GRITOS, GESTOS Y EMBLEMAS
Por Manuel Pereira
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| Chaplin en "El gran dictador", 1940. |
La historia política de América Latina parece ajena al silencio. Basta repasar algunas fechas patrióticas. En Cuba tenemos el Grito de Yara y el de Baire, en Uruguay, el Grito de Asencio; en México, el Grito de Dolores; en Puerto Rico, el Grito de Lares; en Brasil, el Grito de Ipiranga… Con semejante tradición de alaridos no es extraño que Munch se haya inspirado en una momia peruana para concebir al personaje andrógino de su cuadro El Grito.
El nacionalismo es gritón por naturaleza. Nace en la trompa de Falopio para morir en la trompa de Eustaquio. La independencia y la soberanía son aquí conceptos mensurables en decibelios estresantes. En el siglo XIX era comprensible tanta vocinglería, lo malo es que esos atavismos se han prolongado hasta nuestros días, sobre todo entre políticos demagogos y populistas que mitificaron aquellos gritos históricos reiterándolos en ociosas liturgias. Casi todos aúllan tanto en sus discursos que ignoran la frase de Leonardo da Vinci: “donde se grita no hay verdadera ciencia”.
Pasamos así del pandemónium al diálogo de sordos, entre otras razones, porque en América Latina gusta mucho la peor oratoria, esa labia pegajosa que fluye como la resaca de un bolero trasnochado. Algunos hasta suspiran y entornan los ojos oyendo a tantos gritones.
Kant desenmascaró a la oratoria acusándola de “coartar el libre ejercicio del entendimiento”, pues en su afán de persuasión recurre al chantaje emocional. Sócrates también arremetió en Gorgias contra la retórica, rebajándola de su supuesta condición de arte a la de actividad culinaria, agradable pero sin profundidad. Platón despotricó contra los discursos grandilocuentes de los sofistas porque, en vez de buscar la verdad, sólo aspiran a inculcar ideas en un auditorio pasivo.
Mientras más inculto es un pueblo, mayores éxitos cosechan los sofistas. Ramón Grau San Martín decía: “el pueblo de Cuba sigue al que más grita”. Lamentablemente sigue teniendo razón.
Muchas veces me he preguntado por qué Fidel Castro gritaba tanto en sus discursos si tenía hasta cinco micrófonos en la tribuna.
Que Demóstenes corriera gritando por las playas para ejercitar sus pulmones a fin de poder pronunciar discursos al aire libre, se entiende, porque en su época no había megafonía. Que se llenara la boca con piedras y se pusiera un cuchillo afilado entre los dientes, se entiende también, porque era tartamudo.
Pero Fidel nunca tuvo ninguno de esos problemas. Entonces, ¿por qué se ha pasado cinco décadas bramando filípicas? En cada uno de sus kilométricos discursos vociferaba hasta quedarse ronco, o incluso mudo, como en agosto de 1962.
Más allá de ciertas técnicas retóricas —estilo elevado y declamación—, aprendidas por él en la Escuela de Derecho, su gritería tenía mucho que ver con la voz de mando arengando a la tropa. Nunca fue un gobernante ante sus ciudadanos, sino un jefe ante batallones de subordinados. Así, el grito deviene una forma de coacción que busca fanatizar a la masa aniquilando al individuo. Ese terrorismo acústico fue muy usado por Hitler y por Mussolini.
En la película de Chaplin, El gran dictador, el Führer profiere una soflama contra los judíos y grita tanto que uno de los micrófonos, aterrado, empieza a doblarse hacia atrás.
“¡Bochinche, bochinche. Esta gente no saber hacer sino bochinche!”, exclamó Miranda cuando fue arrestado por sus propios compatriotas, entre los cuales estaba Bolívar.
Chávez también ha gritado a los cuatro vientos confirmando el proverbio: “de aquellos polvos vienen estos lodos”. No sólo se desgañita, sino que de vez en cuando alza el puño. Como marionetas de guiñol, lo imitan Correa, Morales, Ortega, Lula… el gesto se repite en el zimbabuense Robert Mugabe, en el iraní Mahmoud Ahmadinejad, en el libio Gadafi. Líderes sindicales, jefes de partidos separatistas europeos y miembros de organizaciones terroristas también adoptan ese mimetismo gesticular.
Menos grave es cuando quienes alzan el puño son cantantes y deportistas que se dejan contagiar, ya sea por frivolidad o por desinformación. Incluso Lennon y Yoko Ono levantaron sus puños durante una protesta antibelicista.
En fotos de juventud vemos a Felipe González y a Alfonso Guerra con el puño en alto. Últimamente Zapatero ha reincidido en ese ademán. Salta a la vista que ese puñetazo al cielo pasó del comunismo a la socialdemocracia, haciendo las veces de cordón umbilical.
