febrero 18, 2013

ENTREVISTA A YOANI SÁNCHEZ



YOANI SÁNCHEZ: LA BLOGUERA DE LA LIBERTAD
A PROPÓSITO DE SU VIAJE DE 80 DÍAS POR EL MUNDO
Por Manuel Pereira


La bloguera cubana Yoani Sánchez fue nombrada recientemente "Héroe de la libertad de prensa en el mundo" por el Instituto Internacional de la Prensa (IPI) y, poco después, ganó el Premio Príncipe Claus.
Esta joven filóloga, residente en La Habana, ya había recibido, entre otros, el Premio de Periodismo Digital Ortega y Gasset. En el 2008 fue elegida por la revista TIME una de “las cien personalidades más influyentes del mundo”, y su blog “Generación Y” fue distinguido, por esa misma revista, como uno de los 25 mejores del mundo. En noviembre de 2009, el Presidente norteamericano Barack Obama respondió a un cuestionario que ella le dirigió a través de Internet: siete preguntas y respuestas que le dieron la vuelta al mundo.
En un país como Cuba, donde los medios de comunicación son propiedad del gobierno, ella es la otra cara de la “verdad” oficial. Día tras día, Yoani cuenta en su blog lo que la propaganda disfrazada de periodismo calla, tergiversa o edulcora. Ella nos revela, en sus más mínimos detalles, el lado oculto de la realidad.
Gracias a las más avanzadas tecnologías Yoani ha logrado romper los muros de la censura vigente en ese museo -o mausoleo- de la Guerra Fría que es Cuba. Por eso la odian tanto en los círculos oficiales, por eso incluso ha sido víctima de atropellos físicos, insultos y arrestos arbitrarios.
Valiente y frágil muchacha que informa más y mejor que cualquier agencia de prensa internacional radicada en La Habana. Sin perder la calidad de su escritura, sus textos describen las penurias cotidianas de la población, son una denuncia a favor de la libertad de expresión y proclaman el derecho de cualquier ciudadano a disentir del pensamiento oficial.

