 1990, hacer maletas e irse para siempre de la isla, el mito mayor es que la presencia de Obama va a producir un “giro copernicano” en el país caribeño: “es algo imposible en el corto y mediano plazo, lo cual no resta importancia a la visita”.
Aguijones de la nostalgia
¿Amigos y familiares están entusiasmados por la visita del presidente de Estados Unidos? ¿Cómo interpreta el restablecimiento de las relaciones diplomáticas?
En principio, me parece muy bien. Me alegra todo lo que contribuya a que el pueblo cubano —los de a pie— viva un poco mejor. Pero tampoco me hago muchas ilusiones. Lo mejor tal vez sea que se acabó el recurrente argumento del gobierno echándole al “bloqueo” la culpa de todo lo malo. Me parece que Obama actúa de buena fe, sin embargo, no veo reciprocidad en la otra parte. Soy moderadamente escéptico, y nada me haría más feliz que estar equivocado. Pero a mi edad, ya no se puede vivir de ilusiones para morir de desengaños. Habrá que esperar para ver los frutos reales de esa visita presidencial.
“Sin patria, pero sin amo”
¿Qué le ha dejado de positivo resistir tantos años de dictadura?
Aparte de los aguijones de la nostalgia, he crecido viendo mundo, visitando museos, dominando lenguas como traductor… Mi cosmovisión se ha enriquecido gracias al destierro. No hay mal que por bien no venga. Finalmente he descubierto eso que tantos repiten: “la patria es la lengua”. También he aprendido en este peregrinaje que es mejor vivir “sin patria, pero sin amo”, como decía José Martí. Toda esa resistencia se ha traducido en ganancia.
¿Los cubanos están perdiendo el miedo de hablar libremente del gobierno tras esta apertura?
No lo sé. No estoy allí para saberlo. Algunos amigos han perdido el miedo hace ya mucho tiempo, al igual que otras personas a quienes no conozco personalmente. Es difícil evaluar todo esto en la distancia y tras 26 años de ausencia.
¿Cómo sobreviven los jóvenes en un régimen que miente y destila miedo?
Fingiendo. Es difícil quitarte una máscara que te pusieron siendo niño. Creces con ella y ves que tus mayores también la llevan puesta. Entonces repiten consignas como papagayos mientras preparan en secreto la balsa o sueñan con el matrimonio con una extranjera o extranjero, o se preparan como deportistas para salir en delegación y no regresar, o confían en el sorteo de visas en la embajada americana, o esperan que su música o su pintura o su literatura sea tan buena que consigan una invitación artística o académica al extranjero, como en cierta forma fue mi caso.
Un chiste de mal gusto
¿Por qué si hay muchos ingresos vía turismo, hay tanta gente en la miseria?
Porque las divisas procedentes del turismo van a parar a las arcas del Estado, no al pueblo. Los que tienen la suerte de ser taxistas o camareras, recibirán algunas propinas, pero nada más. No tienen derecho a huelga, ni sindicatos independientes que los defiendan. El sistema es cerrado, estilo soviético. La economía está subordinada a la ideología. La dirigencia no quiere que surja una clase media. Los cubanos no pueden invertir y crear empresas medianas ni mucho menos grandes. Hay tantas prohibiciones y regulaciones que todo el mundo se siente culpable de algo. Si un campesino mata una vaca va preso. Prohibido vender langostas y camarones en un país rodeado de mar. Los cuentapropistas —¡horrible palabreja!— autorizados son payasos, barberos, cerrajeros, relojeros y, en el mejor de los casos, dueño de un paladar o comida corrida, actividades menores, sin contar los draconianos impuestos. Parece una burla, un chiste de mal gusto.
¿Qué violaciones en materia de derechos humanos sufren los cubanos?
¡Uf, no alcanza el espacio de esta entrevista para enumerarlos! Exiliados que no pueden regresar a la isla a vivir de forma permanente, existe un solo partido desde hace más de medio siglo. No hay libertad de prensa. Cuba es uno de los países con menor conectividad en el mundo, un 5%. Menos mal que el gobierno acaba de abrir alrededor de 60 espacios wifi en toda la isla. Otra buena noticia es que a partir de ayer, Obama dio otro paso autorizando a los cubanos de la isla para que puedan tener cuentas bancarias en Estados Unidos. No obstante, las Damas de Blanco siguen siendo reprimidas cada domingo, al igual que otros grupos opositores pacíficos. Dice Obama que está al tanto de todo esto y que hablará sobre el tema con el gobierno. Vamos a ver qué sale de ahí. El problema es que el gobierno de la isla tiene su propia concepción de los derechos humanos, creen que basta con sanidad y educación gratuitas. Y esa visión insuficiente, que sólo atiende lo social sin tomar en cuenta al individuo, no ha cambiado ni un ápice durante más de medio siglo.
El Coco del capitalismo
¿Los cubanos se imaginan sin los Castro? ¿La sociedad cubana ha superado el pasado?
Supongo que muchas personas le tienen miedo al capitalismo poscastrista, lo cual es absurdo pues ya el capitalismo está allí, sólo que conviviendo con lo peor del comunismo. El capitalismo no es un paseo por un lecho de rosas, aunque deja algún margen de maniobra gracias a un mínimo de libertad individual. En tal sentido, todos los remedios anticapitalistas han sido peores que la enfermedad. “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”, decía Churchill. El gobierno de la isla lleva más de medio siglo machacando las mentes de tres generaciones asustándolos con el capitalismo. ¡Uyyy, ahí viene el Coco! Así que imagino que muchas personas —principalmente los mayores— tienen miedo a lo desconocido o a un brusco cambio social y económico. Los jóvenes, en cambio, sólo están pensando en escapar de la isla, porque están llenos de energía, tienen ilusiones y mucho tiempo por delante. ¡Ojalá sus sueños se cumplan!
Puente de plata
Ahora con la posibilidad de entrar y salir libremente de Cuba, ¿ha pensado en regresar a su país, luego de vivir un poco más de una década en México? O como dice el escritor Leonardo Padura: “El problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba salimos de la isla”.
La isla siempre nos acompaña, a veces como un sueño, a veces como una pesadilla. Eso de “entrar y salir libremente” no es del todo exacto. El gobierno insular es muy astuto. De un tiempo a esta parte deja salir a disidentes con la secreta esperanza de que se queden fuera, para quitarse de encima problemas internos y liberar vapor de la caldera. Como dice el refrán: “a enemigo que huye, puente de plata”. Pero la cosa cambia cuando se trata de dejar entrar a periodistas, disidentes o escritores opinantes e incómodos que residen en el extranjero. En ese caso, la puerta se cierra abruptamente.
Yo ya perdí allá lo que más amaba en mi vida: mi madre. Por lo demás, tengo tantos proyectos por delante que carezco de tiempo para pensar en volver. ¿Volver para qué? Allí no tengo nada importante que hacer. Mañana… ¿quién sabe?
En esa isla todo es un misterio, allá impera el realismo mágico. Fíjate que ayer talaron una ceiba sagrada en un lugar emblemático de La Habana y en su lugar sembraron otra más joven. La anterior estaba enferma y la habían plantado en 1959 o 1960. Ahora la sustituta coincide con la visita de Obama, y muchos piensan que se trata del inicio de una nueva era a través del simbolismo vegetal, como en un ritual yoruba, o en los misterios eleusinos, o en una profecía de Nostradamus.