Para suavizar esas afinidades, los socialistas europeos añadieron una rosa a la mano cerrada de su logotipo. La rosa es delicada, pero el puño la oprime. Más que una rosa, semeja un coágulo de sangre. El mensaje del símbolo está claro: “o aceptas la flor que te ofrezco o te doy un puñetazo”.
Según las malas lenguas, esa rosa socialdemócrata procede de los rosacruces, aunque algunos piensan que es un homenaje a Rosa Luxemburgo. Por mi parte, recuerdo aquella rosa del afiche de la canción protesta que diseñó el cubano Alfredo Rostgaard en 1967. La flor cianótica mostraba una espina con una gota de sangre. Siempre veremos sangre en la semiótica de izquierda.
Hace poco, Fidel y Raúl alzaban los puños al concluir el sexto congreso del partido. Parecían un réferi levantando el brazo del boxeador vencedor. Es difícil saber qué victoria celebraban después de haber admitido públicamente que el país está al borde del abismo, que la revolución se hunde y que se les cae la cara de vergüenza.
Por lo visto, no importa el cúmulo de fracasos, pues ellos seguirán estirando los brazos con sus reflejos condicionados cada vez que oyen aplausos. Cargados de “electricidad animal”, son como esas ranas galvanizadas que aun después de muertas insisten en sacudir las patas.
Cuando alzó el puño, Raúl lanzó alguna estentórea consigna y, en la foto, su boca abierta remite otra vez a la momia de Munch. Ese mismo grito y ese mismo puño ilustran cada día la cabecera de la primera plana del periódico Granma con la foto recortada de los guerrilleros en el Pico Turquino.
A mediados de los sesenta, durante la revolución cultural china, los guardias rojos también padecieron estos espasmos musculares. Aquejados de los calambres ideológicos de los batracios, alzaban sus puños airados mientras escupían, pelaban, golpeaban o increpaban a los pobres defenestrados con capirotes de cartón. Actos de repudio asiáticos que los camaradas cubanos no tardarían en copiar.
Los medios condenan sin cesar la violencia doméstica o el
bullying escolar —lo cual está muy bien—, pero no leo ni una palabra, ni veo una sola imagen, reprobando ese puño en alto que entraña tanta violencia y odio, tanto chantaje y coacción, y que es impunemente practicado por gobernantes reconocidos por las Naciones Unidas.
En el poster de
El origen del Planeta de los Simios, un chimpancé con cara de pocos amigos levanta

el puño izquierdo. Al fondo vemos el puente de San Francisco humeando y la ciudad en llamas. Como reza el jocoso subtítulo darwinista de la película, parece que vamos “de la evolución a la revolución”.
Se pudiera objetar que es tan sólo un gesto simbólico, una candorosa seña de identidad ideológica. Pero sucede que en política se pasa rápidamente de la potencia al acto. Se empieza por lo simbólico para enseguida organizar turbas que golpean, insultan o vapulean a los opositores pacíficos en la calle, incluyendo mujeres arrastradas o alzadas en volandas. Internet rebosa de fotos y videos donde vemos esos “actos de repudio” que avergüenzan y repugnan por su zafiedad a cualquier cubano de bien.
Una variante criolla de esas gesticulaciones fue la inventada por aquel efímero canciller que gritaba en cualquier acto masivo: “¡el que no salte es yanqui!”, y todos empezaban a brincar, como cuáqueros temblorosos en una carrera de sacos. Esa psicosis colectiva señala la decadencia de cualquier proceso, es la historia como histeria o —para citar a Marx— la historia que se repite “primero como tragedia y después como comedia”.
Todos esos aspavientos simiescos y vocinglerías de primates segregan selvática agresividad. El puño en alto amaga con golpear a quien piense distinto, es represión en estado latente, y sólo debería estar permitido al final de las peleas de boxeo o en las coreografías de las cheerleaders. En países como Alemania e Italia el saludo nazi está prohibido acarreando multas y arrestos. ¿Por qué no se persigue con la misma tenacidad el violento puño izquierdista? ¿Acaso porque Churchill y Roosevelt posaron sonrientes junto a Stalin en Teherán y en Yalta?
De entonces a esta parte han pasado 66 años y, mientras tanto, ese puño crispado ha costado millones de vidas, cientos de miles de personas enviadas a campos de concentración, colectivizaciones forzadas, culto a la personalidad, torturas, hambrunas, éxodos, familias separadas por muros y mares, invasiones… para no hablar de innumerables catástrofes económicas.
¿Hasta cuándo se va a respetar aquella alianza que fue meramente estratégica y coyuntural? ¿Hasta cuándo va a durar ese pacto contra natura entre sociedades democráticas y regímenes totalitarios? Ciertamente, la Unión Soviética prestó un gran servicio en la guerra contra Hitler. Pero los favores tienen fecha de caducidad. La Segunda Guerra Mundial se cerró en falso. Se destruyó a un totalitarismo, pero se dejó al otro intacto, ampliado y robustecido.
