Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas

enero 30, 2013

EL REY MONO


EL REY MONO

Por Manuel Pereira

Viaje al Oeste. Las Aventuras del Rey Mono. Editorial Siruela, Madrid, 1993.

José Lezama Lima me prestó esta novela china en 1969 y exigió su devolución en tres días, ya que era el libro de cabecera de alguien que se autodefinía como “el peregrino inmóvil”, alguien gordo como un buda, que consultaba los hexagramas del I Ching bajo los auspicios de una estatuilla de Lao Tsé cabalgando un búfalo de jade.

Recuerdo que su título —Mono, a secas— sonaba más enigmático que Viaje al Oeste y que era un único tomo a diferencia de los tres volúmenes ahora publicados por la editorial Siruela (*). Probablemente se trataba de una versión expurgada y amputada de alguna editorial argentina, pero he olvidado ese detalle. Tampoco recuerdo que el ejemplar estuviera confeccionado con papel biblia para reducir cuerpo.
Tras su muerte, la biblioteca de Lezama Lima corrió una suerte similar a los avatares de los personajes de este relato chino: fue a parar a un depósito bajo llave en la Biblioteca Nacional. Considerados por entonces libros peligrosos, debían permanecer a la sombra. Algo así como el Index Librorum Prohibitorum o los famosos “Archivos Secretos del Vaticano”.
Allí durmió Mono varios años hasta que manos anónimas se lo robaron, o lo rescataron, usando unos trucos de cerrajería similares a las artimañas del protagonista simiesco de la novela. Así, tras no pocas peripecias, aquel ejemplar de Mono manoseado por Lezama, reanudó su peregrinación habanera, pasando por las manos de unos cuantos lectores enterados, hasta llegar por segunda vez a las mías.
Pero Mono también desapareció de mi casa como por arte de magia, nunca supe quién me lo robó, lo cual, lejos de irritarme, se me antojó el destino más apropiado para un libro repleto de desapariciones, metamorfosis y escamoteos de lo invisible.
Años más tarde, peregriné por las mejores librerías de Francia y de España buscando en vano esta joya de la literatura universal. Por último, hace poco volví a conseguirla —de manera subrepticia, casi fraudulentamente— en esta nueva edición castellana. Luego me vi obligado a venderla, y es curioso que por más librerías de viejo que visité en Barcelona, nadie quiso comprarla a ningún precio. Sólo entonces comprendí que esta novela no quería desprenderse de mí, y que la única forma de exorcizar estos fantasmas chinos, que me persiguen desde la adolescencia, era escribiendo esta reseña.
A primera vista parece un cuento de hadas de corte medieval, pero esta impresión se desvanece tan pronto nos sumergimos en sus páginas. Monumento literario que nada tiene que envidiarle a los clásicos de Occidente, la novela parte de un hecho rigurosamente histórico, pues hubo un monje nacido en 596 que viajó hasta la India regresando a China con 657 textos budistas. Durante mil años la hazaña de este monje viajero fecundó la imaginación popular, pasando de la tradición oral al teatro hasta culminar en esta novela atribuida a Wu Cheng-En, quien nació en 1500.
Tal vez gracias a ese largo proceso de gestación, la obra no se limita a consignar el peregrinaje del monje Tripitaka y sus tres discípulos, sino que es también una crónica de lo maravilloso, un viaje iniciático, una aventura interior; un recorrido a través del Tao, amenizado con todos los metabolismos metafóricos del ying y del yang, donde se dan cita la alquimia, el budismo, el taoísmo, el confucianismo, el yoga, las artes marciales, la astrología, la metempsicosis, la escatología y la mitología chinas, la reencarnación y el arte de las diez mil metamorfosis.
En el transcurso de esta misión sagrada que dura 14 años, los cuatro peregrinos pasan por aldeas, palacios, monasterios, ríos, mares, bosques, cavernas, desfiladeros; siempre envueltos en batallas aéreas, subterráneas, submarinas y aun cósmicas, luchando contra demonios, cadáveres vivientes, esqueletadas, dragones, fantasmas, brujas lascivas, doncellas que son monstruos y todo un bestiario de criaturas sobrenaturales.