- Ante todo, Yoani, quiero felicitarte doblemente: por los 35 abriles que acabas de cumplir y por tan merecidos premios. Ahora cuéntame cómo empieza un día cualquiera de tu vida -le pregunto en una llamada de larga distancia desde México.
-Todos mis días son diferentes, tal vez porque la realidad cubana no permite una rutina. Esto es un delirio, es como en tu libro La quinta nave de los locos. Desde pequeña estoy acostumbrada a levantarme a las 6 de la mañana. Además, tengo que hacerlo porque tenemos que despertar a mi hijo para que llegue a tiempo a la escuela. Me pongo frente al televisor y me disparo el noticiero nacional, donde uno no se entera de nada, pero por profesionalismo periodístico lo veo de todas maneras. Ese es el momento mágico del día, cuando mi esposo (el también periodista digital Reinaldo Escobar), mi hijo Teo y yo nos sentamos a desayunar. Estamos los tres frente al sol, pues este edificio prefabricado yugoslavo está orientado en esa posición, así que el sol entra por el balcón y nos descubre en nuestra mesa desayunando. Después de eso, bajo a la calle, puedo estar dos horas en una cola para comprar malanga, o bien doy clases de español desde las 9 hasta las doce del día. De eso vivo hace años, al principio empezó Reinaldo con las clases a turistas alemanes, y luego los dos empezamos a dar repasos de español a estudiantes cubanos, aunque debo decirte que después de que empezó a salir mi blog, algunos han cogido miedo y no han venido más...
- Ustedes viven en un edificio bastante alto, en el último piso, que es el catorce...  ¿Cómo se las arreglan cuando hay interrupciones de suministro de agua?
-Eso es angustioso, para que tengas una idea: hace un año hicimos una remodelación en la cocina que estaba desastrosa, y tuvimos que fundir una meseta nueva. Para hacer la mezcla con cemento, poner las cabillas y todo eso, tuvimos que usar agua de la pecera... le pedimos prestada un poco de agua a los peces... Cuando no hay agua, tenemos que cargar cubos escaleras arriba, catorce pisos, y en ocasiones... simplemente ahorramos, somos faquires, y no nos bañamos durante algunos días (risas).
- ¿Qué ocurre cuando se rompe el elevador?
-Este edificio se inauguró en el año 1985, los ascensores originales eran soviéticos, y eran una calamidad. No hace mucho los cambiaron por otros rusos. Hay una diferencia importante entre la tecnología “soviética” y la “rusa”. Estos rusos son un poco más estables, se rompen con menos frecuencia, aunque eso es también gracias a que Reinaldo los repara y les da mantenimiento.
- ¿Qué haces cuando hay cortes de luz?
-En los últimos dos años han disminuido los apagones, de todas maneras aquí no puedes contar siempre con electricidad... Parece que las autoridades se han dado cuenta de que hay una relación entre los cortes eléctricos y la insatisfacción popular, así que han tratado de que los apagones no se repitan tanto como antes.
- Algo tan sencillo para cualquier ciudadano del mundo civilizado como es encender la computadora en su casa y conectarse a Internet, para ti es una hazaña cotidiana. Cuéntame cómo haces para conectarte a Internet.
-No tengo Internet en la casa, yo me conecto en los hoteles. Al principio entraba en los hoteles mascullando palabras en inglés o en alemán, haciéndome pasar por extranjera. Después Raúl Castro autorizó que los cubanos entraran y se alojaran en hoteles. Así que aproveché esa nueva circunstancia, y ahora puedo entrar sin tener que fingir que soy turista... Claro, siempre hay operativos de la policía secreta a mi alrededor, informantes que me miran con insistencia o se hacen señales entre ellos. Esos agentes de seguridad no se acercan más a mí por cuestiones de visibilidad, no les conviene provocar un escándalo en medio de tantos huéspedes extranjeros. Por lo demás, yo no tengo nada que ocultar, no tengo armas escondidas en mi casa, ni nada, yo soy transparente, yo entro en los hoteles sin recurrir a camuflajes, yo soy Yoani y escribo un blog... Siempre ejercen cierta presión, pero de ahí no pasan.
- ¿Entras todos los días en Internet?
-¡Ojalá! Toma en cuenta que una hora de conexión a Internet en un hotel, o en un cibercafé, cuesta el tercio del salario normal promedio. Entro una vez a la semana, a veces tardo hasta quince días en conectarme. Yo escribo previamente mis crónicas en casa, y lo llevo todo ya en cuartillas al hotel. Entonces me siento allí frente a la computadora y envío todo eso por correo electrónico. Yo no navego por las páginas. Mando mis textos a comentaristas y traductores de mi blog, y ellos se dedican a publicarlo por mí con una frecuencia y organización que le da vida al blog. Eso pudiera dar la sensación de que yo estoy todos los días en Internet, pero no es así, mis amigos van ordenando el material y van dándole una secuencia. Ahora bien, eso ha cambiado mucho desde agosto del año pasado cuando apareció una milagrosa herramienta llamada twitter y eso me trajo una inmediatez. El twitter es una bendición, ahora emito mensajes inmediatos, no sólo 140 caracteres, sino también imágenes, y... ¡sorpresa desde hace dos semanas!... ahora también puedo emitir audio. Si los cubanos hemos sido capaces de hacer un bistec con cáscara de toronja, si hemos podido inventar la carne sin carne, ¿cómo no vamos a hacer internet sin internet? (risas).
 - He sabido que hace poco matriculaste a tu hijo Teo en  un instituto preuniversitario y allí te encontraste unas normas oficiales escritas por los maestros en el pizarrón: “las hembras no usarán más de un par de aretes (...) Las sayas deberán tener un largo de 4 centímetros por encima de las rótulas de las rodillas. No se permitirán sayas ni pantalones pélvicos (...) Las hembras no usarán maquillaje. No se permiten pulsos, collares, cadenas ni anillos. Los atributos religiosos no podrán estar visibles. No se portarán MP3, MP4, celulares. Los varones no usarán aretes, presillas ni piercing (...) No se permite en los varones: el pelo largo, pintado, pinchos largos, ni figuras en el cabello (...) El cabello de los varones no debe exceder los 4 centímetros”. ¿Qué va a hacer Teo ante esa situación de represión medieval?
- Aunque sólo tiene quince añitos, nuestro hijo es el tipo más libre de la casa. Nunca le decimos lo que tiene que hacer, le dejamos a él la elección de seguir o no las normas de indumentaria y de corte de pelo escritas en la pizarra. Para que tengas una idea de quién es Teo: durante la ola de arrestos conocida como “la Primavera Negra”, tuvimos que contarle que a un amigo nuestro lo habían metido en la cárcel. Eso fue en el 2003, Teo tenía unos ocho años y nos preguntó por qué estaba en prisión nuestro amigo. Le contestamos que porque era un hombre muy valiente, y de pronto nos preguntó: “¿entonces ustedes están libres porque son un poco cobardes?”
- Los vecinos de tu edificio... ¿te apoyan, te evitan, te espían, se solidarizan contigo?
-Hay de todo... En primer lugar, es difícil plantar batalla cuando la persona que repara el ascensor de los 14 pisos es mi esposo. Reinaldo es el mago de este edificio, es el Mecánico del Ascensor. Así que tienen que llevarse mínimamente bien con él. Por otra parte, la gente aquí nos tienen mucha estima, siempre que tocan nuestra puerta para pedir cualquier cosa, nosotros los ayudamos, ellos tienen la experiencia del contacto con nosotros. Las inyecciones de paranoia que les han inoculado han funcionado hasta cierto punto, pero no pueden hacernos un acto de repudio, un mitin donde nos insulten, porque estamos acá arriba, y la concentración de las turbas sería allá abajo, en la calle, y, por tanto, no los oiríamos. Suponiendo que organizaran ese acto de repudio en el pasillo de nuestro piso catorce, tampoco sería efectivo, porque sólo seríamos testigos de esa repulsa nosotros tres, ya que el pasillo es estrecho y no cabe tanta gente. Entonces la parte teatral, la masividad, cuyo objetivo es que la gente en la calle vea y oiga el mitin de repudio, tampoco funcionaría. O sea, la escenografía política callejera, que tanto le interesa al gobierno, no funciona aquí con nosotros.
- En repetidas ocasiones te han invitado a recoger diversos premios internacionales, pero el gobierno no te deja salir de la isla. Hace poco me decías por teléfono: “creo que va a ser más fácil que México venga a mí antes que yo vaya a México”.  ¿Te gustaría venir a México?
-¡Claro! ¡Me encantaría! A México y a Argentina, porque son dos potencias culturales y literarias, a esos dos grandes países tengo que ir, sea como sea...

Así es un día en la vida de Yoani Sánchez.


(*) Publicado en la revista Día Siete, del periódico El Universal. México, 19 de septiembre del 2010

enero 30, 2013

EL REY MONO


EL REY MONO

Por Manuel Pereira

Viaje al Oeste. Las Aventuras del Rey Mono. Editorial Siruela, Madrid, 1993.

José Lezama Lima me prestó esta novela china en 1969 y exigió su devolución en tres días, ya que era el libro de cabecera de alguien que se autodefinía como “el peregrino inmóvil”, alguien gordo como un buda, que consultaba los hexagramas del I Ching bajo los auspicios de una estatuilla de Lao Tsé cabalgando un búfalo de jade.