El puño en alto es, como mínimo, despótico. Equivale —a escala política y gubernamental— al hombre que amenaza con golpear a una mujer, o al guapetón de esquina que se rasca los testículos ostentosamente para dar a entender quién manda en el barrio. Tal es el impúdico mensaje que algunos gobernantes y políticos envían a sus pueblos.
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| Juramento de los Horacios, de Jacques Louis David |
En cuanto al saludo nazi, es más arcaico que el puño proletario, pues procede del saludo romano, como se ve en tantas películas de Hollywood. En el cuadro de David titulado Juramento de los Horacios aparece el brazo extendido con la palma hacia abajo. Desde mucho antes, ese ademán militar ya se dejaba ver en la Columna de Trajano. Diversos relieves y estatuas de la antigua Roma reproducen esa gestualidad marcial. En su afán por resucitar el Imperio Romano, Mussolini rescató ese saludo. Hitler se lo copió al Duce y el contagio gesticular llegó hasta la España de Franco.
Ahora bien, ¿dónde se originó la manía de levantar bravuconamente el puño? El primer fósil del puño marxista figura en el emblema del Rotfrontkämpferbund (o Rot Front), organización paramilitar del Partido Comunista Alemán creada en 1924. Durante la República de Weimar, en aquel clima de violenta confrontación entre las SA (“camisas pardas”) y la Liga de los combatientes del Frente Rojo, surgió el puño en alto como respuesta al saludo hitleriano.
De los gestos pasamos ineludiblemente a los emblemas. Los nazis tenían su cruz gamada, que no es un diseño de Hitler como algunos piensan, sino herencia iconográfica de las tribus indoeuropeas. Cuando yo vi en la India tantas esvásticas me quedé perplejo. Luego la descubrí en cerámicas griegas, en el museo romano-germánico de Colonia, en mandalas tibetanos y hasta en el pecho de Buda. La historia de ese símbolo se pierde en la noche de los tiempos. Más tarde, Hitler haría la asociación con los arios en su entelequia de la “pureza racial”.
La insignia correspondiente al otro totalitarismo del siglo XX es la hoz y el martillo. Procede de la cruz cristiana, que es el potro de tortura donde los romanos clavaban y dejaban morir a sus prisioneros. Los comunistas tomaron la idea de los dos maderos cruzados, sustituyéndolos por la hoz y el martillo en alusión a la alianza obrero-campesina.

El emblema proliferó en los países comunistas durante la Guerra Fría con la excepción de la RDA (República Democrática Alemana), donde reemplazaron la hoz por un compás. El compás tiene una escala semicircular entre los dos brazos cuya curva sugiere o recuerda la silueta de la hoz. Aunque también hace pensar en la masonería, este instrumento de precisión representaba a la intelectualidad. Tal vez los alemanes orientales lo incluyeron entre sus blasones porque sin duda eran los más desarrollados del antiguo campo socialista. Quizá estaban sugiriendo que eran más inteligentes que sus “hermanos” rusos, búlgaros, checos, rumanos, polacos, húngaros…
El compás devino así un avatar del instrumento para segar. Pese a sus pretensiones intelectuales, no deja de ser un utensilio punzante, o sea, capaz de herir, igual que una hoz o un martillo. Y lo que es peor, no se trata de un inofensivo compás escolar, sino de un compás geométrico militar.
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| Cruz Ortodoxa. |
Dicen que Lenin diseñó la alegoría de la hoz y el martillo. Otros —más fantasiosos— afirman que el martillo es un préstamo del dios Thor y que la hoz pertenece a Saturno. Por mi parte, tengo casi la certeza de que las dos herramientas superpuestas se inspiraron en la cruz ortodoxa de ocho brazos. Si nos fijamos en el travesaño inferior de esa cruz tan peculiar, veremos que está inclinado, rompiendo la simetría. Ese elemento atravesado equivale al martillo en la “cruz” atea de los comunistas.
El travesaño inferior de esta cruz tan presente en Rusia sirve para clavar los pies separados de Jesús a diferencia de la cruz latina donde ambos pies están sujetos por un solo clavo. Además, ese madero está sesgado porque también representa la balanza del Juicio Final. Por esa razón uno de sus extremos apunta hacia arriba (el Paraíso) mientras que el otro se dirige hacia abajo (el Infierno).
