enero 17, 2016

Beethoven y violencia

BEETHOVEN Y VIOLENCIA
Por Manuel Pereira

La habitación de Alex DeLarge en La Naranja Mecánica, de Kubrick.

Al final de Psicosis (Hitchcock, 1960), la hermana de la desaparecida Marion registra la siniestra mansión que está detrás del motel. Sube la escalera, entra en el cuarto infantil de Norman Bates y ve un muñeco, un carrito de bomberos, un peluche, una camita revuelta… hasta que repara en un tocadiscos que llama poderosamente su atención. Se acerca curiosa al aparato donde descubre un disco de Beethoven: la Heroica, inicialmente dedicada a Napoleón.

El Maestro del Suspense sugiere que esa composición pudo fomentar la violencia del psicópata con personalidad múltiple. Norman Bates creció oyendo esa sinfonía, incluso sigue oyéndola, pues la camita revuelta revela que aún duerme allí a pesar de ser ya un adulto.

La violencia de esa música no es solamente romántica, sino que es el mito revolucionario musicalizado. Beethoven admiraba a Napoleón, lo consideraba el “liberador” de Europa, pero cuando el corso se autoproclamó Emperador, el compositor montó en cólera, rompió un lápiz y borró a Bonaparte del título de la obra gritando: “¡Ahora sólo... obedecerá a su ambición, se elevará más alto que los demás, se convertirá en un tirano!”.

En La Naranja mecánica, (Kubrick, 1971) de nuevo la música de Beethoven interviene en la conducta del sociópata Alex. La Novena Sinfonía es la favorita del violento y carismático protagonista. Las agresivas imágenes que esta obra suscita en la mente de Alex están secuenciadas en el filme. La señorita Weathers -la pelirroja de los muchos gatos- a quien Alex acosa y asesina, se defiende golpeándolo con un busto de Beethoven.

A pesar de la pavloviana “técnica Ludovico”, cuando en el hospital le ponen a Alex la música del tormentoso Beethoven, pone cara de loco y alucina: pronto volverá a hacer de las suyas. El paciente no se ha curado. ¡Sería una pena que para curarse tenga que renunciar a Beethoven!

Máximo Gorki cuenta que Lenin, después de oír la Appassionata, dijo que esa sonata de Beethoven le gustaba y no le gustaba, porque “no puedo escuchar música a menudo; me altera los nervios. Me dan ganas de decir cosas amables y estúpidas, y dar palmaditas en la cabeza a la gente que, viviendo en este sucio infierno, pueden crear tanta belleza. Actualmente no se puede acariciar la cabeza de nadie. Te podrían arrancar la mano de un mordisco. Hay que golpear esas cabezas sin piedad.” Exactamente fue lo que hizo, empezando con el fusilamiento del zar y su familia junto con el médico de cabecera, los sirvientes, el cocinero y hasta el perro del zarevich.

Es cuando menos curiosa la relación de Beethoven (deliberada o no) con la violencia. Dicen que al interpretar ciertos movimientos, llegó a romper las cuerdas del piano.

En 1956 la violencia se volvió contra el músico alemán cuando Chuck Berry irrumpió con su canción Roll over, Beethoven. Este título es tan difícil de traducir que abundan las versiones, todas aproximativas y no exentas de violencia: Arrolla a Beethoven, por ejemplo. Otros han sugerido “revuélcate en tu tumba, Beethoven”, o bien: “Ríndete, Beethoven”, y así hasta llegar a la interpretación más suave: “échate a un lado, Beethoven”, donde el alemán debe abandonar el sillín del piano para que Berry toque su música moderna, alegre y juvenil.

Cuenta el compositor en su autobiografía que su “hermana mayor estudiaba para cantante de ópera y tocaba música seria en el piano de la casa mientras que él no podía encender la radio para escuchar blues rhythm & blues”.

Aunque Berry la canta en tono juguetón, la polémica está servida pues plantea la espinosa, elástica -y a veces ociosa- cuestión de las diferencias entre la música clásica y la popular. Pareciera que la violencia del rock intenta sustituir, o desplazar, al estruendoso Beethoven. Es como si Berry dijera que el rock llegó para quedarse. Tal vez sea un acto de justicia poética, aunque yo creo que ambas formas de hacer música son complementarias y enriquecen, con su diversidad, nuestro universo acústico.