A su paso van liberando princesas raptadas, curan reyes o combaten la sequía propiciando lluvias por encantamiento. Todo lo cual se debe, no tanto al monje Tripitaka, sino al primero de sus discípulos, que es el auténtico héroe de esta gesta: el Rey de los Monos sin duda inspirado en el dios mono Januman venerado por los hindúes. Dotado de extraordinarios poderes, el Rey Mono no sólo es capaz de volar por las nubes y transfigurarse en abeja, sino que puede multiplicarse a sí mismo hasta cien veces con sólo arrancarse un puñado de pelos y luego escupirlos.
Todo en este libro es fantástico, desde la cosmogonía inicial —una versión china del Génesis— hasta el nacimiento de este Mono, salido de un huevo de piedra que, a su vez, brotó de una montaña preñada por la copulación del sol con la luna. Pero este mágico macaco abusa tanto de sus atributos que será castigado por Buda a pasar quinientos años debajo de una roca. Lo mismo ocurre con los otros dos discípulos de Tripitaka: seres inmortales que por diversas causas cayeron en desgracia y ahora convierten en gloria sus antiguas condenas viajando en busca de las sagradas escrituras búdicas.
Pero si Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha fueron transformados en monstruos, y aún conservan rasgos zoomórficos, el origen del Rey de los Mono es completamente sobrenatural y, por tanto, carece de vidas anteriores. Por su carácter travieso, impetuoso, díscolo y burlón, deviene el protagonista mayor de la historia. Sus constantes batallas celestiales o terrenales contra dioses, demonios y salteadores de caminos, a menudo recuerdan las peripecias de Don Quijote con los molinos de viento. Por si fuera poco, los diálogos de Tripitaka con sus discípulos se parecen también a los del Caballero de la Triste Figura con Sancho, pues mientras el monje despliega un lenguaje trascendental, sus adeptos se contentan citando refranes populares. A su vez, el hambre insaciable de Chu Ba-Chie hace pensar en la gula del escudero de Alonso Quijano.
Todos los clásicos se dan un aire de familia. Por eso hay aquí una Bodhisattva —la deliciosa Kwan-Ing— que desciende sin cesar, prestando auxilio a los cuatro buscadores de escrituras, del mismo modo que las deidades griegas ayudaban a los contendientes en la Guerra de Troya. Si el episodio donde una diablesa seduce al monje Tripitaka recuerda en algo a Circe; y si al final aparece una variante china de la barca de Caronte; en realidad todo el viaje tiene que ver con Dante, pues los cuatro peregrinos van desde las regiones inferiores pobladas por monstruos hasta la Montaña del Espíritu, donde se entrevistan con Buda, lo que equivale a ir del Infierno al Paraíso.
La obra conserva la estructura del relato oral, donde cada uno de los cien capítulos se engarza, como los abalorios de un collar, siguiendo un poco el recurso de Scherezade. Quizás la asombrosa modernidad de esta novela se deba al humor que impregna sus páginas. No sólo resultan jocosos los personajes zoomórficos que acompañan al monje, sino que hasta los Budas se burlan y gastan bromas, como entregar rollos de sutras completamente en blanco.
Este sentido del humor a lo divino, ese desenfado sabiamente combinado con las enseñanzas más profundas, es lo que otorga inmortalidad a estas prosas chinas del siglo XVI. Aquí se pasa sin chirriar de una disquisición taoísta sobre la forma y el vacío a cualquier jarana, lo que impide el tono admonitorio de la catequesis. De esa densidad filosófica y de su estilo sostenido nace el aliento poético que distingue a las obras maestras. Cuando para describir una escena espeluznante se nos dice que “el cerebro saltó como si fueran diez mil pétalos rojizos de flor de melocotón”, cuando leemos que “Tripitaka se sentía como un salmón que hubiera escapado del engañoso fulgor de un anzuelo de oro”; o cuando sabemos que una doncella se llama “Vergüenza de la Cien Flores”, intuimos que hemos llegado al reino de la poesía, igual que los cuatro peregrinos, ya para siempre en la patria del Nirvana, cada uno instalado en su trono de loto.