Recuerdo que su título —Mono, a secas— sonaba más enigmático que Viaje al Oeste y que era un único tomo a diferencia de los tres volúmenes ahora publicados por la editorial Siruela (*). Probablemente se trataba de una versión expurgada y amputada de alguna editorial argentina, pero he olvidado ese detalle. Tampoco recuerdo que el ejemplar estuviera confeccionado con papel biblia para reducir cuerpo.
Tras su muerte, la biblioteca de Lezama Lima corrió una suerte similar a los avatares de los personajes de este relato chino: fue a parar a un depósito bajo llave en la Biblioteca Nacional. Considerados por entonces libros peligrosos, debían permanecer a la sombra. Algo así como el Index Librorum Prohibitorum o los famosos “Archivos Secretos del Vaticano”.
Allí durmió Mono varios años hasta que manos anónimas se lo robaron, o lo rescataron, usando unos trucos de cerrajería similares a las artimañas del protagonista simiesco de la novela. Así, tras no pocas peripecias, aquel ejemplar de Mono manoseado por Lezama, reanudó su peregrinación habanera, pasando por las manos de unos cuantos lectores enterados, hasta llegar por segunda vez a las mías.
Pero Mono también desapareció de mi casa como por arte de magia, nunca supe quién me lo robó, lo cual, lejos de irritarme, se me antojó el destino más apropiado para un libro repleto de desapariciones, metamorfosis y escamoteos de lo invisible.
Años más tarde, peregriné por las mejores librerías de Francia y de España buscando en vano esta joya de la literatura universal. Por último, hace poco volví a conseguirla —de manera subrepticia, casi fraudulentamente— en esta nueva edición castellana. Luego me vi obligado a venderla, y es curioso que por más librerías de viejo que visité en Barcelona, nadie quiso comprarla a ningún precio. Sólo entonces comprendí que esta novela no quería desprenderse de mí, y que la única forma de exorcizar estos fantasmas chinos, que me persiguen desde la adolescencia, era escribiendo esta reseña.
A primera vista parece un cuento de hadas de corte medieval, pero esta impresión se desvanece tan pronto nos sumergimos en sus páginas. Monumento literario que nada tiene que envidiarle a los clásicos de Occidente, la novela parte de un hecho rigurosamente histórico, pues hubo un monje nacido en 596 que viajó hasta la India regresando a China con 657 textos budistas. Durante mil años la hazaña de este monje viajero fecundó la imaginación popular, pasando de la tradición oral al teatro hasta culminar en esta novela atribuida a Wu Cheng-En, quien nació en 1500.
Tal vez gracias a ese largo proceso de gestación, la obra no se limita a consignar el peregrinaje del monje Tripitaka y sus tres discípulos, sino que es también una crónica de lo maravilloso, un viaje iniciático, una aventura interior; un recorrido a través del Tao, amenizado con todos los metabolismos metafóricos del ying y del yang, donde se dan cita la alquimia, el budismo, el taoísmo, el confucianismo, el yoga, las artes marciales, la astrología, la metempsicosis, la escatología y la mitología chinas, la reencarnación y el arte de las diez mil metamorfosis.
En el transcurso de esta misión sagrada que dura 14 años, los cuatro peregrinos pasan por aldeas, palacios, monasterios, ríos, mares, bosques, cavernas, desfiladeros; siempre envueltos en batallas aéreas, subterráneas, submarinas y aun cósmicas, luchando contra demonios, cadáveres vivientes, esqueletadas, dragones, fantasmas, brujas lascivas, doncellas que son monstruos y todo un bestiario de criaturas sobrenaturales.
A su paso van liberando princesas raptadas, curan reyes o combaten la sequía propiciando lluvias por encantamiento. Todo lo cual se debe, no tanto al monje Tripitaka, sino al primero de sus discípulos, que es el auténtico héroe de esta gesta: el Rey de los Monos sin duda inspirado en el dios mono Januman venerado por los hindúes. Dotado de extraordinarios poderes, el Rey Mono no sólo es capaz de volar por las nubes y transfigurarse en abeja, sino que puede multiplicarse a sí mismo hasta cien veces con sólo arrancarse un puñado de pelos y luego escupirlos.
Todo en este libro es fantástico, desde la cosmogonía inicial —una versión china del Génesis— hasta el nacimiento de este Mono, salido de un huevo de piedra que, a su vez, brotó de una montaña preñada por la copulación del sol con la luna. Pero este mágico macaco abusa tanto de sus atributos que será castigado por Buda a pasar quinientos años debajo de una roca. Lo mismo ocurre con los otros dos discípulos de Tripitaka: seres inmortales que por diversas causas cayeron en desgracia y ahora convierten en gloria sus antiguas condenas viajando en busca de las sagradas escrituras búdicas.
Pero si Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha fueron transformados en monstruos, y aún conservan rasgos zoomórficos, el origen del Rey de los Mono es completamente sobrenatural y, por tanto, carece de vidas anteriores. Por su carácter travieso, impetuoso, díscolo y burlón, deviene el protagonista mayor de la historia. Sus constantes batallas celestiales o terrenales contra dioses, demonios y salteadores de caminos, a menudo recuerdan las peripecias de Don Quijote con los molinos de viento. Por si fuera poco, los diálogos de Tripitaka con sus discípulos se parecen también a los del Caballero de la Triste Figura con Sancho, pues mientras el monje despliega un lenguaje trascendental, sus adeptos se contentan citando refranes populares. A su vez, el hambre insaciable de Chu Ba-Chie hace pensar en la gula del escudero de Alonso Quijano.
Todos los clásicos se dan un aire de familia. Por eso hay aquí una Bodhisattva —la deliciosa Kwan-Ing— que desciende sin cesar, prestando auxilio a los cuatro buscadores de escrituras, del mismo modo que las deidades griegas ayudaban a los contendientes en la Guerra de Troya. Si el episodio donde una diablesa seduce al monje Tripitaka recuerda en algo a Circe; y si al final aparece una variante china de la barca de Caronte; en realidad todo el viaje tiene que ver con Dante, pues los cuatro peregrinos van desde las regiones inferiores pobladas por monstruos hasta la Montaña del Espíritu, donde se entrevistan con Buda, lo que equivale a ir del Infierno al Paraíso.
La obra conserva la estructura del relato oral, donde cada uno de los cien capítulos se engarza, como los abalorios de un collar, siguiendo un poco el recurso de Scherezade. Quizás la asombrosa modernidad de esta novela se deba al humor que impregna sus páginas. No sólo resultan jocosos los personajes zoomórficos que acompañan al monje, sino que hasta los Budas se burlan y gastan bromas, como entregar rollos de sutras completamente en blanco.
Este sentido del humor a lo divino, ese desenfado sabiamente combinado con las enseñanzas más profundas, es lo que otorga inmortalidad a estas prosas chinas del siglo XVI. Aquí se pasa sin chirriar de una disquisición taoísta sobre la forma y el vacío a cualquier jarana, lo que impide el tono admonitorio de la catequesis. De esa densidad filosófica y de su estilo sostenido nace el aliento poético que distingue a las obras maestras. Cuando para describir una escena espeluznante se nos dice que “el cerebro saltó como si fueran diez mil pétalos rojizos de flor de melocotón”, cuando leemos que “Tripitaka se sentía como un salmón que hubiera escapado del engañoso fulgor de un anzuelo de oro”; o cuando sabemos que una doncella se llama “Vergüenza de la Cien Flores”, intuimos que hemos llegado al reino de la poesía, igual que los cuatro peregrinos, ya para siempre en la patria del Nirvana, cada uno instalado en su trono de loto.