Pero hay más. En una visita al Kremlin me llamaron la atención las cúpulas doradas de algunos templos ortodoxos coronadas por cruces que tienen medialunas en la parte inferior. ¿Qué hacía al pie del símbolo cristiano algo tan propio de la fe musulmana? Esa medialuna era un símbolo cristiano de Bizancio pues simbolizaba un ancla siguiendo un símil de San Pablo para expresar la firmeza de la fe cristiana, ya que toda iglesia es una nave: el Arca de Noé. La cruz ancorada tiene otro origen en las catacumbas romanas, por ser también símbolo de San Clemente, quien fue atado a un ancla y arrojado al mar por orden del emperador Trajano.
En cualquier caso, el ancla se fue estilizando y tras la toma de Constantinopla por los turcos se fusionó con la medialuna otomana. Otra versión, acaso más verosímil, sostiene que en el siglo XVII, cuando Rusia le ganó la guerra a Turquía, apareció una medialuna a los pies de la cruz como el signo de la victoria sobre los musulmanes.
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| Cruz en Templo Ortodoxo. |
Sea como sea, estas hibridaciones icónicas del cristianismo orientalizado sirvieron de inspiración para el emblema de los comunistas. ¿Habrá en el cielo algo más parecido a una hoz afilada que una Luna en cuarto creciente?
Esta transición que va de los símbolos cristianos a los atributos ateos subraya el triunfo de la nueva fe —el marxismo leninismo— sobre los escombros de la religión.
Queda por examinar otro elemento de la heráldica comunista: la estrella roja que suele acompañar a la hoz y el martillo. Es otra colaboración involuntaria del “opio de los pueblos”. Los bolcheviques también se la robaron al cielo. Se trata de la estrella de Belén que irradia en tantas cruces ortodoxas y que tachona las cúpulas azules en forma de cebollas. Es una estrella de Belén ensangrentada.
Esa estrella sanguínea cayó en Cuba hacia 1962 coagulándose en el logotipo de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Nuestra isla no podía dejar de hacer alguna que otra contribución a la panoplia bolchevique. Una de las puntas de la estrella de la UJC se alargó aguzándose hasta evocar la pata puntiaguda del compás de Alemania oriental. Además, la parte inferior del distintivo (donde están las siglas) recuerda una regla curva, lo cual nos remite una vez más al compás para, de paso, sugerir el contorno encorvado de la hoz.
Otro aporte tropical a este repertorio de imágenes es el emblema de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución) donde un muñeco diabólico, con sombrero y machete en alto, nos recuerda que la misión primordial de esta organización es la vigilancia permanente, o sea, el espionaje entre vecinos.
En Cuba la hoz se trocó en machete: herramienta fundamental en el cañaveral, pero también arma favorita de los mambises para degollar españoles en la guerra de independencia. Siniestra y ubicua, la alegoría del CDR surge en cada cuadra, ora en forma de cartel, ora como grafiti, ora como banderola, también prolifera en caricaturas, en historietas y hasta en sellos postales. Es como el ojo de un dios vengativo que todo lo ve y todo lo sabe, que no pierde pie ni pisada a los supuestos enemigos de clase.
¿Cuál es el denominador común de este inventario de gritos, gestos y emblemas? La amenaza. El puño anuncia puñetazos, la hoz amenaza con decapitarnos, el martillo amaga con machacarnos, la estrella ensangrentada espanta, los gritos coaccionan y el machete tuvo hace poco un funesto protagonismo en el genocidio de Ruanda.
Ahora bien, la hoz es la hermana menor de la guadaña, ese instrumento letal que empuña el clásico esqueleto de la Muerte que, ataviado con su capucha negra, va segando almas. De manera que estos símbolos no son casuales, ni ingenuos. El martillo, obviamente, sirve para forjar a martillazos al “Hombre Nuevo”, pero también puede pulverizar a quienes se resistan a entrar en tan incómodo molde. De hecho, en el lenguaje oficial los tildan de “escoria”.
Por doquier vemos amenaza, represión, coacción. Y todo esto ha estado gravitando, consciente o inconscientemente, durante más de cinco décadas, sobre la psiquis de tres generaciones de cubanos, desde que nacen hasta que mueren. ¿Cómo extrañarse entonces de que la gente en la Isla tenga miedo?
Pero también los gobernantes tienen miedo. En el logotipo del único partido que existe en Cuba aparecen más machetes y fusiles. ¿Cuánto miedo e inseguridad han de sentir los comunistas en el poder que sólo son capaces de conservarlo infundiendo desde la infancia un minucioso terror psicológico en sus súbditos mediante estos y otros símbolos?
Como decía hace más de veinte siglos el cáustico escritor romano Decimus Laberius: “
Necesse est multos timeat quem multi timent”, o sea, “aquél al que muchos temen, debe tener miedo”.
(*) Publicado en Cubaencuentro, el 20 de Julio del 2011.