marzo 07, 2016

El Gato Negro de Nicolás

EL GATO NEGRO DE NICOLÁS
Por Manuel Pereira
Nicolás Guillén en La Habana.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana… Luis Rogelio Nogueras y yo invitamos a Nicolás Guillén a almorzar en la Bodeguita del Medio. El poeta llegó encabronado, sudando y cojeando por culpa de las chinas pelonas de la calle Empedrado. Se puso a despotricar contra Eusebio Leal, quien días atrás había cerrado el acceso a los autos por la calle San Ignacio clavando boca abajo un par de cañones antiguos de los que colgaba una cadena.
Acostumbrado a bajarse del Lada frente a la Bodeguita, Nicolás tuvo que caminar desde Tejadillo hasta el restaurante, lo cual, a su edad, era una calamidad. En cuanto nos sentamos y trajeron las cervezas, el disgusto se le pasó y su melena plateada resplandeció con mayor intensidad.
En ese momento pasó corriendo entre las mesas un gato negro. Un camarero lo pisó sin querer, el animal soltó un largo maullido y al hombre se le cayó la bandeja con gran estrépito  de cristales rotos. Entonces Nicolás comentó:
-¿Ustedes no se han fijado que cuando un gato negro se cruza en tu camino es señal de mala suerte? Tiene que ser negro, igual que el luto es negro, los cuervos que traen mala suerte también son negros, como el totí, que siempre tiene la culpa, como la magia mala, que es la negra…
Wichy el Rojo y yo nos miramos sonriendo y perplejos.
Nicolás siguió con su imprevisible inventario:
-Nadie quiere estar en ninguna “lista negra”, en ajedrez las blancas siempre salen primero…
Nogueras y yo intercambiamos una mirada de inteligencia. ¿Adónde quería llegar el Poeta Nacional?
-Si una mariposa negra entra en tu casa es señal de malas noticias. ¿No se han fijado que todo lo malo es negro?
Ambos asentimos.
-Chico, entonces… ¿qué raro que al tiro al blanco no le llamen tiro al negro?
Las carcajadas llegaron hasta la soleada calle empedrada con chinas pelonas.
Wichy el Rojo empezó a disertar sobre Poe y el “gato negro”. Nicolás siguió comiendo vorazmente, pero hacia los postres se ensombreció y nos hizo un cuento de su juventud. “Un cuento de terror”, susurró poniéndose muy serio.
Se había enamorado perdidamente de una hermosa prostituta del Barrio de Colón. Pero la muerte interrumpió el idilio siendo ella muy joven. La lloró desconsolado en el burdel y luego en el cementerio. Él estaba en su cuartico de una casa de inquilinato, medio dormido, un día después del entierro, cuando, de pronto, oyó unos pasos en el pasillo, un taconeo característico que él conocía muy bien. Del susto, se espabiló y se sentó al borde la cama. Oyó acercarse los pasos. Aguantó la respiración, nervioso… Alguien tocó a su puerta. Se levantó y preguntó: “¿Quién es?”. Nadie respondió, pero podía oír al otro lado de la puerta una respiración crepitante, como estertor de moribunda. Armándose de coraje, abrió, no había nada ni nadie. Pero él sabía que ella estaba allí, invisible, parada frente a él. Cerró la puerta suavemente y se dejó caer en la cama, esperando...
Este cuento me estremeció, no solo por lo sobrenatural, sino porque  venía de un miembro del Comité Central del Partido Comunista, quien debía ser ateo y, por tanto, nada supersticioso. Todo lo cual le daba al relato una mayor verosimilitud.
Ese día yo descubrí a otro Guillén, más humano, menos gubernamental. Antes de despedirnos, me preguntó si ya había leído Confieso que he vivido, de Neruda. Al responderle que sí, me advirtió que el libro tenía una errata en el título. “¿Cuál?”, pregunté.  “No es Confieso que he vivido, es Confieso que he bebido”, me contestó y se alejó a pie con su chofer que parqueó en otra calle cercana.
Me agradó saber que algunos comunistas tenían sentido del humor y que, además, creían en los fantasmas y en la metafísica de los gatos negros. Subí por la calle San Ignacio, donde estaba la cadena del historiador y que rememoraba la gruesa cadena colonial que antaño cerraba el puerto impidiendo la entrada de barcos enemigos. Entonces me acordé de la muerta regresando de la tumba para ver a su amado, llamando a su puerta en un escalofrío.  “¡Tun, tun! ¿Quién es? Una rosa y un clavel”. La difunta llamando a la puerta para pasar la muralla, o la cadena que separa la vida de la muerte, la cadena como símbolo de plaza sitiada, el destino nacional encadenado. “¡Tun, tun! ¿Quién es?” El gato negro de Nicolás Guillén.

