octubre 13, 2012

CORRESPONDENCIA CON MARGUERITE YOURCENAR

CORRESPONDENCIA CON 
MARGUERITE YOURCENAR


Click en las imágenes para leer la carta publicada en Caimán Barbudo en Octubre de 1988.

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octubre 03, 2012

CORRESPONDENCIA ENTRE MANUEL PEREIRA Y JOSÉ YANES



CARTA DE RESPUESTA A JOSÉ YANES
"Sobre Poesía Engavetada"
Ciudad de México, 1 de Septiembre 2012

Yo también leí tu poesía engavetada, soterrada, arrinconada, ninguneada. Tu libro me remonta a aquel terrible año 1971 cuando muchos fueron ninguneados. Wichy el Rojo fue a parar a una granja, creo que de cerdos, al Chino Heras León lo mandaron a una fábrica, Norberto Fuentes missing, tú también desaparecido, Lezama censurado en los medios y sin poder publicar ni un verso. Todo el mundo estaba asustado. Por suerte para mí yo todavía no era “escritor”, pues no había publicado ningún libro y -por tanto-no era miembro de la UNEAC. Era un simple reportero de una revista, y aun así, me castigaron seis meses en un cuarto oscuro revelando fotos y sin poder publicar reportajes, crónicas, etc… Comparado contigo y con otros, salí bastante bien parado de todo aquel terremoto de terrorismo de Estado.
El caso Padilla marcó un antes y un después en la relaciones entre los artistas e intelectuales y el gobierno totalitario. Tu libro está impregnado de la atmósfera de ese tiempo, salvo algunos poemas que se alejan (o parecen alejarse) del tema central, como el bellísimo NEGRA SUFRIENDO.
Tu libro es muy desgarrador, muy sincero, es la autobiografía poética del ninguneado, del injustamente olvidado.
Ahora resurges, y qué alegría ver que renaces como el Fénix de sus cenizas, y qué bueno que nunca dejaste de escribir tus versos. Cualquiera, en tu circunstancia, se hubiera rendido. De hecho, te rendiste, rompiste tus poemas, pero luego reanudaste el trabajo para el que estás destinado. Nadie puede escapar a su destino.
Tu libro me hizo meditar mucho, recordar mucho. Es un crimen que un sistema social haga sufrir a un alma sensible de poeta, eso exige una reparación. Tu libro publicado en Miami es ya el inicio de esa rehabilitación. Es un acto de justicia poética, que debemos a tu maravillosa hija.
Creo que nadie en el ámbito literario sufrió tanto como tú. Eso me recuerda a Martí cuando decía: “tengo miedo de morir sin haber sufrido bastante”.
Por otra parte, todo lo que dices sobre mis cuentos es en verdad impresionante. Leí tu carta más de una vez, despacio, captando el significado de cada palabra o frase. Debo decirte que eres el primer lector profundo de MATAPERROS. Mucha gente lo ha leído y me dicen cosas como “es muy divertido, es entretenido, es muy fuerte, me hizo llorar, o me hizo reír”… pero nadie ha penetrado esas páginas como tú, y nadie podría hacerlo, por razones obvias, generacionales (aunque me llevas cuatro años), nacionales y por otras afinidades que nos unen haciendo que con solo una mirada podamos decirnos muchas cosas insondables del alma.
Los lectores de MATAPERROS, hasta ahora, son extranjeros: españoles, mexicanos, están muy lejos del contexto, y lógicamente no pueden captar la esencia, como lo haces tú.
En efecto, lo más recóndito que yo quise expresar fue la brusca desaparición del espíritu de un barrio, y de una época a él asociado, pero también quise describir el abrupto final de una infancia, o de una niñez al estilo “mataperrero” que pasó a otra forma de “niñez-adulta”: alfabetización, patrulleros juveniles, cadetes cívicos nacionales, Cinco Picos, recogedores de café, AJR, milicias,
artilleros…
La locura que se apoderó del país modeló nuestras almas en su etapa de formación.
A veces pienso que debemos ver el lado positivo de toda esta experiencia traumática que seguimos llamando “revolución” por una comodidad del lenguaje. Hemos vivido un tiempo convulso y delirante. Podemos convertir eso en poesía, en obra de arte, en testimonio. Tenemos mucho que contar.
Finalmente, los escritores somos los testigos de la historia. Y nosotros hemos vivido la historia en vivo, en directo y a todo color. Tenemos mucho que contar, y eso es-en cierta forma- un lujo, pues muchos escritores no tienen nada que contar, y se ven obligados a recurrir a historia baratas de policías y asesinatos, que traducidas a guiones llenan luego las carteleras de los cines o las teleseries. Pura banalidad. Nosotros tenemos mucho que contar, y muy profundo, sin un ápice de trivialidad y sin hacer concesiones al mercantilismo. Eso me parece que es una ventaja. Algo bueno tenía que salir de tanto desastre. No hay mal que por bien no venga.
Lo que dices sobre el triángulo mágico entre Conte, tú y yo, es sobrecogedor. En efecto, algo inescrutable ocurrió cuando murió el Niño (exactamente un año después del fallecimiento de Lichi) y de pronto apareciste tú en la sección de opiniones de un diario digital. Yo me quedé boquiabierto cuando leí tu comentario. ¿De dónde salías al cabo de tantísimo tiempo? Fue increíble, y como la señal de algo muy superior. Un amigo muere y al instante reaparece otro. Es un acto poético. Estamos rodeados de misterios, y ésta es una prueba.
El Niño Conte nació en el Barrio de Colón y muchas veces lo acompañé a la casa de su linda, dulce y frágil mamá, quien vivía muy cerca de Lezama. Ahí se establecía para mí otro triángulo mágico, pues mi mamá vivía al doblar de la casa del gordo cósmico, en Consulado y Trocadero. O sea, mi madre, Lezama y el Niño Conte se encadenaban en una enigmática secuencia. Y ahora veo que también tú vivías en esa zona, oculto, como la imagen latente de otra amistad que se revelaría plenamente muchos años más tarde.
Entre los muchos crímenes de la “revolución” que dejó de ser revolución, el mayor creo que ha sido la división de la familia, tema que exploras con mucho dolor en CARTA ABIERTA A MI MADRE EN USA. Carta que prefigura tu exilio y el de tantos otros.