(*) Publicada en Cubaencuentro el 29 de Enero del 2013. (Esta reseña fue publicada originalmente en BABELIA, No. 99, el 4 de septiembre de 1993, bajo el título Un recorrido a través del Tao).
 ––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– 

octubre 26, 2011

MARTÍ: LOS OJOS DEL POETA


MARTÍ: LOS OJOS DEL POETA
Manuel Pereira
José Martí
Todas las historias del cine deberían comenzar por mostrarnos ciertas pinturas rupestres, pues desde que el hombre habitaba en las cavernas siempre quiso captar iconográficamente el movimiento. ¿Qué son, si no, esos animales de más de cuatro patas que estamparon los pintores del paleolítico en las cuevas de Lascaux y de Altamira? ¿Especies extinguidas? ¿Superposición de imágenes? Ni lo uno, ni lo otro. Hace tiempo que ha quedado demostrado que son el intento inocente de atrapar pictóricamente el movimiento de las patas del animal en fuga. Los toros alados asirios con rostros humanos barbados del palacio de Sargon, en Khorsabad, tienen cinco patas. Y más cerca en el tiempo, en Roma, ¿qué es esa espiral de bajorrelieves, esa secuencia de historias labradas en la Columna de Trajano? Perdonen el exabrupto, pero configuran —ni más ni menos— la primera película de mármol que relata los episodios de la guerra de Dacia. ¿Y acaso no es otra petrificación del movimiento la sucesión de figuras aladas que nos miran desde el arco de la puerta ojival de Nuestra Señora de París? Este ángel está serio, el de al lado sonríe, el otro ya ríe, el de más allá carcajea; otro mueve un brazo; aquél, los dos brazos… y así va desplegándose el relieve hagiográfico de esa película fallida, pero intentada, desde la noche de los tiempos. Entre los sueños del hombre siempre estuvo el ansia de dominar y reproducir a su antojo el movimiento. Y ese movimiento —que luego solo el cine podría desarrollar a plenitud— José Martí trató de atraparlo en su obra poética, periodística y prosada.

Caído en combate en mayo de 1895 —siete meses antes de que el cinematógrafo Lumiére alcanzara su mayor éxito en París— Martí no llegó a conocer la invención del séptimo arte. Lo más parecido al cine de que tuvo noticia fue el “revólver fotográfico” [1] que, junto con el “fusil” fabricado por el sabio francés Marey, resultó el antecedente inmediato de la cámara cinematográfica. De haber conocido el cine en su esplendor, ¿qué no hubiera sido capaz de escribir el hombre que, inmerso en los preparativos de una guerra de independencia, tuvo tiempo y talento para registrar con palabras lo mejor de la plástica finisecular? La mayoría de sus críticas las dedicó a la pintura, o sea, al reino de la imagen pura. ¿Y qué otra cosa fue el cine mudo sino esa misma imagen hecha luz, puesta en movimiento?

Movimiento: he ahí la palabra clave. Gran parte de la obra de Martí está recorrida por esa obsesión. Siempre me han trasmitido una desconcertante voluntad de aprehensión cinética aquellos versos que Martí dedicó a una bailarina española:

La bailarina Otero
Se ve, de paso, la ceja, Ceja de mora traidora: Y la mirada, de mora: Y como nieve la oreja.

Empieza por escribir: “Se ve” Es decir, que nos va a hablar de algo que hay que disfrutar con los ojos. Se trata, por tanto, de un poema de naturaleza óptica.

Inmediatamente, el poeta atrae nuestra atención hacia la ceja de la bailarina. Pero, ¿cómo nos la hace ver?: “de paso”. Eso puede significar —traduciéndolo al lenguaje cinematográfico— que esa ceja ha entrado en cuadro inesperadamente, o fuera de foco, o en una disolvencia. Por eso el verso siguiente, donde se define la ceja como “de mora traidora”, no hace otra cosa que “enfocar”, precisar, congelar en la “pantalla” de nuestra memoria esa imagen que antes solo habíamos podido ver “de paso”. Entonces ya nos acercamos a la mirada, y, enseguida, a la oreja, en una sucesión de Grandes Primeros Planos cuyos cortes, en este caso, son los apoyos del acento respiratorio. Pero es en la antepenúltima cuarteta de ese poema donde el “movimiento” y la “edición” adquieren tanta fuerza que parece que estos versos, ¿sencillos?, inventaron el cine:

El cuerpo cede y ondea; la boca abierta provoca; Es una rosa la boca: Lentamente taconea.