febrero 20, 2016

La Muerte en México

LA MUERTE EN MÉXICO
Por Manuel Pereira
La muerte en México es una constante. Esa fascinación por la Pelona tiene raíces prehispánicas: las “guerras floridas” con sus guerreros sacrificados, el altar de calaveras del Templo Mayor... Todo lo cual hoy se reduce afablemente al Día de Muertos, una festividad que influye en la artesanía, la música, la literatura y hasta en la repostería. Los huesos y los cráneos se han transfigurado en panes de muerto y en calaveritas de azúcar, respectivamente. Desde que nacen, los mexicanos se comen simbólicamente a la Muerte en una teofagia donde ya no es el dios quien se los come a ellos, sino ellos quienes devoran al dios transustanciado en una curiosa variación de la Eucaristía.
Otras civilizaciones atraídas por el Más Allá han dejado testimonios poderosos, como el Libro de los muertos del Antiguo Egipto y el Bardo Thodol tibetano. En la Europa medieval se pusieron de moda las “danzas macabras”. Elmemento mori fue otro género trascendental en las artes plásticas del Renacimiento, todo lo cual reaparece en las máscaras de Ensor, en los moribundos de Munch y hasta en el cine de Bergman con El séptimo sello.
Pero en ninguna de estas manifestaciones escatológicas se impone el sentido del humor como ocurre en México, cuya gran contribución consiste en desmitificar jovialmente a la Muerte. Esto lo vemos en El esqueleto de la señora Morales, película de 1959 con Arturo de Córdova y guión de Luis Alcoriza, en Macario, del mismo año, dirigida por Roberto Gavaldón y cuyo eco se prolonga en Los tres entierros de Melquíades Estrada, (Tommy Lee Jones, con guión del mexicano Guillermo Arriaga, 2005). Ese sentido del humor lo encontramos también en las esqueletadas del grabador José Guadalupe Posada y en la Catrina con estola de plumas que se enseñorea del mural de Diego RiveraSueño de una tarde dominical donde José Martí nos saluda con su bombín. Todo eso lo resumió genialmente Juan Rulfo en su fantasmagórica Comala donde hasta los murmullos matan.
De igual modo el tema de ultratumba predomina en la mejor poesía mexicana, por ejemplo, en Muerte sin fin, de José Gorostiza, y en Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia. Según Carlos Pellicer, “el pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor a las flores”.
José Revueltas tituló El luto humano su segunda novela. Sin embargo, más que el negro luctuoso, aquí prevalece el alegre colorido de los altares rebosantes de ofrendas que son ubicuos el Día de Muertos. Lo mejor es que no son simulacros turísticos, sino espontáneas manifestaciones de devoción popular. En esas fechas sincréticas que van del 28 de octubre al 2 de noviembre, los familiares visitan a sus difuntos en los panteones donde se mezcla la inevitable tristeza con un ambiente festivo: los dolientes comen delante de las tumbas de sus seres queridos oyendo música de mariachis. 
En el océano de la literatura mexicana naufragan victoriosos los fantasmas. Un relato fantasmal es Aura, de Carlos Fuentes, quien insiste en el tema de la Parca con La muerte de Artemio Cruz. Jesús Gardea nos deslumbra con un mundo de sombras y fichas de dominó en La canción de las mulas muertas y otro tanto hace Jorge Ibargüengoitia con su relato basado en hechos reales Las muertasLa muerte tiene permiso es un cuento clásico de Edmundo Valadés. Los cadáveres de los fusilados que yacen en Cartucho, de la magnífica Nellie Campobello, constituyen otro homenaje a la Muerte, esta vez en el contexto de la Revolución Mexicana y con la gracia añadida de que todo está narrado desde el punto de vista de una niña. Dice ella en su prólogo: “Mis fusilados... mis hombres muertos. Mis juguetes de la infancia”.
Es esa relación lúdica con la Muerte lo que quiero subrayar. Este es el único país del mundo donde se trata con tanto desenfado al esqueleto de la guadaña, el único donde designan a los difuntos con chiqueos: “muertitos”, otro de los muchos diminutivos para expresar valores afectivos. Pareciera que los mexicanos están enamorados de la Muerte.
En cualquier caso queda claro que con semejantes paliativos la Huesuda deviene menos horrorosa, o más llevadera. Nunca olvidaré a un borracho jocoso que siempre entraba en una pulquería del barrio de Tacubaya saludando a voz en cuello: “¡Señores, a mí la Muerte me pela los dientes y el pito los valientes!”.