Desde ese destierro triste y fecundo, te mando un largo abrazo, 
Manuel


CARTA DE JOSÉ YANES A
MANUEL PEREIRA
Hawaii, 1 de Septiembre 2012
Con placer y nostalgia, mi estimado Pereira, he leído Mataperros. Placer porque es un libro ameno, bien escrito, con ese humor que sale de la más profunda tragedia, que casi siempre es el mejor. Y nostalgia porque en ese texto hablas acerca de un mundo perdido, que yo sabía cercano a mí, pero que no sabía cuánto lo era, hasta que lo leí.
Existieron profundas similitudes en nuestras infancias en dos polos opuestos de La Habana. Pero no estoy hablando de similitudes sólo en el orden anecdótico. Hablo de similitudes en el sentido de como los dos asumíamos aquel mundo cruel y agresivo. En realidad nunca lo asumimos. Estuvimos en él por lo que Lezama llamaba el azar concurrente. No lo escogimos, ni teníamos posibilidad de evadirlo. Yo, al igual que tú, viví esa violencia como una alternativa de incorporarme de alguna manera a la realidad que se imponía y nos circundaba, o inundaba, aunque siempre en nuestro fuero interno la rechazamos y nunca la entendimos.
En mi primer libro de poemas, Permiso para hablar, la sección inicial está dedicada a Los Pocitos, el barrio de Marianao en el que viví mi infancia, igual en todo a lo que narras sobre la Loma del Angel. Allí hay poemas en los que abordo ese mismo rechazo e incapacidad de comprender y asimilar mi entorno, como tú en Mataperros, e igualmente reafirmo mi participación en él, como digo en un verso: "para no quedarme solo". Hablando de los enfrentamientos de pandillas entre la de Los Pocitos y la de Cocosolo (barrio vecino al de Los Pocitos, sólo separados por la Calzada Real de Marianao) digo que "volaban los tu madre, las pedradas; volaba el miedo, de eso estoy seguro". El miedo sobrevuela Mataperros como una presencia concreta. Yo también lo conocí en Los Pocitos Y por supuesto, en ese barrio fui testigo y parte de todo cuanto narras tan admirablemente en tu libro, léxico incluido. Es por ello que me ha conmovido tanto, porque no es sólo lo que conmueve a un lector en un libro, sino que ambos vivimos en nuestras infancias la misma realidad, además con la misma asimilación de ella. Para mayor coincidencia, uno de nuestros progenitores no pertenecía espiritualmente a la esencia del barrio. En mi caso se trataba de mi padre. Mi abuelo había sido, era en aquel tiempo, dueño de una finca tabacalera en Caimito del Guayabal, y mi padre, aunque separado en lo material de la familia, siempre conservaba en su filosofía, hábitos y comportamientos de la clase social de la que provenía, lo que lo llevaba a constantes diatribas en contra de mi madre, del barrio, de todo. Mi padre tampoco fue una presencia cotidiana o un soporte de ningún tipo, pero pienso que el peso de su origen influía en el que yo no me sintiera totalmente parte de Los Pocitos, en el mismo sentido que tú no te sentías totalmente parte de la Loma del Angel, debido a la gallega.
Pero hay algo más en tu libro que me parece excelente. Se trata de la abrupta perdida de identidad de la Loma del Angel (y por ende de toda la ciudad), a partir del triunfo de la Revolución. Esa es la esencia más dramática y terrible de tu libro y quizás su mayor logro en mi opinión. Yo tengo esa experiencia porque viví en carne propia la pérdida de identidad de mi barrio. No voy a balbucear palabras describiendo cómo era la Plaza de Marianao, o la Esquina del Café Raúl, desaparecieron en su esencia y algunas veces, las más, fisicamente, porque tú lo has hecho ya en tu libro y sabes muy bien de qué hablo.
Pero no sólo tenemos memorias similares por la Loma del Angel o Los Pocitos, es que a los 13 años mis padres se mudaron para Industria y Trocadero (una de las puntas que demarcaban el barrio de Colón, como bien conoces). De allí sólo te haré una anécdota: por supuesto, como Joaquín, yo vivía esperando al borde de la locura el momento en que las putas me permitieran "ocuparme", como se decía. Me paraba en la puerta de los bayús y las putas me pedían que me acercara. Yo, todo temblor, pensando que ya iba a realizarme, me acercaba. Entonces una de ellas estiraba la mano y me cogía por el bulto. Luego de palparlo me lapidaba en vida diciéndome: todavía estás muy pequeñito para ocuparte. Esa cuenta entre las frustraciones más grandes que recuerdo en mi vida.
Por cierto, como dato curioso o mejor mágico, te diré algo. Hablando con Conte una vez de ese anecdotario de las putas y del barrio de Colón, me dijo que en esa época el vivía en la esquina de Industrias y Colón, si mal no recuerdo. Pero nunca lo conocí allí en el barrio, quizás por dos motivos: yo vivía con la nostalgia de Los Pocitos y los amigos que había perdido allá. Y todos los días agarraba la ruta 43 en Neptuno e Industrias y me iba para Los Pocitos. Yo fui siempre como tú: un niño dado a su suerte, que sus padres nunca velaron en dónde me metía u ocupaba mi tiempo. El resto de la vida que me sobraba de Los Pocitos la dedicaba a bayusear. Cuanto peso me caía en la mano iba a gastarlo con las putas a mi regreso de Los Pocitos. Yo viví la gloria y decadencia del barrio de Colón. Viví allí hasta 1962 y vi como fueron apareciendo los letreritos en las casas que se mencionan en tu novela: "No moleste. Aqui viven personas decentes".
Es decir, que en un momento dado, y casi con las mismas edades: coincidimos Conte, tú y yo en un mismo entorno sociosicológico. Y otra vez habría que recordar el azar concurrente, no sólo por recordarlo sino porque Lezama, como para validar la verdad de ese adagio, precisamente, como tú bien conoces, vivía en esa época, y después de ella también, en Trocadero, entre Industrias y Consulado, es decir, a solo unas puertas de Conte y yo, y muy cercano a la Loma del Angel. Apenas cinco o seis años después, confluiríamos todos.
Bueno, mi estimado Pereira, ya termino este quizás demasiado largo email. No sin antes agradecerte una vez más haberme devuelto aquel mundo que la Revolución nos quitó de un plumazo. Y ese es uno de los grandes crimenes de la Revolución: haber matado la identidad de las calles y los barrios de nuestro
 pais.