(*) Publicada en Cubaencuentro el 29 de Enero del 2013. (Esta reseña fue publicada originalmente en BABELIA, No. 99, el 4 de septiembre de 1993, bajo el título Un recorrido a través del Tao).
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noviembre 16, 2012

EL MAMUT INCONCLUSO


EL MAMUT INCONCLUSO
Por Manuel Pereira

Toda gran cultura deja tras de sí un orgulloso rastro visible, alguna prueba monumental de su paso por la historia. Ejemplo: las tres pirámides de Giza o la Catedral de Notre Dame. Aquéllas fueron construidas por una sociedad esclavista y, ésta, por el feudalismo. Sin embargo, olvidamos los crímenes perpetrados por ambos sistemas sociales en cuanto contemplamos fascinados esas increíbles estructuras. ¿Será más fuerte la belleza que ciertos escrúpulos éticos retrospectivos? ¿Será más seductor el impacto visual de esas moles que todo lo aprendido en libros de texto o en películas?

En Grecia y en Roma abundan imponentes vestigios de cultura material y también en esas civilizaciones se ejerció el modo de producción esclavista, cuya crueldad no impide que admiremos boquiabiertos el Partenón y el Coliseo.

Se trata de construcciones que brillarán eternamente porque van más allá de las funciones que se les asignó originalmente. Cada una de ellas sintetiza el espíritu de su tiempo, reflejan el élan vital de una determinada forma de civilización, concentran en sí toda una cosmovisión. Es lo invisible revelándose en lo visible.
Además, estas gigantescas señales físicas trascienden lo meramente territorial irradiando al resto del mundo sus efluvios religiosos o ideológicos. Dicho de otro modo, la gran esfinge de Giza o el Puente de los Suspiros son tan míos como de cualquier egipcio o veneciano.
Desde la Prehistoria hasta nuestros días, cada sistema social, a través de sus colosales testimonios, nos envía un mensaje: “aquí estuvimos, en esto creímos, esto hemos sido”.
Abu Simbel
La Edad de Bronce dejó megalitos como rastro de su existencia, desde 
los círculos concéntricos de piedras de Stonehenge hasta los menhires de Carnac. La esclavitud dejó su impronta en templos como el de Abu Simbel o el Zigurat de Ur, la Edad Media levantó sus catedrales, abadías y castillos, las monarquías construyeron lujosos palacios, el imperio chino erigió su Gran Muralla. Los príncipes, los zares y las zarinas edificaron el Kremlin así como las fuentes con estatuas doradas de Petrodvorets, los inefables puentes y la fortaleza de San Petersburgo. De la Roma imperial quedan arcos de triunfo, la columna de Trajano, el Panteón de Agrippa, entre otros restos deslumbrantes. Del templo de Jerusalén queda el Muro de las Lamentaciones. Las principales obras arquitectónicas del Renacimiento fulguran en Florencia. Saltando a otros mundos vemos las asombrosas mezquitas de Estambul y de Isfahán. El Imperio Bizantino dejó extraordinarias muestras, entre otras, la iglesia de Santa Sofía y la basílica de San Marcos. México tiene el centro ceremonial de Monte Albán, su Templo Mayor de Tenochtitlan, Teotihuacan con sus pirámides truncas del Sol y la Luna; los mayas nos legaron observatorios astronómicos y 
Angkor
pirámides escalonadas. Al sur, nos espera la sorprendente Machu Picchu, la Puerta del Sol en Tiahuanaco, las intrigantes ruinas de Puma Punku. Desplazándonos a otras geografías encontramos la Ciudad de Petra, el fabuloso templo de Angkor en Camboya que la selva nunca pudo tragarse, los moáis en la Isla de Pascua, la India con el Taj Mahal, el templo de Khajuraho y sus prodigiosas estupas, las majestuosas pagodas en los países asiáticos, la admirable ciudad de Tombuctú hecha de barro, las fantasías arquitectónicas de Gaudí en Barcelona y los rascacielos del capitalismo creciendo como cristales de cuarzo…
Por doquier comprobamos que cada momento histórico, cada estadio del desarrollo de nuestra especie, ha dejado su esencia encapsulada en alguna mega-estructura trascendental. Estos y otros monumentos son autorretratos de las civilizaciones que los erigieron, sintetizan la manera en que ellas se veían a sí mismas. Son gemas que repartidas alrededor del planeta lo convierten en un huevo de Fabergé, una esfera de lapislázuli cuyos diamantes engastados lanzan estambres de oro engarzando una civilización con otra en la vasta urdimbre de la universalidad. También semejan axones y dendritas, emitiendo y recibiendo vibraciones en una red de circuitos neuronales. Constituyen, pues, el monólogo interior y la memoria del planeta, que es un cerebro flotante en el espacio.