febrero 14, 2016

Música Acuática



Recientemente ha salido en España (Editorial Impedimenta) la mejor traducción literaria de Manuel Pereira. Se trata de Música acuática, del norteamericano T.C. Boyle.


febrero 08, 2016

Literatura Flotante

LITERATURA FLOTANTE
Por Manuel Pereira 

   La cultura nace en el agua. Se difunde mejor y más veloz en lo acuático. Primero la civilización fue fluvial (Mesopotamia, Egipto), luego fue marítima e internacional (Fenicia, Grecia, Roma). El mar fue el primer Internet de la Humanidad a través de las rutas comerciales y los descubrimientos geográficos. Claro que existían rutas terrestres, por ejemplo “la de la Seda”, pero esas caravanas de camellos no produjeron tanta literatura de calidad -salvo el libro de Marco Polo- como los barcos que zarpaban hacia los cuatro puntos cardinales fomentando el comercio, descubrimientos de ignotas culturas, de otras floras y faunas, mezclas de razas, mestizajes mitológicos. Esa fertilización cruzada también dio lugar al pensamiento abstracto, al debate de ideas, a la democracia, al humanismo y al cosmopolitismo.
            Dos mil quinientos años antes de nuestra era, en el Poema de Gilgamesh, el protagonista desciende al fondo del mar para buscar la planta de la inmortalidad. A ese buzo sumerio con pesadas piedras atadas a los pies debemos añadir la leyenda del Diluvio Universal en su versión original. Con Gilgamesh, con Noé y su zoológico flotante, con Jonás tragado por la ballena y con los míticos argonautas de Jasón, el mar se estrena como espacio literario burbujeante de aventuras, como las  de Ulises en la Odisea homérica, cuyo eco se prolonga en los virgilianos viajes de Eneas que, a su vez, influirán en las navegaciones de Los Lusíadas, de Camões. Este inventario se enriquece con los siete viajes de Simbad el Marino y las sagas islandesas, especialmente la de “Erik el Rojo” y la “de los groenlandeses”.
            A partir de ahí, la temática oceánica se propaga a los cuatro vientos generando clásicos como: La Tempestad, de Shakespeare, Robinson Crusoe, de Defoe, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; Cándido, de Voltaire, La narración de Arthur Gordon Pym y Un descenso al Maelström, ambas de Poe; Herman Melville y su diabólica ballena Moby Dick, Los trabajadores del mar, de Víctor Hugo; Julio Verne con Veinte mil leguas de viaje submarino, Los hijos del capitán Grant, La esfinge de los hielos; La Isla del Tesoro, de Stevenson, Emilio Salgari y sus piratas, Jack London con El lobo de mar; Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas…
            Aparte de lo ficticio, tenemos los testimonios de exploradores, navegantes, geógrafos y Cronistas de Indias, algunos tan maravillosos que superan la más impetuosa imaginación. En el Diario de Colón aparece Cuba confundida con Japón. Naufragios, de Cabeza de Vaca, no tiene desperdicio al igual que El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta. El filibustero y cirujano francés Exquemelin nos dejó Piratas de América. Louis-Antoine de Bougainville escribió suViaje alrededor del mundo y el Capitán Cook su Viaje hacia el polo sur y alrededor del mundo, a lo cual habría que añadir las exploraciones botánicas de Joseph Banks, la expedición a América de Humboldt y Bonpland, Darwin en las Galápagos, etcétera.
            Cuba metabolizó esa herencia náutica y destiló cuatro excelentes narraciones. Lino Novás Calvo: Pedro Blanco el negrero (1933); Hemingway: El viejo y el mar (1952); Alejo Carpentier: El arpa y la sombra (1978) y El mar de las lentejas, de Antonio Benítez Rojo (1979).
            Frente a tanta liquidez literaria heredada, suelo experimentar sentimientos encontrados. A veces veo la isla poblada de Viernes esperando a Robinsones llegados de todas partes para “salvarlos” explotándolos; de pronto se torna la tempestuosa isla shakespereana con su Calibán, su bruja, su Próspero, su Miranda; esporádicamente vuelve a ser la ínsula Utopía de Tomás Moro con todo el archipiélago oscilando entre la insolación y la salación; súbitamente es el Cementerio Marino de Valéry con “el mar, el mar, siempre recomenzando”. Mientras tanto, en la creciente diáspora, no pocos Ulises sueñan con regresar tras larga odisea a Ítaca. Inmersos en fatal aventura marina, allí siempre se nace náufrago. La visión que más me frecuenta es La isla de hélice, una novela donde Verne describe un paraíso tecnológico, una isla artificial de 35 kilómetros cuadrados movida por gigantescos motores. A bordo viajan millonarios norteamericanos atendidos por criados ciegos. La isla propulsada navega a la deriva y al final queda destruida. ¡Julio Verne, como siempre, tan profético!