Abrazos,
José Yanes

agosto 28, 2012

MATAPERROS


MATAPERROS

La noche del 24 de Agosto del 2012 Textofilia Ediciones presentó en la magnífica Capilla Gótica  del Instituto Cultural Helénico, el libro de cuentos Mataperros, de Manuel Pereira.








agosto 15, 2012

BIOGRAFÍA DE UN DESAYUNO



BIOGRAFÍA DE UN DESAYUNO


En abril de 1979, durante un desayuno en París, Alejo Carpentier me aconsejó: “no se dedique al ensayismo”. Yo era entonces un joven novelista cansado de ser un joven novelista. Quería ir más lejos. Empezaba a intuir lo que hoy es ya una convicción: que ningún novelista está completo si no escribe ensayos.

Los ensayos de mi libro Biografía de un desayuno nacieron durante aquel desayuno con Alejo Carpentier en un café de Montparnasse que ya no existe. De hecho, configuran la biografía de mi desayuno intelectual, porque fue en París donde realmente aprendí a pensar. La tradición que va de Montaigne a Sartre -pasando por Voltaire, Diderot, Descartes, Pascal, Montesquieu, Valéry, Cioran-, flota en el aire de esa ciudad, se puede respirar incluso a orillas de ese río pensativo que es el Sena.

¿A qué le tenía tanto miedo Carpentier si él mismo era novelista y ensayista a la vez? ¿Acaso le preocupaba que, por ser el ensayo un género que enseña a pensar, yo empezara a generar ideas y me buscara problemas políticos en Cuba donde, por cualquier opinión discrepante, se puede ir a la cárcel o al destierro?

Le pregunté por qué me daba aquel consejo tan vehemente y me dio a entender que era mejor que siguiera cultivando la novela, ya que siendo un género más comercial tenía “más salida” que el ensayo, “incluso aquí en Europa”.

Precisamente, lo que más empezaba a disgustarme de la novela sin ideas, de la novela superficial o de entretenimiento -que es la más frecuente, la más promocionada y la más premiada- es su naturaleza comercial. Las novelas meramente anecdóticas, que no dicen nada interesante, atiborradas de diálogos insustanciales, ya me aburrían. Esas novelas pueden estar repletas de sensiblerías, de acrobacias sexuales, de chismes, de despechos y otros desahogos, pero nada de eso las convierte en libros inteligentes.

¿Qué es un libro inteligente? Aquel que hace sentir al lector que él también es inteligente, aquel que ilumina alguna región a oscuras de su espíritu, de su vida o del universo que lo rodea; aquel que le produce un crecimiento interior.

Sin duda de buena fe, a Carpentier le preocupaba que me pusiera a reflexionar en vez de escribir libros inocuos y triviales para consumo masivo. En tal caso yo me convertiría en un escritor marginal y minoritario. Lamentablemente, él tenía razón. Cada día pululan en el mundo más narradores que relatan historias insignificantes, dotadas de una especie de escritura decorativa, pero desprovistas de una cosmovisión, de una perspectiva profunda de la vida y de una brújula estética definida.

Yo no quería dejar de ser novelista. Simplemente me proponía ser también ensayista para, más adelante, combinar algunos relámpagos típicamente ensayísticos con la función tradicional de la novela, de modo que esta última alcanzara un mayor decoro intelectual, una calidad superior, cierta dosis de lucidez poética.

Yo quería tocar un misterio, explorar un abismo, valiéndome del ensayo. Pero ese género suele prestarse a muchas confusiones categoriales. Algunos confunden el ensayo con lo que no es más que periodismo. Hay que aclarar que un artículo de fondo no es un ensayo. Otros piensan que escribir un ensayo se reduce a acumular citas, como en una tesis doctoral, tesina o monografía. La glosa y la exégesis conducen a textos de evidente raíz académica, que no son ensayos en el sentido literario de la palabra. El embrollo conceptual es tan inextricable que, a veces, incluso en ámbitos universitarios, suelen llamar “ensayos” a meras reseñas de libros que apenas pasan de una cuartilla.

El verdadero ensayo no es tratado científico, ni monserga didáctica. No tiene que ser plúmbeo, ni aburrido. Es literatura de alta escuela, prosa que destila una doble naturaleza: artística e intelectual.

Después de aquel desayuno en París, decidí no hacerle caso a Carpentier. Los grandes también pueden equivocarse, pensé. Así surgieron mis primeros ensayos escritos entre 1984 y 2007. Unos los escribí en París, otros en la Habana, otros en Venecia, otros en Barcelona, los últimos en México.


Ciudad de México, 23 de agosto de 2008.


julio 31, 2012

El Niño Conte

 
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EL NIÑO CONTE

Por Manuel Pereira

En la puerta de la revista Cuba, con el fotógrafo Ernesto Fernández (izq.) y Antonio Conte (al centro) 1969.
Hoy se cumple un año de la muerte de Lichi y da la tristísima casualidad que hoy también se me acaba de morir otro entrañable amigo en Miami: Antonio Conte, el Niño Conte, también llamado “El Diablo” por algunas de sus mujeres, aunque era la persona más bella que he conocido en mi vida.

Gran poeta injustamente olvidado, este cubano de vasta cultura fue un periodista brillante de quien aprendí los rudimentos del oficio cuando yo era un principiante y él ya un consumado cronista a finales de los sesenta.

Su papá había sido periodista en la era republicana, así que ¡de casta le viene al galgo! Su padre pasó a la historia del refranero popular cubano por aquella frase tan redonda: “duró lo que un merengue en la puerta de un colegio”.

Uno de los primeros libros de Conte, Afiche rojo, atesora versos inolvidables. Otras obras suyas -que ni siquiera guardaba en su casa pues estaba más interesado en escribir que en publicar- fueron la excelente novela La fuente se rompió, En el tronco de un árbol, Con la prisa del fuego, Ausencias y peldaños, Definición del humo… La belleza de estos títulos basta para advertir su maestría literaria.