Esta vez “la cámara” (los ojos del poeta) ha tomado un plano general del cuerpo de la bailarina, para luego, por corte directo, detallar su boca con un acercamiento con zoom o lente macroquilar y, súbitamente, también por corte, llevarnos hasta los pies que taconean “lentamente”. [2] Lo que Martí resuelve en este poema es lo que por primera vez haría, en el año 1900, el cineasta inglés George Albert Smith. O sea, la alternancia de grandes planos y de planos generales en una misma escena. O lo que es igual, el principio del corte y la edición, vale decir del montaje.

Y para demostrar que no cualquier poeta, por mera convención del oficio, hubiera escrito en esos términos semejante poema, ofrezco un contraste que entraña a la vez una feliz coincidencia. Quiso el azar que años más tarde otro poeta (¡nada más y nada menos que Rainer María Rilke!) conociera y frecuentara a la misma bailarina de José Martí. También Rainer María la pintó en unos versos que guardan gran analogía con los del poeta cubano. Pero la visión que éste tuvo de la bailarina fue mucho más cinematográfica que la de Rilke, a pesar de que aquél nunca vio cine y éste, por razones cronológicas y geográficas, muy probablemente sí lo vio. Para expresar los fuegos de la bailarina, Rilke calificó su danza de “convulsa”, “violenta”, “clara”, “ardiente”. [3] Donde el poeta europeo usó el poder de los adjetivos, Martí prefirió describir las imágenes, tal y como se desenroscaban ante sus ojos. En otras palabras: Rilke definió la danza, Martí la narró, la relató, la grabó en toda su “secuencia”: la filmó. Como los pintores de Altamira, consumido por la misma fiebre cinética de los artesanos de la Columna Trajana, semejante a los alarifes del pórtico de Nuestra Señora de París, José Martí prefiguró en estos versos la recóndita estructura del lenguaje cinematográfico, no porque fuera un predestinado, sino porque el cine está en la vida y él supo entreverlo.

Pero si se piensa que hay poca acción en los versos martianos que arriba intenté glosar, si se exige algo que siendo un poema se asemeje más a un guión de cine, hay que leer “El enemigo brutal” [4] y, en especial, aquella estrofa que, más que rimar, filma:

Pasa, entre balas, un coche:
Entran, llorando, a una muerta:
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.

Hay aquí tres planos perfectamente coherentes y hasta una edición que mucho recuerda el célebre “montaje de atracciones” de Eisenstein. Pero, de leerse entero el poema, se verá que allí está, latente, esperando por un realizador, todo un guión para un filme de ficción sobre la represión desatada por las tropas españolas contra los habaneros, durante los sucesos del teatro de Villanueva (1869) evocados por Martí en sus versos. La danza primero, la balacera después, estos dos ejemplos aluden a escenas de gran movimiento. El procedimiento que emplea Martí para trasmitir esa atmósfera es bien “sencillo”. En el caso de la bailarina, dice: “Se ve, de paso, la ceja.” En el otro, escribe: “Pasa, entre balas, un coche.” Esta manera abrupta de partir las líneas produce un giro, elegante y rápido. Ese ritmo poético, que da idea de movimiento al transmutarse en imágenes, lo logra Martí con el “de paso” y con el “entre balas”. La estructura de estos poemas está sostenida por cortes que se reiteran: rítmicos, violentos, sincopados.

Las musas inquietantes, de Chirico (1918)
Si algún exigente quisiera pedirle ahora a Martí, no más acción, sino más audacia en las imágenes, mayor creatividad, el poema número XLV de la colección le daría la respuesta. “Sueño con claustros de mármol”; como indica su título, es una composición onírica y, por tanto, de estirpe surrealista. El poeta pasea entre las estatuas de los héroes, y de esa ensoñación surge un fragmento tan cinematográfico —no solo por lo que dice sino por cómo lo dice— que parece escrito para que lo filmara Luis Buñuel en una escenografía de Giorgio de Chirico:

Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran…

¿Se quiere mayor apoteosis de la sensibilidad? No en balde decía Fina García Marruz que «la verdadera modernidad de Martí está en los Versos sencillos». ¿Y no es el cine la más moderna de las artes?