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RETRATO DE CARONE
Por Manuel Pereira
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| Detrás de Chibás, un joven Fidel Castro, de cuello y corbata, aprendiendo de su maestro. Al fondo, a la derecha, el Dr. Francisco Carone Dede. |
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Cuando toqué la aldaba de aquella casa de El Vedado yo no sabía que estaba llamando a la puerta de un testigo de excepción del “último aldabonazo”. Corría el año 1972 y en la revista “CUBA internacional” me habían encargado una investigación sobre el “Canal Vía Cuba”, para lo cual debía entrevistar a un tal Francisco Carone Dede, de quien nunca había oído hablar. Tampoco sabía nada sobre el Canal Vía Cuba, algo que, en un primer momento, me sonó a emisora de televisión.
Carone Dede vivía frente al hospital “González Coro” (antiguo “Sagrado Corazón”). Me abrió la puerta una señora bajita, muy amable, fumando con una elegante boquilla. Aunque ya empezaba a peinar canas, y a pesar de su aparente fragilidad, se movía ágilmente. Era la Dra. Vicentina Antuña, a quien yo conocía de oídas gracias a un chiste que circulaba en los ambientes literarios. Cuando alguien se enfrentaba a un debate demasiado enrevesado, proclamaba: “¡esta es una discusión bizantina antuña!”.
Bromas aparte, yo sabía que era una destacada latinista y renombrada profesora universitaria. Hasta hacía poco había sido directora de la Escuela de Letras. Acababan de tronarla. No obstante, seguía militando en el partido y le habían dejado una clase semanal. Tenía un envidiable sentido del humor. En un edificio de la Universidad que sólo tenía tres pisos, ella pidió al ascensorista que la llevara hasta el cuarto. “Doctora, como usted sabe, sólo llegamos al tercer piso”. “No importa, hijo, ¿no ve que me han ascendido?”.
Vicentina me introdujo en el despacho de su esposo, el doctor Francisco Carone Dede, quien se puso de lo más contento. “¡Al fin un periodista decente que viene a entrevistarme!”. Era muy alto, casi me sacaba una cabeza. ¡Qué pareja más dispareja!, pensé comparándolo con su diminuta esposa.
Vicentina se despidió y entró en su estudio, que quedaba enfrente, al otro lado del largo pasillo que atravesaba la casa. Allí leía abultados libros, fumando y tomando notas. Desde el escritorio nos miraba de vez en cuando a través de sus anticuados espejuelos estilo secretaria.
Carone estaba ninguneado, proscrito en su propio hogar, en esa situación política que el humor cubano ha bautizado como “plan pijama”. Había llegado a ser Decano de la Facultad de Derecho, pero discrepó en público con su antiguo alumno, Fidel Castro, razón por la cual lo habían “jubilado” apresuradamente y a la cañona. Estaba fuera de la Universidad, acaso porque sabía demasiado, quizá porque su locuacidad resultaba peligrosa en aquellas aulas donde ya las autoridades académicas forjaban al “Hombre Nuevo” del Che Guevara.
Visité su casa varias veces, pues mi pesquisa periodística requería consultar muchos documentos y recortes de prensa de veinte años atrás. Ya en la segunda visita, sintiéndose en confianza conmigo, Carone empezó a contarme anécdotas estudiantiles de Fidel Castro, una etapa de su vida que las hagiografías oficiales siempre sortean, ocultan o edulcoran. Fidel vestido de traje, dejando ver la pistola Colt. 45 en su cinto, Fidel alborotando sin cesar en la Universidad o entrando desafiante en las aulas. Esa fue la imagen que Carone me transmitió.
“¿Quieren un poquito de café?”, preguntó Vicentina asomándose a la puerta del bufete de Carone.
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| Carone y Vicentina en San Antonio de los Baños, 1938. |
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Noté que cuando ella regresaba con las tacitas humeantes, él callaba abruptamente o cambiaba de tema. En mi tercera visita, Carone dijo: “vamos a hablar en el comedor” y me llevó al fondo de la casa, lejos del despacho de Vicentina. “Ella es comunista, ¿sabes?”, me susurró alzando los ojos al cielo.
¡Qué pareja más dispareja!, seguía pensando yo.
En la mesa del comedor, ya con mayor familiaridad, Carone seguía contándome anécdotas, cada vez más incendiarias, sobre Antonio Guiteras y Eduardo Chibás, de quienes fue amigo y estrecho colaborador. Carone era muy campechano. Aparte de ser cubanísimo, descendía de italianos, y esa mezcla tan explosiva la desplegaba haciendo chistes verdes y contándome anécdotas picantes de personajes históricos demasiado canonizados por la propaganda gubernamental. Pertenecía a la estirpe de Orestes Ferrara, aquel napolitano tan ingenioso, culto y audaz que llegó a ser coronel del ejército mambí.