enero 20, 2016

Oftalmicultura

OFTALMICULTURA
Por Manuel Pereira

Nada tan asombroso como la antigua maldición de la oftalmología cultural. Homero era ciego. Tiresias tampoco veía, aunque gracias al don de la profecía, veía el futuro. Edipo se destrozó las pupilas con la hebilla del cinturón de Yocasta y exclamó: “¡Ah, oscuridad, mi luz!”. Demócrito también se arrancó los ojos para que la contemplación del mundo exterior no interrumpiera sus meditaciones. Odín, principal dios nórdico, sacrificó un ojo a cambio de la sabiduría y la clarividencia.

En la dimensión mítico-poética, las patologías y traumatismos oculares generan poderes sobrenaturales o formas superiores del conocimiento. Tal vez eso explique el predominio de la ceguera en la literatura empezando por el astuto ciego del Lazarillo de Tormes. El autor de Os Lusiadas, Luís de Camões, era tuerto. Milton no sólo perdió El paraíso perdido sino también la vista en 1652. En las novelas de Benito Pérez Galdós abundan los ciegos y el escritor acabó igual que sus personajes, víctima de una inefable afinidad o de un acto de justicia poética.

El padre de Borges, su abuela materna y su bisabuelo eran ciegos: regalo genético que el escritor adquirió progresivamente. Pero ahí no para la cosa. El misterio se incrementa cuando a Borges lo nombran director de la Biblioteca Nacional, pues asume un cargo ostentado 26 años atrás por Paul Groussac, otro invidente que, a su vez, había heredado ese mismo sillón de José Mármol, quien también perdió la vista. ¡Durante más de un siglo, tres gigantes gestionaron novecientos mil volúmenes sin poderlos leer! Parece un cuento salido de la pluma de otro ciego argentino, Ernesto Sabato, quien escribió tanto sobre bastones blancos -El túnel (1941), Informe sobre ciegos (1961)- que sus pesadillas le merecieron un epígono: Saramago con su Ensayo sobre la ceguera (1995).

Acaso de tanto inspirarse en la Odisea, Joyce se contagió de la enfermedad homérica y terminó usando un parche de pirata. Otra parcheada famosa es la bella Princesa de Éboli, a quien mucho favorece su defecto, a diferencia de las dos amantes de Baudelaire: la bizca (“Louchette”) y la mulata hemipléjica que murió ciega.

La ceguera es el estigma ancestral del Séptimo Arte cuya historia empezó en 1902 con un cohete clavado en el ojo de la Luna de Georges Méliès, continuó con la abuela de las gafas astilladas y ensangrentadas en El acorazado Potemkin (Eisenstein, 1925) y siguió con la navaja de Buñuel cortando el ojo de una mujer en Un perro andaluz (1929). En 1945 Hitchcock y Dalí prolongaron esas mutilaciones oculares en la escena onírica de Recuerda donde un hombre corta con una enorme tijera los ojos que decoran una cortina. En Los pájaros (1963) aparece un cadáver con las cuencas vacías y sanguinolentas mientras en otra secuencia una niña que huye despavorida cae de bruces y vemos en primer plano sus anteojos de miope con los cristales astillados: homenaje del cineasta británico a la anciana de las gafas rotas de Eisenstein. En Blade Runner (Ridley Scott, 1982) los ingenieros genéticos fabrican ojos para replicantes y los asesinos matan hundiendo ojos con los pulgares… tanta acumulación no puede ser casualidad y devino maleficio o mal de ojo que persiguió a ilustres directores tuertos: John Ford, Fritz Lang, Raoul Walsh, André de Toth, Nicholas Ray…

Guerreros: A Filipo, padre de Alejandro Magno, le faltaba un ojo, y el condotiero y duque de Urbino, Federico da Montefeltro, perdió el derecho en un torneo, por lo cual se hizo cortar el puente de la nariz para poder ver en la batalla hacia ambos lados con un solo ojo, tal como lo vemos de perfil en varios retratos del siglo XV. Rembrandt pintó a Claudio Civilis sin un ojo y empuñando su espada, casi como un trasunto del Odín de los vikingos.