Pero no solo en la poesía, con mayor razón en su prosa periodística abundan también estos relámpagos cinéticos de Martí. Pongo por caso las “Escenas norteamericanas”, escritas hacia 1884, cuyo solo título ya vale por toda una confesión de fe cinematográfica. De ellas solo quiero reseñar, muy brevemente, aquella donde el cronista, en vez de conformarse con decir, por ejemplo, que el encuentro entre los jugadores de foot-ball fue “reñido” o “brutal”, se lanza a describirlo, en toda su violencia, como lo hubiera hecho un equipo de cineastas para un noticiero deportivo. Estos son algunos fragmentos: “Se asen por las quijadas: se oprimen las gargantas (…) Se patean, se cocean, se desgarran (…) el infeliz capitán del Yale, caída la mandíbula (…) se arrastra por la arena hecho lodo (…) se revuelca sobre su estómago; muerde la tierra; se mesa el pecho (…) y lo recogen del suelo, con un tobillo junto a la barba.” [5]

Sin embargo, aún queda un poema por glosar cinematográficamente: aquel de la niña de Guatemala. Allí Martí domina con destreza un sutil juego de flashbacks que contiene hasta tres tiempos. Porque si se lee con detenimiento, enseguida sentimos que el poeta empieza a “contar este cuento en flor” conjugando en presente el verbo querer. Pero ya en la tercera estrofa hay dos dimensiones del tiempo enlazadas: “Ella dio al desmemoriado/ una almohadilla de olor.” [6] Hasta aquí, es un pasado profundo. Entonces añade: “Él volvió, volvió casado-./ Ella se murió de amor.” Ciertamente, éste es un pretérito más reciente. Y en la siguiente estrofa vuelve al presente, al entierro de la niña de Guatemala. Más adelante, Martí retoma el pasado inmediato cuatro versos después, cuando dice: “Era su frente ¡la frente/ que más he amado en mi vida!”, vuelve a referirse a un pasado relativamente remoto, pues parece aludir a su primer encuentro con la amada. Así, en este canto elegiaco, el poeta, recurriendo a la reminiscencia en la memoria, rompe los planos del tiempo —como Proust— y se remonta, no solo a un pasado, sino más allá, a un pasado del pasado.

Pero donde yo creo ver más nexos entre el cine y la vasta obra martiana, no es ya en sus versos, ni en sus crónicas, sino en aquella prosa veloz, inusitada y feliz, que parece pespunteada por la urgencia de los combates. Me refiero —¿quién no lo adivina?— a su Diario de campaña, que fue la literatura más deslumbrante que salió de su pluma: tal vez porque las asechanzas de la muerte le afilaron el estilo, quizá por la alegría del retorno a la patria. Fue lo último que nos dejó escrito. Y ya ese Diario rompe con una línea que es todo un montaje. ¡Y qué montaje!: “Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos.” [7] Podrían encontrarse otras muchas miradas cinematográficas en las anotaciones de campaña del Maestro, pero ninguna mejor que esta primera línea. Hay que oír con los ojos lo que dicen esas palabras apresuradas: “Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos.” El punto de vista de la cámara (que es el poeta) toma un plano de la mujer llamada Lola y, rápidamente, por corte, estamos viendo ese “jolongo”, ese morral o mochila que simboliza el viaje que Martí va a realizar, pues ese día parte desde Cabo Haitiano a la guerra de Cuba que él ha organizado. Pero inmediatamente la “cámara” vuelve a la mujer que (solo ahora nos enteramos) está “llorando en el balcón”. Enseguida, con un punto y seguido que parece un claquetazo, nos traslada a otra escena en la que se resuelve la anécdota con el “nos embarcamos”.