Carone no tenía con quien hablar y se despachaba conmigo. Era muy bromista y gesticulaba un poco a la manera de Raúl Roa: todo un estilo de ser cubano que mucho me temo ha desaparecido o está en vías de extinción. Yo me reía mucho con sus historias. Sin embargo, a pesar de nuestras carcajadas homéricas, yo percibía la tristeza de aquella pareja en cierta forma dividida por motivos ideológicos.
En la cuarta o quinta visita ya no hablábamos del “Canal Vía Cuba”, que fue un plan impulsado por Batista en 1954. El dictador quería partir la isla en dos con un canal para el tráfico marítimo que atravesaría el país de norte a sur, desde la Bahía de Cárdenas hasta la Bahía de Cochinos. La idea era conectar el Canal de Panamá con el sur de Florida.
El argumento principal afirmaba que esa vía acortaría las rutas de navegación, ahorrando así muchas millas náuticas a las embarcaciones. Sin embargo, enseguida afloró el sentimiento nacionalista aunado a la sospecha de que el proyecto ocultaba fines estratégicos norteamericanos de índole militar. Las protestas fueron tan generalizadas e intensas que la obra nunca llegó a ejecutarse.
Uno de los más enérgicos detractores de aquel plan constructivo fue Carone Dede, quien presentó varios recursos ante el Tribunal de Garantías Constitucionales denunciando quince violaciones de la Carta Magna.
A pesar de llevar trabajando tres años en la prensa, yo no sabía nada de aquel episodio histórico, ni de sus principales protagonistas. En Cuba ya existía un control tan férreo de la información que los jóvenes de mi generación ni siquiera nos enteramos del Festival de Woodstock, ni de la llegada del hombre a la Luna. Como decía Baltasar Gracián: “Hombre sin noticias, mundo a oscuras”.
Ese “mundo a oscuras” que era yo, escuchaba boquiabierto a Carone, a sabiendas de que mucho de lo escuchado nunca me lo publicarían en ningún medio de la isla. A veces salía de aquella casa asediado por las dudas. ¿No estaría exagerando el viejo cuando despotricaba de Fidel? Todo aquello que me relataba, ¿no serían desahogos de resentimiento tras haber sido separado de la Universidad? Por si acaso, nunca le conté nada a nadie, en parte para no perjudicarlo más de lo que ya estaba, en parte para proteger a su mujer.
Más tarde, ya en el exilio y gracias al dios de Internet, pude confirmar en otras fuentes todo lo que él me contó. Carone empezó a abrirme ligeramente los ojos revelándome algunas de las claves del sistema en el que yo había crecido sin la opción de conocer otro modelo de sociedad.
Batista tildó de “comunistas” a todos los que se opusieron a su proyecto constructivo, pero puedo asegurar que Carone Dede, de comunista, no tenía ni un pelo. Un hombre que fue tan famoso en la década del cincuenta, ahora estaba totalmente relegado, en una especie de ostracismo interior. Por lo menos Vicentina seguía dando clases y publicando, aparecía en actos públicos, de vez en cuando la entrevistaban, razón por la cual era más conocida que él. Carone, en cambio, era un muerto en vida. Incluso hoy, en el ciberespacio, resulta difícil encontrar algún rastro suyo.
Carone era un archivo ambulante y yo me pasaba horas nutriéndome de sus relatos, rellenando muchas lagunas sobre la historia oculta de mi país. Para que se sintiera más seguro, yo no tomaba notas, tampoco llevaba grabadora. Desgraciadamente, con los años, algunas anécdotas que me contó se me han olvidado y otras no consigo evocarlas con la precisión indispensable para reproducirlas aquí.
Recuerdo que hablamos sobre la dictadura de Batista. Carone seguía siendo un antibatistiano radical, pero me decía que, al menos, en el régimen anterior existía el hábeas corpus y había un Tribunal de garantías constitucionales: conceptos y estructuras jurídicas que yo desconocía, pero que con su ayuda empecé a descifrar. La prueba de que en la anterior dictadura se respetaba hasta cierto punto el estado de derecho es que tanto la enérgica acción de Carone como las protestas de la prensa escrita, la radio y la televisión, los universitarios, la iglesia y los sindicatos obligaron a Batista a cancelar un proyecto que era la niña de sus ojos. Y toda esa protesta tuvo lugar pacífica y civilizadamente, sin vocinglerías ni violencia. Además, me explicaba aquel maestro defenestrado, nunca hubo represalias contra los opositores, ni fueron a la cárcel, ni los silenciaron, ni los obligaron a exiliarse.
La conclusión a la que yo he llegado años más tarde, y atando cabos, es que Batista fue un dictador con ínfulas de demócrata, un golpista al que le gustaba -al menos en ciertos momentos- darse aires de liberal. Pero ese detalle, aun tratándose de una fachada, convertía su dictadura en dicta-blanda comparada con cualquiera de las “dictaduras del proletariado” que han existido hasta hoy en el mundo.