Ahora bien, ¿cuáles son las joyas correspondientes al Comunismo? ¿Dónde están que no las veo? ¿Cuáles son los autorretratos de los países socialistas más allá del Culto a la Personalidad y un par de momias? ¿Adónde van a parar las neuronas muertas del Socialismo? ¿Qué pasó con sus conexiones sinápticas perdidas, abortadas o inconclusas?
Llama la atención que el único régimen social que no ha dejado pruebas físicas imperecederas de su quehacer es la utopía del proletariado, y ello a pesar de haber abarcado durante más de siete décadas regiones que van desde Rusia hasta China, Mongolia y Corea del Norte, pasando por Europa Oriental y llegando hasta Laos, Camboya, Vietnam y la isla de Cuba.
Viajemos a Rusia, madre del engendro utopista de las izquierdas. ¿Por qué los bolcheviques no solo no pudieron superar, sino que ni siquiera igualaron, la vehemencia constructiva de los zares? Nadie pone en duda la crueldad de los zares, pero al menos dejaron tras de sí espléndidas edificaciones. Stalin fue más cruel que el peor de los zares, y encima, ni siquiera dejó una brizna de belleza.
Siete Hermanas
¿Qué dejó el estalinismo en materia de edificación monumental? Las llamadas “siete hermanas”: unas torres que no pueden compararse con la más pequeña -pero a la vez más auténtica y hermosa- Catedral de San Basilio. 
Cuando aquellas feas siete torres se construyeron (entre los años 40 y 50) ya hacía tiempo que existía la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright, y tanto Le Corbusier como Gropius habían realizado sus principales obras. ¿Acaso no se enteraban de estas proezas culturales en Moscú y en sus países satélites?
Catedral de San Basilio
Lo más interesante que dejó el dictador soviético fueron los suntuosos “palacios subterráneos” del metro de Moscú, y aun allí, irrumpía el Realismo Socialista con 
estatuas edificantes destinadas al adoctrinamiento masivo. 
Por lo demás, no deja de ser curioso que lo único bello creado durante el estalinismo haya sido destinado a un lugar de tránsito, un espacio invisible e inhabitable, que no invita a la permanencia, un sitio escondido, oculto bajo tierra, como si la belleza fuera un motivo de vergüenza o algo que hay que apreciar de prisa y corriendo, para no contagiarnos con ella. 
Salvo Lunacharski, a los dirigentes bolcheviques no les gustaba el Constructivismo. Sin embargo, la Torre de Tatlin -que no pasó de ser una maqueta- hubiera podido ser esa joya enorme y visible del proletariado que no vemos por ninguna parte, ni en Rusia, ni en los demás países donde se instauró el Socialismo. En principio, la espiral inclinada del principal vanguardista ruso fue concebida como un desafío bolchevique a la burguesa Torre Eiffel. 
Si la estructura parisina conmemoraba el centenario de la Revolución Francesa, la de Tatlin sería monumento y sede de la Internacional Comunista. Pero el Constructivismo tuvo vida breve. El suicidio de Maiakosvki (1930) marcó su final y el inicio del burdo, predecible y monocorde “Realismo Socialista”. A partir de entonces se impuso el estilo Stalin que sería exportado a otros países comunistas.
¿Qué estilo le gustaba al Zar Rojo? El neoclasicismo, emanado del estilo Directorio napoleónico, que ya era la imitación de una imitación, por tanto, nada nuevo, más bien una falsificación academizada hasta el bostezo. No por azar, Hitler compartía con Stalin el mismo gusto por la escultura y la arquitectura neoclasicista. No es la única afinidad entre los dos totalitarismos del siglo XX, pero ésa es otra historia.
Endiosado, Stalin aspiraba a un imperio como el de Bonaparte. Así que en el proyecto de las siete torres calcó el estilo napoleónico agregando elementos góticos para mayor eclecticismo. Una grandilocuencia faraónica -pero sin emoción, deshumanizada y gris- se adueñó de Moscú, al tiempo que Stalin, acaso envidioso de una estética superior a la suya, empezó a demoler preciosos templos de la iglesia ortodoxa rusa.
Otra de sus obras ciclópeas fue el Canal Mar Blanco-Báltico que terminó en fracaso. A lo largo de 227 kilómetros allí trabajaron más de 300 mil prisioneros políticos, de los cuales 120 mil fallecieron debido al trabajo forzado en condiciones infrahumanas. A fin de cuentas, por su escasa profundidad, no podían navegarlo barcos de gran calado. Entre octubre y mayo había que cerrarlo porque se helaban sus aguas. Todo lo cual me recuerda al cachorro de mamut congelado en la tundra siberiana al que le falta un pedazo de trompa (mordida por lobos) y que vi hace muchos años en el Museo Zoológico de la otrora Leningrado.