Lo sorprendente de estas primeras palabras del Diario de Martí —que tan cinematográficas se me antojan— es que el discurso “lógico” ha sido abruptamente interrumpido por ese “jolongo” que nos coloca, sin esperarlo, ante otro plano tomado desde otro punto de vista. Aquí Martí volvió a rozar la génesis del método composicional empleado en el tiroteo en la escalinata de Odessa. “A cada paso —escribía Eisenstein refiriéndose a las escenas del cochecito y de los leo­nes en Potemkin— a cada paso —dijo— hay un salto de una dimensión a otra, de una cualidad a otra…” [8]. Eso mismo hace Martí al comenzar sus apuntes de campaña: salta de la dimensión de Lola a la del “jolongo”, que lo representa a él, y que, por eso, uno lo imagina colgando a la espalda del que pronto va a emprender un viaje sin retorno. Y de allí, nuevamente salta a donde está la mujer, llorando en un balcón, mientras lo despide. En esa frase, Martí pasa de observador a observado para enseguida volver a observar. Primero vemos a la mujer (a través de los ojos de Martí) y luego, por un instante que dura lo que dura pronunciar la palabra “jolongo”, lo vemos a él (¿a través de ella o desde un narrador omnisciente?). No lo sabemos, pero de cualquier manera vemos ese bulto de viaje, o sea, a él, que enseguida vuelve a sorprenderla a ella, en un gran plano general: “llorando”. ¿Llorando? Ya sabemos por qué llora. Lo sabemos gracias al montaje. Se nos hace claro merced a la imagen del “jolongo” intercalada. Se logró, pues, el cambio cualitativo que sugería Eisenstein en su artículo sobre Potemkin.

Si es verdad, como se ha dicho, que la cámara es el ojo de la historia, entonces aquí Martí se nos aparece como el gran ojo que todo lo ve, porque es capaz de verse a sí mismo, como en la dialéctica de aquel proverbio de Antonio Machado que dice: “El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas;/ es ojo porque te ve.”

El espejo falso, de Magritte
Martí, que fue fundador de tantas cosas nuestras, también anticipó, entre nosotros, la eclosión de un nuevo arte (arte de ojos, para los ojos, desde el buñuelesco ojo cortado por una navaja hasta aquel otro ojo ensangrentado detrás de los gafas rotas de la vieja, filmado por Eisenstein). Martí intuyó, prefiguró, presintió y fundó lo que el teórico Béla Balázs acabaría por definir como “una alta civilización óptica”. [9] ¿Que cómo lo hizo? Esa capacidad tan suya de captar la dinámica del mundo en su espectro de música, luz, color, movimiento y formas, le venía de un viejo afán de pintor no cristalizado. Martí logró aproximarse a un modo de ver que luego el cine desarrollaría hasta límites insospechados, sumando orgánicamente a su verbo una permanente mirada de pintor y un finísimo oído para la música. El verbo le permitió narrar, de la plástica tomó el contorno y la fuerza de las imágenes, y la música le dio el “tempo”. De esta fórmula trinitaria tenía que resultar, por fuerza, algo parecido al cine. Tal vez la clave de ese proceso de formación de su espíritu se halle en estas palabras suyas: “Siente uno, luego de escribir, orgullo de escultor y de pintor”. [10]
 
NOTAS

[1] Ver su noticia publicada en Nueva York, en mayo de 1884, titulada “Una fotografía en un revólver”. Obras completas, t. 28. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1973, p. 280.
[2] Son demasiado conocidos estos versos. No obstante, consúltese en los Versos sencillos el poema número X titulado “El alma trémula y sola”.
[3] Ver “La bailarina española” en Poesía, de Rainer María Rilke, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1979, p. 130. También puede consultarse la Antología poética, de Rainer María Rilke, Madrid, Espasa-Calpe, Col. Austral, 1963, p. 74. La fecha de redacción del poema oscila entre 1907 y 1908 cuando el poeta visitó las ciudades de Córdoba y Toledo, en España.
[4] También en los Versos sencillos, con el número XXVII.
[5] José Martí: Obras completas, t. 10. La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963, p. 133.
[6] José Martí: Ed. cit., 1963, t. 16, p. 78.
[7] José Martí: Ed. cit, 1963, T. 19. p. 215.
[8] Serguei Eisenstein: Eisenstein. La Habana. Ediciones ICAIC, 1967, p. 457. (El subrayado es mio. MP)
[9] Béla Balázs: La estética del filme. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1980, p. 19.
[10] José Martí: Ensayos sobre arte y literatura. La Habana, Instituto Cubano del Libro, Col. Arte y Sociedad, 1972, p. 123.

(*) Publicado en Cubaencuentro el 26 de Octubre 2011.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––