enero 04, 2016

El Fuego Invisible

EL FUEGO INVISIBLE
Por Manuel Pereira


En Otras inquisiciones, Jorge Luis Borges explicó que el emperador Shih Huang Ti quemó todos los libros anteriores a él. Su megalomanía costó tres mil años de sabiduría china que nunca vamos a recuperar. Los que escondieron algún ejemplar fueron marcados con hierro candente y condenados a construir la Gran Muralla.
      En Occidente la piromanía como culto a la ignorancia la inició en 292 el emperador Diocleciano cuando redujo a cenizas los manuscritos de alquimia de la Biblioteca de Alejandría por temor a que aprendieran a hacer oro devaluando así la moneda acuñada por él. Treinta años después, Constantino condenó a la hoguera los escritos de Arrio, porque sus doctrinas heréticas negaban la divinidad de Jesucristo.
     A partir de ahí, la cremación de libros se incrementó durante los diez siglos que duró la Edad Media. En 1480 el inquisidor Torquemada quemó el Talmud y mucha literatura árabe. Posteriormente el monje Savonarola estrenó en Florencia sus “hogueras de vanidades” donde ardieron instrumentos musicales, espejos, cosméticos, indumentarias lujosas, libros “licenciosos” -como el Decamerón, de Boccaccio- y hasta cuadros mitológicos de Botticelli.
    En 1559 la iglesia católica instituyó el “Índice de libros prohibidos” (Index Librorum Prohibitorum) proscribiendo, entre otros, a Rabelais, a Copérnico, a Galileo, a Descartes, a Montesquieu… hasta llegar a Kant, Darwin, Flaubert y Sartre.
Durante el siglo XVI mexicano los obispos Diego de Landa y Juan de Zumárraga incineraron códices prehispánicos de incalculable valor.    En el capítulo sexto de Don Quijote de la Mancha un cura, el barbero, una sobrina y el ama queman parte de la biblioteca del ingenioso hidalgo. El argumento de los pirómanos cervantinos es que esos libros volvieron loco al caballero andante. Esta excusa cínica se repetirá, con ligeras variaciones, hasta nuestros días. Los censores -siempre tan paternalistas- quieren salvarnos de nosotros mismos. Para conseguir ese edificante propósito son capaces de matar, como presagió Heinrich Heine: “Ahí donde se queman libros se acaba quemando también a seres humanos”.
          En efecto, el fuego depurador reapareció en Berlín en 1933 cuando los nazis quemaron millares de volúmenes. Pretendían “purificar y sanar a la nación” entregando al fuego “libros degenerados”. En las piras alemanas humearon ejemplares de Thomas Mann, Heinrich Mann, Emil Ludwig, Bertolt Brecht, Jack London, Max Brod, Hemingway, Stefan Zweig… Al saber que habían calcinado sus obras, Freud comentó: “¡Cuánto ha avanzado el mundo: hace 300 años me hubieran quemado a mí, hoy sólo queman mis libros!”.
          Los estalinistas no necesitaron recurrir a las llamas, porque en la sociedad comunista, donde todas las imprentas son estatales, basta con un riguroso filtro editorial para abortar en secreto cualquier obra sin que importe su calidad. Los soviéticos inventaron el fuego invisible. Menos espectacular que las fogatas, esa estratagema tiene la ventaja de aparentar que no existe la censura. ¡Quién sabe cuántos Bulgákovs y Pasternaks nos hemos perdido! Aún recuerdo, allá por 1980, a García Márquez en Moscú, muy disgustado cuando supo que habían suprimido algunos pasajes de la traducción rusa de Cien años de soledad.
          En 1950 la China maoísta invadió el Tíbet y se destruyeron innumerables monasterios que atesoraban joyas literarias, artísticas y espirituales que no podemos ni adivinar.
          Tres años después apareció Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, donde los bomberos, en vez de apagar incendios, queman libros con lanzallamas y persiguen a los lectores. No fue un azar que esa novela coincidiera con el macarthismo, cuando muchos libros fueron prohibidos o retirados de las bibliotecas, incluyendo clásicos comoRobin Hood y Espartaco, de Fast.
          Los soldados de Pinochet quemaron libros sobre Cubismo creyendo que se referían a Cuba. Lo mismo sucedió con la “Serie Roja”, un libro de medicina sobre los glóbulos rojos.
          Hoy los principales incendiarios son los enemigos de Internet: Correa en Ecuador, los comunistas chinos, la dinastía norcoreana, los hermanos Castro…
          En junio de 1961 Cuba adoptó el invento soviético del fuego invisible. No hacía falta quemar libros, bastó que Fidel Castro pronunciara en la Biblioteca Nacional su consigna “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada” para incendiar todas las bibliotecas de la isla. Por cierto, esa frase lapidaria se la robó a Mussolini, quien dijo: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.

En Pañales

EN PAÑALES
Por Manuel Pereira

Alegoría del Mal Gobierno, de los hermanos Lorenzetti (Siglo XIV).