Exquemelin fue un filibustero y cirujano francés a quien debemos un excepcional libro olvidado: Piratas de América (Amsterdam, 1678). Allí detalla las recompensas que obtenían los piratas del Caribe cuando perdían algún miembro en sus abordajes: “…por la pérdida de un brazo derecho, 600 pesos o seis esclavos… por una pierna derecha, 500 pesos o cinco esclavos… por un ojo, cien pesos o un esclavo…”

Más allá de militares y bucaneros, es evidente que algunos ciegos y tuertos son “Videntes”, en el sentido poético revelado por Rimbaud. De modo que en el país de los que creen ver sin ver nada, los tuertos y los ciegos son Reyes.
                                            


(*) Publicado en LETRAS LIBRES en el número de enero de 2016, pág. 87.

enero 18, 2016

La Guerra de las Niñas

LA GUERRA DE LAS NIÑAS
Por Manuel Pereira

La escritora canario-cubana Nivaria Tejera falleció en París el pasado 6 de enero.

Allá por el siglo VII (a.C.) una niña griega de 6 años llamada Safo perdió a su padre en la guerra entre Lesbos y Atenas. Entonces le dijo a su madre Kleis: “puesto que papá murió, desde ahora seré tu esposo y el padre de mis hermanos”.
Así nació una brillante tradición literaria que gira en torno a la guerra, incluyendo la muerte o ausencia del progenitor, todo ello visto a través del prisma de niñas a quienes algún acontecimiento bélico convirtió en mujeres antes de tiempo.
Ese linaje se prolonga en El Diario de Ana Frank escrito por una niña judía alemana entre 1942 y 1944 en su escondite de Ámsterdam donde, por un tiempo, eludió la persecución nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
De esa joven escritora clandestina la herencia pasa a la extraordinaria mexicana Nellie Campobello con Cartucho (1931): una colección de relatos sobre la lucha en el Norte durante la revolución mexicana, narrados en primera persona por una niña con una prosa depurada y espléndida.
A esa genealogía -que ya deviene constelación- se suma Primera memoria, la estupenda novela  de Ana María Matute, publicada en 1959, y ambientada en la Guerra Civil Española: la visión de una niña llena de rabia alejada de su padre por los azares de la contienda.
Ese mismo año tan crucial -y para nuestro orgullo- ingresa en esa pléyade otra estrella rutilante: una escritora cienfueguera, la cubana-canaria Nivaria Tejera, recientemente fallecida en París.
En su vasta producción literaria, el libro que más publicaciones y traducciones ha conocido es la novela El Barranco, primera edición cubana en 1959, gracias al magnífico Samuel Feijóo. De nuevo, el telón de fondo es la Guerra Civil Española durante la cual el padre de Nivaria fue hecho prisionero y más tarde desterrado cuando ella tenía 7 años, un caso muy parecido al de Safo con su papá Skamandar.
Estas obras que voy engarzando como perlas son auténticos bildungsromans dentro de una línea que me atrevo a bautizar “la guerra con ojos de niña”. El personaje infantil femenino siempre experimenta un abrupto proceso de crecimiento, un camino de formación interior que lo hace madurar apresuradamente.
La literatura deviene así un exorcismo de los horrores de la guerra y, al mismo tiempo, una desgarradora forma de aprendizaje. Doble crueldad: una niña pierde al padre y, además, no puede vivir su niñez plenamente. Infancias truncadas. Se trata de todo un género con sus rasgos y contenidos bien definidos.
Siempre son niñas las que relatan, acaso con la excepción que confirma la regla del Oscar Matzerath de El Tambor de Hojalata, de Günter Grass, también publicada en 1959, que parece haber sido el año más propicio para esta narrativa concebida desde el punto de vista infantil.
El denominador común de esas joyas es que un padre desaparece o muere en el transcurso de una guerra, lo cual impacta a la huérfana, quien decide relatar su historia. No siempre son testimonios directos, a veces se trata de autobiografía novelada o ficcional, y todas son creaciones que alcanzan una elevada textura poética, emocional, ética y estética.
Otras sorprendentes afinidades: Safo se enfrentó a dos tiranos, igual que Tejera desafió a Fulgencio Batista y a Fidel Castro. La griega sufrió destierro por sus ideales políticos, igual que Nivaria, que ha sido la eterna exiliada. Primero regresa a su isla natal huyendo de la represión de Franco, luego se traslada a París durante la dictadura de Batista; en 1959, ilusionada con la revolución, regresa a La Habana. La nombran agregada cultural en Roma, pero en 1965 renuncia a su cargo y rompe con el gobierno verde olivo. De nuevo viaja a París, donde se estableció definitivamente. Esos peregrinajes recuerdan los sucesivos exilios de otra grande ligada a Cuba: María Zambrano. Son mujeres que han pagado muy caro el precio de la libertad, que es un lujo del espíritu. Un lujo que no sólo han defendido para ellas, sino también para nosotros, con más coraje que muchos hombres. Mi conclusión al final de esta sucinta taxonomía literaria es que la guerra se ve mejor a través de las lágrimas de una niña.