Tanta ineptitud, mal gusto y anticuada fealdad, se extendió al diseño de los automóviles, los electrodomésticos, las etiquetas de los enlatados, la indumentaria femenina y masculina, el calzado, los relojes de pulsera, la presentación de los medicamentos, los cortes de pelo de ellas y de ellos, y un largo etcétera.
Solamente la RDA -por ser el país más desarrollado del bloque comunista- levantó 
Torre Televisión Berlín
una estructura digna de mención: la torre de televisión en Berlín Oriental. No es que sea un hito, pero a falta de algo mejor, sin duda llegó a ser el emblema de aquella ciudad. Sin embargo, por una de esas ironías de la vida, cuando el sol reverbera en su esfera de acero inoxidable se forma un dibujo en cruz. La RDA era un estado ateo. Los ateos profesionales -al igual que los vampiros- no pueden ver la cruz ni en pintura. Así que la gente se burlaba de los comunistas llamándole a la torre “San Walter”, en alusión a Walter Ulbricht. Bromas aparte, la verdadera “obra maestra” de Ulbricht no fue esa anodina Torre de Televisión, sino el Muro de Berlín con su cosecha de muertos.
El colectivismo y el igualitarismo, tan ensalzados por los marxistas-leninistas, no han podido crear nada ni siquiera remotamente comparable con las alhajas que el individualismo en cualquiera de sus formas -desde el fanatismo religioso hasta el pragmatismo más profano-, ha dejado salpicadas por doquier.
¿Por qué las urbes, cuando no están bajo el azote del comunismo, acumulan esa diversidad, tanta riqueza, originalidad y belleza? Porque en ellas se respeta la propiedad y la iniciativa privada, así como la capacidad emprendedora de los individuos. Lo cual incentiva la vocación creadora en todos los ámbitos, sin que intervenga ningún inculto poderoso poniendo cortapisas o censurando. Cuando un gobernante pedestre tiene siempre la última palabra en materia de cultura y arte, inmediatamente sobreviene un período de indigencia estética e intelectual. Cuando un mandatario decide qué libros se publican, qué edificios se construyen, qué películas se estrenan o qué canciones se difunden por la radio, la cultura está en peligro de extinción.
Se  ha dicho que “la fe mueve montañas”. Por lo visto, también levanta montañas arquitectónicas, que van desde los zigurats sumerios hasta las agujas góticas pasando por  los minaretes y las pirámides. Todas esas construcciones que se estiran aspiran a llegar a Dios, o a los dioses. Todos los diseños místicos, en diferentes civilizaciones, coinciden en ese afán fáustico: llegar al Altísimo o al infinito.
También los comunistas quisieron llegar a lo más alto estableciendo un nuevo orden social. El primer experimento utopista fue la Comuna de París (1871) y Marx dijo que era el intento de “tomar el cielo por asalto”. De ahí que después Stalin copiara a su manera el estilo ojival. Es decir, plagió las agujas góticas del “opio del pueblo”. ¿Se quiere mayor incongruencia ideológica?
Los rascacielos del tan odiado como envidiado capitalismo también escarban el cielo. Tanto si lo rascan buscando monedas allá arriba, como si son altares elevados al dios Mammón, lo importante es que sus constructores creen en algo, tienen fe en algo, aunque sea en el “vil metal”.
Torre Eiffel
¿Qué es la torre Eiffel sino una araña de rieles que nos conduce velozmente al cielo? En su día simbolizó la locomotora de la prosperidad ascendiendo impetuosamente. 
Actualmente funciona como antena para programas radiofónicos y televisivos. De modo que ha devenido la aguja gótica de la modernidad, el templo de otro de los dioses de la contemporaneidad: la difusión, el entretenimiento, la evasión y también mucha frivolidad.
Cuando Marx escribió que “la religión es el opio del pueblo”, seguramente pensaba en los altos campanarios de las iglesias como centros de irradiación de doctrinas adormecedoras. Pero si hubiera llegado a conocer la caja tonta, habría cambiado su adagio por este otro: la televisión es el opio del pueblo.
La historia de las formas monumentales desplegadas en el devenir de los siglos está jalonada de reliquias donde se expresa el alma de las altas culturas, sus ideales más poderosos. Pero… ¿qué poderoso ideario anida en el sistema socialista o comunista? En teoría, es un modelo social preñado de esperanzas y promesas, ninguna de las cuales se cumple en la práctica. Por eso, en los países donde se impuso la “dictadura del proletariado”, no veremos mega-estructuras capaces de emular con las de regímenes anteriores. No las vemos porque no hay fe en nada de lo que se hace.
Siete tétricas torres fue todo lo que hizo el comunismo en Rusia durante setenta y cuatro años. ¿Dónde está la materialización de la cosmovisión de los bolcheviques? ¿Solamente en los ubicuos bustos de Lenin o en la estatua del obrero y la koljosiana convertida en emblema de Mosfilm? ¿Tanto ruido para tan pocas nueces?
¿Más de setenta años de poder absoluto y ningún emblema físico realmente universal? El Partenón se construyó en 15 años, la pirámide de Keops en 20 años, la Torre Eiffel en 26 meses, el Empire State Building en un año, el edificio Chrysler en 18 meses…
La falta de elegancia y refinamiento comunista tiene mucho que ver con la simulación de la mayoría silenciosa sometida a la “servidumbre voluntaria” de la que hablaba La Boétie. En semejante clima de hipocresía y doble moral es imposible producir ningún auténtico esplendor. La belleza no puede prosperar allí donde no hay libertad de cultos, de expresión, de información, de reunión, de pensamiento y de movimiento.
Salvo excepciones -que confirman la regla- todo lo creado bajo el sistema de partido único está afectado, en diversos grados, por la censura y su sombra anímica: la autocensura. Artistas y escritores huyen de los temas susceptibles de chocar con el pensamiento oficial políticamente correcto. Donde no hay sinceridad, no hay verdadero arte. Donde hay miedo, no puede haber literatura, ni cine, ni arquitectura, ni la cabeza de un guanajo.
La belleza en su magnitud más relevante sólo puede emanar de una profunda fe religiosa o de un individualismo renacentista burgués. El escollo insalvable al que se enfrenta el sistema comunista es que excluye taxativamente esas dos fuentes de generación estética, pues reprime toda forma de individualidad y, al mismo tiempo, rechaza cualquier sentimiento de religiosidad.
La gran paradoja de esta curiosa secta consiste en ser una religión sin Dios -oxímoron rayano en la demencia-, que tampoco es capaz de poner al ser humano, con su infinita diversidad idiosincrásica, en el trono de la divinidad defenestrada.
Así las cosas, ¿qué rastro monumental dejará la era de Fidel Castro en Cuba? Olvídense de los edificios construidos por las microbrigadas: monótonos, desangelados, horribles. Olvídense también de los edificios yugoslavos de moldes deslizantes y de las Escuelas en el Campo, prefabricadas y sin gracia.
Lo único llamativo que quedará son las Escuelas Nacionales de Arte de La Habana, edificadas durante la primera mitad de los sesenta. Si son innovadoras se debe a que por entonces todavía quedaban remanentes de libertad artística y al hecho de que dos de sus tres brillantes arquitectos eran italianos, con toda la herencia de exquisitez europea que eso supone. Por otra parte, la revolución todavía era joven y perduraba algo de su épica inaugural. Tal es el efímero espíritu que encarna esa obra.