Decía Bernard Shaw: "A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos a menudo...  y por las mismas razones."  El pueblo venezolano, en un acto de coraje y sabiduría, decidió cambiar los pañales.
        A los populistas no les gusta cambiar pañales. Lo notamos en varios gobiernos latinoamericanos. Esa obstinada renuencia se advierte también en el tan cacareado “deshielo” Cuba-USA, que no ha salido de su era glacial, al menos no para el cubano de a pie.
         La democracia en diversas regiones de América Latina sigue en pañales, muchos de sus políticos son como eternos lactantes, les faltan muchas noches de biberón. Tal es el caldo de cultivo idóneo para que se incrementen las tentaciones totalitarias.
            Ya en 1960 Fidel Castro dio la pauta en su discurso: “¿Elecciones para qué?”.
        Al sentirse elegidos por la Historia, los populistas devienen intransigentes, se arrogan una superioridad moral que les impide aceptar derrotas electorales, aspiran al poder vitalicio, igual que los papas y los monarcas, a la manera de la familia Duvalier y la dinastía norcoreana. Se aferran al poder, como los niños malcriados a su peluche o a su almohada, y por cualquier motivo arman un berrinche.
            Ya lo dijo Francisco de Miranda cuando fue arrestado por Bolívar en la Guaira:
“¡Bochinche, bochinche, esta gente no es capaz de hacer sino bochinche!”.
            “Esta gente” equivale ahora al chavismo y sus replicantes en otros países.
            Todo esto no es más que realismo mágico mezclado con subdesarrollo. Es lo Real Maravilloso cuando se transmuta en lo Real Horroroso. Para Carpentier “lo maravilloso (…) surge de una alteración de la realidad (el milagro)”
            En política ese “milagro” suele conducir a dictaduras implacables. En el Caribe pululan esas taras supersticiosas: Noriega con sus calzoncillos rojos, Trujillo escondiéndose de los relámpagos, la necrofilia política en torno al cadáver de Bolívar y al de Chávez, Maduro hablando con pajaritos o multiplicando los penes, la paloma en el hombro de Fidel Castro y otros disparates buenos para hacer literatura pintoresca, pero pésimos para dirigir el destino de millones de seres humanos.
            Volviendo a la frase de Bernard Shaw: ¿se imaginan cómo huele el gobierno cubano tras más de medio siglo sin cambiar los pañales?
            Víctor Hugo lo tenía claro: “Los reyes son para aquellas naciones que están en pañales”.
            Otro síntoma de deterioro democrático es la palabrería ociosa de los populismos latinoamericanos. Me refiero a todo ese invento de “bolivariano” y “socialismo del Siglo XXI”.
            El socialismo, el comunismo -o como quieran llamarle- es una invención decimonónica y siempre lo será. Es un sistema anticuado y fracasado. De nada vale intentar resucitarlo poniéndole etiquetas rimbombantes y nuevas fechas de caducidad cuando ya el producto está podrido a ojos vistas.
            Los populistas son duchos en galimatías, no producen ni un tornillo, pero fabrican sofismas sin cesar. Aparte de ser una falacia, es una jerigonza cantinflesca eso de pretender ser bolivariano y socialista a la vez.
            Bolívar no tuvo nada que ver con el socialismo. Para Marx, Bolívar era “el Napoleón de las retiradas”,  un “cobarde, tirano, resentido, mezquino y mentiroso”, también lo consideró traidor por entregar a Francisco de Miranda.
            Saltan a los ojos la incoherencia y la demagogia del chavismo: ese engendro sin duda concebido en La Habana donde ya intentaron hace años asociar pensamientos tan incompatibles como el de Martí y el de Marx.
            Todo lo tergiversa “esta gente”. Al embargo le llaman bloqueo, por todas partes ven golpes de estado, se quejan de una “guerra económica” que ellos mismos provocaron…
            Por otra parte, el caciquismo, el caudillismo y el patriarcado feudal son atavismos hispánicos muy difíciles de extirpar. Bien lo sabía Valle-Inclán cuando escribió su esperpéntica ficción Tirano Banderas (1926) con la cual inauguró un subgénero latinoamericano de temática dictatorial.
            La secuela valleinclaniana incluye El señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias, El gran Burundún Burundá ha muerto (1952), de Jorge Zalamea,  Yo el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos; El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier,El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez,  La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa.
            La proliferación de este subgénero literario no es casualidad, ni obedece a una moda, sino que es el reflejo telúrico, idiosincrásico y ancestral de una parte importante de nuestra realidad continental.