¿Qué clase de universidad era aquella?, me preguntaba yo cuando Carone se refería al gansterismo estudiantil que en la isla llamaban “bonchismo”: un cubanismo derivado del inglés bunch. Para mí todo aquello era incomprensible, entre otras razones, porque en mi primera juventud la palabra “bonche” significaba algo completamente opuesto. En la secundaria llamábamos “bonche” a la broma, a la burla jovial entre amigos.
¿Cómo fue que aquella palabra cambió tan drásticamente su significado, pasando de la violencia extrema al relajo y la jarana?
La palabra bunch -o sea, “grupo”- conecta con gang o pandilla, pero a su vez puede designar a un grupo de amigos que se divierte metiéndose unos con otros, lo que en Cuba también llamamos “jodedera”.
He aquí un misterio de nuestra idiosincrasia. Cuando el 26 de julio Fidel Castro atacó el cuartel Moncada, se pasó súbitamente del carnaval a la masacre. Sin embargo, desde hace años esa efeméride tan luctuosa es día feriado. En lugar de ser día de luto nacional -pues murieron muchos cubanos de ambos bandos-, resulta que es fiesta nacional, incluyendo la celebración de carnavales, ya no sólo en Santiago, sino también en La Habana. Así las cosas, hemos realizado el camino de regreso, yendo esta vez de la matanza a la comparsa.
Hacia 1935 un acto terrorista se convertía en guaracha cuando el trío Matamoros cantó: “¿quién tiró la bomba?” incluyendo explosiones de fondo. En Cuba conviven -o se mezclan con asombrosa fluidez- la violencia y la alegría, como supo captar magistralmente Tomás Gutiérrez Alea en la secuencia inicial de Memorias del Subdesarrollo. Una frase antológica cubana afirma: “acabó como la fiesta del Guatao” y no olvidemos los carnavales del 70 con los navajazos y “El perico está llorando”.
Fidel no era el único estudiante que subía armado a la colina universitaria. Todos aquellos muchachos “del gatillo alegre” encarnaban algo que se cultiva entre nosotros desde la infancia, desde la primaria: la guapería como mérito primordial. En Cuba la fajazón es una orgía al revés donde se disfruta con el placer de propinar golpes o de recibirlos. ¡Qué despilfarro de energía!
Carone me contó que le pidió a Chibás que Fidel Castro entrara en la sección juvenil del Partido Ortodoxo. Chibás le respondió: “yo no quiero gánsteres en mi partido”. Sólo entonces empecé a entender por qué en Cuba no le rinden homenajes a Chibás, a pesar de haber sido éste el ídolo de Fidel en su juventud, su principal fuente de inspiración.
Chibás fue el maestro de Fidel en muchas cosas: en la capacidad para convertir la política en espectáculo, en la idea mesiánica de sí mismo, en la gesticulación (el admonitorio índice levantado), en la violencia retórica, en la oratoria gritona (incluyendo gallos escapados y ronqueras).
¿Por qué entonces un gobierno que ha durado más de medio siglo no ha erigido una estatua a Chibás, ni siquiera un busto? ¿Por qué lo ha ninguneado tanto? Tal vez porque Fidel nunca le perdonó aquel comentario de rechazo, quizá porque Chibás fue un anticomunista visceral.
El gobierno cubano ha dedicado sellos de correos y hasta una estatua a una vaca mientras que a Chibás no le ha obsequiado ni el nombre de una calle importante. Queda en Prado 109 una tarja donde estaba la oficina del Partido Ortodoxo y que hoy es un edificio olvidado y ruinoso. Salvador Allende tiene su avenida en La Habana, Lenin tiene un inmenso parque, la princesa Diana tiene un jardín, pero ninguna gloria urbanística para Chibás. Hasta John Lennon ostenta una estatua en un parque de El Vedado, aunque los fetichistas le hayan robado las gafas, pero a Chibás ni siquiera sus espejuelos de miope le pueden robar.
Llama la atención que un personaje tan importante que ocupó las principales portadas de las revistas cubanas haya sido silenciado durante tanto tiempo. ¿Cómo es posible que no recibiera mayores alabanzas alguien cuya imagen estampada en abanicos de cartón yo veía de niño en las manos de todas mis vecinas? ¿Qué pasó con aquel líder tan popular que su voz se multiplicaba en las cuarterías de mi barrio cada vez que hablaba por radio? ¿Cómo pasó al olvido el hombre cuyo entierro fue el más multitudinario que recuerde La Habana?