De todas maneras, aquellas escuelas nunca se completaron y quedaron abandonadas. Se repetía en la isla la frustración de Tatlin. A vista de pájaro, el conjunto arquitectónico de Porro, Garatti y Gottardi semeja una sucesión de óvulos terminada en trompa de Falopio, aunque a mí se me antoja un elefante surrealista inconcluso. ¡De nuevo el cachorro de mamut congelado al que le falta un pedazo de trompa!
Para ver lo mal que acabó lo que empezó siendo tan prometedor, echemos un vistazo a la embajada de la antigua Unión Soviética en la capital cubana: siniestro mazacote que parece el Castillo de Drácula y cuyo vacío espiritual no tiene nada que ver con el entorno marítimo y tropical donde fue perpetrado. El mal gusto del estilo Stalin no podía dejar de hacer metástasis en el Caribe.
Sin embargo, La Habana Vieja atesora vestigios barrocos de la época colonial, como la Catedral, el Castillo de la Fuerza, el del Morro y sus palacios. La zona republicana conserva el Paseo del Prado, el Capitolio, el edificio Bacardí, el Centro Gallego y el Asturiano… La Habana de los años cincuenta dejó hoteles como el “Habana Libre” (antes Hilton), el Edificio Focsa, avenidas como la Rampa…
¿Qué fue entonces lo que falló en el comunismo? La ausencia de dimensión espiritual.
Los grandes estilos (clásico, románico, gótico, barroco, Art Nouveau, Art Deco…) revelan el pneuma de la época correspondiente a sus etapas de construcción. Cada una de esas formas entraña motivos relacionados con la ideología predominante en sus épocas. ¡Cuánta riqueza y diversidad de formas apreciamos en estas maneras de construir, de pintar, de escribir! ¡Cuánta originalidad! Y, por contraste, ¡cuánta pobreza de imaginación, cuán poca innovación, en el estilo propio del socialismo!
La pregunta que se impone es: ¿por qué no existe una forma capaz de encerrar los contenidos de la doctrina marxista-leninista? Tratándose de una nueva ideología, un nuevo gobierno para un nuevo mundo y un hombre nuevo, ¿cómo es posible que nunca haya encontrado su configuración estética?
Para nadie debería ser un secreto que la suma de disparates y la endémica ineficiencia de su modelo económico es el Talón de Aquiles del comunismo, implántese donde se implante. Evidentemente, ese desastre, que impide crear bienes de consumo en abundancia, tiene su reflejo en la dimensión artística. Tanto vacío espiritual en las artes y en las letras es la demostración palmaria de esa incesante penuria material.
Cuando la economía es floreciente, las formas de expresión se multiplican con un vigor que nos deja estupefactos. Inversamente, cuando la economía no prospera y se estanca en niveles de supervivencia, las manifestaciones estéticas languidecen hasta quedar fosilizadas.
Lo que pasa es que el socialismo -o comunismo- carece de espíritu de época, ya que en rigor está fuera de lugar y de tiempo. Más que un proyecto social y económico, es un Oopart, es decir, un anacronismo, una impostura histórica. Triunfa en 1917 en Rusia, pero significa un retroceso a la Edad Media. Los rusos salieron de un zarismo para entrar en otro, dejaron un “opio del pueblo” para caer en otro opiáceo, acaso peor.
Semejante desfase impedía que, tanto Rusia como sus países miméticos, se adaptaran a los tiempos modernos. Comparado con el Occidente judeo-cristiano, el comunismo siempre iba a la zaga y, de resultas, su producción -tanto material como espiritual o intelectual- era chapucera e ineficaz.
Se trata de un sistema que no logra encajar en ningún esquema espiritual, porque nace ya desespiritualizado. Todo lo desacraliza, vaciándolo de sustancia. Por consiguiente, no puede producir ningún valor artísticamente elevado y  permanente.
En realidad, el comunismo nunca ha existido. Sigue siendo aquel fantasma que según Marx recorría Europa en 1848, pues aborta nada más nacer. Es un feto insepulto, como el cachorro de mamut al que le falta un pedazo de trompa. ¡Otra vez el elefante surrealista inacabado!
Otra fantasmagoría es la del proletariado en el poder. En los países comunistas, la autoridad siempre ha estado secuestrada manu militari por una burocracia “revolucionaria”, una especie de aristocracia roja, que degenera ineluctablemente en despotismo, represión, ineptitud, nepotismo y corrupción.
En la Rusia de 1917, y a pesar de los esfuerzos del Conde de Witte, no existía una clase obrera de envergadura en comparación con otros países industrializados. Seguía siendo un país predominantemente agrario, anclado en formas de producción feudales.
En la Cuba de 1959, por su escaso desarrollo industrial, tampoco era protagónica esa clase social. ¿Cuántos obreros había en la guerrilla de la Sierra Maestra? Ninguno, que yo sepa.  
Por lo demás, ¿cómo puede instalarse en el poder o pretender ser la “vanguardia de la historia”, una clase sin futuro? Desde que nació, la clase obrera aspira a suicidarse, ya que nadie quiere ser obrero, ni que sus hijos o nietos sean proletarios. Por si fuera poco, con el paso del tiempo, los avances tecnológicos y científicos merman las filas de ese estamento con tan corta fecha de caducidad, restándole protagonismo histórico.
Una de las claves para comprender las enormes lagunas estéticas en el comunismo es la procedencia rural de sus máximos líderes. Ninguno nació en grandes ciudades. Todos son campesinos o pueblerinos y, como es sabido, el campo no genera arquitectura, ni diseño, ni alta densidad intelectual. Por el contrario, toda metrópoli contiene espacios de emoción estética. Las formas superiores de cultura nacen en las grandes urbes conectadas marítima y fluvialmente con otros países. La democracia se gestó en las polis griegas, no en olivares, ni en viñedos, ni entre cabreros. La convivencia, la comunidad cívica, el diálogo y la tolerancia no pueden brotar en el campo, donde todos viven aislados y alejados, sino en las ciudades donde se verifican las mayores aglomeraciones de seres humanos. La escasa o nula formación estética de estos caciques y caudillos criados en potreros, ranchos o fincas, salta a la vista.
Por supuesto, no es un delito nacer en el campo, pero sí es un crimen de lesa cultura que un guajiro lépero se aferre a un poder omnímodo atreviéndose a meter la cuchareta en temas tan sutiles como el arte, la arquitectura o la literatura que, además, no domina. No hay nada más audaz que la ignorancia.
Los padres de Stalin eran labriegos georgianos que ni siquiera hablaban ruso. Mao también fue un aldeano, al igual que Pol Pot. Ceausescu nació en una villa remota y su padre se dedicaba al pastoreo. El yugoslavo Tito también creció en ambiente rural. Lenin nació en una ciudad de provincia pobre y atrasada. Fidel Castro se crió en una finca a 740 kilómetros de La Habana. A pesar de sus posteriores estudios universitarios, nunca ha dejado de ser un guajiro, como demuestra su pasión por las vacas, los toros y, últimamente, la moringa.
Ninguno de ellos ha sido obrero, ni siquiera campesino pobre, sino hijos de terratenientes o funcionarios rurales acomodados. Así, en su adolescencia, pueden trasladarse a las grandes urbes para realizar estudios superiores, lo que les otorga una pátina de formación intelectual, si bien ya una infancia silvestre, los hábitos brutales del campo, los han marcado para siempre.
Más tarde, cuando detentan el poder, apenas viajan al exterior, no estudian idiomas, desprecian y recelan de todo lo extranjero, máxime si proviene de Europa Occidental o Norteamérica. Les falta visión cosmopolita. “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”, nos alertaba Martí.