-

enero 17, 2016

Beethoven y violencia

BEETHOVEN Y VIOLENCIA
Por Manuel Pereira

La habitación de Alex DeLarge en La Naranja Mecánica, de Kubrick.

Al final de Psicosis (Hitchcock, 1960), la hermana de la desaparecida Marion registra la siniestra mansión que está detrás del motel. Sube la escalera, entra en el cuarto infantil de Norman Bates y ve un muñeco, un carrito de bomberos, un peluche, una camita revuelta… hasta que repara en un tocadiscos que llama poderosamente su atención. Se acerca curiosa al aparato donde descubre un disco de Beethoven: la Heroica, inicialmente dedicada a Napoleón.

El Maestro del Suspense sugiere que esa composición pudo fomentar la violencia del psicópata con personalidad múltiple. Norman Bates creció oyendo esa sinfonía, incluso sigue oyéndola, pues la camita revuelta revela que aún duerme allí a pesar de ser ya un adulto.

La violencia de esa música no es solamente romántica, sino que es el mito revolucionario musicalizado. Beethoven admiraba a Napoleón, lo consideraba el “liberador” de Europa, pero cuando el corso se autoproclamó Emperador, el compositor montó en cólera, rompió un lápiz y borró a Bonaparte del título de la obra gritando: “¡Ahora sólo... obedecerá a su ambición, se elevará más alto que los demás, se convertirá en un tirano!”.

En La Naranja mecánica, (Kubrick, 1971) de nuevo la música de Beethoven interviene en la conducta del sociópata Alex. La Novena Sinfonía es la favorita del violento y carismático protagonista. Las agresivas imágenes que esta obra suscita en la mente de Alex están secuenciadas en el filme. La señorita Weathers -la pelirroja de los muchos gatos- a quien Alex acosa y asesina, se defiende golpeándolo con un busto de Beethoven.

A pesar de la pavloviana “técnica Ludovico”, cuando en el hospital le ponen a Alex la música del tormentoso Beethoven, pone cara de loco y alucina: pronto volverá a hacer de las suyas. El paciente no se ha curado. ¡Sería una pena que para curarse tenga que renunciar a Beethoven!

Máximo Gorki cuenta que Lenin, después de oír la Appassionata, dijo que esa sonata de Beethoven le gustaba y no le gustaba, porque “no puedo escuchar música a menudo; me altera los nervios. Me dan ganas de decir cosas amables y estúpidas, y dar palmaditas en la cabeza a la gente que, viviendo en este sucio infierno, pueden crear tanta belleza. Actualmente no se puede acariciar la cabeza de nadie. Te podrían arrancar la mano de un mordisco. Hay que golpear esas cabezas sin piedad.” Exactamente fue lo que hizo, empezando con el fusilamiento del zar y su familia junto con el médico de cabecera, los sirvientes, el cocinero y hasta el perro del zarevich.

Es cuando menos curiosa la relación de Beethoven (deliberada o no) con la violencia. Dicen que al interpretar ciertos movimientos, llegó a romper las cuerdas del piano.

En 1956 la violencia se volvió contra el músico alemán cuando Chuck Berry irrumpió con su canción Roll over, Beethoven. Este título es tan difícil de traducir que abundan las versiones, todas aproximativas y no exentas de violencia: Arrolla a Beethoven, por ejemplo. Otros han sugerido “revuélcate en tu tumba, Beethoven”, o bien: “Ríndete, Beethoven”, y así hasta llegar a la interpretación más suave: “échate a un lado, Beethoven”, donde el alemán debe abandonar el sillín del piano para que Berry toque su música moderna, alegre y juvenil.

Cuenta el compositor en su autobiografía que su “hermana mayor estudiaba para cantante de ópera y tocaba música seria en el piano de la casa mientras que él no podía encender la radio para escuchar blues rhythm & blues”.