Yo creo que Chibás no ha sido exaltado oficialmente, entre otras razones, porque fue un suicida. Como en toda sociedad de corte feudal, en Cuba impera una iglesia atea llamada Partido Comunista. Para la iglesia católica todo suicida es un pecador, ya que quitarse la vida equivale a despreciar el don que Dios nos hace. Según la versión marxista-leninista-fidelista de ese dogma, la vida hay que consagrarla en cuerpo y alma a la revolución, por tanto, suicidarse es una afrenta a la revolución. Esto explica por qué tampoco se ensalzan figuras como Paul Lafargue o Haydée Santamaría.
Carone fue más lejos en sus revelaciones cuando me contó que Chibás no quería matarse. En realidad, no acertó con el disparo, pues su plan era darse un tiro a sedal en la ingle, quizá como parte de uno de sus acostumbrados shows. El líder ortodoxo era bastante excéntrico, lo mismo iniciaba una bronca a trompadas en medio de la calle que se batía en un duelo a espada. Después del pistoletazo (agosto de 1951) que ha pasado a llamarse “mi último aldabonazo”, Chibás agonizó once días en un hospital. Estando a solas con Carone, el moribundo le hizo esa confesión.
De pronto Carone me dijo:
-¿Nunca te has preguntado por qué él dijo que era su último aldabonazo? Fíjate que dijo “último”.
No supe qué contestar.
-Si aquel fue su último albadonazo, ¿no te parece que entonces hubo antes otro disparo?
ormal" styleg="EN-US" style="font-family: TimesNewRomanPSMT;">Sonriendo ante mi ingenuidad, me contó que ya Chibás había hecho algo parecido. En 1939 resultó herido de bala en circunstancias nunca aclaradas. Fue un disparo a sedal que, según algunos historiadores, se descerrajó para ganar popularidad en vísperas de unas elecciones, según otros, por una perreta al ver que no formaba parte de la Asamblea Constituyente.
Como quiera que sea, para mí el legado de Chibás no es su suicidio -real o simulado, único o reiterado- sino sus denuncias, su infinito afán de criticar cualquier abuso o corrupción ejercidos desde el poder. Lo demás fue más bien la política como una sucursal de la farándula: Batista con su bala en el directo, Fidel robándose la Campana de La Demajagua, el maletín vacío de Chibás y su disparo ante los micrófonos, los Diez Millones van, los cubanos muertos en Granada “abrazados a la bandera”... patéticas exageraciones saturadas de teatralidad.
A Cuba le ha hecho mucho daño la maldita idea de que somos un país de guerreros. A los niños en primaria deberían enseñarles no tanto ejemplos de valentía, o heroísmo, como dechados de sabiduría. En los libros de texto de la isla abundan las páginas destinadas a los Maceo, los Máximo Gómez, los Agramonte, los Mella, los Che Guevara... Sin embargo, ¿cuántas páginas, fotos e ilustraciones dedican esos mismos libros a Capablanca, a Finlay, a Felipe Poey, a Tranquilino Sandalio de Noda, a Brindis de Salas? La palma sin duda se la llevan los guerreros. Mientras no se dediquen más páginas a las celebridades civiles que a las militares, Cuba seguirá hundida en la superstición de la violencia como único recurso para construir el futuro.
Oímos muchas trovas sobre mambises y combatientes, pero ¿cuántas están dedicadas a los genios cubanos de la ciencia y del arte? Mientras que en Cuba no le quiten el énfasis a la violencia como virtud y le otorguen el lugar que merece a la profundidad de pensamiento, al conocimiento, a la capacidad de dialogar con el que opina diferente, estaremos perpetuamente perdidos como nación. Habrá mucho “cañón de futuro”, pero ningún futuro.
El conflicto entre el poder civil y el militar se remonta a la malhadada reunión en La Mejorana y a las páginas arrancadas del Diario de José Martí. Algún día habrá que suprimir el elemento militar de la cúpula gobernante cubana si se quiere tener una nación civilizada, incluso el ejército debería desaparecer y con ese presupuesto colosal fundar más escuelas, pues el único recurso que permite construir el futuro de cualquier nación es el fomento de la inteligencia desde la infancia.
Ese culto oficial a la violencia -que viene del “bonchismo” universitario- es lo que hoy permite que se reprima a los disidentes pacíficos. Todo ese aguaje y gritería, todos esos “actos de repudio”, no son más que chusmería política. La violencia ideologizada, todo ese catecismo de la coacción, se ha ejercido de muchas maneras, sobre todo en el siniestro colofón de todas las arengas, ese “Patria o muerte” que algún día tendrá que transformarse en otra consigna que diga simplemente “Patria y vida”.
Después de aquellos encuentros, la vida y el trabajo me llevaron por otros rumbos. Nunca más volví a ver al magnífico Carone.
Si murió, que Dios lo tenga en su gloria, junto a su Vicentina.
(*) Publicado en Cubaencuentro, el 6 de Julio del 2011.
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