El autoritarismo más rústico, la violencia de estos capataces de horca y cuchillo nace en un surco coagulado de terrones rojos. Un niño de la ciudad nunca ve cómo matan a una vaca, ni cómo le retuercen el pescuezo a una gallina, ni cómo aguijonean hasta hacerlo sangrar a un buey para arrearlo…  Un niño del campo está viendo eso desde que abre los ojos al mundo. ¿Influye o no este espectáculo rutinario en su conducta posterior?
Estos personajes son incapaces de amar a ninguna ciudad que sobrepase la noción de villorrio, porque se saben ajenos a tanto esplendor, por tanto, no pueden -ni quieren- propiciar su desarrollo, les falta sensibilidad, detestan toda grandeza arquitectónica y urbanística contra la cual, consciente o inconscientemente, desatan sus resentimientos derivados de un soterrado complejo de inferioridad. Aborrecen aquellas capitales donde les hubiera gustado nacer y que, en un inconfesable acto fallido, siempre eligen para morir.
Personas así pueden ser diestras en ciertas áreas del conocimiento. Llegan a ser abogados, oradores carismáticos, organizadores de partidos, hábiles guerrilleros, pero lo que nunca tendrán es cultura estética. Ésa es la guinda que le falta al pastel. Siempre serán nulos en la apreciación de las artes plásticas, la música y las morfologías superiores del espíritu. Nada de eso los emociona. Tal es su handicap principal.
Su naturaleza montaraz establece, ya de entrada, un déficit en su gusto estético y refinamiento espiritual, una laguna que no rellenarán jamás por más que lo intenten con oropeles de última hora.
La oposición entre civilización y barbarie ya fue examinada por Sarmiento en su Facundo. El origen agrario de estos protagonistas de la historia los lleva a barbarizar lo urbano, la urbanidad, lo cívico, lo civil y, en suma, la civilización, como ha sucedido en La Habana.
Otro problema que explica esa carencia de majestuosidad es la ausencia de aliento místico. Todas las sociedades han tenido dioses y escatologías, menos el comunismo, que está impregnado de ateísmo. Al carecer de ese hálito espiritual, fracasa cualquier impulso constructivo espectacular.
Los comunistas no solo carecen de Dios, tampoco generan riquezas materiales, esperanzas, ni ilusiones. De manera que si los marxistas no le ponen velas ni a Dios, ni a Satanás, ¿cómo diablos van a erigir el tipo de sociedad que diseñan? ¿Qué Torre de Babel van a levantar si carecen de estímulos tanto físicos como metafísicos?
¿Qué le pasa al comunismo que es el único sistema político instalado en gran parte del planeta que no ha sido capaz de dejar nada memorable para las generaciones futuras? Nada memorable en cultura material, ni en cultura espiritual.
¿Qué es el comunismo? Una pesadilla fugaz. La mayor deficiencia del paradigma marxista puede resumirse en el aforismo latino: “nadie da lo que no tiene”. Esta verdad como un templo no sólo es válida para individuos, sino también para colectivos y civilizaciones enteras. Una sociedad que no tiene nada profundo ni elevado que ofrecer, una cosmovisión cuya pobreza material e inmaterial es tan ostensible, no puede dar ni dejar nada estremecedoramente visible.
Supongamos que de pronto ocurre un cataclismo nuclear. Tras una sucesión de estallidos de bombas de neutrones -ésas que aniquilan seres vivos dejando intactas las construcciones-, no queda ni un solo ser humano en el mundo, aunque sí muchas de sus obras tangibles. Poco después aterriza aquí una expedición de extraterrestres. Sus científicos descienden de las naves, empiezan a investigar este planeta vacío, sin vida, pero aún repleto de monumentos, a través de los cuales esos  eruditos alienígenas podrán hacerse una idea bastante aproximada de cómo eran las sociedades que surgieron en este globo terráqueo en las distintas etapas de su desarrollo. Estudiando esas reliquias sabrán, por ejemplo, cómo era la esclavitud en Egipto, cómo fue el feudalismo en Europa, el colonialismo en América Latina, o el capitalismo en Chicago o en Manhattan, pero jamás podrán comprender cómo fue el comunismo. Ni siquiera podrán sospechar si hubo alguna vez sociedades utopistas ejerciendo plenos poderes sobre la realidad, pues no encontrarán pistas materiales a partir de las cuales investigar ese sistema, no habrá ningún rastro de cultura monumental susceptible de examen.
Un sistema social, económico e ideológico, que no deja tras de sí estructuras emocionantes, ni espacios especiales, es como si nunca hubiera existido.
Supongamos que quedan por ahí restos de algunas bibliotecas que los científicos extraterrestres traducirán y leerán. Descubrirán entonces el rastro teórico del comunismo, los libros utopistas que hablan de esa sociedad. Pero, al no encontrar puntos de referencia materiales para establecer correlaciones, considerarán que se trata de obras puramente literarias, cuyas prosas pseudo-poéticas proceden de las ficciones políticas y las fantasías teorizantes de Tomás Moro, Owen, Saint-Simon y Fourier.
Desconcertados ante la falta de realismo y sentido común de textos más recientes, los sabios siderales clasificarán a Marx, Lenin, Stalin, Gramsci, Trotsky, Mao, Ho Chi Minh, Fidel Castro, Che Guevara…  como autores mediocres de ciencia-ficción, siempre por debajo de Verne, Villiers de L’Isle-Adam, Bradbury, Asimov, Mary Shelley, Wells, Karel Capek…
Por suerte, no todos los utopistas escriben, pero… ¿podrá Chávez construir algo a la altura de Versalles, la Ópera Garnier o el Puente Alejandro III?
Al igual que Brasil, Venezuela tiene petróleo abundante. La capital de Brasil se construyó en cuatro años y Chávez lleva doce en el poder.
¿A qué espera para convertir los atestados cerros de Caracas en una nueva Brasilia?

(*) Ciudad de México, 15 noviembre 2012. 
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