diciembre 09, 2015

El Carretillero de Andrés

EL CARRETILLERO DE ANDRÉS
Por Manuel Pereira
Entre los amuletos que me acompañan en la travesía del desierto, atesoro una caricatura inédita de Andrés. Fechada en 1960, representa a un carretillero pregonando sus frutas y profetiza el canto del cisne de los vendedores ambulantes abolidos durante la “Ofensiva revolucionaria” de 1968.
Aparte de ser una reliquia del humorismo gráfico cubano, también parece preconizar el lento itinerario hacia la “economía del chinchal” ensayada por el raulismo.
Probablemente es un boceto de Andrés para alguna de sus fascinantes portadas en la revista Carteles que dejó de circular en el lejano 1960.
Durante 25 años he dialogado con los sensuales trazos de esta imagen, como en un conjuro fantasmal para invocar la economía de mercado, porque lo que mueve el pincel de Andrés es la mano invisible de Adam Smith. Mientras más contemplo su intenso colorido, más deviene una alabanza a la libre competencia, una apología de la propiedad privada y un agasajo a los emprendedores. Este alegre homenaje a la ley de la oferta y la demanda exaspera tanto a los ingenieros sociales, los utopistas, los demagogos y los comunistas que sería impublicable en la prensa cubana actual.
El magnífico Andrés García Benítez fue amigo de mi familia. De mi madre heredé esta joya arqueológica. Creo que fue en 1957 cuando ella me llevó al Taller del escultor Tony López, en Galiano, donde conocí a Andrés. De allí salió mi mamá con una copia del busto de Nefertiti que por entonces adornaba las vidrieras de “Fin de Siglo”, donde ella trabajaba como modista.
En 1966 Andrés inició un periplo por España y Puerto Rico. Regresó a los 65 años, ya ninguneado, para morir en su Holguín natal. Lo primero que muere cuando triunfa la utopía es el sentido común. Lo segundo, es el sentido del humor. Más que cualquier otra forma artística o intelectual, la caricatura es la que más se resiente bajo los regímenes fanatizados, porque su naturaleza consiste en satirizar y deformar rasgos. Nada es más corrosivo que la ironía y eso no lo soporta ningún Totalitarismo.
En la Alemania nazi ejecutaban a los llamados “graciosos” sólo por hacer chistes contra Hitler. En la Rusia estalinista no se publicaban caricaturas del Zar Rojo. En 1945, por llamar “bigotudo” a Stalin, Solzhenitsin fue encarcelado. En la España franquista también estaban prohibidas las caricaturas del Caudillo y algunos dibujantes, como Escobar, fueron encarcelados. En la Italia de Mussolini, la lupa de la censura y la marcialidad fascista se impusieron pese a ser un pueblo tan jovial.
Fidel Castro no tiene sentido del humor. Muy pronto se las ingenió para que no le llamaran “El Caballo”, aun tratándose de un apodo encomiástico. En 2014 Juventud Rebelde publicó once caricaturas suyas en un intento por demostrar que no había censura al respecto. Dos son anteriores a 1959 (sin barba), otras corresponden a los primeros años de su gobierno, todas muy complacientes con el retratado. En cualquier caso, once caricaturas para un período de 55 años es demasiado ruido para tan poquísimas nueces.
Jorge Mañach definió el choteo como “un peculio psíquico tropical”. Esa idiosincrasia criolla -descendiente del pitorreo andaluz- ha sido reprimida en la isla desde que llegó el comunismo, que no es más que un intempestivo remedo de la inquisitorial sociedad medieval.
José Martí tenía tanto sentido del humor que nos dejó un autorretrato caricaturesco. Batista tuvo que tolerar que lo ridiculizaran en los periódicos con los dibujos del “Reyecito”.
Hoy, a falta de caricaturas mordaces en los miedosos medios, el pueblo cubano se desahoga inventando casi a diario chistes susurrados contra el régimen. Parte de nuestro humor está asociado al pregón que ha producido tanta fortuna musical desde el siglo XIX. Una ciudad sin pregones de ambulantes no vibra, es un cadáver insepulto, pues le faltan esos latidos que sólo pueden emanar de un tejido comercial vivo y dinámico, como el que se aprecia en México.
Ojalá pronto la caricatura de Andrés se transfigure en una realidad palpitante, sin multas exorbitantes ni impuestos leoninos, sin inspectores voraces ni confiscaciones de mercancías, sin policías acosando a los carretilleros para que no permanezcan parados en el mismo lugar. Cuando esa pesadilla desaparezca, entonces, y solo entonces, el carretillero de Andrés prolongará su pregón hasta alcanzar su máximo esplendor.



noviembre 22, 2015

El Beso Esquimal o el Regreso a la Memoria

EL BESO ESQUIMAL O EL REGRESO A LA MEMORIA
Por Angélica López


(*) Publicado en Siglo Nuevo de Torreón. Año 08. Número 246. 12 Noviembre 2015.

noviembre 12, 2015

La Travesía del Desierto

LA TRAVESÍA DEL DESIERTO
Por Manuel Pereira

Desde la segunda mitad del siglo XX los cubanos somos los judíos del Caribe y el malecón es nuestro Muro de las Lamenta­ciones. Entre otros temas, el asunto migratorio figura en el encuentro entre Raúl Castro y Peña Nieto en Mérida, Yucatán. Dos países unidos por lazos históricos: aquí vivió y murió el poeta José María Heredia, aquí se casó José Martí, por aquí pasaron los políticos Mella, Fidel Castro, Che Guevara. En 1951 Pérez Prado lanzó aquí el “Ruidoso Rico Mambo”, luego vinieron Benny Moré, Celia Cruz, “La Sonora Matancera”, las “Mulatas de Fuego” y, en los años sesenta, triunfó en radio y televisión “La Tremenda Corte” con Trespatines, Nanina y el gallego Rudesindo.
Todos estos ciclones jocosos, musicales y voluptuosos ligaron para siempre a México con Cuba.
Pero el éxodo cubano es una tragedia de dimensiones bíblicas. Si la travesía del desierto de los israelitas se prolongó durante 40 años, la del pueblo cubano dura ya medio siglo, contando desde la primera salida masiva por el puerto de Camarioca (1965), seguida por la estampida del puerto de Mariel (1980) que se reiteró durante la “Crisis de los balseros” (1994).
En 1995 cuando los guardacostas norteamericanos empezaron a devolver a los balseros cubanos interceptados en el Estrecho de Florida, los cimarrones insulares buscaron otras rutas hacia el sur. Empezaron a salir desde Camagüey, por Santa Cruz del Sur, rumbo a las Islas Caimán y Honduras. Incluso entre 2002 y 2004 muchos cubanos viajaron como turistas a Rusia, algunos pedían asilo político en la escala de Barajas y los que llegaban a Moscú la pasaban peor. Unos conseguían documentos para viajar a México a precios astronómicos, otros fueron a parar tan lejos que salieron con libre visado hacia Sao Tomé y Príncipe, en África Occidental.
México como puente hacia Estados Unidos se convirtió en la meta más codiciada. El rastro de “sangre, sudor y lágrimas” más persistente discurre hasta Guatemala dibujando una geografía del dolor que es la prueba palmaria del fracaso de la utopía cubana, pues, como decía Voltaire: “Se ha pretendido en varios países que no le estaba permitido a un ciudadano salir de la nación en que el azar le había hecho nacer; visiblemente el sentido de esa ley es: este país es tan malo y está tan mal gobernado que prohibimos a cada individuo que salga, por miedo a que se vayan todos”.
Esos fugitivos huyendo de la escasez crónica, de la represión, de la falta de derechos humanos individuales y de un futuro desolador, pronto se aglomeraron en Ecuador gracias a las estrechas relaciones ideológicas entre ese país y la isla. El gobierno cubano, como en otras ocasiones, necesitaba una espita para liberar vapor de la caldera y, también, una futura fuente de ingresos en dólares vía remesas familiares. Quito devino el lugar ideal para llegar a México en la larga peregrinación cubana. De allí salen en grupos hacia Colombia, luego Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y MéxicoEl flujo de cubanos que llegan desde Ecuador a Tapachula, estación migratoria en Chiapas, oscila entre 40 y 50 por día. Buscan un salvoconducto para atravesar México como puente hacia la Tierra Prometida.
La diáspora cubana es la más vasta de la historia universal después de la judía en tiempos del cautiverio en Babilonia. Esta dispersión de cubanos errantes ha aumentado y se ha acelerado después del “deshielo” entre Cuba y EEUU incrementándose más aun con el rumor de la inminente derogación de la Ley de Ajuste Cubano. De más está decir que estos peregrinos tropicales se enfrentan a huracanes, tiburones, insolación, naufragios, selvas inextricables, ríos tumultuosos, tráfico de personas, policías y guerrilleros extorsionistas o ladrones…
Este éxodo cubano evoca las más arriesgadas ficciones viajeras: La Odisea, de Homero, el mito de Jasón y los argonautas, La Eneida, de Virgilio; Jonás y la Ballena, Los Lusiadas, de Camôes, Simbad el MarinoRobinson Crusoe, de Defoe, Los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Poe;Moby- Dick, de Melville, La esfinge de los hielos, de Julio Verne, la Isla del Tesoro, de Stevenson, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad y otras obras que no caben aquí.
La realidad cubana supera cualquiera de estas narraciones por muy fantasiosos y exagerados que hayan sido sus autores. En la película Memorias del Subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea, el protagonista parafrasea al Che Guevara cuando dice: “Esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar… y no se detendrá hasta llegar a Miami”.