Aunque Berry la canta en tono juguetón, la polémica está servida pues plantea la espinosa, elástica -y a veces ociosa- cuestión de las diferencias entre la música clásica y la popular. Pareciera que la violencia del rock intenta sustituir, o desplazar, al estruendoso Beethoven. Es como si Berry dijera que el rock llegó para quedarse. Tal vez sea un acto de justicia poética, aunque yo creo que ambas formas de hacer música son complementarias y enriquecen, con su diversidad, nuestro universo acústico.

enero 04, 2016

El Fuego Invisible

EL FUEGO INVISIBLE
Por Manuel Pereira


En Otras inquisiciones, Jorge Luis Borges explicó que el emperador Shih Huang Ti quemó todos los libros anteriores a él. Su megalomanía costó tres mil años de sabiduría china que nunca vamos a recuperar. Los que escondieron algún ejemplar fueron marcados con hierro candente y condenados a construir la Gran Muralla.
      En Occidente la piromanía como culto a la ignorancia la inició en 292 el emperador Diocleciano cuando redujo a cenizas los manuscritos de alquimia de la Biblioteca de Alejandría por temor a que aprendieran a hacer oro devaluando así la moneda acuñada por él. Treinta años después, Constantino condenó a la hoguera los escritos de Arrio, porque sus doctrinas heréticas negaban la divinidad de Jesucristo.
     A partir de ahí, la cremación de libros se incrementó durante los diez siglos que duró la Edad Media. En 1480 el inquisidor Torquemada quemó el Talmud y mucha literatura árabe. Posteriormente el monje Savonarola estrenó en Florencia sus “hogueras de vanidades” donde ardieron instrumentos musicales, espejos, cosméticos, indumentarias lujosas, libros “licenciosos” -como el Decamerón, de Boccaccio- y hasta cuadros mitológicos de Botticelli.
    En 1559 la iglesia católica instituyó el “Índice de libros prohibidos” (Index Librorum Prohibitorum) proscribiendo, entre otros, a Rabelais, a Copérnico, a Galileo, a Descartes, a Montesquieu… hasta llegar a Kant, Darwin, Flaubert y Sartre.
Durante el siglo XVI mexicano los obispos Diego de Landa y Juan de Zumárraga incineraron códices prehispánicos de incalculable valor.    En el capítulo sexto de Don Quijote de la Mancha un cura, el barbero, una sobrina y el ama queman parte de la biblioteca del ingenioso hidalgo. El argumento de los pirómanos cervantinos es que esos libros volvieron loco al caballero andante. Esta excusa cínica se repetirá, con ligeras variaciones, hasta nuestros días. Los censores -siempre tan paternalistas- quieren salvarnos de nosotros mismos. Para conseguir ese edificante propósito son capaces de matar, como presagió Heinrich Heine: “Ahí donde se queman libros se acaba quemando también a seres humanos”.
          En efecto, el fuego depurador reapareció en Berlín en 1933 cuando los nazis quemaron millares de volúmenes. Pretendían “purificar y sanar a la nación” entregando al fuego “libros degenerados”. En las piras alemanas humearon ejemplares de Thomas Mann, Heinrich Mann, Emil Ludwig, Bertolt Brecht, Jack London, Max Brod, Hemingway, Stefan Zweig… Al saber que habían calcinado sus obras, Freud comentó: “¡Cuánto ha avanzado el mundo: hace 300 años me hubieran quemado a mí, hoy sólo queman mis libros!”.
          Los estalinistas no necesitaron recurrir a las llamas, porque en la sociedad comunista, donde todas las imprentas son estatales, basta con un riguroso filtro editorial para abortar en secreto cualquier obra sin que importe su calidad. Los soviéticos inventaron el fuego invisible. Menos espectacular que las fogatas, esa estratagema tiene la ventaja de aparentar que no existe la censura. ¡Quién sabe cuántos Bulgákovs y Pasternaks nos hemos perdido! Aún recuerdo, allá por 1980, a García Márquez en Moscú, muy disgustado cuando supo que habían suprimido algunos pasajes de la traducción rusa de Cien años de soledad.
          En 1950 la China maoísta invadió el Tíbet y se destruyeron innumerables monasterios que atesoraban joyas literarias, artísticas y espirituales que no podemos ni adivinar.
          Tres años después apareció Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, donde los bomberos, en vez de apagar incendios, queman libros con lanzallamas y persiguen a los lectores. No fue un azar que esa novela coincidiera con el macarthismo, cuando muchos libros fueron prohibidos o retirados de las bibliotecas, incluyendo clásicos comoRobin Hood y Espartaco, de Fast.
          Los soldados de Pinochet quemaron libros sobre Cubismo creyendo que se referían a Cuba. Lo mismo sucedió con la “Serie Roja”, un libro de medicina sobre los glóbulos rojos.
          Hoy los principales incendiarios son los enemigos de Internet: Correa en Ecuador, los comunistas chinos, la dinastía norcoreana, los hermanos Castro…
          En junio de 1961 Cuba adoptó el invento soviético del fuego invisible. No hacía falta quemar libros, bastó que Fidel Castro pronunciara en la Biblioteca Nacional su consigna “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada” para incendiar todas las bibliotecas de la isla. Por cierto, esa frase lapidaria se la robó a Mussolini, quien dijo: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.