La diáspora que a tantos nos dispersó, nos alejó durante muchos años. Cuando él andaba por Bogotá, yo estaba en Barcelona, cuando él andaba por Miami, yo estaba en México. Llamadas telefónicas y emails suplían a duras penas el contacto antaño tan cotidiano.

En su penúltimo correo electrónico se refería con sospechosa vehemencia a Baudelaire. Estaba obsesionado con estos versos: “Je veux bâtir pour toi, Madone, ma maîtresse/ Un autel souterrain au fond de ma détresse/ Et creuser dans le coin le plus noir de mon coeur/ Loin du désir mondain et du regard moqueur/ Une niche, d’azur et d’or tout émaillée.”

Todo eso del altar subterráneo, del nicho, del rincón más oscuro del corazón… me dio muy mala espina. Para tranquilizarlo, le envié un par de escandalosas madonas de Munch y de Fouquet.

Otro de sus temas favoritos conmigo era el cine. Sabía tanto de eso que, de haber querido, hubiera podido ser un gran cineasta o un estupendo crítico. Pero Conte tenía un defecto: le faltaba constancia, no lograba concentrarse en nada durante demasiado tiempo. En cambio, le sobraba talento hasta para regalar.

Casi siempre jaraneaba, y por eso lo recordaré con una sonrisa, pues nadie en el mundo me ha hecho reír tanto como él. Sus frases tan criollas, las jergas que solía inventarse, su ingeniosa manera de hilvanar las ideas, todo eso era irrepetible. Un gran conversador, como debe ser todo gran escritor.

Pero, aparte de sus chanzas, también podía ser un tipo de lo más reflexivo cuando le daba la gana. Y a veces sus ideas molestaban, pues yo creo que era un provocador y le gustaba hacer rabiar a la gente. A mí también me exasperó un par de veces, pero jamás dejamos de ser amigos. Porque la amistad -cuando es verdadera- está por encima de cualquier discrepancia transitoria y banal.

Por desgracia en los últimos años una afección cardiaca lo encamó en hospitales más veces de las que cualquiera pudiera resistir. Se ha ido el Niño Conte tras las huellas de Lichi Diego. De los tiempos legendarios de aquella revista CUBA quedamos cada vez menos: Iván Cañas por allá, Minerva Salado por aquí, Froilán Escobar por acá, Raúl Rivero por acullá, Reinaldo Escobar del lado de allá… De aquella época dorada es la foto que publico.

Me decía el Niño Conte en su último email fechado el pasado 16 de julio: “Yo nunca he renunciado a formar parte de ese pueblo, y si pudiera, y no hubiera el régimen que hay allí, por el cual todos nos fuimos, me iría con mi pensión a morirme en Cuba, en Cojímar, o en Guanabo”.

Murió en Miami. Pero espero que algún día no muy lejano sus huesos, o sus cenizas, puedan descansar en esas dos playas que tanto añoraba.

 (*) Publicado en Cubaencuentro el 31 de Julio del 2012.
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junio 14, 2012

MATAPERROS

MATAPERROS

 

UN LIBRO ESCRITO DESDE LA MEMORIA
EL UNIVERSAL
Alida Piñon
Ciudad de México / 27 Junio 2012 
 
Un día de 1957, el padre de Manuel Pereira tomó una foto de la “pandilla” de su hijo, unos chicos a los que se les conocía como “mataperros”, por su bajo nivel económico, eran los pobres de La Habana. Manuel Pereira describe en este libro la infancia que vio nacer la revolución.

Manuel Pereira con el libro Mataperros (Textofilia, 2012).
En la punta del malecón habanero, frente al Castillo del Morro, hay una zona en la que se podía cruzar al otro lado y jugar entre las rocas. El lugar era hostil, las piedras afiladas eran conocidas como “dientes de perros” porque cortaban como navajas. Ahí era el centro de reunión de muchos niños y jóvenes, quienes se escapaban de la escuela para poder ir a divertirse y a desafiar a la agresiva dentadura.

Un día de 1957, el padre de Manuel Pereira tomó una foto de la “pandilla” de su hijo, unos chicos a los que se les conocía como “mataperros”, por su bajo nivel económico, eran los pobres de La Habana.

Han pasado más de 50 años de aquellos días y Manuel sólo recuerda a algunos de ellos e ignora qué fue de aquellos “mataperros” que estaban por vivir el triunfo de la Revolución Cubana, “el huracán que dispersó a mucha gente, mandándolos desde Miami al fin del mundo”.

Pereira, novelista y ensayista, discípulo de José Lezama Lima y Alejo Carpentier, después de publicar Un viejo viaje, en el que narra la vida de un joven que logra salir de Cuba representando a su país y choca con las realidades que están fuera de la isla, ahora entrega Mataperros (Textofilia, 2012), una novela escrita desde la memoria que da cuenta de cómo se difuminó una de las muchas bandas de “niños callejeros” de la capital isleña.

La memoria como fuente

La memoria, dice Pereira, es la fuente principal de su materia prima literataria.

“En Mataperros están los que pasábamos hambre a finales de los años 50 y principios de los 60. Fue doloroso escribir sobre esos recuerdos, porque es como trabajar con fósiles, todo está muerto, y, en ese sentido, también soy un novelista arqueológico, un rastreador de viejos cadáveres. Mis libros son de la memoria fosilizada, un libro como éste se escribe con el corazón herido”, dice.

Pereira explica que en su niñez se usaban expresiones como “mataperros”, “bitongos” (los niños de una clase más favorecida) y “góticos” (los ricos del barrio), que definían a las clases sociales que existían en una misma calle, hoy ignora si se siguen usando, pero al rescatarlas, la novela se vuelve una bisagra entre el pasado y el presente.

“En mi novela están los últimos años de Batista y los primeros de Fidel Castro, la bisagra de la historia de Cuba, un momento muy importante para entender todas las cosas que vinieron después”.

Actualmente, añade, podría haber hasta cuatro clases sociales. “De alguna manera volvieron los mecanismos capitalistas que fueron abolidos en 1961, de formas muy tímidas, pero si hay gente que ya tiene su pequeño paladar (fonda), pues podemos pensar que ellos viven mejor que el albañi, es inevitable, es una ley física”.