(*) Publicado en 14 y medio, el 8 noviembre 2015.

septiembre 07, 2015

Entrevista: Un Ensayista que escribe Novelas

UN ENSAYISTA QUE ESCRIBE NOVELAS
Por Reinaldo Escobar / 14ymedio

Manuel Pereira no nació en Cuba, sino en La Habana Vieja. En su juventud hizo todos los viajes imaginarios que su febril fantasía le proporcionaba. Se hizo periodista y descubrió en el ejercicio de la palabra una vocación obsesionante. Ahora, después de haber conocido medio mundo, se ha establecido en México, donde hace las dos cosas que más le gusta: escribir y enseñar a escribir a los demás.
Recibe en su habitación de trabajo en el DF, rodeado de libros, cuadros y papeles.
Pregunta. ¿Cómo fue su transición de periodista a escritor?
Respuesta. Me inicié en el periodismo en 1969 y de alguna manera lo soy todavía. Mi primer intento serio con la literatura fue la novela El comandante veneno. La escribí entre 1972 y 1974 aprovechando unas guardias absurdas que teníamos que hacer en la recepción de la revista Cuba Internacional. Envié el manuscrito a un concurso literario que convocaba el Ministerio de las Fuerzas Armadas, llamado Concurso 26 de Julio. Lo mandé allí porque el premio a los ganadores era un viaje a la Unión Soviética con un acompañante y yo tenía entonces la ilusión de llevar a mi padre a Moscú a que conociera la momia de Lenin.
Mi padre había sido miembro del partido comunista y entregó el carné en 1948 porque le había nacido un hijo, que era yo, y quería entregarle toda la energía que le dedicaba al partido.
La novela permaneció secuestrada durante tres años en una gaveta de un teniente que casualmente se llamaba Raúl Castro
Un oficial de apellido Reyes Trejo, no recuerdo si capitán o mayor, que era el presidente del jurado, rechazó mi novela porque según él tenía notables influencias extranjerizantes, especialmente de García Márquez, que en esa época no era amigo de Fidel Castro y aparecía en una especie de lista negra donde estaban todos los intelectuales que habían firmado una protesta por el trato que había recibido en Cuba el poeta Heberto Padilla. Además, el oficial encontró "pasajes pornográficos" en una escena donde un alfabetizador, subido a un horcón se asombra mirando el cuerpo desnudo de una campesina adolescente.
Declararon desierto el premio. Y la novela permaneció secuestrada durante tres años en una gaveta de un teniente que casualmente se llamaba Raúl Castro. Sentí que alguna gente ya no me quería saludar. Comencé a ser visto como un escritor conflictivo y se me empezó a caer el pelo. Finalmente se publicó en 1977, se llevó a una versión de radionovela y más tarde tuvo una segunda edición.
P. No fue a la Unión Soviética, pero publicó El ruso, que es su segunda novela, donde el personaje vuelve a ser un adolescente.
R, Hacia 1962 o 63 estaba de moda ser ruso y el protagonista andaba en pleno verano con un abrigo de astracán. Esta novela tuvo menos promoción. La presentación se hizo en La Habana Vieja. Recuerdo que Eusebio Leal, que entonces no era tan conocido ni tan aceptado en los círculos oficiales, llevó un pequeño cañón que él mismo disparó con una salva. Para algunos jerarcas del Instituto del Libro la novela les pareció un poquito irrespetuosa con la URSS y no quisieron hacerle demasiada publicidad.
P. Entonces viene Toilette, que es la primera novela que usted hace fuera de Cuba y después desaparece por una década.
R. Toilette la empecé en La Habana sufriendo la ausencia de un baño propio en el solar de Mercaderes 2, donde entonces vivía. Ya aquí no se notan tanto las influencias de otros escritores, empiezo a madurar, a tener una voz propia. Me había curado de la fiebre garciamarquiana y de la influencia de Carpentier al que leía mucho y al que pretendía imitar, sobre todo en El ruso, que se desarrolla en La Habana Vieja.
En esos diez años lo más que hice fueron traducciones del francés y del inglés y un poco de periodismo en Barcelona. También impartí talleres literarios en Cadaqués y en una cárcel de Mallorca. Tenía que comer, pero además eso de la traducción es un trabajo que cuando uno se implica en él se universaliza.
'Insolación' está inspirada en una ocasión en que le regalé a Fidel Castro un dibujo que hice de él en una servilleta
P. Estamos en el 2006, y en Insolación, publicado en México, ya usted se muestra directamente como un contestatario que critica sin subterfugios a los gobernantes cubanos. A partir de esa novela Manuel Pereira se convierte en lo que las editoriales llaman un escritor productivo.
R. Sí, lo que pasa es que ahora esa novela me parece demasiado larga, aunque la historia transcurre en media hora. La gente no compra libros tan voluminosos, pero la insolencia del protagonista, que se atreve a decirle que no a Fidel Castro, me sigue pareciendo una buena trama, que está inspirada en una ocasión en que le regalé a Fidel Castro un dibujo que hice de él en una servilleta y que reproduzco de memoria en una de sus páginas.
En México encontré más tiempo para escribir y trabajos que se adecuaban mejor a mis intereses. Me siento mejor que en Europa, que se me hizo cruel. México es amable, "me apapacha" como se dice por aquí. Me puse como meta recuperar ese tiempo y en 2006 aparece una colección de cuentos bajo el título Mataperros ,en 2010 viene Un viejo viaje y la última, El beso esquimal en 2015.
P. ¿Se puede afirmar que toda su narrativa es de alguna manera autobiográfica, que nada más habla de sí mismo?
R. Casi todo lo que cuento lo he vivido, pero también narro la vida de mi generación. Ya la primera se la dedico "a todos los que cambiaron tenis por botas". Como sabe, le decimos tenis a las zapatillas deportivas y casi todos nosotros tuvimos que marchar en aquellas brigadas juveniles y luego en la alfabetización y en la recogida de café y el servicio militar... Muchas botas que hemos roto.
Esa es nuestra generación, la que creyó en tantas cosas y de tantas cosas se desilusionó
Esa es nuestra generación, la que creyó en tantas cosas y de tantas cosas se desilusionó. Pero también somos aquellos que sufrimos todas esas acusaciones de ser extranjerizantes, autosuficientes o padecer de alguna desviación ideológica. Hoy les agradezco a todos los inquisidores que padecí, aquellas descalificaciones que me excluyeron de estar en las aburridas reuniones de sus organizaciones políticas y que me dieron tiempo para leer a Marcel Proust, entre otros grandes.
P. ¿Y los ensayos?
R. Es en La quinta nave de los locos que empiezo a depender menos de las grandes voces que me habían obsesionado. Ese es el último libro que publico en Cuba, ahí descubro que más que contar historias o anécdotas lo que más me interesa es reflexionar. El libro obtuvo el premio nacional de la crítica del año 1988.
La prisa sobre el papel que es más bien una antología de artículos, Biografía de un desayuno, que incluye los textos de La quinta nave de los locos más cinco nuevos y finalmente, El Ornitorrinco y otros ensayos.
En realidad escribo novelas para que el público me conozca y se anime a leer mis ensayos, quisiera ser recordado, o al menos clasificado, como un ensayista que escribía novelas y no al revés.
P. Se maneja mucho un concepto que para hacer ensayos necesariamente hay que ser académico y lo que es peor, que es obligatorio cumplir con los estrictos requisitos de la academia. ¿Esa es su aspiración?
R. De ningún modo. Ese es el ensayo académico que es el que no leo y hasta combato. Son tesis doctorales que pueden tener alguna utilidad práctica, pero cuyo triste destino suele ser envejecer en los oscuros almacenes de las bibliotecas universitarias. En el mejor de los casos consiguen ser citados en otro ensayo académico, para ser parte de un curioso ciclo de reconocimiento recíproco. Prefiero ser un seguidor de otra tradición, la de Montaigne, Cioran, Tanizaki, Chesterton... que rompen con la camisa de fuerza de la academia.
P. Se dice que de joven incursionó en la poesía.
R. Sí, es cierto, pero el problema es que en ese tiempo conocí a Lezama y me di cuenta de que yo solo era un poetastro.
Hay algunos editores que se creen dioses y tienen la idea de que le hacen un favor a un escritor cuando les publican algo. Sin escritores no hay editores
P. ¿Cómo le va con los editores?
R. ¿Me está provocando? Hay algunos que se creen dioses y tienen la idea de que le hacen un favor a un escritor cuando les publican algo. Sin escritores no hay editores. Nosotros somos anteriores. Algunos ni te contestan; a veces me sacan de quicio y me da mucho placer poder decirlo antes de morir. Claro que hay excepciones como un joven cubano residente en Holanda que se llama Waldo Pérez Cino y dirige la editorial europea Bokeh, que publica en español y distribuye en toda Europa y New York. En México me ha publicado Textofilia, con los que me va bien.
P. Cómo maneja ese dilema que a veces tienen los escritores entre el deseo casi vanidoso de decir lo que se quiere decir y ese otro que llaman "la responsabilidad social del intelectual" que lo lleva a trabajar en lo que debe hacer o con lo que tiene un compromiso.
R. No tengo ese dilema. Lo que yo quiero decir coincide con lo que entiendo que tengo que decir. Soy testigo de una época. He vivido y he visto muchas cosas y quiero dejar un testimonio. No al estilo de Truman Capote, sino un testimonio novelado, donde tenga libertad de apelar a la ficción y de manejar el idioma de forma creativa.
P. Ahí suele aparecer otro dilema entre querer hacer todos los malabarismos con las palabras y con las construcciones idiomáticas, o escribir para ser fácilmente leído.
R. Ahí sí hay un dilema. Trato de hacer ambas cosas, pero si uno se pone a exagerar complicando la prosa, entonces nadie te entiende. El propósito ha de ser una prosa amena, que al mismo tiempo sea seductora, intrigante y también erudita. En Insolacióncreo haberlo logrado.
P. Proyectos actuales. ¿Alguna novela? ¿Cómo se llama?
R. Precisamente ayer encontré el final de mi próxima novela, que lo tengo aquí en estos papeles donde parece que hay mapas y diagramas. Pero hasta que no apareciera el final no podía seguir escribiéndola, que es como empezar a terminarla. Se desarrolla en Cuba, poco antes del Período Especial, pero no quiero hablar del tema porque si lo cuento se descubre el título y eso no se lo digo a nadie bajo ningún concepto. Lo importante es que ya tengo el final, así que este año pudiera estar publicada.
P. ¿Tiene el plan, la fantasía, de algún día regresar a vivir en Cuba?
R. No, en tanto no haya en Cuba un cambio profundo y se convierta en una sociedad democrática, donde se respeten los derechos, al menos los mínimos. El día que eso ocurra, si es que ocurre, podré volver.