Pereira, quien radica en México desde 2004 y es catedrático de la Universidad Iberoamericana, se distanció de Cuba cuando el gobierno de Fidel Castro mandó fusilar a cuatro militares, uno de ellos héroe de la República: Arnaldo Ochoa; cuenta también que en el libro hay un drama familiar, la historia de sus padres.

“En el 59 todos amaban a Fidel, menos Batista, pero en el 61 mi mamá empezó a rechazar a Fidel porque su hermano más querido se fue de Cuba. Ahí empezaron los líos, porque mi papá sí lo seguía; yo crecí en medio de esa batalla campal que me ayudó a mi formación intelectual posterior”.

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LO QUE SE ROBARON LOS REYES MAGOS
ANIMAL POLITICO
Moisés Castillo
Ciudad de México / 9 Junio 2012

El pequeño Manuel Pereira se encontraba inexplicablemente en la librería “La Moderna Poesía”, la más importante de La Habana y donde solía verse a Ernest Hemingway en un bar cercano “El Floridita”. Era raro porque visitaba con sus amigos, los “mataperros”, lugares donde había comida, juguetes o lápices “Mirado”. Poco a poco se fue adentrando a un laberinto de libros y se sintió solo. Nunca había percibido tanto silencio en su corta vida. De repente, sus ojos casi negros miraron un libro muy bonito de pasta verde. En la portada se asomaba un niño saltando de un edificio en llamas y leyó: “Aventuras de un niño irlandés”, de Julio Verne.
Le llamó tanto la atención que, sin pensarlo demasiado, cogió el libro y rápidamente lo guardó debajo de su camisa de colegial. Salió como si nada del lugar. Su compañerito estaba en la tienda de enfrente, “La Rusquella”, intentando robarse un par de zapatos cafés. De la nada se escucharon unos gritos ensordecedores: “¡Atájalo, atájalo!”.
El librero había visto a Manolito cómo se metía ese ejemplar a la altura del estómago. Al oír ese vozarrón, el mozalbete de 10 años corrió con todas sus fuerzas sobre la calle Obispo, esquivó y saltó como loco varios autos. Su corazón casi explota por el gran esfuerzo de sus piernas flacas. Un tipo se le atravesó por el camino y mordió el suelo. Lo atraparon. Fue llevado a empujones a la estación de la policía. La gente indignada miraba a ese mocoso y movía la cabeza en señal de desaprobación.
Al ingresar al centro policíaco, un uniformado reconoció al pequeño y sabía que su padre trabajaba como mesero en el bar “Palacio”. Fue de inmediato a buscar a don Coliseo. Mientras tanto, el dueño de la librería miraba con tanto odio al menor de edad que se le enrojeció el rostro. Por fin llegó don Coliseo con su clásico delantal. “¡Ay, Dios!”, dijo en silencio Manolito rodeado de varios policías imponentes y con fama de dar golpizas, matar y torturar. Era la policía del dictador Fulgencio Batista. Nada más, nada menos.
El mesero de lentes de pasta tomó una silla y se subió. Como era sindicalista y le gustaba dar discursos aprovechó el momento: “Como dijo José Martí, robar un libro no es robar, porque hay que ser culto para ser libres”. Y todos los agentes aplaudieron con entusiasmo ante el desconcierto del librero. Al final soltaron al chico “mataperro” y don Coliseo pagó el libro del tal Julio Verne. Así comenzó la pasión por la literatura del escritor cubano Manuel Pereira.
Ese tipo de historias divertidas y sorprendentes se pueden leer en su libro reeditado de cuentos Mataperros (Textofilia 2012), que fue galardonado en 2006 con el Premio Iberoamericano de relatos Cortes de Cádiz, España.

Los 27 cuentos “autobiográficos” de la infancia de Manuel en la Habana Vieja son una especie de “memoria ficcionada”, recuerdos de los últimos años del régimen de Batista y los tres primeros años del triunfo de la Revolución Cubana que encabezó Fidel Castro, el “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos.
Las aventuras de Joaquín Iznaga y su pandilla juvenil “Mataperros” demuestran que la realidad de la ficción suele ser más perdurable: agua vuelve el espejo. La pluma precisa del experimentado escritor rejuvenece y nos traslada a la Loma del Ángel, el barrio que se alza frente a la bahía, donde el hampa y la prostitución florecieron.
El vecindario se dividía en tres clases sociales: en la cuadra de abajo vivían los
“mataperros” hacinados en cuartuchos. En la del medio se encontraban los “bitongos”, mientras que en la parte superior de la loma habitaban los niños ricos: los “góticos”. La Loma del Ángel era una pequeña muestra del tejido social de Cuba hasta que llegaron los “Barbudos” o los “Reyes Magos” en enero de 1959. Todo cambió: Melchor, Gaspar y Baltazar se robaron la diversión. Desapareció toda la alegría de los niños, la infancia se militarizó. En ese ambiente violento creció Manuel Pereira.
En el cuento “Una bronca por un peso” –quizás el más divertido- don Coliseo busca por todos lo medios que su hijo no se convierta en un “niño gótico” y trata de alejarlo de las influencias de su esposa gallega Numancia, que era “gótica” por naturaleza.

Don Coliseo sabía que la única forma de que Joaquín sobreviviera a las bandas peligrosas que controlaban las calles era enseñarlo a pelear. Así que un día cualquiera le propuso: “¿Ves a aquel negrito que está parado en la esquina? Te doy un peso si te fajas con él”. ¡Su padre nunca le había dado un peso! Un peso equivalía a veinte Coca-Colas… Como no aceptó, don Coliseo se acercó con el negrito “El Churri” y le hizo la misma oferta. Sin pensarlo, agarró la moneda y se lanzó contra Joaquín, que irremediablemente tuvo que contestar a los “trompones”.
“Mi papá lo hizo porque quería que aprendiera a pelear. Sabía que en ese barrio había que tener capacidad de defensa. Era un barrio portuario que implicaba marinería, prostitución, bares y delincuencia. Esa es la condición de los puertos y genera una atmósfera de violencia que impregna a la juventud. La estás respirando desde que naces”.
-El escritor Guillermo Espinosa Estrada dice que idealizamos nuestra infancia para sobrellevar el presente infernal, ¿cómo fue el proceso de escribir estos “cuentos autobiográficos”?
Es un libro de cuentos sobre una pandilla de muchachos. Todos queríamos ser boxeadores, Tarzán, Superman, estábamos locos y vivíamos un ambiente de violencia tremenda: cadenas, palos con clavos, armamento medieval, púas, nos tirábamos piedras, rompíamos vidrios, robábamos todo lo que podíamos como chocolates, lápices y sacapuntas. Eso éramos, niños traviesos y alegres y muy locos. Siempre estábamos en el Malecón nadando. El Malecón es una zona rocosa, y nadábamos en unas pocetas. Era un lugar fabuloso para pasar el día. Casi no íbamos al colegio, nos fugábamos. Era más atractivo estar ahí o ir al barrio de las prostitutas, no podíamos hacer nada porque éramos niños, pero por lo menos las veíamos. Esa era la infancia y todo eso desaparece cuando triunfa la revolución en 1959. Llegan los “Barbudos” o los “Reyes magos”. Todo cambia en ese momento para bien y para mal. En el libro tenía un interés de destacar eso, de matizar. Todo lo que hizo la revolución no está mal, hay cosas que están bien.
-Sin embargo, el sabor que queda al terminar “Mataperros” es  que la Revolución Cubana se robó la diversión…
Hay una especie de frustración, pero por otro lado desaparecen las bandas rivales, porque había pandillas muy peligrosas en los barrios. Había calles que no podía cruzar porque me lanzarían unas bofetadas y me iban a dejar muy mal parado, eso desapareció. Son las cosas buenas. Pero se esfuma toda la alegría de la infancia. Lo que hace la revolución es militarizar a los jóvenes y a los niños. ¿Cómo? A través de programas sociales y campañas de justicia social como las alfabetizaciones. También hay que cosechar el café y la caña de azúcar. Los americanos nos quieren invadir, pues cursos de artillería. Todo eso produce una atmósfera de militarización y esos jóvenes desaparecen, yo también. Esas fotos se desintegran. Es un momento de la vida congelado en el tiempo. Yo quiero que sea un libro bisagra entre los últimos años de Batista y los primeros de Castro.
-¿Cómo fue la desaparición abrupta de clases? Porque ya no hay “góticos”, “bitongos” o “mataperros”…
Todo se uniformiza a la baja. Casi todos somos “mataperros”, todos somos pobres. Ese es el problema del igualitarismo comunista, nunca te aclara que tipo de igualdad va establecer. Por eso hay que ser muy exigentes con los políticos cuando empiezan a hacer sus promesas. Si la igualdad va a ser la pobreza, no me interesa. Es un mal negocio. Es cambiar “la vaca por la chiva” como decimos en Cuba. En el capitalismo, por lo menos los pobres, tienen la posibilidad o ilusión de tener un ascenso social, ya sea a través de la lotería o robando, tienen una ilusión. Pero en el comunismo planificado esa ilusión desaparece y sabes que vas a ser eternamente pobre, eso es horrible. Quitarle al ser humano la ilusión, el capricho. En Cuba no hay hambre, en Cuba lo que no hay son caprichos. La crisis es de caprichos. Todo mundo come una cantidad de proteínas al día que permite que esté viva, no hay cadáveres en las calles como en Nueva Delhi. Hay una crisis de caprichos: si tú quieres comer un filete de cerdo en lunes, pues no puede ser porque resulta que el racionamiento que te toca es un huevo. Tú no tienes derecho de ejercer el capricho. Eso lo puede hacer un pobre aquí en México. Eso desaparece en el comunismo y es gravísimo. Porque al desaparecer el derecho al capricho está desapareciendo la diversidad y eso tiene un reflejo en otros aspectos políticos, culturales, intelectuales. Es espantoso.