agosto 28, 2015

Cuatro días y tres noches en la Isla

CUATRO DÍAS Y TRES NOCHES EN LA ISLA
Por Isaac Magaña Gcantón (*)

No pocas veces a lo largo de la historia de la literatura –y muy especialmente la latinoamericana– han surgido autores que, ya sea por una cínica voluntad de posicionamiento o mera ingenuidad, folclorizan la realidad hasta el absurdo, volviéndola una caricatura de ella misma. Pulverizan la búsqueda en favor de la consagración. Escritores que parecen mucho más interesados en escribir un relato entretenido para ser leído con facilidad que por trabajar, aunque sea mínimamente, con el lenguaje. Lo que es peor: estos autores, aclamados por el gran público, proliferan y salen hasta de las alcantarillas. Los otros autores, los que –digamos– permanecen fieles a sus intereses y obsesiones, han sido expulsados, a veces de a poco y a veces con velocidades inusitadas, de un cada vez más limitado mercado editorial. De ahí el interés por poner el ojo siempre sobre lo diferente. De ahí el interés que despierta El beso esquimal. Tanto en el discurso como en la práctica, el autor de este libro se aleja de los temas de moda y cuestiona, desde su trinchera, las literaturas de entretenimiento, a los artistas funcionarios y a los escritores influyentes –por hacer algunas menciones–. Su postura es la de quien busca la renovación del lenguaje, no la fama.
Ahora, a manera de cartografía general, podríamos decir que El beso esquimal es la historia de un intelectual cubano que, exiliado como muchos otros, decide volver a la isla para visitar a su madre, a quien no ha visto desde hace doce años y quien se encuentra al borde de la muerte. La visita es fugaz: cuatro días. En ese tiempo el personaje de Manuel Pereira (La Habana, 1948) tiene que lidiar con una turba de familiares interesados por los dólares que trae encima –que, sin ser demasiados, dentro de un régimen castrista terriblemente empobrecido parecen casi una fortuna–, las pésimas condiciones en las que vive su familia nuclear, los fantasmas del pasado, el Alzheimer de su madre y, por supuesto, los espejismos que envuelven la atmósfera de un país al que hace ya muchos años le pasó la aplanadora del tiempo. Todo esto atravesado por una duda insistente que mantiene la tensión a lo largo de todo el relato: ¿lo dejarán salir de nuevo de la isla? ¿O acaso el permiso que le han otorgado para ingresar es una trampa para atraparlo eternamente? ¿O tal vez es que la trampa es tan perfecta que uno cree entrar cuando ni siquiera ha podido salir? El autor conserva el misterio y para nuestra fortuna no lo resuelve de manera absurda (como ocurre la mayoría de las ocasiones en que una sola pregunta recorre un relato entero).
En esta dirección no es raro que El beso esquimal, además de una trama bien construida, sea una feroz crítica al régimen que no teme pasarle un rasero de hierro a una de las utopías más veneradas por los intelectuales a lo largo de la historia: el comunismo. Y no es que el autor trate de condenarlo en pro de una exaltación del capitalismo –de hecho, al interior del libro hay duras palabras hacia los dos bandos–, al contrario, de algún modo Pereira nos demuestra que de ambos lados las utopías existen, pero que lamentablemente siempre terminan por convertirse en fantasmas que recorren la realidad y la devoran. La hacen, siempre, al final, monstruosa. A esta crítica se le suma una minuciosa descripción de la isla que va más allá de la mirada del turista, haciendo que lo ridículamente pintoresco no lo sea más: en El beso esquimal Cuba recobra su carácter de ciudad, es decir, sus tensiones, sus paranoias y sus contradicciones.
Por otro lado, a pesar de que en términos generales podríamos decir que en El beso esquimal las palabras han sido trabajadas con rigor y que el lenguaje está bien logrado, de momentos da la impresión de que el autor se decanta por el facilismo al introducir su protesta al interior de los diálogos. Y es que sin tratarse de conversaciones completamente plásticas, algo hay de irreal en lo muy bien dirigidas que están. Se extraña la digresión y el titubeo. Todos los personajes parecen arrojar sus frases con seguridad, muy conscientes de cuáles son las siguientes y qué es lo que buscan. De repente, especialmente en la sección titulada “Cuarto día”, resulta complicado establecer el pacto de ficción con el relato, pues los diálogos con mínimas digresiones rayan en el discurso doctrinario. Entretanto, la hermana del protagonista que al comienzo de la novela se nos presenta como demasiado ingenua y crédula del régimen, en las últimas páginas –como transformada por un arrebatamiento gnóstico– parece excesivamente complaciente con la opinión de su hermano y solo hace muy pequeñas intervenciones para interrumpir sus despliegues de sabiduría que son pronunciados con una ecuanimidad sospechosa.
El beso del esquimal es una novela potente, a la que sin embargo la traiciona la castidad del lenguaje de los personajes y la perfección de los diálogos. Lo que no impide que podamos recibirla con alegría y la recorramos con la emoción de quien recorre un museo de la memoria que se presenta, para quienes nacimos y crecimos en el centro del capitalismo, como un suceso extranjero y lejano. Manuel Pereira escribe un libro inteligente que se aparta de lo que estamos acostumbrados a entender por “literatura cubana”. No es que él la renueve personalmente, pero nos muestra la otra cara, la que se aparta del alambicamiento y también del oficialismo que acostumbra disparar balas de salva. En El beso esquimal no es así: las balas son reales y la escritura combativa. ~
(*) Publicado en Letras Libres, México, Agosto 2015.