-¿Su infancia fue feliz o infeliz?
Es muy difícil saberlo. Es difícil tener una opinión total hacia una dirección: feliz o infeliz. No sé, tuve días infelices y otros felices. Fue una infancia dichosa porque tenía el amor de mis padres. Eso me hacía distinto de esos muchachos porque ellos no sabían ni siquiera quiénes eran sus padres. Eso es terrible, no saber quién es tu papá y tu mamá. Eso es espantoso mi amigo, el punto de vista síquico es tremendo. Yo sí sabía quiénes eran. La fotografía de la portada del libro la tomó mi papá, por ejemplo. Estaba con los “Mataperros”, pero siempre sentía la presencia de tres adultos que eran mi papá, mi mamá y mi abuela. Y eso me daba fortaleza.
-El cuento “Macao” es una grata sorpresa: pasó de ser jefe de la pandilla del Barrio de Colón a estudiante de pintura en la Academia de Bellas Artes…
Eso fue bueno. Trato de ser justo porque hay muchos cubanos llenos de dolor y amargura. Yo los entiendo, sobre todo los que están en Miami que son viejos como yo. Porque les fusilaron a algún familiar, estuvo preso el hijo por 20 años, les quitaron un negocio. A mí no me quitaron nada y por eso no tengo esa amargura, pero entiendo que otros la tengan. Por eso soy capaz de darme cuenta de que pasaron cosas buenas también. Hubo cosas positivas: un negrito delincuente quiere ser de pronto artista y tiene acceso a una escuela de arte, esa es una bondad de la revolución. Trato de ser equilibrado. Yo soy un exiliado, estoy en contra de Fidel Castro, que quede claro, pero dentro de eso hay que reconocer algunas verdades históricas. Porque si no volvemos a caer a la eterna trampa: negar la historia y entonces siempre estamos comprometiendo el futuro. Creo que eso es el papel del escritor, no sólo es un señor que escribe historias divertidas para leer en el tren o en el avión, también es un señor que tiene que tener una conciencia social y conciencia histórica. Yo creo en eso.
-¿Qué le pasará a Cuba cuando muera Fidel Castro?
No soy adivino, pero supongo que Cuba volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser: un pequeño país tropical lleno de música, color y carcajadas, exportador de azúcar, café, tabaco, flores y frutas, con entradas masivas de turistas -sobre todo procedentes de EUA-, con una economía de servicios y sin desmesuradas ambiciones napoleónicas que sólo traen distribución igualitaria de la miseria y mucho dolor. Cuba será entonces como cualquier otra isla caribeña, como Puerto Rico, Guadalupe, Trinidad y Tobago, Martinica… Un pueblo unido, sin un desgarrador exilio de casi dos millones de personas, sin divisiones clasistas, ni odios, sin pena de muerte y sin ese anti-imperialismo tan falso como exagerado que no es más que envidia. Lo que le hace falta a Cuba es una cura de humildad, que se le bajen los humos, que deje de sentirse el ombligo del universo, que ocupe de una vez su verdadero lugar en el concierto de las naciones. Volverán la economía de mercado y la libre empresa, con sus ventajas y sus desventajas. Por sus dimensiones y posición geográfica, Cuba podrá permitirse un gobierno lo más pequeño y barato posible, no necesitará fuerzas armadas, ni tampoco un aparato de seguridad del Estado, que son tan costosos, ni tantos ministerios, ni un cuerpo diplomático tan numeroso. Con todo ese dinero que se ahorrará, la isla podrá conservar, e incluso mejorar, algunas conquistas de justicia social para los más desfavorecidos: sanidad y educación gratuitas, por ejemplo. Eso bastará para garantizar la paz social.
José Martí y México
Manuel Pereira no deja de contar historias, está ocupado escribiendo alguna reseña literaria o crítica de cine. Actualmente es Director de Difusión Cultural del Instituto Cultural Helénico y siempre está preparando alguna clase literaria o diseñando futuros programas para cursos universitarios. Sus vacaciones son para escribir, no hay descanso ni siquiera sábados y domingos. No ve televisión y no le interesan los deportes.
Al encender otro cigarrillo, recuerda que cuando era niño leía cómics como “El pájaro loco” o “Dick Tracy”, pero su madre leía la Biblia y cosas de Benito Pérez Galdós. Su padre, en cambio, sindicalista y un poco comunista tenía libros de Lenin. Cuando su mamá se enteró de que había robado el libro “Aventuras de un niño irlandés”, avergonzada, hizo ahorros inimaginables y le compró toda la colección de Verne. El pequeño enloqueció tanto que se hacía pasar por el escritor francés y se autografiaba sus libros: “Para Manolín Pereira, de su amigo por siempre Jules Verne”.
A sus 63 años, el discípulo del escritor José Lezama Lima dice que aún se carcajea por aquella frase de José Martí que su padre usó para sacarlo de la estación policíaca.
“Unos diez años después del incidente por el libro de Verne, ya me había leído las obras completas de José Martí, que son unos 20 tomos. Estaba buscando la cita y no la encontré. Hablé con especialistas de la obra de Martí y no sabían nada. Le dije a mi padre donde había sacado esa cita: ‘me la inventé chico, me la inventé’, jejeje. Es bellísimo porque pudo haberlo dicho Martí. Mi padre dio un chispazo de ignorancia. Era un hombre con una formación tan precaria que no había hecho el sexto grado. La otra parte sí es real: ser culto para ser libre. Empalmó una cita real con una apócrifa. Lo cual le da más valor a la apócrifa”.
-¿Cuál fue la motivación real de su exilio y por qué escoger a México para vivir?
Cuando empezó la Perestroika y la Glasnost en la Unión Soviética me entusiasmé mucho, pensando, ingenuamente, que el gobierno cubano haría algo parecido, o sea, que llevaría a cabo profundas reformas económicas y brindaría mayor transparencia informativa (o lo que es igual, que habría menos censura en los medios). Pero no fue así, sino todo lo contrario. En 1988 renuncié a mi cargo de agregado cultural en la UNESCO y regresé a Cuba porque mi padre estaba ya muy enfermo y yo quería asistir a sus últimos días. Mientras tanto, Fidel Castro se atrincheró en una especie de pureza ideológica, quiso ser más papista que el Papa, o sea, más comunista que la mismísima madre Rusia. Por si fuera poco, en julio de 1989 fusilaron al general Ochoa y a otros tres militares de alta jerarquía. Viendo tan lúgubre el panorama, decidí hacer las maletas e irme para siempre. Mi primer destino fue Alemania (recién derrumbado el Muro de Berlín), luego fui a Francia, después me instalé largamente en España y hace siete años llegué a México. ¿Por qué México? Me cansé de Europa y de la falta de trabajo en España, me cansé de la soledad y la frialdad europeas, por eso vine a México, buscando una cercanía geográfica y emocional con Cuba, buscando una idiosincrasia más parecida a la cubana, además, aquí tenía amigos y una sobrina. Ya Europa no tenía nada que enseñarme.
En “Mataperros” Manuel Pereira tuvo que recurrir a su memoria y pareciera que ésta no lo traicionó, pues sus cuentos están llenos de vida y de buena nostalgia. Describe detalladamente los barrios y las tiendas; recuerda rostros y diálogos con sus amigos que pensó se habían quedado en el malecón, pero que reviven gracias a su memoria fotográfica. Sin embargo, dicen que el recuerdo de las cosas pasadas no es necesariamente el recuerdo de las cosas tal y como sucedieron.
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LLEVA MANUEL PEREIRA AL LECTOR A LOS AÑOS
DE SU INFANCIA EN LA HABANA
EL INFORMADOR
Ciudad de México / 25 Mayo 2012

El novelista, periodista y ensayista cubano Manuel Pereira, discípulo de Lezama Lima, escribió un libro sobre una banda de niños pobres, él entre ellos. El escenario, una comunidad portuaria de La Habana Vieja de 1957 a 1961, donde eran los "Mataperros". 

"Yo era muy mal estudiante y tenía muchos problemas en la escuela. Me escapaba y me iba al malecón a nadar y al parque a tirar piedras, jugar béisbol y a subirme a los árboles. De niño yo no tenía ni la menor idea de que con el tiempo me convertiría en un escritor, en un intelectual", mencionó sonriente.

Luego se dijo feliz "por la realización artística a través de este libro, que me costó mucho trabajo y tiempo. No son cuentos escritos en días o semanas, los he trabajado durante seis años. Hay un trabajo artesanal, casi de orfebre", dijo el escritor nacido en La Habana Vieja, en 1948, donde pasó años radiantes.

 El mote con el que se conoció al grupo de infantes es el que da nombre a la publicación, y con ese motivo el autor dijo que "hacíamos travesuras, rompíamos vidrios, y a veces robábamos", y comentó que escribió "con la memoria", porque él estuvo ahí. "Es como una nostalgia, pues la memoria es la arqueología de todos nosotros".

 Mencionó que se trata de una serie de textos cortos, todos confeccionados de una manera entrañable, los cuales han sido escritos desde el alma y la memoria, por eso, advirtió, "el lector ideal es quien tiene una mediana cultura general. Mi público es el joven de preparatoria y todos los universitarios".

El libro es memoria y al mismo tiempo ficción. "Como las películas que se anuncian basadas en hechos reales, hay una reelaboración de la memoria, no es la memoria pura, porque entonces sería un libro de memorias o una autobiografía o un libro de testimonios; son relatos y cuentos con ficción", dijo. 

Explicó que en el texto no sólo hay historias de él, también las hay de amigos, que él no presenció pero de las que oyó hablar y que, por su valor histórico y su perfil de semblanza de personajes entrañables de esos años previos a la Revolución Cubana y los primeros tras su triunfo, los ha metido en este libro.

 Ganador del Premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz, España, Mataperros es un libro muy intelectual, no comercial ni en la línea editorial de las sagas que han llegado de algunas naciones europeas o de Estados Unidos, advirtió el entrevistado.

"Es otro tipo de literatura, porque yo no me muevo en la literatura del best seller, más bien estoy en la línea del” long seller", aclaró Pereira.

 Detalló que "el best seller es el libro que se vende muy bien durante cinco años y luego se olvida, el “long seller” es el libro que se lee durante 100 ó mil años pero se vende muy mal cuando hace su aparición. Es decir, el “long seller” tiene más tiempo de vigencia; así, yo trabajo convencido para el “long seller".

 De buen talante y afable en su hablar, el escritor subrayó que tales son sus intensiones de escritor, pero "si lo consigo o no, eso ya es otra cosa, que lo digan los críticos especializados y el tiempo, que es el juez supremo, pero mi intensión no es hacer best sellers porque no va de acuerdo con mi formación".

 Reconoció que la sociedad actual, en todas las latitudes del planeta, "está estructurada de tal manera que lo más probable es que el chofer del taxi, la mesera o el lavador de autos no me lean nunca, ¡Me encantaría!, pero creo que mis libros están inscritos en una línea editorial que no es muy comercial".

 Pereira, quien en 1991 salió definitivamente de la isla cubana y se convirtió en un viajero infatigable, ha recorrido grandes ciudades del mundo como Berlín, París, Madrid, Barcelona, Nápoles, Nueva Delhi, el Cairo, Túnez, Marruecos y la Ciudad de México, donde ahora se encuentra para realizar la promoción de su más reciente obra.

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EL ESCRITOR CUBANO MANUEL PEREIRA 
PRESENTARÁ EN MÉXICO SU LIBRO 
MATAPERROS
El libro de cuentos que en 2006 le hizo merecedor del Premio Internacional Cortes de Cádiz, aparece ahora publicado por la editorial mexicana Textofilia
CUBAENCUENTRO
Madrid / 28 Mayo 2012

El novelista, periodista y ensayista cubano Manuel Pereira, presentará el próximo 1 de junio en México una nueva edición de Mataperros, un libro sobre una banda de niños pobres cuyo escenario no es otro que una comunidad portuaria de La Habana Vieja de 1957 a 1961.

El libro de cuentos que en 2006 le hizo merecedor del Premio Internacional Cortes de Cádiz, aparece ahora publicado por la editorial mexicana Textofilia.

Sobre Mataperros —una colección de narraciones en las que Pereira evoca un tiempo desaparecido en el barrio habanero de la Loma del Ángel— conversó brevemente el escritor cubano con la agencia Notimex.

“No son cuentos escritos en días o semanas, los he trabajado durante seis años. Hay un trabajo artesanal, casi de orfebre”, dijo el escritor nacido en La Habana Vieja, en 1948, donde pasó años radiantes.

“Yo era muy mal estudiante y tenía muchos problemas en la escuela. Me escapaba y me iba al malecón a nadar y al parque a tirar piedra, jugar béisbol…”, recuerda Pereira.

El mote “mataperros” con el que se conocía al grupo de niños que lo acompañaban en esas andanzas, es el que da nombre a la publicación: “hacíamos travesuras, rompíamos vidrios, y a veces robábamos”, asegura su autor, que añade que escribió los relatos “con la memoria”, porque él estuvo ahí.

“Es como una nostalgia, pues la memoria es la arqueología de todos nosotros”.

El escritor señala que se trata de una serie de textos cortos, todos confeccionados de una manera entrañable y escritos “desde el alma”.

El libro es memoria y al mismo tiempo ficción. “Como las películas que se anuncian basadas en hechos reales, hay una reelaboración de la memoria, no es la memoria pura, porque entonces sería un libro de memorias o una autobiografía o un libro de testimonios; son relatos y cuentos con ficción”, dijo.

En la entrevista Pereira explica que en el texto no solo hay historias de él, también las hay de amigos, algunas que no presenció pero de las que oyó hablar y que, por su valor histórico y su perfil de semblanza de personajes entrañables de esos años previos a la Revolución Cubana y los primeros tras su triunfo, los ha metido en este libro.

Pereira, quien en 1991 salió definitivamente de la Isla y se convirtió en un viajero infatigable, ha recorrido grandes ciudades del mundo como Berlín, París, Madrid, Barcelona, Nápoles, Nueva Delhi y la Ciudad de México, donde ahora se encuentra para realizar la promoción de esta obra.
Entre sus obras publicadas se encuentran El Comandante Veneno (La Habana, 1977), El Ruso (Letras Cubanas, La Habana, 1980), Toilette (Anagrama, Barcelona, 1993), Mataperros (Cuentos. Premio Internacional de relatos Cortes de Cádiz, Algaida, Sevilla, 2006), Insolación (Diana, Ciudad de México, 2006), y Un viejo viaje (Textofilia, Ciudad de México, 2010).

La presentación de esta nueva edición de Mataperros tendrá lugar el viernes 1 de junio a las 19:00 horas en el Centro Cultural Bella Época del Fondo de Cultura Económica, en México DF.
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