julio 19, 2015

Insolación en Europa

INSOLACIÓN. EDITORIAL BOKEH. LEIDEN, HOLANDA, 2015.

Insolación, la novela de Manuel Pereira (Diana, 2006) ha sido reeditada y publicada por la editorial Bokeh, en Leiden, Holanda, para toda Europa.

ELISEO ALBERTO"La trilogía donde Pereira cuenta la historia de ese niño, adolescente, joven, adulto soñador de La Habana que fue y sigue siendo Joaquín Iznaga alcanza en estas 558 páginas de insolación, de exposición, de confesión, una altura ética que sólo es posible cuando se escribe en y desde la libertad".  (La Crónica, Ciudad de México, 28 marzo 2006, sobre la novela Insolación).
ANDRÉS REYNALDO: "Insolación es la crónica de un colosal fraude histórico visto con los inocentes y por tanto implacables ojos de un joven que perdió su piel en la utopía. Dicho así, todo parece menos doloroso, menos inmoral. Pero en estas páginas se huele la sangre detrás de la entusiasta escenografía y se pierden las esperanzas (la misma esperanza de vivir) en medio de una carcajada. Con mano maestra, Pereira ha definido esos contrastes. ¿Qué más puede pedirse a un novelista?" (El Nuevo Herald, 11 febrero 2007).

julio 14, 2015

Otros dos cuadros de Manuel Pereira

OTROS DOS CUADROS DE MANUEL PEREIRA

La Gala del Aduanero Rousseau sueña con los tigres de Dalí.


Los cuervos vuelan desde el árbol de Caspar David Friedrich hasta el trigal de Van Gogh donde huyen espantados por un disparo.


julio 06, 2015

Manuel Pereira retoma la pintura

MANUEL PEREIRA RETOMA LA PINTURA


En los últimos meses, Manuel Pereira ha reemprendido con fuerza su vocación de pintor. De joven, recordemos, estudió Artes Plásticas en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, en La Habana. Más tarde fue amigo y discípulo del genial pintor cubano Wifredo Lam ("el hijo mulato" de Picasso). 
A comienzos del 2015, estas reminiscencias de la juventud del habanero emergieron de nuevo y desde entonces, ha retomado con ímpetu los pinceles. 
A continuación publicamos algunas de sus obras más recientes de la serie titulada: "Correspondencias", donde a través del pincel y la mirada ensayística de Manuel Pereira se tejen vasos comunicantes entre dos obras pictóricas. 
En poco tiempo les tendremos noticias de una próxima exposición. 

El Beso de Klimt atrapa y eleva a los novios de Chagall.



La gitana dormida sueña con los felinos de Rousseau y de Picasso.